🩸Capítulo 24. Padre

Blair Bellanova se jactaba de su ingenio. No pretendía ser valiente, y tampoco le avergonzaba admitir debilidad o mostrarse como una cobarde. Ese era su instinto de supervivencia, la capacidad de saber cuándo retirarse y cuándo permanecer.

Así fue cómo supo que no podía quedarse más tiempo en los Terrenos Solekosminus y enfrentarse al Padre Común. El objetivo de su presencia en este sitio cambió en el momento en que atravesó el Torrente Sanguíneo y sintió la distante presencia de su hermano.

Una llama de esperanza se reavivó dentro de ella: Lucas podía estar vivo.

Desde el momento en que arribó y fue llevada a sus aposentos en el castillo, se enfocó en la esencia de su hermano. No flaqueaba, pero tampoco se fortalecía; era estable y estaba cerca... Estaba latiendo.

No obstante, decidió visitar a Galatea antes de la cena. No quería alimentar sus esperanzas tan pronto; primero necesitaba una segunda opinión o, tal vez, una explicación de por qué lo sentía, llegando a considerar que se tratara de un horrendo hechizo restante del Salvador.

Tocó la puerta de la vampira una y otra vez hasta que esta se abrió. Galatea portaba un ligero vestido de seda y su cabello estaba húmedo.

—¿Sientes algo familiar? —interrogó Blair a Galatea.

La vampira entornó los ojos.

—No te entiendo.

Era una mentirosa.

—¿Sientes a Lucas? —cuestionó, directa.

Galatea frunció el ceño. ¿Acaso solo Blair era capaz de sentir la esencia de su hermano en este lugar?

—No sé de qué me hablas —contestó—. Tal vez hay restos suyos tirados por ahí. Debe ser eso.

—Dime dónde —exigió la bruja.

La vampira esbozó una sonrisa revoltosa. Sabía algo, o tal vez solo disfrutaba de verla tan desesperada.

—No lo sé, este sitio es muy grande, pero tal vez si investigas, puedas encontrar una pista —sugirió.

Blair se aferró al cuello de su vestido, acercando sus rostros para encararla.

—Dime lo que sabes, vampira —ordenó.

—Más que tú, seguro, pero no sé todo. —La empujó—. Averigua tú misma, bruja.

Antes de cerrarle la puerta en la cara, la menor de los Solekosminus le aventó un vestido azul marino a los pies y le ordenó que no hiciera nada estúpido hasta la cena o la mataría antes de conseguir sus preciosas respuestas.

Por lo tanto, se presentó a la cena. Por su propio bien, pretendió que todo estaba normal, que no había nada en su mente. No quería levantar sospechas o que el maldito detective se percatara de su actitud. Por fortuna, todos estaban demasiado ocupados escuchando las locuras de Magnolia y asustados por la llegada del Padre Común.

Así que, cuando comenzaron los campanazos y la familia Solekosminus cayó en una espiral de pánico, la bruja se levantó de la mesa y se escabulló del comedor aprovechando el frenesí. Este era su momento.

A ella no le afectaba la presencia del Padre Común como a los demás. La sentía abrumadora, como un peso extra en el cuerpo, pero no la detenía. Su anhelo era más fuerte que cualquier tipo de control del vampiro original.

Recorrió los Terrenos Solekosminus, siguiendo el rastro de Lucas. Era débil, pero lo sintió fortalecerse tan solo un poco cuando se aproximó a una torre abandonada. Era un sitio espeluznante, rebosante de energías perturbadas; no le costó mucho descifrar que se trataba del antiguo laboratorio de El Salvador.

Su esperanza aumentó. Lucas podía seguir con vida, sufriendo durante tanto tiempo atrapado en los calabozos.

Se adentró a la torre con premura, ignorando el olor a moho y descomposición. Invocó llamas azules en las puntas de sus cinco dedos y las utilizó para iluminar su descenso hacia las catacumbas, donde la presencia se fortalecía. Recogió el largo vestido azul marino y bajó las escaleras de dos en dos.

La impaciencia la devoraba viva y confirmó sus sospechas cuando, al bajar, encontró una sala repleta de calabozos. Lucas debía estar prisionero, él seguía aquí.

Recorrió el sitio, iluminando las celdas, pero solo encontró restos de cuerpos y sangre seca salpicada en las paredes. Era un sitio nauseabundo.

—¡Lucas! —llamó, su voz hizo eco.

De pronto, vio movimiento en una de las celdas cuando pasaba al lado de esta. La iluminó y notó que en una esquina había un bulto negro, un cuerpo que intentaba ocultarse tras un raído manto.

—¿Lucas? —llamó con suavidad. Tal vez estaba asustado y no la reconocía—. Soy yo, tu hermana, Blair. Voy a sacarte de aquí.

Tenía que ser él, ese bulto era la fuente de la esencia de su hermano. Con las mismas llamas en las puntas de sus dedos, creó una cuchilla que utilizó para cortar el candado de la celda y abrirla. Estaba tan oscuro, pero volvió a iluminar y se acuclilló junto a él.

—Lucas. —Apartó el manto negro que lo cubría.

No era Lucas.

Era una persona de sucio cabello rubio y un rostro sucio marcado por senderos de lágrimas. Casi no la reconoció al inicio, no hasta que conectaron sus miradas e identificó esos ojos, idénticos a los suyos, pero tan extraviados.

—¿Madre?

(...)

