47.


DUELE RESPIRAR


Incapaz de evadir sus pensamientos, Colton permaneció en la silla frente a la sala de emergencias. Inclinado y con la cabeza entre las manos, Shepherd hizo círculos en su espalda para recordarle que estaba ahí. Nunca lo dejaría solo. Elevó la mirada al percibir que alguien se avecinaba y, desesperado, divisó la figura de su padre que surgía de la sala de emergencias. De inmediato, se puso de pie.

Andrew Bradford le había prometido que lo mantendría al tanto de la situación, dado que, al ser uno de los jefes del hospital, tenía acceso a cualquier tipo de información acerca del caso. No tenía buena cara. El panorama en sí mismo era preocupante. Becca era joven, sana y fuerte —se recuperaría con el tiempo—; sin embargo, había otros detalles que lo alarmaron todavía más. Firme —tal como acostumbraba a dirigirse a los familiares de pacientes—, miró a su hijo dispuesto a decir la verdad, clara y concisa. No obstante, notó el estado de vulnerabilidad de Colton. Su profunda angustia. La desesperación por encontrar alivio. Y supo que, dado el caso, le costaría actuar como un profesional. Era su hijo. Tan solo quería abrazarlo, asegurarle que todo iría bien.

—¿Y? ¿Cómo está? —titubeó Colton—. ¿Puedo verla?

—Un segundo, hijo —pidió. Shepherd también se había puesto de pie, cuidando la espalda de su mejor amigo—. Sufrió una agresión física, por lo tanto, los golpes le provocaron una fractura en el esternón, lo que le impide respirar con normalidad. También presenta traumatismo craneal leve, contusiones en varias partes del cuerpo, especialmente en la zona abdominal. Y otras heridas superficiales, como un corte en el labio inferior y otro en la sien.

—Qué hijo de puta... —musitó. Su mandíbula se apretó, conteniendo la tensión.

—Lamentablemente, eso no es todo. Becca tiene lesiones antiguas. Es posible que lleve años sufriendo maltrato físico —explicó afligido.

Colton sintió ganas de vomitar. En ese instante, su cabeza hizo clic. Lo entendió todo. La rescataron de un infierno para meterla en otro.

—Cole, sé que es duro. Pero ahora mismo eres su único vínculo, vamos a necesitar que brindes algunos datos. Empezando por su tutor. Han intentado contactar con él, pero nadie contesta el teléfono de línea.

Impotente, bajó la mirada y negó; sintió que el universo se burlaba de ellos. Era una gran ironía que trataran de dar aviso sobre el estado de Becca a la basura de persona que se lo provocó.

—Oscar, así se llama. Así que no contesta, ¿eh? Cobarde de mierda —escupió; la sangre hervía a través de sus venas—. Ese hijo de puta no volverá a acercarse a Becca —pronunció con determinación—. Él le hizo esto.

—Es una acusación grave, Colton. ¿Estás seguro?

—Becca me lo dijo —reafirmó—. Me lo dijo cuando la recogí, papá. Ella... Apenas podía respirar, pero aun así tuvo fuerzas para decírmelo —sus ojos estaban inyectados de furia, pero cubiertos por una capa de humedad—. Tenemos que ponerle una denuncia, él no puede... —exasperado, tuvo que sentarse en la silla para recuperar el aliento—. Mierda, lo voy a matar. Haré que sienta todo el dolor por el que está pasando Becca ahora mismo. Lo multiplicaré.

—No, hijo. Escúchame. Sé que todo esto es una mierda. Y sí, ese tipo merece sufrir, pero tú no te ocuparás de eso, ¿está claro? Yo me haré cargo de tomar las medidas que correspondan —manifestó con seguridad. Oscar era un peligro, una amenaza. Él se encargaría de que tuviera su merecido—. Puedes ir a verla ahora. Quédate con ella.

Apenas escuchó «puedes ir a verla», el rencor se silenció. La furia perdió potencia. Lo único que deseaba era tomar su mano otra vez, acariciar su mejilla, repetirle que «todo estaría bien», hacerle sentir que no estaba sola. Nunca más lo estaría.

Shep le dio una palmada en el hombro, conmocionado.

—¿Puedes avisar a Julian?

—Lo haré. Eh, Cole —lo detuvo—. No tienes que preocuparte por nada más. Ve con ella, hermano.


🤍🏀🤍


Una enfermera lo guió hacia la sala de internación donde habían trasladado a Becca. Apenas ingresó, escuchó el pitido que emitía el monitor de signos vitales. Era un sonido regular. Constante. Además, del aparato se desprendía una serie de cables que estaban conectados directamente a Becca. Su chica. Le dedicó una mirada repleta de dolor que le rompió el corazón. Notó que estaba pálida, con raspones en la frente y un moretón que asomaba en la base del cuello. Sus labios, hinchados y con un punto de sutura, estaban secos y entreabiertos, mientras respiraba de forma irregular. Tenía una cánula de oxígeno nasal que la ayudaba a hacerlo. Al acercarse, reconoció un quejido débil, como si le doliera respirar. Su estómago se encogió.

—Colton, ¿no? —la médica, que apuntaba una serie de datos, captó su atención. Estaba justo del otro lado de la cama. Él asintió—. Tuvimos que sedarla para controlar el dolor y el ataque de ansiedad —contó mientras apartaba la libreta—. Está volviendo en sí, poco a poco. ¿Por qué no te sientas?

