🩸Capítulo 23. Traición

Viktor se apresuró hacia la puerta del departamento en cuanto escuchó los pasos en el pasillo. La abrió con brusquedad, encontrándose con el rostro asustado de Elay al otro lado.

—Vaya, no era mentira que los vampiros tienen muy buen oído —dijo ella.

Horas atrás, había llamado a Elay en busca de ayuda para entender lo que le estaba sucediendo a Dorian. En un principio, su opción fue Nicte, pero al darse cuenta de que no podía esperar a que la bruja viajara desde el otro lado del globo, se vio obligado a recurrir a la opción más cercana, aunque esta fuera aún una novata en el ámbito de la magia.

—Qué bueno que llegaste. —Se apartó para permitirle el paso.

Elay llevaba un bolso cruzado negro y se aferraba a la correa mientras exploraba el departamento con la mirada.

—¿Dónde...?

—En la sala —acotó y le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera—. Pero primero ven conmigo, no quiero que nos escuchen.

—¿Escuchen? —interrogó Elay—. ¿En plural?

Viktor optó por no mencionar la presencia de Zaira; no era el momento ni la prioridad. Una vez en su habitación, tan pronto como ella entró, cerró la puerta con seguro.

—Algo está mal con Dorian. —Mantuvo su tono bajo.

—Sí, me lo dijiste por teléfono. —Se tensó—. Créeme que cada vez que escucho la palabra "mal" y "Dorian" en una sola oración, de inmediato me pone en alerta.

Viktor compartía ese sentimiento. Desde lo sucedido con Matthias, el estado de Dorian se había vuelto un tema delicado. En todo momento, sentía angustia por él, temiendo que Lazarus Solekosminus fallara y el Padre Común se apoderara de la persona que más amaba. Prefería no pensar en ello; incluso sus supersticiones habían ganado fuerza.

—Está actuando extraño, es como si estuviera... en un trance —explicó como pudo; no estaba seguro de cómo ponerlo en palabras—. No responde cuando le hablas o lo tocas y siempre busca dirigirse hacia la ventana o salir del departamento. Cuando vuelve en sí, no recuerda nada.

Elay colocó una mano debajo de su mentón.

—¿Tienes alguna idea de qué podría estar causando esto? —indagó la joven bruja.

Viktor asintió con solemnidad. Tenía una teoría, una que le resultaba incómoda de contemplar, pero...

—Me temo que alguien esté intentando controlarlo.

Elay intentó ocultar su temor ante las palabras del vampiro, pero él podía percibirlo. Ambos sabían que podría ser una posibilidad, los puntos se conectaban demasiado bien.

—Podemos realizar un hechizo para descartar o confirmar las sospechas —sugirió ella—. Será sencillo, solo trataré de sentir si hay algún tipo de presencia ajena dentro de su consciencia.

—Hagámoslo.

Salieron de la habitación y Viktor condujo a Elay hacia la sala, donde encontraron a Dorian, una vez más absorto frente a la ventana; tal como lo había dejado hace unos minutos. Su estado de ensimismamiento parecía prolongarse cada vez más. Zaira estaba sentada a su lado, vigilándolo de cerca. Viktor se acuclilló frente a ella y pasó los dedos por su blanca cabellera.

—Gracias por cuidarlo, pequeña dama.

La niña le sonrió con dulzura hasta que se percató de la presencia de Elay, mostrándose nerviosa ante la desconocida.

—¿Quién...? —comenzó la demonio, con una pronunciación torpe, pero aprendiendo poco a poco a dominar su lengua.

—Ella es Elay, una amiga de confianza —presentó—. Elay, ella es Zaira, una...

—Demonio —completó, boquiabierta—. ¿Por qué tienen a una niña demonio aquí?

—La estamos cuidando —explicó, luego se volvió hacia Dorian—, pero esa es una historia para después. Por ahora...

—Claro, sí, tienes toda la razón. —Elay se acercó a Dorian, arrodillándose frente a él—. Este es un asunto más apremiante.

Viktor se aproximó a Zaira, colocando sus manos en sus hombros y tratando de mostrar una expresión de tranquilidad que en realidad era fingida.

—¿Por qué no vas a buscar algo de comer? —sugirió.

