🩸Capítulo 39. Inquebrantable
El cuerpo ya no le respondía con precisión a Lazarus.
Tras aquel ataque de su padre, que se sintió como si estuviera arrancándole la cabeza del cráneo, sus movimientos eran cada vez más torpes que el anterior; cada impacto, más doloroso. El aire a su alrededor parecía vibrar con energía corrupta y densa. Galatea luchaba a su lado, herida también, pero todavía logrando moverse con más precisión. Él batallaba por seguirle el paso, pero, a pesar de su sincronía, no era suficiente.
El Padre Común se movía con una velocidad imposible e insuperable. Era como pelear contra un dios enloquecido y venido a menos, un espectro de violencia y hambre de caos. Cada ataque suyo, cada golpe, desprendía ondas de poder que fracturaban el suelo y abrían grietas en los pilares de su castillo. Y su rostro... el rostro que antes contenía al hombre que admiraba, ahora solo estaba desfigurado por el éxtasis.
Disfrutaba de aquello, de asesinar a sus hijos, porque en el fondo era él quien más repudiaba a los monstruos: el monstruo que era su padre, el monstruo en que se transformó su madre y el monstruo que los había asesinado a sangre fría. Los amaba tanto como los odiaba por haberlo creado; una criatura imposible, un vampiro.
Ese conflicto interno se reflejaba en cada golpe, cada ataque y cada palabra hiriente.
—¿Eso es todo lo que pueden ofrecerme? —se burló con una risa desquiciada, su voz resonando como un trueno —. ¡Dos marionetas patéticas, aferradas a una ilusión! ¿De verdad creen que esos lazos que tanto veneran los hacen más fuertes? ¿Que esta frágil alianza, esta unión miserable, podrá salvarlos? Son debilidad... —Su mirada se afiló como una cuchilla— tal y como ustedes.
Lazarus limpió los restos de sangre que escurrían de su nariz y boca e, ignorando las palabras de su padre, se impulsó hacia delante, empujándolo hacia atrás hasta hacerlo colisionar contra una de las columnas. El suelo vibró bajo sus pies y el techo se resquebrajó sobre sus cabezas.
Galatea lo siguió, dispuesta a propinar un golpe directo al rostro del Padre Común, pero este, ni siquiera aturdido por el ataque, la detuvo con una sola mano, rodeó su brazo e intercambió su posición con ella. La golpeó contra la columna hasta que esta colapsó por completo, y una porción del techo se desplomó sobre ellos.
—¡Galatea! —gritó Lazarus, antes de ser derribado por un golpe tan rápido que pareció invisible, lanzándolo de espaldas hasta atravesar otra columna y detenerse solo al colisionar contra el trono.
Hubo un crujido sordo, un dolor insoportable y ruido blanco.
Se esforzó por no perder la consciencia, a pesar de que su visión se partía en dos, de que la sangre de una herida en la cabeza le caía sobre los ojos y de que no podía respirar correctamente.
Vio a su padre acercándose con pasos lentos, disfrutando cada instante de su sufrimiento. Más atrás, a varios metros, distinguió a su hermana menor, con la mitad del cuerpo enterrada bajo los escombros del techo. Estaba inconsciente, pero viva, por la forma en que sus suaves latidos aún llegaban a sus oídos a la distancia.
Quería moverse, tenía que hacerlo, pero sus heridas apenas se cerraban. Sus huesos rotos apenas empezaban a soldarse, sus músculos rasgados a tejerse entre sí.
Iba a morir. No tendría tiempo suficiente... e iba a morir.
Pero entonces escuchó una voz que lo trajo de regreso al presente:
—¡Lazarus!
Era Alaric.
El corazón de Lazarus se contrajo y, por un momento, toda la agonía desapareció. Quiso gritarle que se fuera, que era una locura y que el Padre Común lo mataría, pero las palabras no salían de sus pulmones destrozados. Alaric ya estaba corriendo hacia él, con la sangre flotando a su alrededor como hilos de luz líquida.
—¡Aléjate! —bramó Lazarus cuando al fin tuvo el suficiente aliento—. ¡No puedes con él, es demasiado!
—Y tú tampoco puedes solo, Lazy —replicó Alaric, sin detenerse, mostrando una sonrisa confiada—. Pero para eso estoy aquí.
El Padre Común volvió la mirada hacia Alaric y sonrió con diversión salvaje.
—¿Otro mártir que viene a morir en mis manos? —inquirió con una sonrisa que destilaba locura—. Y además... un demonio. Voy a disfrutar desmembrándote hasta que no quede nada.
