🩸Capítulo 38. Primogénito

Lo primero que percibió Lazarus al entrar en la sala del trono fue que apestaba a metales viejos y a cenizas.

La luz de la luna, de la eterna noche que cubría aquellos terrenos, se filtraba por los vitrales ennegrecidos, pareciendo sangre derramándose sobre ese pequeño rincón del mundo, como un mensaje ominoso de lo que se aproximaba. Cada paso que daba resonaba con un eco seco, y con cada bocanada de aire que tomaba podía sentir la pesadez del ambiente filtrándose en su cuerpo, recordándole que allí no tenía jurisdicción alguna, que esta vez... no tenía el control sobre nada.

El trono lo esperaba, alto e imponente, tallado en un material semejante al ónix. Sentado en él, el Padre Común lo aguardaba con una calma perturbadora. No se movió, su rostro no delató expresión alguna; solo se mantuvo firme, mirándolo a los ojos, quizá esperando que le hiciera una reverencia en señal de rendición.

Eso jamás sucedería.

—Has venido al fin —dijo, su voz grave—. Creí que te perdería para siempre... cuando osaste romper las cadenas de mi control.

Lazarus se detuvo ante él, sintiendo cómo cada fibra de su cuerpo se tensaba. Su padre estaba provocándolo, quería hacerlo reaccionar y que se equivocara. Pero él ya no era tan ingenuo.

—No he venido a escuchar tus palabras —dijo, firme como el filo de una espada—. He venido a acabar con esto.

Sanreis Solekosminus dejó que una sonrisa indescifrable se dibujara en su rostro, mezcla de falsa ternura y humillante paternalismo. Se incorporó con un movimiento grácil; su túnica, que parecía tejida de sombras vivientes, se ondeó a su alrededor.

—¿Acabar? —repitió con un tono que era más burla que pregunta. Extendió su mano derecha; impecable, pálida... y sin embargo más manchada que cualquier otra, sucia de siglos de poder absoluto y atrocidades que la historia no se atrevería a nombrar—. Todavía podemos llegar a un entendimiento, hijo mío. Hay errores que pueden enmendarse. No todo necesita un final.

La palabra «hijo» se clavó en Lazarus como una cuchilla, desprovista de cualquier vínculo real. Era la voz de un carcelero que se disfrazaba de padre.

—No tengo motivos para creer en ti —sentenció—. Y si no me has matado ya, es porque temes que no puedas. —Sonrió con una calma peligrosa, casi enloquecida—. Soy el único que puede matarte... padre.

Un leve espasmo en la mandíbula de Sanreis delató la grieta en su máscara.

—Entonces... —susurró, dejando que su sonrisa se curvara con aire amenazante—, si no deseas un pacto... probemos con un intercambio.

Antes de que Lazarus pudiera responder, un ruido seco cortó el diálogo; un golpe sordo... un cuerpo arrojado contra el suelo. La puerta se abrió de par en par y fue atravesada por Galatea, quien arrastraba a alguien con una mano. Sus pasos eran crueles, casi triunfales, y sus ojos, afilados como cuchillas, brillaban en la penumbra.

Alaric.

Lo dejó caer a los pies de Lazarus como si fuera una burla. El cuerpo del demonio se desplomó como peso muerto, intentando recuperar el control sobre sí mismo. La tela de su ropa estaba rasgada y había mucha sangre manando de diversas heridas. Cuando Lazarus lo vio, solo pudo susurrar:

—No.

Se apresuró a arrodillarse junto a él. Alaric logró girar la cabeza hacia el vampiro, estirando un brazo pese a las punzadas de dolor para tomarlo por la nuca y acercar su rostro al suyo.

—No te dejes intimidar por esto —susurró y, antes de que Lazarus pudiera replicar, le robó un beso brusco, con sabor a sangre fresca—. Hay que darlo todo... sin importar qué.

