44.
SIN LÍMITES
«No me falles. Por favor. No falles ahora». Colton intentó centrar sus pensamientos en el partido que tenía por delante. «Tranquilo. Todo está bien», se dijo a sí mismo. Mantener la calma era primordial. Tenía la intuición de que, si evitaba preocuparse por situaciones externas, su cuerpo no entraría en un estado de alerta y, por lo tanto, no alteraría su corazón. En su mente, había ideado un plan: correr lo justo y suficiente. Elegir los momentos correctos para destacar, de modo que disminuyera su esfuerzo y, al mismo tiempo, lograra mostrar sus virtudes frente al público. Especialmente si entre ellos había cazatalentos, agentes o entrenadores de grandes universidades interesados en sus cualidades deportivas.
Tras colocarse la camiseta de basquetbol, Colton cerró el locker y se apoyó en la superficie metálica. Cerró los ojos, trató de regular la respiración. «Inhala. Exhala. Eso es», repitió aquel ejercicio lentamente. Cuarenta minutos. Era todo lo que su corazón necesitaba aguantar. Luego, se prometió a sí mismo dejarlo descansar un par de días. Después de todo, se trataba de mantener el equilibrio.
—Eh, Bradford. Estás pálido —exclamó Julian, que volteó a mirarlo por casualidad—. ¿Quieres que llame a Kampbell?
—No llames a nadie —inhaló profundo. No quería alterarse—. Todo está bien.
—¿Cole? ¿Pasó algo? —interrumpió Shep, que acababa de ingresar al vestuario para cambiarse. Miró a Julian, desconfiado—. ¿Qué le hiciste?
—No pasó nada —alzó la voz. Lo último que necesitaba era que iniciaran una pelea—. Intento estar tranquilo, ¿de acuerdo? Solo es eso.
—Te traigo un poco de agua —ofreció Julian, que de inmediato se dirigió a la sala de bebederos hasta perderse de vista.
Mientras tanto, Shepherd endureció la mirada hacia Colton, que permanecía apoyado sobre un locker. Lo hacían todo juntos desde jardín de infantes. De hecho, Shep se involucró en el básquetbol porque no quería despegarse de su mejor amigo, a quien admiraba como si fuera un ídolo, mientras que Colton lo quería como si fuera un hermano. Siempre cuidándose el uno al otro, aunque, la mayoría de las veces, había sido Colton quien tuvo que preocuparse o salvarlo de ciertas situaciones. En ese instante, en cambio, ocurrió al revés. Le tocaba a Shepherd asumir el rol de cuidador y lo estaba haciendo, sintiéndose completamente responsable de mantenerlo a salvo. Lo que incluía hacer preguntas, regañar e incluso acudir a un adulto si así fuera necesario. Shepherd no lo dejaría llegar al límite.
—Quiero la verdad —exigió—. ¿Tienes problemas para respirar? ¿Te duele el pecho?
—No —aseguró—. Te prometo que no está pasando.
—¿Qué tienes?
—Es Becca —soltó sin reparos—. No sé nada de ella. No llamó. No pude verla. Me preocupa. Es que... Es como si tuviera una cuerda alrededor de la garganta, Shep. No puedo respirar si no sé de ella.
—Becca está bien. Ella no te odia —pronunció con seguridad—. La vi. Ayer —Colton le echó una mirada como si acabara de ser traicionado—. Iba a decírtelo, pero pensé que sería mejor esperar a que terminara el partido. Fui al café, ayer, cuando tuve que salir del entrenamiento para recoger a Ivy. Dijo que jamás desconfió de ti, ¿sabes? Pero se sintió humillada. Lo que le hicieron fue... Repugnante. Tiene miedo de regresar. Eso es todo.
—Tengo que decirle que no permitiré que alguien vuelva a mencionar el tema.
—Lo sabe. Se lo prometí. El problema no es contigo, Cole. Ella... Ella solo necesita tiempo para encontrarse a sí misma. A todos nos pasa alguna vez, ¿cierto? —trató de animarlo.
Colton apretó la mandíbula, frustrado. La única razón por la que dejaría un partido de basquetbol era Becca. Estaba a punto de abandonar todo e ir a buscarla.
