🩸Capítulo 37. Eternos
El cielo sobre Reverse York seguía teñido de un rojo intenso, pero este no era digno de admiración ni poseía la elegancia que, en circunstancias normales, el color podía adjudicarse. No, estaba podrido... como si el firmamento sangrara.
En la academia de brujería de la ciudad, unas estruendosas campanadas resonaban. Leonora, la directora, había explicado que estas solo se tocaban cuando sucedía algo extraordinario. Su posible extinción contaba como tal.
Y, además, era una señal. La señal de que la invasión había comenzado.
Viktor estaba de pie sobre una de las torres de vigilancia del antiguo edificio. Desde allí podía ver una marea oscura que avanzaba por las calles de Reverse York, compuesta por criaturas psicóticas que alguna vez habían sido civilizadas. Ahora eran pura rabia y voracidad; pesadillas controladas por el Padre Común. Había Nosferatus, licántropos en fase lunar, espectros convertidos en Poltergeists. No todos caminaban... algunos se arrastraban como si su cuerpo pidiera clemencia, pero sus órdenes no se lo permitían.
El vampiro desvió la mirada, incapaz de seguir presenciando esa escena y de soportar los sollozos de agonía que provenían de aquellos monstruos. En su lugar, se volvió hacia Rhapsody, quien observaba con atención, su largo abrigo ondeando con el viento.
—El ataque ha comenzado. La primera línea de defensa está haciendo su parte, pero no sé cuánto más podrán resistir —dijo Frederick Sawyer, asomándose junto a ellos. Hizo una mueca de disgusto y negó con la cabeza—. Iremos a ayudarlos. Tenemos que darlo todo por esta fortaleza.
El capitán de la policía de Reverse York emitió una especie de aullido que atrajo a los demás miembros de su estación, otros licántropos, y los guió hacia la batalla que se desataba debajo de ellos.
—Nos superan en número —dijo Viktor, consternado.
Leonora, portando un elegante traje de guerra, se acercó a ellos. Su tono fue firme, aunque algo tenso, como si llevara décadas temiendo un evento así.
—Si la academia está destinada a caer, entonces que caiga con dignidad —dijo, y levantó una mano frente a su cuerpo, envolviéndose en un halo de luz cerúlea—. Con fuego y dientes.
Sin esperar una respuesta, la bruja se transportó fuera de ahí, uniéndose a sus subordinados en la lucha. Rhapsody por fin reaccionó a lo que sucedía a su alrededor, sonriendo con discreción ante las palabras de Leonora antes de marcharse y luego girándose hacia Viktor.
—¿Estás listo? —preguntó.
Viktor tragó saliva mientras se aferraba con fuerza a una daga de Hierro Solar que su mentora le había dado para pelear.
—Siempre estoy listo —dijo con un tono de forzada fanfarronería—. Solo que... no siempre lo admito en voz alta.
Rhapsody bufó, tan bajo que fue casi imperceptible.
—Me basta —replicó.
La vampira ancestral llevó la muñeca a sus colmillos y mordió con fuerza. La sangre brotó, y con un gesto fluido de los dedos la moldeó en el aire, dándole forma hasta que su guadaña surgió, carmesí y afilada, imposible de replicar por ninguna otra mano.
Asintió a Viktor una sola vez y, sin previo aviso, se lanzó desde la torre, atravesando la altura hasta caer en el corazón de la batalla. El impacto fue brutal; la onda de choque levantó polvo y escombros mientras varios Nosferatu salían despedidos por el golpe. La hoja de su arma dibujó un arco luminoso, derribando a las criaturas psicóticas que se arremolinaban contra las puertas de la academia.
Viktor soltó una exhalación temblorosa y cerró los ojos un segundo antes de lanzarse detrás de ella. No dominaba esas maniobras acrobáticas y su aterrizaje distó mucho de la elegancia de su mentora; rodó sobre el suelo, sintiendo la dureza de la piedra, hasta que un gruñido lo obligó a incorporarse. Alzó el antebrazo justo a tiempo para bloquear el zarpazo de un Nosferatu que le saltó encima, y lo empujó hacia atrás con un rodillazo al abdomen.