El vampiro sintió la sangre de Alaric en su boca y comprendió el significado oculto detrás de su mensaje: «Te entregaré todo. Haz lo que tienes que hacer». Tragó la sangre, sintiendo casi de inmediato el subidón que producía la sangre de un demonio; el alimento más rico que un vampiro podía consumir.

Lazarus asintió con firmeza; el deber y su furia ahogaban cualquier otro gesto blando que pudiera tener por Alaric. Lo levantó en brazos y lo llevó hacia el otro extremo de la sala, sintiendo las miradas de su padre y su hermana a sus espaldas. Lo dejó apoyado contra una de las columnas y se arrodilló frente a él.

—Espérame —pidió en voz baja. Luego mordió su muñeca y dejó que su sangre corriera dentro de la boca del demonio, instándolo a beber para que sus heridas sanaran—. Por favor.

Lo último fue casi una súplica. Porque, en su miedo y en su locura, quería creer que si las cosas salían mal y él perdía la vida, de alguna manera regresaría y se reencontraría con Alaric... siempre y cuando él lo esperara.

El demonio acarició su mejilla y apartó el mechón blanco de su rostro.

—Mátalo —dijo.

Lazarus se levantó, dándole la espalda a Alaric para encaminarse nuevamente hacia su padre. En sus ojos había algo brillante; no era afecto, sino un frío cálculo.

—Has tomado tu decisión —sentenció Sanreis, su voz resonando en la estancia.

El aire pareció volverse denso, aplastante; la luz que se filtraba por la ventana se apagó, como si el mundo entero contuviera el aliento. A unos pasos, Galatea permanecía inmóvil, brazos cruzados, los ojos fijos en su padre y en Lazarus, atrapada entre la ira y una duda que le costaba disimular.

—No más juegos —dijo Lazarus, cada palabra pronunciada entre dientes—. Esto termina hoy. No habrá intercambios, no habrá retrasos. No dejaré que tu trono siga cimentado un solo día más con la sangre de los inocentes.

Sanreis soltó una risa prolongada, un sonido quebrado que oscilaba entre la burla y la demencia, hasta que se convirtió en un eco que llenó cada rincón, reclamando toda la atención.

—Así sea —replicó, y en ese «así» pesaba tanto la aceptación como la condena—, mi querido hijo.

(...)

La visión de Alaric se redujo a aquel choque entre los dos monstruos, esas dos bestias antiguas, tan poderosas como titanes... pero con uno siempre imponiéndose sobre el otro. Dominante.

Cada golpe del Padre Común contra Lazarus era un estallido de fuerza bruta, un ataque que lo lanzaba como un proyectil a través del aire, haciéndolo chocar contra las paredes de mármol. El impacto quebraba la piedra, arrancando polvo y fragmentos que llovían sobre la sala.

Lazarus ya no era el mismo. Su cuerpo, su fuerza y su velocidad habían crecido hasta rozar lo imposible, el poder del primogénito fluyendo en él desde la muerte de Cornelius. Cada músculo ardía con con hambre de victoria. Y, aun así... no bastaba.

Ni la herencia del primogénito. Ni la rabia que le infundía la maldita Sociedad Ulterior. Nada parecía poder equipararlo al creador de los vampiros.

Alaric intentó moverse. Quería hacer algo, ayudar al vampiro, jurando sentir su dolor cada vez que este recibía un brutal impacto de Sanreis Solekosminus.

Pero no podía hacer nada. No aún.

Los músculos le dolían con una intensidad casi asesina, fruto del enfrentamiento que había tenido con Galatea apenas un rato atrás. Sin embargo, había algo más que un cuerpo roto; algo profundo, ancestral. La energía de aquel lugar parecía succionarles la voluntad, hundirlos en la desesperación... como si el Padre Común intentara desarmarlos desde dentro.

Frente a él, Lazarus combatía con una furia imposible de medir. Se movía a una velocidad cegadora, deslizándose de un lado a otro, esquivando los ataques de su padre... ataques que Sanreis lanzaba sin el menor esfuerzo, como si jugara con él. En un destello, el vampiro más joven desenfundó su pistola y descargó una lluvia de balas hechas de hierro solar. Cada proyectil impactó, abriendo carne y quemando la piel inmortal del Padre Común, pero Sanreis ni siquiera parpadeó.