—Hagamos esto. Juguemos el partido. Luego tienes todo el tiempo del mundo para ir con ella.
Entonces, la orden de Kampbell se escuchó en todo el recinto.
—¡Vamos, muchachos! Hay que salir —exclamó.
Tenían que darse prisa. Recordó, entonces, que un equipo completo dependía de él. El partido anual de caridad estaba a punto de comenzar.
🤍🏀🤍
El gimnasio de Lakeville se hallaba más repleto de lo habitual. Las gradas vibraban con la energía de estudiantes, profesores y familiares que se habían reunido no solo para disfrutar del deporte, sino también para apoyar una causa solidaria: recaudar fondos para la sección infantil del hospital local. Lo hacían cada año. Lucía impecable; había sido decorado con banderines, carteles y globos verdes y blancos —los colores del instituto— y una enorme pancarta que decía «¡Vamos, Lakeville!». A un costado, había una mesa donde vendían rifas, camisetas del evento y snacks preparados por voluntarios.
«Hicieron un trabajo increíble, chicos», los felicitó Kampbell poco antes de salir, dado que Colton, Julian y Shepherd se tuvieron que cargar al hombro la organización como castigo. Sin embargo, Daisy, Kaylee y Becca también se llevaban los créditos —pues cada una había ayudado a su manera—, además del equipo de estudiantes voluntarios que siempre colaboraba en ese tipo de eventos. Por un lado, Daisy iba de un lado a otro, se ocupaba de mantener el orden y organizar a la gente. Mientras tanto, Kaylee se ocupaba de que la decoración estuviera impecable.
Minutos antes de comenzar, las luces se atenuaron y comenzó a sonar una canción enérgica: «Mr. Brightside», de The Killers, que hizo vibrar hasta las paredes del recinto. La multitud estalló en aplausos; se trataba de uno de los momentos más esperados: el ingreso de los jugadores. Primero, fue el turno de Lakeville con su clásica camiseta verde inglés con detalles blancos. El locutor se encargó de presentarlos uno a uno, hasta que llegó a los últimos tres.
—Con el número 13, una promesa deportiva que llegó este año, ¡Julian Evans! —el rubio sonrió ligeramente, mientras saludaba a las personas a su alrededor y se alineaba en el centro de la cancha.
—Con el número 8, la dinamita del equipo, ¡Shepherd Callahan! —ingresó dando saltos, vitoreando y aplaudiéndose a sí mismo; mostró la lengua y arrugó la nariz, con energía. Luego, lanzó besos a la tribuna femenina, que enloqueció, aunque no tuvo el mismo efecto en Daisy, a quien vio, entre la multitud, poner los ojos en blanco y negar con la cabeza.
—Con el número 10, la estrella de Lakeville... ¡Colton Bradford! —el más esperado. La gente se puso de pie, comenzó a aplaudir y dar gritos de aliento. Colton sonrió ampliamente, alzó las manos para saludar y chocó los cinco con los más pequeños que se habían acercado a la orilla de la cancha. Los halagos de las chicas no faltaron; sin embargo, él solo buscaba a una. Entre la gran multitud, él solo deseaba notar la presencia de Becca.
Lakeville versus Fairview inició con una energía furiosa del equipo visitante. Si bien era un partido amistoso, el impulso competitivo por parte de los jugadores estaba ahí, siempre dispuestos a dar aún más de lo que podían. Fairview se destacó los primeros veinticinco minutos; logró una pequeña ventaja en el puntaje —por lo que iba primero— y estaba prácticamente seguro de que se llevaría la victoria. En la multitud de Lakeville podían verse las expresiones de nerviosismo, temor y otros tantos frustrados —porque se suponía que tenían al mejor jugador—; no obstante, en los últimos quince minutos cambió el rumbo del partido.
Colton Bradford brilló. «Solo quince minutos. No falles», habló internamente a su corazón segundos antes de hacer un despliegue que sin duda quedaría grabado en la historia deportiva del instituto. En cuatro ocasiones, logró encestar más allá de la línea de tres puntos —siendo asistido en una ocasión por Shep y en tres por Julian—, lo que marcó una gradual diferencia y dejó al público anonadado. Así fue como Lakeville ganó el partido de caridad; el gimnasio estalló en festejos y el equipo saltó al ritmo de cánticos en medio de la cancha.