Sabía que esos monstruos eran víctimas inocentes, afectadas por las malditas Sangrilas. Leonora había prometido que los brujos encontrarían una cura; por eso, el plan era claro: no matar, salvo que fuera inevitable. Encerrarlos en el vestíbulo de la academia y esperar a que la batalla terminara... si es que terminaba.
«Más te vale, Solekosminus», gruñó en su mente.
Viktor se abrió paso en medio del caos, su cuerpo un borrón entre colmillos y garras. Cada golpe suyo no buscaba matar, sino quebrar a sus adversarios, desviarlos, arrinconarlos hacia la entrada de la academia. Las paredes temblaban bajo la fuerza sobrenatural de las criaturas, pero los brujos resistían con hechizos que chisporroteaban en el aire.
Y, contra todo pronóstico, vampiros, brujos y licántropos luchaban codo a codo bajo aquel cielo teñido de rojo sangre. Una imagen que, en otro tiempo, habría sido imposible.
Viktor, incluso en medio del caos, sonrió con satisfacción. Giró sobre sí mismo, esquivando un zarpazo de un licántropo y empujándolo hacia un grupo de brujos listos para contenerlo. Entonces, como si hubiera surgido de la nada, Rhapsody apareció a su lado. Su guadaña trazaba círculos, cortando el aire, protegiendo a su pupilo sin necesidad de mirarlo.
Se movían al unísono. Un ataque, una defensa, un giro, un paso atrás. Era como si estuvieran ensañando una danza.
—¿Te estás divirtiendo? —preguntó Rhapsody.
—¿Tú no? —respondió él, saltando sobre el lomo de uno de los monstruos para guiarlo hacia el camino correcto—. Tengo que admitirlo, esto es... satisfactorio. Incluso estando al borde de la extinción.
Rhapsody lo miró de reojo, curvando sus labios en una sonrisa divertida.
—Te estás volviendo bueno en esto, Viktor —comentó—. Hasta pareces un Verdugo de verdad.
Él alzó una ceja, bajando del lomo de la criatura psicótica.
—¿Hasta? —repitió—. ¡Vaya, gracias por la confianza, maestra!
Rhapsody giró sobre sí misma y la hoja de su guadaña se hundió en el brazo de un Nosferatu. La carne se abrió y de un tirón cercenó la extremidad antes de que la criatura alcanzara a dañarlos. Sin perder tiempo, avanzó hacia el interior de la academia, donde un grupo de brujos jóvenes se congregaban, murmurando cánticos en un idioma imposible de descifrar. Sus voces se entrelazaban mientras, bajo sus pies, un círculo mágico se extendía, cubriendo todo el suelo del vestíbulo. Era la trampa perfecta para contener a las bestias.
—Tu novio también es bueno —comentó Rhapsody con una media sonrisa, señalando hacia el otro lado del campo de batalla.
Viktor parpadeó. Primero, porque su mentora jamás se refería a Dorian así. Segundo... porque, sin quererlo, giró la cabeza para buscarlo.
Y ahí estaba. Dorian.
Plantado como un muro frente a los brujos, defendiéndolos con determinación. Sus ojos, encendidos en un llamativo dorado, delataban su fracción de Banshee. Cuando abría la boca, su voz no era solo sonido... era una orden. Con una sola palabra, las hacía pelear entre sí como marionetas rotas; con otra, las desplomaba.
Cada palabra suya era letal y precisa. Hipnótica hasta la médula.
Viktor sintió cómo el caos de la batalla se apagaba por un instante a su alrededor. Una chispa de reconocimiento surgió en su pecho, recordándole por qué, a pesar de todo, amaba tanto a ese maldito chico.
—Sí, es increíble —afirmó.
—¿Y por qué no estás con él? —preguntó Rhapsody, alejando los monstruos con su guadaña mientras conversaban.
Viktor bajó la mirada, apenado.
—Estamos pasando por algo... complicado.
Su maestra realizó un enorme tajo con su arma, ahuyentando a las criaturas más cercanas mientras estas soltaban un chillido. Aprovechó esos segundos de calma para observar a su protegido.
—No puedes parar de voltear a verlo —dijo.
Viktor apretó los labios. No podía negarlo, aunque llevaban apenas unos segundos en el vestíbulo de la academia, no dejaba de mirar a Dorian de reojo, queriendo asegurarse de que estaba bien... a salvo.
—Eso no significa que...