Con un grito, Alaric manipuló su propia sangre y, como si fueran largos látigos con cuchillas, la lanzó hacia Sanreis Solekosminus. Sin embargo, este las esquivaba con suma facilidad... pero golpearlo no era el plan del demonio.
Derribó las columnas, quebrando una por una hasta que el techo se resquebrajó por completo y comenzó a desmoronarse sobre sus cabezas, convirtiendo el campo de batalla en una trampa mortal.
Galatea despertó, procesó la situación con rapidez, se quitó los escombros de encima y, más herida, volvió desafiante a la pelea con un grito feroz. Aunque el cuerpo de Lazarus distaba de estar recuperado, el vampiro también se puso en pie y se precipitó hacia su padre.
El demonio utilizó su sangre para retener al Padre Común, mientras los dos vampiros más jóvenes lo golpeaban sin cesar, ataque tras ataque, mientras la sala del trono entera se derrumbaba.
Los tres se enfrentaron al Padre Común como una sola voluntad... pero ni así fue suficiente.
—¡BASTA! —bramó Sanreis, utilizando un poder hipnótico muy superior al de sus dos hijos.
Se apoderó de los cuerpos de los tres y los lanzó como si fueran muñecos de trapo. Lazarus volvió a colisionar contra el trono, Galatea fue proyectada al otro extremo de la habitación y Alaric aterrizó cerca de Lazarus.
El golpe fue tan brutal que quedaron aturdidos y, antes de poder moverse, el techo del castillo se vino abajo por completo. Lazarus intentó protegerse con los brazos, pero fue inútil.
Quedó inconsciente... enterrado.
(...)
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado cuando, por fin, recobró la consciencia. Lo hizo poco a poco, sintiendo cómo su cuerpo estaba aprisionado bajo los escombros. Los movió con lentitud hasta que pudo ver el cielo estrellado sobre su cabeza; pacífico, aunque nada en esa situación lo era.
Apenas logró apoyarse en los codos para salir de donde estaba enterrado y volvió a colapsar, exhausto y adolorido. Escuchó un ruido no muy lejos y giró la cabeza con premura, temiendo lo peor. En cambio, vio a Alaric, que, valiéndose del control sobre su sangre, se quitaba de encima un pedazo del techo que había atrapado la mitad inferior de su cuerpo.
—Alaric... —lo llamó. El demonio pareció escucharlo, pues ladeó la cabeza hacia él, todavía desubicado.
Aliviado de verlo, Lazarus reunió toda la fuerza que le quedaba y se arrastró hasta llegar a su lado, para luego desplomarse junto a él. El demonio dejó escapar una risa desairada.
—Esto es todo, ¿eh? —musitó, agotado.
—Lamento haberte arrastrado a esto —dijo Lazarus, mirando el cielo sobre ellos.
Sentía el peso de su fracaso oprimiéndole el pecho, como la necesidad de soltar un grito de agonía que condensara toda su frustración.
—No lo lamentes —pidió Alaric, tomando la mano del vampiro y entrelazando sus dedos, mientras giraba la cabeza hacia él—. No me arrepiento de nada, Lazarus.
Lazarus también giró hacia él, mirándolo a los ojos, apreciando la sinceridad y la belleza que había en ellos. En ese instante, lamentó más que nunca no haber tenido más tiempo, haber sido tan estúpido como para creer que Alaric lo traicionaría sin más, y haberse alejado de él sin luchar más por retenerlo.
Su mayor deseo, en ese momento, no era salvar a la Sociedad Ulterior ni matar a su padre... Era Alaric.
Era tenerlo a su lado, escucharlo y sentirlo.
Quería... una vida con él.
—Lazarus —lo llamó Alaric, al escuchar pasos aproximándose.
Lazarus también lo sintió: la presencia de su padre, todavía vivo, esperando a que intentaran levantarse... o preparándose para matarlos de una vez por todas.
Pero Lazarus no estaba enfocado en ello, sino en sus recuerdos, en Alaric a su lado y, de pronto, en la voz de su madre recitando la profecía:
«Las condiciones idóneas de la perdición serán conocidas en el instante en que dos criaturas impuras forjen un vínculo inquebrantable. Dos criaturas en cuya sangre fluye la fuente de tu mayor rencor y tu adoración. Los cielos temblarán con el eco de su unión prohibida, y serás testigo de la perdición».
Sintió una descarga recorriéndole todo el cuerpo, una revelación que solo podía compararse con un ciego viendo la luz por primera vez.
La profecía no era una metáfora, no era un mito épico. Era real, tangible... realizable.
Era esto.
Eran... ellos.
