🩸Capítulo 36. Profecía

Lazarus recorrió los pasillos del castillo de su padre a gran velocidad, sin detener el ritmo hasta llegar a las escaleras en forma de caracol que conducían a las catacumbas; la parte más oculta y más privada de ojos ajenos. Era casi una representación física del alma de Sanreis Solekosminus. Porque estaba seguro de que ahí, en algún recoveco jamás tocado por la luz, se encontraba el corazón de su padre.

Y ese corazón tenía nombre... Magnolia.

No necesitaba luz para ver el laberinto ante sus ojos. La parte subterránea de esos terrenos era un campo minado, repleto de corredores que su padre, sin duda, había infestado de trampas y jugarretas para proteger lo que más amaba. Ese horrible y confuso sitio solo podía ser obra de Sanreis.

El vampiro no tenía certeza de nada: ni de a dónde iba, ni de qué estaba buscando con exactitud. Solo sabía que, con cada paso que daba, más se alejaba del mundo. De Blair... de Alaric.

Tenía que darse prisa.

—¡Magnolia! —gritó, y su voz rebotó contra las paredes de piedra, regresando a sus oídos como una especie de burla—. ¡Magnolia Solekosminus!

No hubo contestación. De hecho, no la esperaba. No creía que una voz susurraría a su oído indicándole dónde buscar ni cómo hacerlo, pero la esperanza, terca, suplicaba que pudiera concentrarse lo suficiente para percibir algo. Lo que fuera.

—Madre... —susurró, como si el simple hecho de nombrarla pudiera acercarlo a ella.

No la odiaba. Nunca lo hizo. Por el contrario, la amaba con sinceridad, casi con desesperación. El amor de su madre fue escaso, pero no porque ella lo quisiera así, sino porque su padre interfería. Los alejaba, como si juntar a sus monstruosos hijos fuera a arrebatarle la pureza a Magnolia.

Era el egoísmo encarnado. El odio y el recelo hechos persona.

Se detuvo. Cerró los ojos y apoyó una mano contra una de las paredes. Estaba húmeda, como si una fuente de agua pasara cerca.

—Por favor... —musitó.

Por un instante, el silencio fue absoluto... hasta que sintió la presencia.

No la oyó llegar. No hubo pasos, ni tampoco advertencias. Abrió los ojos de súbito y la vio: una figura traslúcida, desprendiendo una tenue luz azulada, manifestándose ante él.

El general.

Aquel Errabundo que siempre permanecía cerca de su madre, su más leal aliado y confidente. Un hombre cuyo pasado en vida era un completo misterio. Lo único que revelaba algo de su origen era su vestimenta; parecía un caballero venido de siglos atrás.

—Estás buscándola —dijo, con voz grave—. A esa dama que no sabes nombrar.

Lazarus lo escudriñó. No podía fiarse de él. No podía fiarse de nadie que habitara bajo ese techo.

—Dime dónde está —ordenó, con voz monótona.

El general lo miró fijamente, en silencio. Lo estudiaba.

Por primera vez, Lazarus lo observó de cerca, realmente lo apreció. Su armadura estaba astillada, manchada de algo que parecía hollín... y sangre. Suponía que llevaba siglos en este mundo, pero por qué estaba aquí, no lo sabía. Solo podía imaginar que su padre se lo había adjudicado por algún beneficio egoísta, y que el general terminó quedándose al lado de Magnolia, como un fiel protector, quizás cautivado por su belleza y su amabilidad.

—¿Qué estarías dispuesto a sacrificar para encontrarla? —preguntó el general.

Lazarus no esperaba la pregunta, pero supo cuál era la respuesta. La sentía en la médula, podía casi leerla en el rostro de aquel Errabundo que veneraba a su madre.

—Todo —respondió, sin titubeos.

Una extraña sombra cruzó el rostro del general. No era repudio, ni juicio. Era algo más cercano al reconocimiento.

—Te creo —replicó, y se giró—. Sígueme.

Lazarus obedeció, siguiendo en silencio al Errabundo que levitaba a unos centímetros del suelo.

Avanzaron por los pasillos con precisión, resolviendo el laberinto de las catacumbas como si tuvieran el mapa grabado en la memoria. Atravesaron puertas que no estaban destinadas a ser abiertas y túneles cuyos muros estaban tallados con runas que no debían ser leídas por nadie. Lazarus sentía la pesadez en el ambiente, la protección sobrenatural que lo envolvía como una fortaleza, pero no se detuvo.

No había mentido cuando dijo que estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Porque si no lo hacía... no le quedaría nada.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó el vampiro, sin detenerse—. ¿No eres leal al Padre Común?

El general no volvió la cabeza.