—Significa todo, Viktor —lo interrumpió ella, girándose por completo hacia él—. Escúchame bien: proteger lo que amas no es incorrecto. Incluso si el mundo cae, será menos doloroso si tienes a alguien a tu lado. Sé egoísta.
Viktor la miró fijamente, y en esa mirada que siempre había percibido como una fortaleza impenetrable encontró un dejo de humanidad, una sinceridad que le aceleró el pulso y le robó el aliento. Volvió a fijar los ojos en Dorian, que peleaba por su cuenta, con un extravío en el rostro que solo él podía entender.
Estaban extraviados... y solo entre ellos podrían encontrarse.
—Gracias, maestra —dijo.
Y, sin más dilación, comenzó a correr hacia Dorian.
Cada paso dolía, cada criatura psicótica era un obstáculo, y el campo de batalla se había convertido en un infierno vivo. Pero lo necesitaba; necesitaba proteger a Dorian y estar a su lado en las últimas horas, minutos o incluso efímeros segundos que les quedaran. Porque no tenían nada asegurado. De hecho... ¿quién sí lo tenía?
La única certeza que importaba era que amaba a esa Anomalía, amaba a ese chico por el que había sacrificado tanto... Viktor Zalatoris amaba a Dorian Welsh.
—¡Dorian! —gritó.
Y fue entonces cuando no vio venir el ataque.
Un Nosferatu se alzó detrás de él, descomunal, con la mandíbula abierta de par en par mientras soltaba un alarido ensordecedor. Levantó uno de sus enormes brazos y le clavó las garras en la espalda.
Viktor gritó... y el mundo se tornó oscuro.
(...)
—¡VIKTOR!
El grito de Dorian desgarró su garganta al ver cómo un Nosferatu clavaba sus enormes garras en la espalda de Viktor. El mundo se volvió sordo y lento mientras contemplaba al vampiro desplomarse sobre el suelo de piedra, sangrando profusamente, con aquel monstruo encima, rugiendo como un depredador orgulloso de su presa capturada.
Dorian apretó los dientes y corrió como nunca antes lo había hecho, hasta que los pulmones le ardieron. A cualquier monstruo que osara interponerse en su camino le ordenaba, con un solo grito, que se apartara. En ese instante, nada importaba más que Viktor.
Al llegar ante el Nosferatu, se plantó con firmeza frente a él, lo miró a sus asquerosos ojos rojos como la sangre y ordenó con un tono tan gélido que podría congelar un corazón vivo:
—Muere.
La criatura psicótica profirió un chillido espantoso y, como si su existencia misma obedeciera la voluntad de Dorian, comenzó a desintegrarse hasta no dejar más que cenizas. En ese momento, no le importaron las buenas intenciones de los brujos que querían curar a esas criaturas.
Lo único que le importaba yacía frío, maltrecho e inconsciente en el suelo.
Se arrodilló de inmediato, tomando al vampiro entre sus brazos con manos temblorosas y movimientos frenéticos.
—No, no, no... por favor —susurró. Al sentir algo cálido y húmedo en su mano, la observó y entró en pánico al percatarse de que era sangre... demasiada—. ¡Abre los ojos, Viktor!
Intentó invocar su poder de Banshee, pero este parecía haberse debilitado, como si su voz hubiera perdido toda su potencia tras tanto uso.
—¡Te ordeno que sobrevivas! —gritó, pero fue inútil. ¿Por qué demonios no estaba sanando?
Tragó saliva con dificultad al notar que la respiración de Viktor se volvía cada vez más lenta y, al agudizar el oído, escuchó su corazón latir con una peligrosa lentitud.
—¡Viktor! —sollozó, sosteniéndolo con fuerza.
A unos metros, la vibrante cabellera roja de Rhapsody se agitaba en medio de la batalla. Dorian se encontró con la mirada de la vampira ancestral; sus ojos, abiertos con exageración, delataban el peor de sus temores antes de que se enfocara de nuevo y le gesticulara una sola palabra con los labios:
«Sangre».
Dorian lo comprendió al instante.
Viktor no había bebido suficiente sangre para que su regeneración funcionara. Se mordió la palma con fuerza, abriendo dos profundos tajos que sangraron de inmediato, y acercó la mano a los labios del vampiro, obligándolo a beber, compartiéndole su vida.
