46.
NUNCA ME ABANDONES
En su cabeza resonó el eco de gritos que no alcanzaba a entender, solo fragmentos: «¡Desagradecida!», «¡Te dije que debías respetar las reglas!». No recordaba qué había pasado. Todo lo que sabía era que llegó a esa gasolinera, tambaleando. Mientras arrastraba los pies hacia un área iluminada, comenzó a experimentar un dolor desgarrador que se concentraba en su pecho, pero se expandía a cada recoveco de su cuerpo. Podía sentir la sangre seca en su labio, el latido punzante en la sien, el ardor en las costillas cada vez que —con gran dificultad— trataba de respirar. El aire olía a nafta, a caucho quemado, a frío. No podía recordar cómo llegó hasta ahí. Solo que corrió. Tenía que correr. Eso era todo lo que podía rememorar.
Al detenerse frente a una puerta de vidrio, emitió un jadeo de dolor tras desconocerse en el reflejo. Aunque borroso, pudo distinguir las prendas de vestir desgarradas, el cabello hecho un desastre, la sangre por todas partes. No podía asimilar que era ella. ¿Cómo llegó a ese estado? Lágrimas calientes se deslizaron a través de sus mejillas; su mente era un caos imposible de organizar. Gritos. Violencia. Miedo. Su garganta estaba cerrada, también era incapaz de hablar. Era como si el dolor estuviera tomando cada parte de su cuerpo, lo paralizaba poco a poco.
Las luces blancas de la gasolinera parpadeaban. No sabía hacia dónde ir. Sus piernas comenzaron a flaquear, por lo que decidió buscar apoyo contra una pared y se acabó deslizando hasta quedar sentada en el suelo de hormigón. Temblando, alzó la vista tras percibir la presencia de alguien más. Su corazón golpeó velozmente contra las costillas doloridas, como si estuviera a punto de estamparse y estallar en cientos de pedacitos.
—Eh, jovencita. ¿Me puedes oír? —preguntó un empleado, temeroso. No quería problemas—. ¿Hola? —Ella lo miró como un cervatillo asustado. Luego, asintió—. Llamaré a la policía. Necesitas ayuda.
—No, no. Por favor, no llame a nadie más —logró modular. «Policía». Aquella palabra le despertó viejos recuerdos. El pasado que la condenó al hogar temporal. Los cuestionarios. Las miradas intimidantes. La sensación de que todo el tiempo estaba siendo juzgada. No quería pasar nuevamente por eso—. Puedes... —llevó la vista hacia su mano, cerrada en un puño. Al abrirla, descubrió el trozo de papel abollado que en algún momento se guardó. No recordaba cómo. Ni cuándo. Simplemente lo tenía—. Llamar a él —extendió la nota.
El muchacho lo abrió, leyó el número y el nombre que firmaba. Sacó un teléfono y marcó, apresurado. Becca respiraba con dificultad. No era consciente de su estado. Consiguió hablar, pero se sentía fuera de sí misma, como si estuviera viéndolo todo desde otro ángulo. Sus ojos continuaban abiertos, mas no era seguro cuánto tiempo resistiría así.
🤍🏀🤍
Arrugó los ojos mientras leía en la pantalla del teléfono «número desconocido». Eran las dos de la madrugada. Su pecho se encogió de angustia. Un llamado a esa hora nunca traía buenas noticias. Sin embargo, tomó coraje y atendió.
—¿Eres Colton? —escuchó la voz de un hombre.
—Sí. ¿Quién habla?
—Trabajo en la gasolinera de la séptima avenida —murmuró—. Hay una chica que está aquí y me dio tu número. Se ve mal. Está herida, parece en estado de shock. Quise llamar a la policía, pero se negaba, así que... Mira, ¿puedes venir por ella?
«Becky». Su corazón se desmoronó. Al mismo tiempo que el tipo hablaba, Colton había salido de la cama. Sostuvo el teléfono pegado a su oído con el hombro para ponerse un pantalón, siguió con las zapatillas y se levantó a recoger la primera chaqueta que encontró.