A pesar de su corta edad, la niña no era tan crédula. De seguro percibía que algo no estaba bien, pero en lugar de cuestionarlo, se puso de pie y obedeció sin más.

—¿Cuánto lleva así? —indagó Elay, agitando una mano frente al rostro de Dorian. Ni siquiera parpadeaba.

—Desde que llegaste, un poco antes. ¿Unos diez minutos?

Elay chasqueó la lengua.

—No pinta bien. —Miró a Viktor—. ¿Utilizamos el hechizo?

—No perdemos nada con intentarlo, ¿o acaso es riesgoso?

Negó con la cabeza.

—Es uno de los más básicos —aseguró y, tras un suspiro, colocó sus manos a los costados de la cabeza de Dorian—. Bien, veamos qué ocurre dentro de la mente de este tonto.

Elay cerró los ojos y se concentró en adentrarse en la psique de Dorian. Viktor nunca comprendió cómo funcionaba este tipo de magia, por lo que lo único que pudo hacer fue quedarse en silencio y aferrarse a su ropa para controlar la ansiedad.

Fueron minutos de tenso silencio hasta que Elay separó los párpados y soltó una fuerte exhalación. Se arrastró hacia atrás, petrificada, con el rostro pálido y una fina capa de sudor en la frente.

—Hay algo, algo lo está invadiendo —farfulló, titubeando—. No sé qué es, es algo poderoso, y se está adueñando lentamente de su mente y cuerpo.

Viktor, desesperado, se acercó a Elay y la agarró por los hombros.

—¡¿De qué estás hablando?! —interrogó—. ¡¿Qué es lo que lo invade?!

—¡Te dije que no lo sé!

La soltó y se acercó a Dorian, sosteniendo su rostro y dándole unas sacudidas suaves. Necesitaba sacarlo del trance, debía asegurarse de que no estuviera siendo controlado...

De repente, Dorian parpadeó y sus ojos recuperaron un destello de lucidez. Viktor sintió como si pudiera respirar de nuevo.

—Dorian, ¿estás...?

Su pregunta se quedó atrapada en su garganta cuando Dorian lo apartó con un empujón brusco y luego se puso en pie con movimientos mecánicos. Parecía un títere, ¿pero de quién?

—¡Dorian! —Elay se interpuso en su camino—. ¡Soy Elay! ¡¿Me reconoces?!

Dorian no dio señales de identificarla, mantuvo una expresión impertérrita hasta que sus ojos se conectaron con los de su amiga.

—Apártate —ordenó, ni siquiera sonaba como su voz. Sus iris brillaron en un intenso color áureo, era su fracción Banshee tomando el control.

El dorado se reflejó en los ojos de Elay y obedeció las órdenes, apartándose del camino de Dorian.

Viktor se apresuró a tomarla del brazo y alejarla de Dorian. No era él mismo, no estaba consciente de sus acciones y representaba un peligro tanto para ellos como para sí mismo.

—¡Dorian! —gritó—. ¡Escúchame, por favor!

Sus súplicas cayeron en oídos sordos mientras Dorian continuaba avanzando por la sala hasta topar con uno de los muros. Sin vacilar, llevó su mano derecha hacia su boca y mordió su propia muñeca hasta que la piel se rasgó, permitiendo que la sangre brotara. Utilizó la sangre para trazar un círculo en la pared, invocando así un Torrente Sanguíneo.

Viktor soltó a Elay, quien apenas comenzaba a recobrar el control de su cuerpo, y dio un paso hacia Dorian.

—¡¿Quién eres y qué quieres de él?! —bramó, consciente de que ya no se trataba de Dorian, sino de alguien más.

Sus interrogantes fueron ignoradas. En cambio, lo que sea que estaba controlando el cuerpo de Dorian, abrió el Torrente Sanguíneo, creando un vórtice que lo conduciría a un destino desconocido.

—¡No dejes que lo cruce! —gritó Elay.

Por supuesto que Viktor no iba a permitirlo. No estaba dispuesto a perderlo de esa manera, ni de ninguna otra. Se precipitó hacia Dorian y antes de que este pudiera poner un pie dentro del vórtice, rodeó su cintura con sus brazos y lo tiró al suelo de la sala. Dorian trató de empujarlo y liberarse de su agarre, pero el vampiro no se lo permitió, colocando una rodilla en su pecho y rodeando sus muñecas para aprisionarlo contra el suelo.