Shepherd, exaltado, elevó a Colton sobre sus hombros haciéndolo destacar entre la multitud, que comenzó a gritar y aplaudir con más fuerza. Colton sonrió, como de costumbre, satisfaciendo las expectativas del público —a quienes no dejaba de saludar— mientras su interior se teñía de azul oscuro, pues no había modo de hallar a Becca. Abatido, creyó estar alucinando cuando la distinguió entre los papelitos de colores que caían a través de todo el estadio. Entrecerró los ojos, agudizó la vista y comprobó que ella continuaba ahí. Tenía el cabello suelto y ligeramente rizado, los ojos le brillaban y vestía una camiseta del puesto de merchandising diseñado para el equipo. Era blanca. Le llegaba hasta las caderas. Y en el centro, con letras verde inglés, decía: «Colton Bradford's #1 fangirl (and proud)».
Él sonrió de inmediato. La primera sonrisa genuina en lo que iba del día. Una que apareció sin necesidad de pensar antes: «tienes que hacer esto». Becca lo saludó, a lo lejos, y él abandonó los hombros de Shepherd tan rápido como fue posible. Caminó rápido hacia ella, abriéndose paso entre la multitud que intentaba saludar, pedir una firma en la camiseta o tomar una foto. En aquel instante, no tenía tiempo para nadie más. No existía nadie más. Solo Becca.
—Hola, Colton.
—Hola, Becky —dijo todavía anonadado cuando finalmente la alcanzó—. Déjame decirte que si esto es un sueño, es el mejor que he tenido en toda mi vida.
Ella rio, suave.
—Estoy aquí, Cole. Te prometo que estoy aquí —respondió. Los ojos desprendían destellos de emoción. Su corazón finalmente pareció calmarse después de aquellos días de incertidumbre. Becca tuvo la sensación de estar nuevamente en casa, aunque no fuera una como tal. Después de todo, Colton era su persona—. Tócame.
Becca percibió cómo la emoción se hacía agua en sus ojos cuando él la abrazó tan convencido que hizo que sus pies se despegaran del piso. Envolvió las piernas alrededor de su cintura y los brazos alrededor del cuello; sus cuerpos se unieron tanto como pudieron mientras sus respiraciones se llenaron de alivio. Colton le acarició el cabello, mientras trataba de desenredar el lío de palabras que se habían acumulado en la garganta. Quería decirle tantas cosas que no sabía por dónde empezar. Así que simplemente la besó en la mejilla, señal que ella recibió, y tomó distancia con la única intención de encontrar sus labios. Él la besó. Ella le devolvió el beso. Y él volvió a besarla como si la existencia dependiera de eso.
—Te quiero, Becky. Te quiero más de lo que imaginas —susurró cuando sus narices aún se rozaban—. Eres la chica de mis sueños. Ahora. Y para siempre —prometió—. Tienes que saber que jamás contaría tus secretos. Nunca te traicionaría. De ningún modo. Cada secreto que me confiaste nunca salió de mí.
—Lo sé, tranquilo —ella acarició los costados de su cabello—. Creo en ti... Desde que te conocí en esa avenida frente al hospital, ¿recuerdas? Siempre lo hice —aseguró sin rodeos—. También te quiero, Cole. Demasiado. Más de lo que imaginas —regresó el gesto con dulzura—. Hoy brillaste más de lo habitual. El público te adora, de verdad. Eres el mejor.
—A mí solo me importa ser el mejor para ti —amplió una sonrisa, divertido.
Entonces, cuando Becca regresó al piso, se abrazó a su cintura y, al contemplar a su alrededor, notó las miradas curiosas posadas sobre ellos. Adultos. Adolescentes. Niños. Todos parecían notar el amor que los conectaba. Los estudiantes, en particular, se mostraron sorprendidos: «Wow, es cierto el rumor», se oyó a lo lejos. «Él realmente adora a esa chica», dijo otra vez alguien, completamente embobada por la forma en que Colton quería a Becca. Siempre cuidándola. Siempre mirándola con dulzura. Siempre paciente. Siempre dejando claro ante el mundo que nadie le importaba más. El tipo de amor que, como el universo, crecía sin límites y nunca se acababa. Intocable.
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