Su fracción humana ya no era la misma de antes, pero no le importaba si tenía que sacrificar la mitad de su vitalidad para salvarlo a él... a quien más amaba.
—Bébela, por favor —rogó en voz baja, sin apartar la vista de su amado mientras, a su alrededor, las criaturas psicóticas seguían irrumpiendo en la academia.
Rhapsody se movía más rápido que nunca para protegerlos, y Frederick luchaba junto a otros licántropos para contener la embestida.
Pero Dorian solo podía enfocarse en Viktor; en su respiración débil, en la sangre que formaba un charco bajo él, en que no estaba bebiendo la que le ofrecía.
—Viktor... —lloriqueó, instándolo con más fuerza—. Prometimos que sobreviviríamos a esto. Lo prometimos, nosotros...
Un sollozo agónico le cortó la voz, derramando un torrente de lágrimas. El universo parecía empeñado en demostrarle que tenía razón al pensar que no merecían ser felices, que justo en el momento en que se disponían a estar juntos, algo llegaba para romper ese frágil escenario.
Pero... Dorian no quería creerlo.
No podía rendirse, no cuando Viktor había arriesgado tanto por él, no cuando lo había salvado una y otra vez. Desde aquel primer momento en el callejón detrás de un club nocturno, hasta cuando lo liberó de las garras del Salvador y del Padre Común.
Ahora era su turno de salvarlo.
—Te amo, maldición —confesó Dorian—. Y tenías razón. Ya no quiero seguir perdiendo el tiempo. Vamos a sobrevivir esto y después... después nos casaremos. Tal como lo prometimos, ¿recuerdas? Tu amor es mío, mi amor es tuyo, por la eternidad... o hasta que la eternidad nos condene quebrantables. —Apartó su mano de los labios de Viktor y la llevó a su propia boca—. Que se joda la eternidad, no estoy listo para que nos separe.
Bebió su propia sangre del corte todavía abierto y, con el líquido vital acumulado en la boca, se inclinó hacia Viktor, uniéndolos en un beso forzado para que tragara. Repitió el proceso hasta que sintió su cuerpo debilitado y el sabor metálico le revolvió el estómago.
Separó sus labios, pero mantuvo las frentes juntas, cerrando los ojos mientras susurraba:
—Regresa a mí.
Y entonces... Viktor se estremeció.
Sus heridas, internas y externas, comenzaron a cerrar. La sangre dejó de brotar y, poco a poco, su ritmo cardiaco y su respiración recuperaron fuerza. Dorian se apartó lo justo para verlo, expectante.
Viktor abrió los ojos.
Sus iris, de ese precioso color guinda, se encontraron con los de Dorian, aún con destellos áureos. El vampiro esbozó una débil sonrisa en sus labios agrietados y, con un movimiento lento, llevó su mano a la mejilla de Dorian.
—Yo también te amo —susurró con voz ronca, limpiándole las lágrimas con el pulgar—. Mi querido Dorian.
Dorian no pudo contener una risa ahogada de alivio y lo abrazó con fuerza, aferrándose a su cuello.
—No vuelvas a hacer eso —pidió, o quizá fue otro intento de orden fallido.
Viktor se incorporó con ayuda de Dorian y le devolvió el abrazo. Al separarse, el vampiro apartó un mechón del cabello de Dorian que le cubría los ojos y enarcó una ceja.
—¿Lo aluciné en mi estado moribundo o me pediste matrimonio? —preguntó, com su usual tono jocoso.
—Lo hice —afirmó Dorian, logrando contener las lágrimas mientras negaba con firmeza—. Y no me arrepiento de nada.
Escuchar esas palabras, después de meses de silencio sobre su futuro juntos y de una reciente pelea, fue la mejor victoria que Viktor pudo obtener en medio de una guerra que no les prometía sobrevivir.
—Entonces acepto —replicó Viktor, sonriendo con sinceridad.
Dorian le devolvió el gesto, lo tomó de la nuca y lo besó. Se demostraron su amor, rodeados de ruinas, destrucción y sangre, pero vivos.
Porque, incluso si el mundo caía... ellos lo harían juntos.
¡LA BODA NO SE CANCELA! Todos están cordialmente invitados 😌☝️
¡Muchísimas gracias por leer! ❤️
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top