45.
SALTAN CHISPAS
Los festejos por la victoria continuaron esa misma noche en la fiesta de cumpleaños de Kaylee, que celebró en su casa del lago. «Everytime We Touch», de Cascada, sonó en los parlantes y todo el mundo se echó a bailar. Becca rio cuando Colton la hizo girar en la pista, instante en el que fue consciente de que era la primera vez que se divertía de ese modo: bailando en una fiesta como lo haría cualquier otra chica de su edad. Incluso se animó a probar un par de tragos de la cerveza de Colton, aunque el sabor amargo no le agradó en absoluto, y él terminó dejando el botellín a la mitad —por su estilo de vida, no estaba familiarizado con las bebidas alcohólicas—. No era el caso de Shepherd, que había bebido hasta sentir el suelo moverse mientras hacía bailes ridículos en medio de la pista —e, increíblemente, Daisy no se despegó de él—. Kaylee, en cambio, bailaba sobre una mesa, mientras Julian no podía apartar los ojos de ella, mirándola desde lejos.
Les había llevado un largo rato encontrar un momento a solas, pero finalmente el ambiente se calmó y la gente dejó de acercarse a Colton para felicitarlo por su increíble rendimiento. En su interior, se alivió con aquella tranquilidad. Si bien siempre ponía su mejor sonrisa y agradecía, a veces deseaba pasar desapercibido. Ser uno más del montón. Tener un rato especial con su chica sin sentir que una parte del mundo estaba pendiente de lo que sucedía entre ellos. Becca, mientras tanto, permaneció a su lado, sintiendo un cosquilleo en el estómago cada vez que Colton brillaba de algún modo y, al mismo tiempo, sujetaba su mano. «Es mi chico», y se sentía orgullosa de que así fuera.
—Así que... Esto es lo que hacen en las fiestas de cumpleaños —expresó Becca.
—Por lo general, sí. Esto. Beber, hacer juegos, bailar —comentó, mientras sus manos permanecían alrededor de la cintura femenina—. ¿Qué es lo que hacían donde vivías?
—Nada —se encogió de hombros—. No celebramos los cumpleaños. Él... decía que era un acto egoísta —arrugó el entrecejo, en desacuerdo—. No importa. A mí me parece lindo. Divertido. Siempre quise celebrarlo, en secreto, claro.
—Si no me equivoco, tu cumpleaños es...
—En diez días —interrumpió. En su mente llevaba la cuenta regresiva de su cumpleaños número diecisiete—. El 18 de julio.
—Tal vez puedas celebrarlo este año, ¿no? —Colton sonrió. En su interior, comenzó a planear todo.
De repente, la música sonó más fuerte e inició un juego de beer pong, acompañado de los gritos de los participantes alborotados.
—Becky —susurró cerca de su oído—. ¿Te gustaría ir a otra parte?
—Sí. Buena idea —accedió de inmediato. Ella también lo necesitaba.
Colton entrelazó su mano, tomó la delantera y la guió escaleras arriba. Después de todo, conocía a la perfección la casa del lago; había pasado varios veranos allí. La música, hasta entonces protagonista, quedó en segundo plano cuando ingresaron a una habitación. Él encendió la luz y cerró la puerta. Ella se sujetó de sus hombros, lo besó un par de veces y elevó las comisuras de los labios, sonrojada. Acababa de descubrir que no podía contener el deseo de besarlo.
—Lo siento —murmuró, limpiando con el pulgar los restos de brillo labial que había dejado en su mandíbula—. Es que no pude evitarlo.
—No tienes que evitarlo. Me gusta que lo hagas —aclaró—. De hecho, me gusta muchísimo.
—¿De verdad?
—Sí. De verdad —la miró con ternura.
—Uf, qué alivio —suspiró, aún sonrojada—. Es que me gustas tanto que podría quedarme aquí contigo el resto de la noche. Quiero decir... no tendría necesidad de regresar a esa fiesta —confesó, deseosa de quedarse allí, cerca de él—. ¿Está mal?
Colton bajó la mirada, intentando disimular la sonrisa que le tensaba las mejillas. Ladeó la cabeza, acercándose para rozar con su nariz la de ella.
—No está mal. En realidad, es el mejor plan que he escuchado en mucho tiempo —respondió—. Porque yo tampoco quiero regresar.
Ella rio suave y deslizó sus manos por sus hombros hasta entrelazarlas detrás de su cuello.
—¿Entonces nos quedamos aquí?
—Nos quedamos aquí —confirmó, y volvió a besarla. Enceguecido. A pesar de su experiencia previa, estaba seguro de que jamás había sentido tanta atracción hacia una chica. Becca era la única que lo maravillaba en todos los sentidos.