—Estoy en camino —contestó directo—. Por favor, asegúrese de que se quede allí. Llegaré en cinco minutos —rogó.
La impotencia ahuecó su pecho. No había mucho que pudiera hacer más que llegar lo más rápido posible. En penumbras, buscó las llaves del automóvil en la mesita de noche y, a causa de su inquietud, acabó arrojando un par de objetos al piso. No le importó. Pero sí llamó la atención de Shep, que dormía plácidamente en el sofá de la habitación.
—¿Qué haces? No me digas que vas a ponerte a entrenar de madrugada —hundió un almohadón en su rostro.
—Es Becca —su voz tembló ligeramente—. Tengo que ir por ella.
Su expresión de angustia fue suficiente. Shepherd entendió al instante que algo malo estaba pasando.
—Voy contigo —ofreció sin dudar y salió del sofá.
🤍🏀🤍
Dormitaba cuando escuchó una voz familiar. Creyó que estaba soñando cuando el sonido tranquilizador se intensificó hasta convertirse en un toque cálido y seguro. El dolor intenso en su pecho la estaba rompiendo. La respiración, cada vez más superficial, le impedía pensar con claridad. Su vista, apenas entreabierta, estaba borrosa. Las heridas abiertas. La sustancia rojiza que sabía a metal en su boca. Su alrededor era una completa confusión que no podía comprender. Emitió un jadeo de dolor cuando él le apartó el cabello del rostro; vulnerable ante cualquier toque. Frágil.
—Becky, ey, preciosa —murmuró con voz suave. Ella empezó a sollozar—. Tranquila. Todo estará bien, todo irá bien —continuó usando toda su fuerza interior para contenerse a sí mismo. Adondequiera que pusiera la mirada, descubría una nueva herida, un nuevo golpe. Su estómago era un manojo de nervios. Impotencia. Bronca.
—¿Cole?
—Sí. Soy yo. Estoy aquí —se distanció solo para quitarse la chaqueta—. Ya no tienes que preocuparte por nada, ¿de acuerdo? Yo me haré cargo de todo. Te sacaré de aquí —prometió al mismo tiempo que envolvía su cuerpo con sumo cuidado. Además de herida, estaba congelada.
—A... apenas puedo... respirar —pronunció con dificultad.
—Puedes hacerlo, Becky. Sé que puedes —minimizó la distancia y, reuniendo fuerzas, colocó un brazo detrás de su espalda y otro bajo sus rodillas—. Voy a alzarte, ¿está bien? Solo no dejes de respirar, yo haré el resto. Tranquila.
Firme, Colton la sujetó entre sus brazos. Becca aproximó la cabeza a su pecho y su mano, aunque débil, se aferró al cuello de la camiseta. Desesperación en su estado más puro. No quería, por nada del mundo, despegarse de él. Y, si aquello era un sueño, prefería pasar el resto de su vida dormida.
Él caminó hacia el vehículo, donde Shepherd esperaba con la puerta de los asientos traseros abierta. Al ver a Becca, el labio inferior de Shepherd tembló, su mirada se tornó brillante y una fuerza invisible le apretó la garganta. Era Becca. La chica más dulce e inocente del instituto. La que siempre ponía una sonrisa aunque su mundo estuviera cayendo a pedazos. La que se había ilusionado por algo tan simple como peinar a su hermanita de cuatro años. No encontraba sentido a que le hicieran semejante daño. No podía ser cierto. Sin embargo, también echó un vistazo a su mejor amigo. Comprendió que se estaba obligando a mantenerse duro como una roca. Tenía que sostener a Becca en sus brazos. Transmitirle seguridad mientras se ocupaba de ponerla a salvo. No era su momento para derrumbarse, aunque por su mirada podía adivinar que estaba aterrado como un niño pequeño que se perdió en un lugar desconocido.