El revólver se vació y el arma cayó al suelo con un golpe seco. Lazarus no se lo pensó dos veces antes de lanzarse de nuevo a la carga.

Sanreis lo interceptó con un único puñetazo en el abdomen. El impacto lo dobló como si le hubieran arrancado el aire, enviándolo a estrellarse contra un muro. El mármol crujió y el cuerpo de Lazarus se deslizó hacia el suelo, dejando un rastro de sangre en sus labios.

El Padre Común sonrió. Degustaba cada golpe, cada jadeo, como si el cansancio y el dolor de su hijo fueran un festín. Avanzó con calma, lo sujetó del pecho y lo levantó como si no pesara nada, estampándolo contra la pared con una fuerza que retumbó en la sala.

Sus ojos ardieron en un carmesí abrasador y la presión invisible de su control hipnótico se asentó sobre la mente de Lazarus.

El grito que escapó de su garganta fue inhumano. Se retorció, aferrándose la cabeza, como si un millar de cuchillas le destrozaran el cerebro desde dentro. Escupió saliva mezclada con sangre entre alaridos... y hasta sus lágrimas parecían manar con dolor.

Y él, Alaric... seguía sin poder moverse.

«¡Mierda!», pensó, forzando sus extremidades, que apenas empezaban a responder con letargo gracias a la sangre del vampiro.

Entonces, una figura rojiza se deslizó a su lado. La miró con el rabillo del ojo.

Galatea.

—Mírate —musitó, agachándose frente a él con una expresión vacía—. Tan noble... tan inútil. ¿De verdad creíste que podrías estar a su lado hasta el final?

Alaric la miró. Su respiración era agitada y su cuerpo, débil, pero sus ojos estaban más vivos que nunca. Ardían.

—Eres más tonta de lo que aparentas —dijo con una sonrisa burlona—. Creer que él, que tu padre, te considera algo más que un objeto. Te usará hasta el último segundo, y cuando no le quede nadie más a quien matar... cuando su paranoia lo consuma por completo, se deshará de ti como hizo con todos. —Su voz se volvió una sentencia—. Ese monstruo ya no ama nada ni a nadie.

El rostro de Galatea vaciló. La misma sombra de incertidumbre de antes volvió a cruzar sus ojos. No se suponía que pudiera sentir... o al menos eso decían. Pero Alaric estaba seguro de que, en el fondo, sí quedaba algo; la humanidad que debía poseer por su madre.

—Cállate ya, demonio —masculló—. No me digas cosas que ya sé.

Alaric frunció el ceño.

—¿Entonces por qué sigues de su lado?

Galatea apretó los labios en una fina línea. Tras unos segundos de silencio, respondió:

—Porque necesitaba comprobarlo con mis propios ojos. Y porque, de otra forma, jamás ganaríamos. —Se inclinó un poco más y sacó una de las dagas de hierro solar de Alaric, colocándola discretamente en la mano del demonio, obligándolo a rodear la empuñadura con los dedos—. Así que tú también haz tu parte.

Alaric, comprendiendo, soltó un pequeño bufido y, con un gruñido, forzó su brazo derecho a moverse. Un dolor agudo le atravesó el hombro, pero tragándose la incomodidad, reunió impulso y arrojó el arma.

La hoja silbó en el aire antes de clavarse en la espalda del Padre Común, arrancándole un siseo de dolor y obligándolo a soltar a Lazarus. El vampiro más joven tomó una temblorosa bocanada de aire, tambaleándose antes de caer de rodillas, tratando de recuperarse.

—¡Galatea! —rugió Sanreis, arrancando la daga de su espalda y lanzándola lejos—. ¡Mata al demonio!

Pero ella no se movió. Solo lo observó, sin un atisbo de emoción.