—¡Mue...! —Comenzó Dorian, dispuesto a utilizar sus habilidades de Banshee, pero Viktor le tapó la boca con una mano antes de que terminara de profesar su orden.

—¡Hay que cerrar ese Torrente Sanguíneo! —exclamó Viktor, volviendo su atención hacia Elay.

—¡¿Cómo?! —preguntó la bruja joven.

—¡No lo sé, pero...! —Fue interrumpido por Dorian rodeando su cuello con la mano que Viktor había tenido que liberar para taparle la boca.

Estaba intentando ahorcarlo, y lo estaba logrando. Viktor escuchó a la distancia los gritos de pánico de Elay, sintiendo cómo la presión en su cuello se intensificaba hasta casi cortarle el flujo de oxígeno por completo. No obstante, a pesar de la forma en que se le partía la visión en dos, mantuvo sus ojos en los de Dorian; no era él, no en este momento, y si quería protegerlo... Entonces primero tendría que lastimarlo.

«Lo siento», pensó y, con lo que la quedaba de fuerza, tomó la cabeza de Dorian por el cabello y luego la estrelló con fuerza bruta contra el suelo. Escuchó un crujido y luego toda la presión sobre su cuello desapareció conforme el cuerpo de su amado perdía la consciencia.

—De verdad, lo siento —musitó Viktor mientras recuperaba el aliento y se apartó del cuerpo de Dorian para volverse hacia el Torrente Sanguíneo. Por un momento pensó que, tal vez, al dejar inconsciente a quien lo había abierto, este se cerraría, pero seguía ahí, en medio de su departamento—. ¡Mierda!

—¡No tengo idea de cómo cerrar esto! —exclamó Elay—. ¡Probé hechizos, pero ninguno funciona!

Viktor miró a Dorian en el suelo. Solo él podría cerrarlo, pero estaba fuera de consideración en su estado incontrolable y, ahora, desmayado. Maldijo a sus adentros una y otra vez.

—¡No podemos dejarlo abierto, no sabemos qué puede salir de allí!

Elay lo miró con pánico, igual de incierta que él sobre qué podían hacer al respecto. Nada marchaba bien, en menos de cinco minutos su realidad se había ido al carajo como de costumbre; parecía que todo estaba perdido... Hasta que escuchó una exclamación a sus espaldas:

¡Blesare!

Pertenecía a Zaira, quien había levantado ambas manos frente a ella y parecía estar manipulando la sangre del portal desde lejos, cerrándolo lentamente.

—¿Cómo...? —comenzó Viktor, anonadado.

—¡Los demonios controlan la sangre! —interrumpió Elay y miró a Zaira—. ¡Ciérralo, por favor!

La niña demonio profirió un grito por el esfuerzo. El Torrente Sanguíneo se resistía a su dominio, descontrolándose, tornándose más agresivo. Ráfagas de viento frío salían de este, salpicaduras de sangre que comenzaban a manchar todo a su alrededor.

Viktor miró a Zaira, dando todo de sí para salvarlos del peligro, y corrió hacia ella. Se arrodilló a su lado y la ayudó a mantener sus brazos en el aire, concentrada en su poder.

—Puedes hacerlo —animó—. Confío en ti.

La pequeña demonio asintió. El vórtice brilló en un carmesí cegador y, con un último grito de esfuerzo de Zaira, el Torrente Sanguíneo se cerró con una explosión.

(...)

Los campanazos continuaban resonando en los terrenos Solekosminus, llenando el aire con una sensación ominosa, como las trompetas que anunciaban el apocalipsis. En su caso, la amenaza no estaba tan lejos.

El Padre Común, su padre, había llegado.

Lazarus podía sentir su presencia en cada fibra de su ser; se paralizaba ante su imponente aura, su corazón latía con fuerza, su respiración se aceleraba y todos sus sentidos se agudizaban en respuesta al peligro inminente.

«¿Qué estás haciendo aquí? ¿En qué estabas pensando?» Sus pensamientos comenzaban a traicionarlo. No podía ceder a la cobardía, no otra vez.

Alaric fue el primero en levantarse de la mesa, su rostro reflejaba un terror aún mayor que el de los hermanos Solekosminus; Lazarus podía notarlo.