—Tenemos que llevarla al hospital más cercano —indicó Colton, que se había acomodado en el asiento de atrás con Becca en sus brazos—. Rápido, Shep.
—¿Estará bien? —vaciló, aunque de un modo automático puso el vehículo en marcha.
—Sí, pero tienes que darte prisa —dijo frustrado. No quería perder la calma, pero era imposible. Estaba furioso con el mundo, pero aún más consigo mismo por no haberla protegido.
—No... No me dejes sola —imploró. Mantenía los ojos cerrados, pero su estado había mejorado ligeramente porque empezó a sentirse a salvo—. Por... Por favor, Cole. No me dejes.
—No pienso despegarme de ti ni por un segundo, ¿escuchaste? —habló con dulzura—. Me quedaré todo el tiempo contigo. Te lo prometo, Becky —dejó un beso delicado sobre la frente. Le dio la impresión de que Becca sonrió ligeramente y eso le partió el corazón—. Tú también quédate aquí conmigo, eh. ¿Puedes mirarme? —ella abrió los ojos. Apenas. Hizo un gran esfuerzo para conseguirlo—. Eso es. Resiste, preciosa. Sé que tú puedes.
—Cole —susurró.
—Ey, Becky. Respira.
—Mi ángel —masculló cerca de perder el aliento. Agotada—. De verdad... ¿eres... tú?
—Sí, preciosa. Estoy aquí. No iré a ninguna parte —rectificó—. Nada ni nadie hará que me mueva de tu lado. No dejaré que eso pase.
—¿Te... te quedarás conmigo?
—Todo el tiempo.
—No fue Alexa —surgió la necesidad de confesar. Entreabrió los ojos, nuevamente. La culpa de haberla acusado la carcomía por dentro—. Oscar —lágrimas retornaron a cubrir sus mejillas; las gotas transparentes se mezclaban con restos de sangre que brotaba de su herida en la sien—. Él lo hizo, él... —un sollozo interrumpió sus palabras, que a duras penas había logrado pronunciar.
Colton tragó saliva, ahogado por la angustia. Acercó una mano al rostro de Becca y limpió las lágrimas, cuidadoso, a través de caricias.
—Lo sé, Becky. No te preocupes por eso ahora, ¿está bien? Solo intenta respirar —volvió a calmarla. Él solo quería que resistiera, que no perdiera la conciencia, que sus ojos se mantuvieran entreabiertos, que su respiración siguiera haciéndose escuchar—. No volverá a tocarte, ni él ni nadie. Estás a salvo. Piensa en eso, ¿sí?
Apartó la mirada de Becca cuando las luces blancas en el exterior del hospital lo iluminaron. Habían llegado. Notó que era el centro médico donde trabajaba su padre y eso, de cierto modo, lo alivió. Al menos había una persona de confianza allí dentro. Shepherd aparcó el vehículo frente a la puerta de ingreso y, de inmediato, ayudó a Colton a salir junto a Becca, que permanecía en sus brazos. Las puertas automáticas se abrieron, el olor característico los envolvió —antisépticos y desinfectantes— y, antes de que pudiera expresar su desesperación, distinguió un par de médicos acercarse con una camilla móvil.
—¿Qué pasó? —preguntó una doctora de cabello recogido.
—La atacaron —Colton respondió como pudo. No sabía cómo explicar. Su respiración también estaba agitada, su mente hecha un caos—. Tiene golpes por todas partes, yo... La encontré así.
—Déjala aquí, la vamos a examinar —ordenó. A su alrededor, parte del equipo médico se preparaba para atenderla.
Colton atinó a dejarla en la camilla, pero Becca se rehusó, aferrándose con la poca fuerza que le quedaba al cuello de él.
—No... —emitió un gemido de dolor—. No me sueltes, Cole. Por favor —murmuró con la voz quebrada, su cuerpo temblando, presa del miedo.