—¿Y qué pasará cuando los matemos, padre? —preguntó alzando la voz—. ¿Qué pasará después para mí?

Sanreis mostró los colmillos, más largos que los de cualquier otro vampiro.

—¡Nada! —rugió, dejando que su voz se desgarrara—. Arranqué de ti cada emoción, cada duda, para que jamás osaras cuestionarme. ¡No eres más que un arma forjada por mis manos! ¡Un títere maldito, un engendro que dejará de respirar en el preciso instante en que yo lo decida!

Se hizo el silencio.

Galatea bajó la mirada hacia el demonio y luego vio a su hermano, que la observaba con lástima, con esos ojos protectores que no veía en él desde que eran niños. Entonces lo entendió; lo que realmente quería, lo que quedaba de su empatía, esa minúscula fracción... era algo que jamás obtendría de su padre.

Un ligero temblor recorrió sus manos, pero no era miedo. Era ira... era claridad.

Clavó la mirada en los ojos de su padre.

—Entonces, padre... no puedo esperar a verte pudrirte en tu propia miseria.

En un parpadeo, se lanzó contra Sanreis Solekosminus con la furia de un depredador desatado, cada golpe cargado de odio y determinación. El impacto fue tan brutal que obligó al Padre Común a retroceder, regalándole a Lazarus los valiosos segundos que necesitaba para recomponerse y regresar a la batalla.

Alaric respiró hondo mientras los observaba. Flexionó los dedos y los brazos, sintiendo cómo su cuerpo poco a poco comenzaba a responder... pero no era suficiente.

Necesitaba más, un último impulso, un favor de quien, durante demasiado tiempo, había jurado odiar por toda la eternidad.

Con movimientos rígidos, se arrodilló en el suelo, cerró los ojos y apoyó la frente contra la fría y dura superficie. Llevó su mente a otro sitio, sus pensamientos enfocados en una sola persona.

—Mi emperatriz... si puede oírme, si aún vigila cada uno de mis movimientos, preste atención en este preciso momento —suplicó—. Deme poder, por una última vez. Déjeme probar que puedo terminar esto, que soy algo más que un recuerdo de la traición, algo más que un demonio caído. Déjeme acabar con el origen de su mayor agonía... solo deme una oportunidad.

Nada. Solo vacío y un silencio ensordecedor.

Apartó la frente del frío suelo, preparado para resignarse y luchar con la poca fuerza que le quedaba. Pero entonces, algo lo atravesó; breve, intimidante... y puro. Una energía feroz se filtró en lo más profundo de su ser, un soplo vital que le devolvía la energía.

Su emperatriz había escuchado sus súplicas. Le otorgaba una última oportunidad para demostrar de qué estaba hecho. Su poder regresaba a él, intacto, pero con la advertencia de que, si fallaba, le arrebataría el alma misma.

«La radicalidad es su esencia... ¿no es así?», pensó, una sonrisa amarga asomándose en sus labios mientras se ponía de pie. Sintió cómo la fuerza inundaba sus músculos, disipando el peso agotador que había llevado durante meses... no, durante años.

Esto sería suficiente.

Miró al Padre Común, tan semejante a los monstruos psicóticos que había creado. Vio a Galatea, luchando con una furia que traicionaba que no era un cascarón completamente vacío, y vio a Lazarus, por quien estaba dispuesto a morir... y por quien viviría.

Desenvainó su otra daga y se hizo un profundo corte en la palma de la mano. Dejó que una gota de sangre se derramara en su boca, saboreándola, y el resto la dejó caer libre. Antes de que tocara el suelo, la controló como el líder que era, moldeándola en lo que quería y necesitaba.

Sus ojos se tiñeron de rojo puro y, con una determinación implacable... se lanzó a la batalla.

No puedo creer que ya estamos en el clímax de la historia. Me llevó muchísimo tiempo escribirla y por fin nos dirigimos hacia la conclusión 🤧

¡Muchas gracias por leer! ❤️

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