—Alaric. —Trató de aferrarse a su mano, pero el demonio lo apartó como si el simple contacto lo quemara.

Conectó su mirada con la del vampiro, reflejando angustia y una súplica apenas perceptible. Lazarus no lograba discernir los pensamientos que pasaban por la mente del demonio hasta que este retrocedió y salió corriendo del comedor.

Lazarus se puso en pie al instante.

—¡Alaric! —gritó.

—¡Mira la cobardía del demonio que amas, Lazarus! —señaló Galatea, burlona y cruel.

—¡Ya cierra maldita boca, Galatea! —reprendió Cornelius a través del escándalo de las campanas.

Lazarus ignoró a ambos y salió en busca de Alaric. ¿Por qué se había marchado de esa manera? ¿Qué lo había asustado tanto? Tenía tantas preguntas, y la jaqueca, la creciente debilidad que sentía en su cuerpo debido a la presencia de su padre, no le permitía pensar con claridad.

—¡Alaric! —lo llamó, encontrándolo mientras se alejaba con largas zancadas por uno de los pasillos del castillo, luchando contra el potente ventarrón que comenzaba a soplar—. ¡Detente!

El demonio no se detuvo.

—¡No me sigas, Lazarus! —espetó.

Lazarus, haciendo acopio de todas sus fuerzas, avanzó hacia Alaric y agarró su brazo para pararlo.

—¡¿Qué acaso no dijiste que querías protegerme?! —bramó, obligándolo a girarse para encararlo—. ¡¿Ahora qué?! ¡¿Vas a volver a escapar como un cobarde?!

La desesperación se delataba en cada una de las facciones de Alaric mientras lo miraba.

—¡Tú no entiendes nada, Lazarus!

Lo sujetó con más firmeza.

—Entonces, explícame. —Su tono se calmó; no serviría de nada gritar cuando todo ya estaba colapsando—. ¿Por qué esa noche intentaste matarme? ¿Por qué me traicionaste?

—¡¿Eso es lo que te importa en este momento?!

Sacudió la cabeza. Todo estaba desmoronándose, todo iba a terminar en desastre. Pero perder a Alaric...

—¿Por qué, justo cuando he conseguido perdonarte, vas a abandonarme otra vez, Alaric? —preguntó, sintiendo un hueco en el estómago, un vacío angustiante—. ¿Es este tu nivel de odio hacia mí? ¿Has hecho todo esto solo para lastimarme?

—¡Claro que no!

—¡¿Entonces por qué?!

—¡Porque te amo, maldito Solekosminus! —gritó—. ¡Te amo tanto que no me quedó más opción que sacrificarme a mí mismo!

Lazarus se quedó atónito, sorprendido tanto por la confesión de amor como por la revelación de Alaric.

—¿De qué estás hablando? —preguntó en voz baja, tan confundido, tan... desconcertado.

Alaric apartó la mirada, ocultándose tras los mechones de su cabello que el viento revolvía sobre su rostro.

—Mi emperatriz descubrió que amo al hijo del Padre Común y lentamente está despojándome de mis habilidades demoníacas hasta matarme. Me dio dos opciones para recuperar mi honor: matarte o morir. —Alaric sacudió la cabeza, su voz comenzó a quebrarse—. Al final, no pude hacerlo, no me atreví. Me enfrenté a ti sabiendo que no podría vencerte. No quería hacerlo, Lazarus.

Lazarus sintió un terrible presentimiento. Agarró el mentón de Alaric y levantó su rostro, necesitaba verlo, tenía que verlo. Sus ojos estaban cristalinos.

—Alaric... ¿Quién eres en realidad? Dímelo.

Una lágrima se deslizó por el ojo que no estaba marcado por la profunda cicatriz.

—Soy la reencarnación del primer general de Arkaria Di Svatia, la emperatriz infernal de Svatia —respondió—. Es mi deber de nacimiento serle leal hasta el fin de mis días.

Lazarus se paralizó. Por supuesto que había escuchado las leyendas sobre el primer general de la emperatriz de Svatia: Rafthan Latmus. Fue un demonio sanguinario, sin una gota de compasión corriendo por sus venas; nadie podía vencerlo, nadie siquiera se atrevía a enfrentarlo.

