48.


LA NOCHE QUE SOBREVIVIÓ


Al finalizar la fiesta de cumpleaños de Kaylee, Colton llevó a Becca hasta la casa de los Evans. No había rastros de Julian. Sin embargo, ella quería quedarse ahí por dos motivos: Maggie le había pedido si podía ayudar en el café el sábado por la mañana —ya que había una reunión numerosa— y, además, su intuición la hacía evitar el hogar de acogida —aunque en el fondo sabía la realidad: tendría que regresar en algún momento—. Ese mundo aparte que había construido ignoraba la parte de que, para la ley, estaba bajo la tutela de Oscar y su esposa, Isabella. No podría ignorar ese hecho el resto de su vida.

Podía recordar a la perfección que tardó más de la cuenta porque se entretuvo besando a Colton, sentada sobre él en el asiento principal del vehículo. Había sido una experiencia movilizadora —en especial cuando él besó su cuello, despertando una revolución de mariposas en su estómago—; era la clase de intimidad que mantenía cualquier pareja de enamorados y, aunque todo fuera nuevo para ella, quería seguir adelante. El miedo por fracasar siempre estaría, pero no permitía que la dominara. Lo silenció. Eligió confiar en Colton, que le daba la seguridad suficiente porque, a pesar de su experiencia, avanzaba con precaución. No porque no la deseara con intensidad —todo lo contrario—; en realidad, ella era su prioridad y se interesaba por respetar sus tiempos. «Sin prisas», le había dicho más de una vez, algo que la tranquilizaba de un modo inexplicable.

Tras despedirse de Colton, Maggie la recibió en casa. Exhausta, tomó un baño rápido y se metió a la cama, donde cayó dormida al instante. Al día siguiente trabajó hasta el atardecer en el café que, como de costumbre, duplicó los clientes durante el fin de semana. Becca se puso a recoger las mesas cuando Maggie se acercó con expresión seria.

—Cielo, lo olvidé por completo —se disculpó de antemano—. Oscar es tu tutor, ¿no? —Becca asintió, desconcertada—. Estuvo aquí ayer, luego del partido. Me preguntó por ti. Me dijo que te pidiera que volvieras a casa lo antes posible —comentó. En su mirada se reflejaba la culpa por haberlo olvidado por completo.

Becca dejó caer la bandeja de metal que sostenía entre las manos. No hubo daños, solo un sonoro estallido.

—Oh, claro —contuvo la respiración—. Yo... Terminaré con todo esto e iré.

—Está bien —Maggie sonrió ligeramente—. Puedes ir ahora, si quieres.

—No. Prefiero... Prefiero terminar lo que empecé —se cruzó de brazos, ocultando su preocupación.

De pronto, todo su interior comenzó a temblar. «No vayas», advirtió una voz. «Tienes que ir. Es tu deber. Tienes que actuar con responsabilidad», habló la razón. Tal vez simplemente podía ir, dejar el dinero que acumulaba desde hacía días y, poco después, regresar a casa de los Evans. Su debate interno era un caos. Echó un vistazo a Maggie, que contaba dinero de la caja registradora sobre un mostrador, y su impulso de pedir ayuda se apagó. Era una realidad que la mujer tenía problemas económicos que la mantenían preocupada; no quería darle otro más. Julian llevaba el día entero sin aparecer, tampoco podía hablar con él. A Colton lo descartó por varias razones —los sábados por la tarde asistía a largos entrenamientos en la academia, además de lidiar con sus problemas de salud—; le pareció egoísta darle otro motivo de preocupación, especialmente cuando creía que era capaz de resolverlo por sí sola. «Solo será por unas horas. Le das el dinero, haces lo que te pida y sales de ahí», dictaminó para sí misma.


🤍🏀🤍


—Finalmente te dignas a aparecer —de espaldas, frente a la mesada de la cocina, Oscar la sorprendió al caer la noche—. ¿Adónde te habías metido, pedazo de zorra? Seguro estabas en la cama con ese novio que tienes, así es como lo convences para que esté contigo —dijo burlón.

Ella enderezó la espalda mientras cortaba verduras en una tabla de madera. Pensó que, si preparaba una cena deliciosa, la furia sería menor.

—Estaba trabajando —carraspeó—. Traje el dinero. Lo dejé en el aparador —quizá, si también le hablaba del dinero, su malhumor mejoraría—. Y traje comida suficiente para la cena. Haré un... Haré un salteado de verduras con pollo.