—Porque aún tienes fe, Lazarus Solekosminus —respondió con una tranquilidad perturbadora—. Porque mientras el mundo allá arriba se derrumba, tú buscas cómo arreglarlo, pieza por pieza, fragmento por fragmento.

Lazarus guardó silencio. No sabía si aquello era una bendición... o una maldición.

—¿La amabas? —preguntó de pronto—. ¿A Magnolia?

El general detuvo su andar y, por primera vez, giró apenas el rostro.

—Todos amamos a Magnolia —respondió. Había respeto en su voz, y también un leve dejo de tristeza—. Incluso el padre al que llamas monstruo. Tal vez... incluso más que todos nosotros juntos.

Lazarus no supo qué decir. En el fondo, le dolía imaginar a su padre como algo más que un monstruo, recordar los momentos en que más humano parecía.

Porque la verdad, innegable e inescapable, era que él era un hijo a punto de matar a su padre... Y eso era incurable.

Desvió la mirada, rehusándose a seguir con la conversación. El general entendió el mensaje y reanudó el paso en completo silencio.

Finalmente, tras una larga caminata y aún más extensos minutos de incomodidad callada, llegaron a un mural sellado con magia antigua. Era una enorme pared de piedra negra, sin juntas visibles, decorada solo con un símbolo que Lazarus no reconocía.

El general posó la mano derecha sobre la superficie y murmuró algo en un idioma que el vampiro no comprendía, pero que retumbaba en su cuerpo. El muro se partió en dos con lentitud, y de pronto, un pasillo oscuro se abrió ante ellos.

—La verdad te espera —dijo el general.

Lazarus lo miró por última vez. No hubo ni un gesto de aliento, solo una mirada firme, como si en silencio se despidiera de todo. De cualquier forma, el vampiro asintió a modo de agradecimiento, en caso de que nunca volviera a verlo. No necesitaba más peso en su conciencia.

Y entonces... entró.

Este pasillo era distinto a todos los anteriores. Más estrecho. Más desgastado por el tiempo que todo lo que había visto hasta ahora. El aire a su alrededor era aún más denso, saturado de un poder antiguo que llevaba siglos contenido. Y cada paso que daba resonaba no solo en las paredes... también dentro de sí.

Y cuando por fin vio el final del pasillo, cuando llegó a este y la luz iluminó todo a su alrededor... un escalofrío le recorrió la espalda.

El lugar era vasto, circular, con raíces negras que colgaban del techo, como si el mundo exterior intentara contener lo que yacía oculto en el corazón de los terrenos Solekosminus. El suelo de piedra se hundía bajo un lago de agua tan cristalina que podía ver con total claridad el fondo.

Y ahí, en el centro de todo, suspendida entre dos pilares desgastados... estaba ella.

Magnolia. La verdadera Magnolia.

Su figura permanecía encapsulada en un cristal carmesí, tan puro y vivo que parecía respirar, latir con pulso propio. Su cuerpo flotaba dentro como si durmiera... o esperara. Su cabello largo y negro, con mechones blanquecinos enmarcando su rostro, se arremolinaba alrededor de su expresión serena. Tenía los ojos cerrados, pero su gesto no evocaba descanso, sino el de una mujer atrapada en el tiempo.

—Madre... —susurró, anonadado ante la imagen casi angelical que tenía frente a los ojos.

Era majestuosa. Pero la razón detrás de esa belleza... era un horror.

Se acercó, tembloroso, e intentó posar la mano sobre el cristal, pero una energía invisible le impidió tocarla. Una descarga eléctrica le recorrió los dedos y subió por su brazo, aunque no retrocedió.

—Estoy aquí —dijo, tan bajo como quien recita una plegaria—. Dime qué debo hacer. Dime cómo acabar con él... por favor.
Su madre no respondió. Ni siquiera el cristal.

Y el silencio dolía.

Lazarus, con los dientes apretados y la frustración burbujeando dentro de él, cerró el puño y golpeó la prisión de su madre. El estruendo rebotó en la cámara, la descarga fue más potente... pero no hubo fractura. No hubo nada.

Estuvo a punto de maldecir. A punto de volver a aporrear el cristal... hasta que vio su mano.

El instinto tomó el control. Oía el latido de su corazón en los oídos, sentía el fluir de su propia sangre en las venas. Sin pensar, se llevó la mano a la boca y, con un gesto salvaje, mordió.

Sus colmillos perforaron piel y carne. La sangre brotó, tibia, oscura, cargada de la esencia más pura de sí mismo, de lo que lo hacía hijo de Sanreis... y de Magnolia Solekosminus.

Presionó la herida abierta contra el cristal.

El líquido carmesí se deslizó por la prisión del mismo color. El olor metálico invadió sus sentidos. Y ahí, en medio de la quietud, vio cómo la tumba de su madre absorbía su sangre.