—Tu verdadero nombre es Alaric Latmus... —murmuró Lazarus. Por fin todo cobraba sentido, pero era tan aterrador.

Alaric asintió con lentitud.

—Cuando supe que querías matar al Padre Común, lo vi como una oportunidad —explicó, tragando saliva con dificultad—. Yo lo mataría, también al resto de sus descendientes si fuera necesario, para vengar a mi emperatriz y ganarme su perdón. Recuperaría mis habilidades y no moriría por la falta de estas o, peor aún, que te matara ella misma.

Lazarus apretó los dientes, sintiendo cómo sus colmillos rozaban. ¿En qué momento habían surgido?

—¡¿Vengar a tu emperatriz?! —interrogó—. ¡¿De qué estás hablando?!

Alaric soltó una risa desalmada, tan votada como si fuese un último suspiro antes de colapsar.

—No tienes idea, ¿verdad? —inquirió—. No conoces la verdadera historia. Toda tu familia es un error; tu padre, tus hermanos... ellos deben morir.

Lazarus no podía comprender lo que estaba escuchando. ¡¿De qué maldita verdad estaba hablando?!

—¡¿Y creíste que mi familia permitiría que hicieras eso?! —refutó entonces—. ¡¿Creíste que me quedaría a ver cómo los matas solo porque se interponen en tus planes?!

—¡Estaría dispuesto a matar a tu familia entera y arriesgarme a que me odies antes que verte morir, Lazarus!

Su grito resonó a lo largo y ancho del corredor y en sus propios oídos. Sonaba desesperado, con sus intenciones tan honestas. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes?

—Alaric...

—Esta es nuestra oportunidad, Lazarus. —Tomó sus manos—. Ahora que estoy aquí, sintiendo el poder de tu padre, sé que jamás podría vencerlo solo, pero si tú me ayudas... Si tú me ayudas, podremos estar juntos. Acabaremos con tu familia, con la amenaza a nuestro paso, y sobreviviremos, juntos, como siempre lo quisimos.

La idea sonaba tan tentadora. Matar a su padre, tener a Alaric, su libertad. Era demasiado bueno... y también un acto de crueldad. Quería acabar con el Padre Común para erradicar su reinado del terror, no para convertirse en el mismo monstruo egoísta que él. No para convertirse en un traidor.

—No voy a traicionar a mis hermanos —sentenció—. Ni siquiera por ti, Alaric.

El demonio no reaccionó bien. Soltó las manos de Lazarus y, con el entrecejo fruncido y los dientes apretados con fuerza, retrocedió.

—Eres un ingenuo, Lazarus Solekosminus —masculló—. Y eso será tu perdición.

Sin más que decir, Alaric le dio la espalda y siguió adelante para escapar de los terrenos Solekosminus. Lazarus sintió una fuerte tentación de seguirlo, de detenerlo y buscar otra solución, pero el dolor punzante en su cabeza lo hizo entrar en razón. Ya no había tiempo.

Su cuerpo entero estaba cediendo ante la presencia de su padre y, en las profundidades de su mente, pudo escuchar un suave susurro:

«Ven».

Sus pies se movieron por instinto, llevándolo a través de los pasillos hacia el santuario de los Terrenos Solekosminus, una construcción semejante a una iglesia, pero cuyo propósito no era adorar a un dios, sino a su creador, al padre que repudiaban.

Su familia también se dirigía hacia allí, los observaba avanzar con pasos tambaleantes, luchando por no ceder al control. Lazarus se acercó a ellos, apresurando el paso.

—¡Lazarus! —exclamó Cornelius al verlo.

El santuario se alzaba imponente frente a ellos, una enorme construcción que compartía el mismo material que el resto del palacio, con una cúpula en lugar de techo y unas puertas enormes.

Lazarus ignoró a sus hermanos, dirigiéndose a su madre, quien los seguía unos pasos detrás junto con El general.

—¡Dime cómo matarlo! —exigió—. ¡Tú sabes cómo! ¡Dime cómo matamos al Padre Común!

Magnolia apretó sus labios con tanta fuerza que se volvieron más pálidos de lo normal. Se negaba a hablar. No, más bien parecía incapaz de hacerlo.

—Madre... —suplicó en voz baja, llamándola así por primera vez desde que llegaron—. Por favor.