Durante unos minutos, reinó el silencio. Becca no se animó a mirar tras su hombro. Llegó a creer que había conseguido lo imposible: satisfacer a Oscar. Sin embargo, la ilusión se desmoronó en un parpadeo. Él tiró de su cabello, la arrastró hacia el pasillo y ella pegó un grito, mientras su espalda chocó contra la pared. Fue ahí donde la derribó. Él gritó algo como «¡te crees mejor que yo, estúpida! ¿Cuántas veces tengo que enseñarte que aquí mando yo?». Becca elevó apenas la mirada, notó que tenía la cara roja, los ojos encendidos por la furia. «Esto no pasará otra vez», se dijo a sí misma, pero no consiguió hacer mucho. En cuanto se puso de pie, llegó el primer golpe directo a su estómago, impacto que le cortó la respiración y la dobló por la mitad. Trató de pedir ayuda, pero, antes de que pudiera hacerlo, su puño se estrelló en su cara. De pronto, su alrededor se convirtió en un vacío negro, el dolor tomó protagonismo y perdió el equilibrio; cayó al suelo, buscó apoyo con sus manos que temblaban, inútiles.

No podía recordar con exactitud sus palabras, eran frases crueles, una tras otra. «Deberías recordar más seguido que podría matarte aquí mismo y a nadie le importaría», vociferó mientras la sujetaba del cabello para levantarla con fuerza. El siguiente golpe fue un puño en su pecho. Tan fuerte que Becca pudo oír algo dentro de sí misma crujir, como una rama seca partiéndose a la mitad, seguido de un dolor insoportable que la recorrió entera. Entonces, cayó de espaldas, incapaz de respirar, abrió la boca, pero no obtuvo más que un grito mudo. No había manera de conseguir aire. El solo hecho de esforzarse por inhalar se sentía como estar tragando fuego.

En el piso, totalmente frágil y debilitada, Oscar le pateó las piernas, las costillas y los brazos cuando intentó cubrirse para amortiguar la paliza animal que ese monstruo le daba. La ira brotaba a través de cada poro de su piel. Becca pensó que su última esperanza era obtener un poco de compasión. Piedad. Y lo miró, con los ojos húmedos pero apagados.

—Por favor... Ya basta. Duele demasiado. Ten piedad... Por favor —imploró.

Ni siquiera Dios pudo ayudarla. Lo empeoró aún más.

—¡Deja de mirarme así! —rugió y hundió su bota, que aplastó un costado de su cuerpo. Ella se encogió sollozando, sintiendo cómo la sangre brotaba del labio inferior. Tosió. Escupió aquel líquido rojizo en el piso—. Esto es solo el principio, es lo mínimo que merece una zorra como tú —agregó, marchándose hacia la cocina.

Becca escuchó que el hombre comenzaba a abrir los cajones como si estuviera buscando algo. Quizá un elemento para provocar otro tipo de heridas. No tenía idea. Solo supo que, entre el miedo y la agonía, brilló una chispa de instinto, junto a una fuerza interior que surgió en el momento clave. Aún temblando, se apoyó sobre sus manos y luego sobre la pared, para incorporarse. Finalmente, de pie y mareada, corrió hasta la puerta de salida. Increíblemente, las piernas le respondieron.

El aire frío de la noche golpeó su cara cuando llegó a la acera. El dolor en el pecho latía sin descanso. Aun así, se concentró en las luces a su alrededor que, ante su vista, eran borrosas y confusas, pero, de igual manera, se las ingenió para seguirlas. «Corre. Solo tienes que correr. No pares».

La llegada a la gasolinera aparecía como un flashback lejano en su memoria. Recordaba que, en ese instante, percibió que se había alejado lo suficiente; o, mejor dicho, fue su cuerpo el que dijo «ya no puedo más» y se detuvo. Recordaba también que cualquier persona desconocida a su alrededor le causaba un pánico indescriptible, como si no pudiera confiar en nadie. Por último, recordaba la actitud predispuesta de aquel empleado que se acercó, tratando de ayudar y, como si hubiera sido un milagro, Becca hurgó en el bolsillo de su pantalón y encontró aquel trozo de papel que llevaba a todos lados con ella. La nota de Colton. Y luego, como un ángel, él estaba ahí.

🤍🏀🤍

Si la historia te gusta, me ayudaría mucho que me dieras estrellitas, comentarios y la recomiendes a otras personas :).

Recuerda añadir la historia a tu biblioteca y seguirme en mi perfil, así no te perderás de ninguna novedad u aviso importante.

Gracias por la lectura y el apoyo.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top