—Becky, ey. Tienes que escucharme, preciosa. Ellos te ayudarán, ¿sí? No voy a irme de aquí, te lo prometí, ¿recuerdas? Nadie más va a lastimarte.
Él volvió a inclinarse para apoyarla sobre la superficie mullida; sin embargo, Becca hundió los dedos en su cuello y, con la otra mano, se agarró de su camiseta. No había forma de alejarla de él. Y todos a su alrededor parecieron asimilarlo, intercambiaron miradas de comprensión y la doctora que llevaba el mando le dirigió una mirada firme.
—Puedes quedarte a su lado, pero la tenemos que examinar, ahora.
Colton asintió.
—¿Escuchaste? Me quedo aquí, Becky. Te soltaré un momento —explicó suavemente mientras la acomodaba en la camilla—. Eso es. Dame tu mano —apenas la encontró, ella se aferró una vez más con desesperación—. Está bien. Te tengo —besó sus nudillos justo cuando sus lágrimas también comenzaron a aflorar.
¿En qué momento se descuidó? ¿En qué momento permitió que algo así ocurriera? Verla en ese estado era demasiado. Lo abrumaba. Le producía ganas de vomitar. Estaba ahí, tomando su mano, resistiendo por ella, pero su interior estaba plagado de sentimientos encontrados que colisionaban hasta explotar.
El equipo médico comenzó a desplazar la camilla hacia un shock room y él se acopló al ritmo, caminó rápido con ellos sin soltar la mano de Becca. Ella todavía estaba consciente, pero envuelta en una crisis de ansiedad; oponía cierta resistencia ante los procedimientos. Incapaz de alejarse, Colton se ubicó a un extremo e intentó calmarla; después de todo, solo ellos podían detener el dolor. Colapsado, intentó mantenerse firme mientras los médicos actuaban. Enumeraban términos como «policontusiones graves», «trauma craneal», «posible fractura de esternón», cuando experimentó la sensación de que él también caería desmayado.
—Colton, hijo —de pronto, percibió la mano de su padre en un hombro—. ¿Qué pasó?
—Es Becca, papá —respondió con la voz rasgada. En ese instante, le estaban colocando oxígeno e inyectando opioides para tranquilizarla—. Tienes que hacer algo. Ayúdala. ¡Haz algo!
—Lo están haciendo, Cole. Tranquilo —Andrew Bradford notó la sangre en la camiseta de su hijo. La expresión perturbada, la piel pálida, las lágrimas. Estaba sufriendo en carne propia el dolor de la chica—. Tenemos que dejar que hagan su trabajo, ¿de acuerdo? —él asintió de un modo automático, su mirada permanecía en Becca, al igual que seguía aferrado a su mano—. Tenemos que salir.
—No, no —se rehusó—. No voy a dejarla sola. Se lo prometí.
—Cole —el hombre suavizó el tono—. Ahora mismo, está sedada. No puede sentir nada. Dejemos que hagan su trabajo, solo será un momento. Cuando ella abra los ojos, tú estarás a su lado. Mírame, hijo. Te prometo que así será.
Casi a rastras, Colton abandonó la sala de emergencias. Sin embargo, no se alejó demasiado. Se quedó justo del otro lado, pegado a la pared como si aquello pudiera hacer las cosas más fáciles. Sintió, de pronto, que sus pulmones colapsaron, que no tenía aire, que todo su mundo se derrumbaba y no podía hacer nada para detenerlo. Su padre —que todavía no comprendía la situación— lo abrazó y, entonces, se desmoronó. El miedo. La impotencia. El dolor. Lo dejó salir todo.
🤍🏀🤍
Si la historia te gusta, me ayudaría mucho que me dieras estrellitas, comentarios y la recomiendes a otras personas :).
Recuerda añadir la historia a tu biblioteca y seguirme en mi perfil, así no te perderás de ninguna novedad u aviso importante.
Gracias por la lectura y el apoyo.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top