—¿Algo más que quieras decir? —sonrió sobre sus labios.
—Sí. Es que tú sabes... bueno, yo... nunca hice nada de esto. ¿Entiendes? —explicó, algo avergonzada—. Es posible que lo haga mal, así que tú... solo dímelo, por favor. Trataré de corregirlo.
De repente, sintió temor. Temor a perderlo por su inexperiencia. Por cometer errores. Por hacer las cosas mal. Pero la expresión de Colton se suavizó.
—Becky, escucha. Eres hermosa —acarició un mechón de su cabello—. Y eres perfecta para mí, ¿de acuerdo? —Ella asintió, anonadada—. Esto que tenemos es nuestro. No hay prisas. No hay nada que obedecer ni corregir —aclaró—. Tranquila. Solo déjate llevar por lo que sientes. Todo estará bien.
Becca lo besó de nuevo. «Solo déjate llevar por lo que sientes». Aquello le había dado la libertad que tanto ansiaba. La seguridad de que no debía encajar en ningún molde, porque en ese mundo que habían construido podía ser ella misma. Sin límites. Sin restricciones.
Caminaron hacia la orilla de la cama; ella se dejó caer, y él la besó otra vez allí. Sus cuerpos se tocaron como nunca antes lo habían hecho. Saltaron chispas a través de toda la habitación. Colton —aunque también deseoso de ir más allá— se contuvo. Sabía que aún era pronto. Becca no estaba lista. La habitación ni siquiera les pertenecía. Se echó a un lado, entre risas cómplices, porque ambos se habían besado hasta quedarse sin aliento, e inhaló una bocanada de aire. Su cuerpo aún desprendía electricidad.
—¿Qué tienes? —indagó al descubrir la venda que cubría parte de su mano—. ¿Qué te pasó, Becky?
De pronto, ella bajó la mirada hacia la herida. La había olvidado por completo. Es que, cuando estaba con él, lo olvidaba todo. Incluso las heridas que, durante ese tiempo, no dolían.
—Oh, nada —le restó importancia—. Una pequeña lastimadura.
En silencio, él sujetó la mano herida y, con parsimonia, comenzó a quitar el vendaje.
—Esto es un corte, Becca —moduló con suavidad, sintiendo el dolor recorriéndole las entrañas. Alrededor del tajo, que había comenzado a cicatrizar, se veían varios hematomas oscuros—. Bastante profundo y aún está morado. ¿Te duele?
Ella emitió un jadeo de dolor cuando él la rozó con el pulgar.
—Estoy bien —mintió. No quería que su mundo oscuro contaminara aquellos momentos pacíficos que Colton le daba. Cuando estaba con él, prefería fingir que el hogar de acogida no existía ni tampoco las personas que vivían allí—. Soy torpe, Cole. Tengo accidentes estúpidos todo el tiempo.
—Si alguien te está haciendo daño, no es un accidente —él se llevó la mano hasta sus labios y dejó un beso en la palma, cuidadoso—. Nadie tiene derecho a lastimarte. Nadie. ¿Quién te está haciendo esto? Puedes decirme.
Becca se encontró entre la espada y la pared. Había mentido demasiadas veces a Colton; le dolía hacerlo. Además, era evidente que él no creía en sus excusas.
—Es... —«Solo díselo y todo terminará para siempre», pensó—. Es una compañera —murmuró—. Alexa. No le gusta que esté en el hogar. Ella... bueno, se irrita fácilmente.
—Y te lastima.
—Sí.
—Ella también te hizo el corte en el brazo —Becca asintió—. El moretón detrás de la oreja —nuevamente afirmó con la cabeza—. Las quemaduras en el cuello.
—Sí —reconoció. En parte, era cierto. Alexa le había hecho daño físico en varias ocasiones, pero Oscar lo había hecho más seguido. Más duro. Más doloroso. En lugares que nadie más podía ver—. Lo... lo hablé con mis tutores. Ellos están tratando de solucionarlo.
—No alcanza con que lo intenten, tienen que solucionarlo.
—Lo sé. Lo sé. Te prometo que lo están haciendo —trató de dejarlo más tranquilo. Sabía que Colton querría arreglarlo de algún modo, pero no podía permitirlo. Él era ajeno a ese mundo. No pertenecía a esa realidad cruel.
—Si esa chica vuelve a lastimarte, no lo dejaré pasar —advirtió—. Tendremos que buscar otra clase de ayuda. Hablar con la trabajadora social. Incluso ir a la policía.
—Está bien —aceptó sin rodeos. Luego buscaría la forma de salir de aquel problema—. Pero no será necesario porque no volverá a suceder. Se va a solucionar.