Aturdido, Colton divisó la silla a una orilla y, tras acercarla lo más posible a la cama, se acomodó. Entonces, encontró la mano de Becca y la sostuvo con delicadeza. Distinguió la vía en su brazo. Trató de apartar la mirada, pero fue imposible. Pensó en la forma en que la cargó cuando entraron al hospital, el modo en que sus ojos por un instante lo miraron —llenos de pánico— y en cómo se aferró a su camiseta, suplicando que no la dejara. Cuidadoso, pasó la mano libre por su cabello, apartó un mechón que tenía pegado a la frente, acarició su piel.

—Hola, Becky —apretó el agarre. Una suave sonrisa se dibujó en los labios de la chica, que, al mismo tiempo, abría los ojos lentamente—. Preciosa. Todo estará bien, te lo prometo. Ya estás a salvo.

—Hola, ángel —susurró débilmente—. ¿Qué tengo?

La profesional, que vestía uniforme azul oscuro y traía un estetoscopio alrededor del cuello, se aproximó con firmeza, pero con mirada cálida.

—Becca, soy la doctora Green. ¿Puedes oírme? —la chica, como pudo, asintió—. Muy bien. Qué bueno verte despierta. ¿Cómo te sientes? —preguntó al mismo tiempo que revisaba sus pupilas con una linterna.

—Duele... Respirar —consiguió hablar. Hacerlo también dolía. Su voz sonaba ahogada.

—Está bien, cariño. No te esfuerces —recomendó—. Todos aquí estamos cuidando de ti —se enderezó, buscó la mirada de Colton y luego fue hacia la de Becca, todavía aterrada a pesar de que la presencia del chico le daba confianza—. Te explico lo que encontramos: tienes una fractura en el esternón, un hueso del tórax. Por eso duele tanto el pecho cuando respiras. Tienes múltiples contusiones en el cuerpo, un corte en el labio que ya suturamos y un golpe en la cabeza que estamos controlando. Hicimos una tomografía y no encontramos sangrados internos, pero necesitamos que permanezcas en observación para controlar tu evolución.

Becca sintió que su garganta se cerraba, como si el aire se volviera más y más pesado a medida que asimilaba cada una de las palabras. Tragó saliva, abrumada. Ser consciente de la situación era un golpe frío pero, al mismo tiempo, lo agradecía. La verdad siempre era la mejor opción, aunque doliera.

—¿Voy a... estar bien? —preguntó en un susurro. Cole acariciaba el dorso de su mano con el pulgar.

La doctora asintió deslizando una pequeña sonrisa.

—Sí, estarás bien. Solo vas a necesitar reposo, analgésicos y ciertos cuidados. El esternón tarda en curar, pero con el manejo adecuado y respirando profundamente aunque duela, vamos a evitar complicaciones. Lo más importante es que descanses. ¿De acuerdo? —Becca asintió, al igual que Colton, que había oído atentamente cada indicación—. Voy a dejar que duermas un poco ahora, ¿sí? Pasaré dentro de un rato para que podamos hablar más. Descansa.

Inhaló una bocanada de aire. Su pecho ardió como el infierno. Emitió un quejido al mismo tiempo que un par de lágrimas desbordaron de los ojos. Estaba físicamente exhausta. Emocionalmente agotada. Permanecer consciente incrementó ese estado: las imágenes de lo sucedido comenzaron a aparecer de forma gradual en su cabeza —como flashes de una película que creyó olvidar— y solo deseó hundirse en un sueño profundo donde no pudiera sentir absolutamente nada.

—Ey, linda. ¿Escuchaste? Estarás bien —pronunció Colton suavemente. Mientras, le limpió las lágrimas y dejó caricias en las partes de su rostro que no dolían. En su mundo, él era todo lo bueno que le quedaba. El único que no había roto ninguna promesa: quedarse con ella. Antes de sumirse en los efectos del sedante, podía recordarlo tomando su mano. Al despertar, su presencia fue la primera de la que se percató.

—¿Estás... solo? —a pesar de que quería hacer un montón de preguntas, no tenía fuerzas para hacerlo. A su manera, necesitaba asegurarse de que Colton también estuviera contenido.

—No. Afuera están mi padre y Shep —respondió con alivio—. Mamá está en camino. Al igual que Julian y Maggie. Tú solo ocúpate de descansar, Becky. Todos estamos cuidando de ti —despacio, se aproximó y dejó un beso en la frente; ella lo recibió cerrando los ojos, guardando esa sensación como si fuera un tesoro. Temiendo que Colton tuviera que irse, se aferró a su mano con la poca fuerza que tenía—. Ey, tranquila. Me quedo aquí mientras descansas. No voy a ninguna parte —volvió a sentarse, su pulgar de nuevo acarició el dorso de su mano.

Así, segura con Colton a su alrededor, cayó dormida otra vez. Durante un largo rato, el muchacho permaneció con el mentón sobre un sector libre de la cama. La miró descansar. La miró preguntándose si había algún modo de intercambiar lugares: él podía recibir todo su dolor, los golpes, las fracturas. Él podía resistir en esa cama. Estaba seguro de que, de algún modo, dolería menos que verla en ese estado.

En algún momento, él dormitó en aquella postura incómoda. Se incorporó, horas después, al percatarse de los movimientos en el cuarto, y divisó a la doctora Green, junto a una mujer que, a juzgar por su apariencia, no pertenecía al equipo médico.

—Lo siento, Becca. Sé que estás descansando, pero tenemos que comprobar tu evolución —comentó la médica, a lo que Becca despertó al instante, como si aún estuviera alerta por si acaso—. También es importante que nos cuentes qué pasó. Si sufriste algún otro golpe, si sientes dolor en otro lado —indicó con paciencia—. Ella es Samantha, la trabajadora social. Está aquí para darte una mano. ¿Puedes recordar lo que ocurrió, Becca?


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