Lazarus cerró los ojos, pegó la frente al cristal y dejó que su voz se quebrara con vulnerabilidad.

—Por favor... te lo suplico. Dime qué hacer.

Y entonces... la sintió.

Primero fue un susurro. El tacto de un aliento cálido golpeando su rostro en medio de aquella cámara helada. Luego, unos dedos rozando su mejilla.

Abrió los ojos de golpe.

Frente a él, el cuerpo de Magnolia emergía desde el interior del cristal. No era carne ni hueso. Ni siquiera un espectro. Era un reflejo... un eco. Pero su mirada era la verdadera. La misma de su infancia. La que contenía la calidez única de una madre.

—Mi pequeño soñador... —dijo ella, acariciándolo con ternura.

Lazarus se estremeció. Reconocía ese apodo. Lo había escuchado en sus primeros años de vida. Quería tocarla, sentirla, y ahogarse en ese amor tan sincero.

—Madre... —susurró. Con una mano temblorosa, se atrevió a tocar la que yacía en su mejilla, aferrándose a cada instante—. Te encontré.

Magnolia asintió y le apretó la mano con sus finos dedos, luego lo miró con tristeza... y preocupación.

—Dime por qué me buscabas, querido hijo —dijo. Aunque su rostro ya conocía la respuesta.

Lazarus deseó, más que nunca, poder olvidarse del exterior, del conflicto inminente, solo para quedarse un instante más con la mujer que le dio la vida.

Pero él nunca fue un ser afortunado.

—¿Cómo puedo acabar con él? —preguntó con seriedad, aunque su voz aún conservaba un tono suave, casi reverente.

Ella no respondió enseguida. Soltó su mano y, en su rostro, apareció una mezcla de compasión y dolor. Dolor antiguo, que nacía desde el alma.

—La historia que conté aquella noche, durante la cena... no era una fábula. Era la verdad —dijo, con voz de seda.

Lazarus frunció el ceño. Ya lo sospechaba; aquel extraño relato tenía demasiadas aristas de verdad.

—Explícamelo... por favor —pidió con un leve dejo de desesperación.

—Es la historia de cómo Sanreis, tu padre... se convirtió en el primer vampiro de la historia.

Lazarus contuvo la respiración. Magnolia continuó:

—El emperador de Svatia en aquel entonces tenía dos guardianes: Latmus y Kosminus, creados para jurarle lealtad eterna. Pero todo cambió cuando Kosminus subió al mundo superior en busca de sangre mortal para su amo y fue seducido por el deseo, la compasión... por amor. La unión entre una humana y ese demonio engendró una criatura que jamás debió existir.

—Sanreis Solekosminus —musitó Lazarus.

Magnolia asintió.

—El secreto entre aquella humana y Kosminus fue muy bien guardado... pero nada podía permanecer oculto al emperador para siempre. Al descubrir que su leal guardián había traicionado a su especie, asesinó a sangre fría a la madre y al padre de Sanreis, sin dudar, con una crueldad nunca antes vista. Pero Kosminus aceptó su muerte con sorprendente facilidad... para darle una oportunidad a su amado hijo —explicó—. Sanreis absorbió todo el conocimiento posible sobre demonios e, impulsado por el odio, se presentó ante el emperador. Aprovechándose de sus habilidades superiores como Anomalía, lo asesinó y devoró su corazón, convirtiéndose en algo nuevo... en algo maldito.

Lazarus abrió los ojos de par en par.

—En un vampiro...

Magnolia tragó saliva con dificultad, apenada.

—El emperador tenía una hija: Arkaria Di Svatia. Su resentimiento ante la muerte de su padre fue incluso más profundo que el odio de Sanreis. En un arrebato de locura, asesinó a Latmus, el único guardián restante, decidida a crear un nuevo demonio leal desde cero. Durante generaciones ha engendrado nuevos guardianes, reencarnaciones de Latmus, a quienes ha castigado por la traición de Kosminus.

Lazarus retrocedió un paso, sintiendo su corazón golpearle el pecho.

«Reencarnaciones de Latmus... Alaric», pensó, consternado.

—Sanreis, tras convertirse en aquella criatura, fue bautizado como «vampiro» por las leyendas que surgieron a su alrededor. La destrucción y la muerte que dejaba a su paso para saciar su hambre lo convirtieron en mito entre los mortales. Adoptó ese nombre y, conforme aprendía a controlarse, también descubría sus poderes, entre ellos el de transformar humanos en monstruos como él... crear vida inmortal —continuó Magnolia—. Pero esos vampiros, sin humanidad a la cual aferrarse, perdían el control. Se convertían en Nosferatus y Sanreis los mataba. Los convertía, experimentaba con ellos y los destruía cuando sus intentos por hallar una cura fracasaban. Hasta que descubrió que existía algo capaz de devolverle humanidad a un vampiro... el amor.