—¿Lazarus? —preguntó el demonio, mientras el vampiro se aferraba a sus dedos con más fuerza.
Y entonces lo comprendió por completo. La profecía no hablaba de un arma ni de un ser superior que vendría a poner fin al Padre Común. Hablaba de ellos, de él y de Alaric. Dos criaturas impuras, nacidas del caos, portadoras de todo aquello que el Padre Común más odiaba y, al mismo tiempo, más había amado: la sangre humana de Magnolia corriendo por las venas de Lazarus, y el eco de los antiguos guardianes del emperador demonio de Svatia en las de Alaric.
Su vínculo, forjado en la tragedia y lleno de devoción, era el verdadero heraldo de la perdición. No por maldad ni rencor, sino por elección. Porque en un mundo donde estaban destinados a repelerse, ellos eligieron amarse.
Esa era la unión que el Padre Común jamás podría controlar, la unión que haría temblar a los cielos... y la que lo llevaría a su final.
—La profecía... somos nosotros —dijo Lazarus, incorporándose con gran esfuerzo—. Somos el final de su era, somos...
—El inicio de una nueva —completó Alaric, como si hubiese leído sus pensamientos.
Lazarus asintió, esbozando una sonrisa sincera, y ayudó al demonio a levantarse. Ambos se sostuvieron mutuamente, aunque sus cuerpos estaban al límite.
—¿Qué es lo que debemos hacer? —preguntó Alaric.
—Confiar —respondió Lazarus y, tomando la daga de Alaric, hizo un profundo corte en la palma de su mano. Dejó caer la cuchilla y le ofreció la mano ensangrentada—. En ti... y en mí.
El demonio comprendió de inmediato; ese vínculo inquebrantable los hacía uno solo. No necesitaban palabras, bastaba con mirarse para entenderse.
Alaric tomó la mano de Lazarus, y su sangre se mezcló con la suya hasta fundirse en una sola.
—Hagámoslo —dijo el demonio, manipulando la sangre de ambos.
El líquido carmesí, como un río de luz, los envolvió en un escudo protector.
El Padre Común lo advirtió y los observó con extrañeza. Estaba herido, quizás debilitado, pero sobre todo al borde de caer en un abismo sin retorno. Los miró con ojos desorbitados, riendo como un maníaco.
—¡¿Aún respiran?! —bramó—. ¡¿Aún se aferran a la miserable ilusión de tener una oportunidad?!
Lazarus y Alaric no escucharon ni una sola de sus palabras. Ambos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Dejaron que cada gota de su sangre abandonara sus cuerpos hasta formar un gran muro a su alrededor, invocando en él toda su rabia, todo su dolor, toda la pérdida... y todo su amor.
El poder brotó de ellos como una marea imposible, transformando el muro rojo en una espiral que pronto tomó control de todo, de cada gota de sangre derramada en ese castillo y en ese terreno. Los escombros comenzaron a levitar, y todo se volvió más ligero, menos opresivo.
Galatea, que apenas despertaba, observó boquiabierta desde varios metros de distancia. Su larga cabellera se agitaba por las ráfagas de aire frío que emanaban de ese poder desconocido... pero que ella sentía, hasta la médula, como el poder indicado.
El torrente de sangre se convirtió en una flecha gigantesca y, ante su desbordante energía, el Padre Común dio un paso atrás, por primera vez con una sombra de desconcierto... de miedo.
Lazarus abrió los ojos, lo miró por última vez y dijo:
—Adiós, padre.
La flecha se precipitó como un huracán de ira ancestral y, sin que él pudiera reaccionar, atravesó su corazón. Una explosión carmesí llenó la sala destruida.
Sanreis Solekosminus no pudo ni gritar; su boca y su rostro quedaron congelados en un pánico silencioso mientras miraba la flecha, a su hijo y al demonio... comprendiendo por fin el significado de la profecía.
Una extraña paz se apoderó de él, como si la coherencia y la humanidad hubieran regresado por un instante. Juró incluso ver el fantasma de la mujer que más amó, de los padres que perdió... y de sí mismo, antes de convertirse en aquel monstruo.
Y entonces... desapareció en una nube de cenizas.
(...)
La estela carmesí de sangre y las cenizas del Padre Común se disiparon poco a poco.
Entre los escombros, dos cuerpos yacían uno junto al otro, con los ojos cerrados y una expresión de serenidad, tomados de la mano.
Lazarus y Alaric.
Como si, después del caos... al fin hubieran encontrado la paz eterna.
Saquen su ropa negra, se viene el funeral 😔✊
¡Muchas gracias por leer! ❤️
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