Lazarus vio el cuerpo de Cornelius, inerte a sus pies, con un charco de sangre acumulándose debajo de él. No escuchaba sus latidos, no oía su respiración. Estaba muerto y la única razón por la que su cadáver seguía ahí y no se convertía en cenizas, era por su desarrollado lado humano.

Volvió su mirada hacia Lucas, no podía procesar lo que estaba viendo. Su mejor amigo, vivo, oculto tras una larga túnica negra y sosteniendo una espada de hierro solar cuya hoja estaba manchada por la sangre de su hermano mayor.

La blandió, salpicando la sangre. Lazarus sintió unas gotas caer sobre su rostro, sobre sus labios.

—Lucas... —comenzó, pero no sabía qué decir. Tenía tantas preguntas, quería tantas respuestas, pero a la vez, quería escapar, gritar, agarrar el cuerpo de su hermano que había perdido toda vida en cuestión de instantes.

Galatea reaccionó primero, dando unos tambaleantes pasos hacia atrás, incapaz de quitarle los ojos de encima a Lucas.

—Estás vivo —musitó, titubeante.

Lazarus solo logró salir del pasmo en el que estaba atorado cuando escuchó un desgarrador alarido que provenía de su madre. Magnolia corrió hacia el cuerpo de Cornelius, tomándolo entre sus brazos, viendo sus ojos todavía abiertos, pero tan vacíos.

—¡No, sol mío, por favor! —sollozó, meciéndose con el cuerpo de su hijo.

Todo había terminado.

Lazarus, siendo invadido por una debilidad que entorpeció su cuerpo, se acercó a Lucas. Necesitaba tocarlo, oírlo, sentir que era real para confirmar que no era un producto de su desbaratada mente, que no estaba alucinando a su mejor amigo como de costumbre.

—¿Eres real? —susurró, su voz apenas tenía fuerza y había lágrimas en sus ojos. Estaba a punto de quebrarse; Cornelius estaba muerto, Lucas lo había matado.

Lucas retrocedió sin pronunciar palabra. Su rostro tampoco revelaba nada, se limitaba a observar a Lazarus fijamente. Eran los mismos ojos amables que recordaba, pero ocultos tras un profundo rencor.

—Traidores. —Se unió una nueva voz, una que dejó a los dos hermanos restantes rígidos.

Lazarus no podía mover ni un músculo para voltear a ver al hombre que acababa de llegar. Solo lo vio cuando pasó a su lado, trayendo consigo cenizas blancas, una presencia imponente y un frío que los caló hasta los huesos.

Galatea bajó del altar con pasos rígidos, parándose al lado de Lazarus. Ambos se vieron forzados a bajar la cara y arrodillarse. Esta voluntad tan poderosa, esta presencia, esa voz que lo atormentaba en cada una de sus pesadillas... Su padre había vuelto.

—Recibirán su castigo en el momento adecuado —dictaminó con una voz imperturbable que nunca vacilaba, ni siquiera ante la cólera—. En este momento, puedo prescindir de su presencia.

Magnolia sollozó con desespero, todavía abrazada al cadáver de Cornelius. El Padre Común la ignoró por completo.

—Mírenme a los ojos —ordenó su padre.

Lazarus y Galatea obedecieron en contra de su voluntad, encontrándose con los ojos color escarlata del Padre Común. Su rostro era el de un ser perfecto, pero demoníaco; un hombre llamativo, de cabello negro y facciones rectas, pero no había nada humano en él. Era indescifrable, cambiante e indescriptible.

—La muerte se presenta como un castigo piadoso, una recompensa que ustedes no merecen —declaró, solemne—. Les advertí que tarde o temprano cumplirían con su destino, y el plan sigue en curso, mis estimados hijos.

El Padre Común esbozó una sonrisa carente de vida, una expresión que no denotaba ni un ápice de satisfacción, sino más bien parecía una máscara de emociones. Avanzó hacia Lucas y lo señaló.

—De rodillas, hijo mío —ordenó.

Lucas acató, arrodillándose con la cabeza inclinada, los ojos cerrados y la espada abandonada a su lado. El Padre Común posó una mano sobre su cabeza.

—Por el poder que me confiero, yo, Sanreis Solekosminus, te rebautizo a ti como Lucas Solekosminus, proclamándote como uno más de mis hijos.

Sanreis Solekosminus retiró su mano de la cabeza de su hijo, y este último volvió a abrir los ojos. Lágrimas de sangre brotaron de ellos, mientras sus iris resplandecían en el mismo carmesí que los de su padre.

Lazarus podía olfatear su sangre, podía sentirlo aunque se resistía a aceptarlo, desafiando toda comprensión y lógica.

Él era Lucas, portador de la sangre de los Solekosminus y el cuarto hijo biológico del Padre Común de los vampiros.

Fin de la primera parte.

¡ANTES DE QUE ENTREN EN PÁNICO LEAN ESTO!

Esta historia está dividida en dos partes, no libros, partes. La segunda será publicada en este mismo libro dentro de dos semanas (me tomaré una de descanso para terminar de afinar unos detallitos). Tengo muchas ganas de que vean cómo va a desarrollarse la historia a partir de aquí 😈

Bien, ahora sí, ¡ENTREN EN PÁNICO!

¿Vieron venir el final? Créanme que llevo planeando este giro de trama desde Vampire Anomaly, todo ha sido cuidadosamente construido para llegar a este momento... 👀

¡Muchísimas gracias por leer y nos vemos muy pronto con la segunda parte!

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top