Ella lo miró con desesperación, lágrimas llenando sus ojos. Quería decirlo, pero...

—Solo hay una manera de matar al Padre Común sin que ustedes pierdan la vida en el proceso —intervino El general.

Sus hermanos se acercaron, los tres luchando con todas sus fuerzas contra la influencia de su padre.

—¿ lo sabes? —inquirió Galatea, incrédula.

El Errabundo asintió.

—Fue una medida preventiva de su madre. Me lo confió a mí antes que a nadie en caso de que este momento llegara —explicó—. Mi lealtad está con Magnolia Solekosminus, y la de ella con sus hijos.

—¡Habla entonces! —exigió Cornelius.

—La única manera es que el primogénito lo asesine con sus propias manos y asuma el puesto del Padre Común, heredando así su poder.

Lazarus y Galatea voltearon a ver a Cornelius. En su hermano mayor se reflejaba una oleada de miedo y duda. Pedirle que matara a su padre y asumiera su lugar iba en contra de todo lo que él quería, de la vida humana que ya había construido con la mujer que amaba.

—Cornelius... —comenzó Lazarus, pero estaba sin palabras.

Su hermano cerró los ojos, exhaló profundamente, y luego los abrió de nuevo con un asentimiento de cabeza.

—Lo haré. Yo lo mataré —cedió.

Lazarus amplió los ojos.

—Pero eso significa que...

—Has cambiado, Lazarus, ¿te has dado cuenta? —Sonrió con calma—. Antes, jamás me habrías dado otra opción. Más te vale no volver a ser como antes.

—Todo cambiará si logras matarlo en primer lugar —añadió Galatea—. Eres demasiado débil para hacerlo solo, Cornelius.

—Lo ayudaremos. Aprovecharemos que está débil porque acaba de despertar y lo mataremos —declaró Lazarus. Cornelius estaba dispuesto a sacrificar su identidad misma, él estaba dispuesto a arriesgar su vida.

Sus hermanos asintieron. Estaban decididos, iban a asesinarlo. Iban a poner fin a todo esto.

Los campanazos finalmente cesaron, y la presencia de su padre en sus mentes se debilitó. La única forma de vencer su voluntad era imponiendo la suya propia. Por primera vez, serían los dueños de sus propios destinos.

Lazarus abrió las puertas del santuario. Era tan oscuro como el resto del castillo, pero aquí había vitrales que dejaban pasar la luz de la luna. Estaba vacío, solo un largo pasillo que llevaba a unas escaleras que ascendían hacia el altar, donde se encontraba un imponente trono de espinas negras.

Atravesaron el santuario, escuchando el eco de sus pasos. La presencia de su padre había desaparecido, y todo estaba demasiado silencioso.

Subieron al altar con cautela; Galatea se acercó al trono, tocándolo con la punta de los dedos, mientras Cornelius se colocaba frente a él, con la mirada fija en las puertas por donde esperaban que entrara su padre.

Lazarus se mantuvo alerta. ¿Dónde estaba? ¿Por qué tardaba tanto?

Buscó la mirada del mayordomo, quien permanecía al fondo del santuario junto a una nerviosa Magnolia.

—¿Dónde está? —preguntó en voz alta.

El Errabundo negó con la cabeza. Nadie lo sabía.

Lazarus de pronto sintió una presencia familiar, pero no era la de su padre. Era extraña, poderosa, y se acercaba a gran velocidad, intensificándose.

Sus ojos se ampliaron al percibir una silueta oscura que atravesó las puertas y se adentró al santuario.

—¡Cuidado! —gritó.

No fue lo suficientemente rápido.

Escuchó un grito ahogado y, al darse la vuelta, vio una espada atravesando el corazón de Cornelius.

La espada fue arrancada del cuerpo de su hermano, quien cayó de rodillas antes de colapsar por completo al suelo.

Lazarus, petrificado ante la escena, solo pudo levantar la mirada, esperando encontrarse con el rostro de su padre. Pero lo que vio... Lo que vio terminó de destrozar la escasa fortaleza que le quedaba.

El asesino de Cornelius... era Lucas Cross.

¡Sorpresa, Lazarus, tu mejor amigo está vivo! 😈

¡Muchísimas gracias por leer!

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