—Y entonces esos vampiros comenzaron a convertir a otros, transmitiendo el conocimiento generación tras generación hasta formar una nueva comunidad, una especie —concluyó Lazarus en voz baja—. Ninguna comparable a su creador, al vampiro original que devoró el corazón del emperador demonio.

Magnolia asintió, confirmando sus sospechas.

—La emperatriz de Svatia jamás perdonó ese acto y tomó represalias. Durante incontables años intentó asesinar a Sanreis, pero eran iguales en poder; dos criaturas puras dentro de su maldición. Arkaria Di Svatia perdió en uno de sus enfrentamientos y Sanreis la condenó a permanecer siempre en su infierno, en Svatia —relató—. Sanreis pensó que no tendría que temer nunca más, que no quedaban enemigos capaces de interponerse en su camino... hasta que llegó aquello que más temía: la profecía. La profecía de la bruja Syvilia, que lo cambió todo.

Lazarus dio un paso al frente al oír la palabra «profecía», la razón por la que estaba allí, tal vez la única clave para matar a ese monstruo.

—¿Qué dice esa profecía? —indagó.

Magnolia exhaló, y tras un breve silencio, la recitó palabra por palabra. Su voz se tiñó de un eco ligero, casi etéreo:

—«Las condiciones idóneas de la perdición serán conocidas en el instante en que dos criaturas impuras forjen un vínculo inquebrantable. Dos criaturas en cuya sangre fluye la fuente de tu mayor rencor y tu adoración. Los cielos temblarán con el eco de su unión prohibida, y serás testigo de la perdición».

Lazarus la escuchó sin comprender del todo, sin hallar sentido en aquellas palabras. Su mente estaba exhausta. Todo su ser lo estaba. Demasiado confundido por lo que ocurría, por las intenciones de su padre, por el pasado trágico y espantoso que cargaba.

—¿Qué significa? —preguntó, desesperado—. ¿Qué se supone que debo interpretar? ¡¿Cómo me ayudará esto a matarlo cuando ni siquiera sé lo que estoy buscando?!

Magnolia le sonrió con dulzura, con una ternura intacta que ni el encierro ni el dolor le habían arrebatado.

—Lo entenderás, mi pequeño soñador —dijo, acariciándole la mejilla una vez más—. Solo tú podrás descifrarlo.

Lazarus la miró fijamente, con las lágrimas llenándole los ojos y un nudo apretándole la garganta. No estaba acostumbrado a llorar, pero parecía que en los últimos tiempos su lado más humano tomaba el control.

—¿Quieres que te libere? —preguntó en voz baja, mirándola a los ojos—. ¿Quieres salir de aquí?

El reflejo de su madre se volvió más tenue, pero su voz se tornó más firme.

—Sí —respondió—. Pero más que eso... quiero que vivas. Quiero que pongas fin a todo esto.

Lazarus apoyó una mano sobre el cristal una vez más.

—Gracias, madre... por todo —susurró—. Te prometo que le pondré fin.

—Dale paz a tu padre —pidió ella, con un dejo de tristeza. Casi de vergüenza por amar a ese monstruo. Lazarus no podía juzgarla. Comprendía lo poderoso e incontrolable que podía ser el amor, y sabía que antes de su locura, Sanreis no fue solo oscuridad. Ella había tenido el privilegio de conocerlo... y de amarlo como nadie—. Y a ti mismo, mi amado hijo.

Lazarus asintió. El reflejo de su madre, tras regalarle una última sonrisa, se desvaneció lentamente, atrapado de nuevo en el cristal carmesí.

Con las lágrimas recorriendo sus mejillas, sacó su pistola, retiró una de las balas y, tras hacerse otra profunda herida en la mano, la bañó en su sangre.

Retrocedió un par de pasos, cargó el arma, apuntó al corazón de la prisión de su madre y, con un grito ahogado en la garganta... disparó.

La bala, ungida con la sangre del único ser capaz de hacer frente al poder de Sanreis Solekosminus, atravesó la superficie como si reconociera su propósito. El cristal se resquebrajó... y estalló.

Miles de fragmentos cayeron como si fueran los restos rotos de una pintura sagrada. Lo que quedaba de su madre se desvaneció junto con ellos.

Lazarus bajó el arma. De pie entre los pedazos, alzó la mirada. En sus ojos brillaba una nueva resolución.

Había llegado el momento de enfrentar a su padre... y de extinguir, por fin, la fuente del odio.

¡Solo 4 capítulos para el final! Estamos por adentrarnos de lleno al último conflicto, prepárense 👀

¡Muchísimas gracias por leer! ❤️

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