¿Lo haría? Probablemente no. Se asustó a causa de sus propias mentiras; Becca sabía, en su interior, que las situaciones de violencia escalaban cada día un poco más. Sabía que llevaba varios días sin regresar al hogar, que tendría que hacerlo en algún momento y que tendría que atenerse a las consecuencias de su inesperada ausencia. Giró hacia él, se abrazó a su torso y cerró los ojos cuando hundió la cabeza en su pecho. Solo quería sumergirse en el único rayo de esperanza que iluminaba su vida, el mayor tiempo posible.
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En la cocina, bebió un vaso de agua. Aún prevalecía la sensación ensordecedora que le había dejado la música demasiado alta. Después de dejar a Becca en casa de los Evans, tuvo que asegurarse de que Shepherd —completamente ebrio— había llegado a salvo. Los primeros llamados quedaron sin responder hasta que, en el cuarto intento, escuchó la voz de Daisy del otro lado. «Larga historia, pero te prometo que está bien. Lo traje a mi casa», aseguró ella. Sonó amable, aunque exhausta. No la culpaba. Shepherd era una de las mejores personas que había conocido, pero en su interior existía un tipo de oscuridad que nadie podía comprender en su totalidad. De vez en cuando, Colton lo intentaba. Pero sabía, también, que abrirse no era una tarea sencilla para algunas personas. Simplemente lo entendía, respetaba sus silencios y se encargaba de él cuando bebía tanto que ni siquiera podía caminar.
Del mismo modo, respetaba los secretos de Becca, a pesar de que, con el paso del tiempo, empezaba a volverse un hábito desesperante. Nunca se lo había dicho, pero era capaz de ver el modo en que la tristeza crecía cada día en su mirada. Percibía esa lucha intensa entre luz y oscuridad que se disputaba internamente, volviéndola una persona insegura que temía mostrarse tal como era. Por eso, aquella noche, en la habitación de la casa del lago, había sido un verdadero hito. Becca le confesó lo de sus heridas. Y el corazón de Colton no consiguió dejar de latir con impotencia. Ansiedad. Desesperación. Estaba seguro de que, por lo que restaba de la noche, no conseguiría conciliar el sueño.
—Ey, cariño —su madre apareció a través de las escaleras, vistiendo una bata que le cubría hasta los pies—. Deberías estar metido en la cama.
—Sí. Lo sé. Es lo que estaba a punto de hacer —aferró sus manos al borde de la mesada de cerámica.
—¿Estás bien? —ella se acercó y le acarició un hombro—. Estás cansado, lo sé. Pero no hablo de eso. Algo más pasa. ¿Qué me ocultas, Colty?
Él deslizó una mueca, nervioso.
—Es Becca.
—Becca, entiendo. ¿Pelearon?
Negó.
—Algo está pasando, mamá. Tenemos que ayudarla —imploró con los ojos vidriosos—. No está a salvo en el hogar temporal. Cada vez... cada vez que la veo, descubro una nueva marca o una nueva herida, ¿sabes? Y cuando no está conmigo, cuando no puedo protegerla... siento que no puedo respirar, es... agotador. No puedo vivir pensando que, en cualquier momento, alguien podría lastimarla.
Inhaló una bocanada de aire; su respiración trastabilló. Ada, paciente, puso una mano en su pecho y trató de calmarlo.
—Tranquilo, hijo. Tú estás haciendo todo lo posible para ayudar. Tranquilo —murmuró suave—. ¿Hace cuánto que sucede esto?
—Desde que la conozco —soltó. A pesar de la buena voluntad de su madre, sentía que nadie lo podía entender—. Está sufriendo en ese lugar y los que deberían intervenir no son capaces de asumir la responsabilidad —la furia se hizo eco en su voz—. Tengo que sacarla de ahí. ¿Me puedes ayudar, mamá?
—Por supuesto que sí —la mujer lo abrazó, angustiada—. Esto es demasiado para que lo cargues tú solo, cariño. Hiciste lo correcto al pedir ayuda. Hablaré con tu papá, ¿de acuerdo? Te prometo que haremos todo lo posible por mejorar la situación de Becca —las palabras de Ada le dieron un atisbo de tranquilidad. Confiaba en ella—. Ahora intenta descansar un poco, ¿sí? Toma una ducha. Métete a la cama. Hazme caso, Colty. Tienes que descansar.
Ada luchó internamente para no desmoronarse mientras veía a su hijo desaparecer a través de las escaleras. Sin duda, había criado a un muchacho bondadoso, con un gran sentido de la justicia y una tendencia a cargar con los problemas de los demás que, a veces, escapaba de sus manos.
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