🩸Capítulo 22. Origen
Lazarus y Alaric se observaban en la penumbra, recostados en la cama de costado, sin apartar la mirada el uno del otro.
Lazarus se deleitaba en la presencia del demonio, consciente de que los sentimientos que creía sepultados por una traición seguían latentes, dispuestos a perdonar y resurgir. Alaric también se regocijaba en el vampiro frente a él, sabiendo que aún lo amaba a pesar del profundo daño que le había infligido al destrozar su corazón en cientos de pedazos.
El demonio extendió el brazo y acarició el rostro de Lazarus con los nudillos, percibiendo su frialdad, su vulnerabilidad tras la máscara de detective centrado.
—Lamento haberte lastimado, Lazarus —susurró.
El vampiro lo escuchó perfectamente.
—¿Por qué lo hiciste?
Aunque Alaric sintió un nudo en la garganta, se esforzó por contener cualquier lágrima.
—Tenía miedo —admitió—. Un vampiro y un demonio... No es posible.
Alaric no se sentía capaz de revelar toda la verdad. No estaba preparado para admitir los secretos que guardaba y la carga que conllevaban. No todavía.
—Debiste decírmelo —mencionó Lazarus, tomando la mano del demonio, besando la palma y luego acariciando el dorso con su pulgar—. Nunca te habría abandonado. Nunca.
Alaric dejó escapar una risa discreta.
—Lo sé, y creo que eso me asustó aún más —añadió.
Lazarus se aproximó, envolviéndolo entre sus brazos y negándose a soltarlo. Alaric podía escuchar el latido de su corazón, sintiéndolo tan cerca que una parte de sí mismo anhelaba que nunca lo alejara de nuevo. Esto era lo que había estado buscando, lo que deseaba, y esta vez, no lo dejaría escapar. A pesar de la adversidad que representaba, ya tenía un plan para enfrentarla.
—He extrañado esto —comentó Lazarus, tomando al demonio por sorpresa. La fachada volvía a romperse, volvía a ser él mismo.
—Vaya, unos días a mi lado y ya eres un hombre nuevo —bromeó—. No me quejo.
El vampiro rio con disimulo, y solo gracias a la cercanía de sus cuerpos, Alaric pudo sentir el movimiento y darse cuenta de que estaba riendo.
Se quedaron en silencio por un rato más. Era extraño que, entre todos los lugares y momentos en los que podrían haber roto la barrera del pasado, hubiera ocurrido aquí, en los Terrenos Solekosminus, a merced del Padre Común. Quizás era precisamente por eso; el miedo latente a morir los impulsaba a admitir lo que jamás se atreverían a decir para no tener remordimientos.
Sin embargo, ese no era el caso de Alaric Laith, porque él tenía algo muy claro: no permitiría que él y Lazarus murieran aquí. No cuando estaban a punto de alcanzar su final feliz.
Fue sacado de sus pensamientos cuando escuchó unos golpes en la puerta. Lazarus, quien estaba pasando los dedos por el cabello del demonio, se tensó casi de inmediato, listo para levantarse y abrir, pero Alaric lo detuvo colocando una mano en su pecho.
—Yo iré —dijo.
Lazarus no protestó, sino que se volvió a relajar en la cama.
—Es un Errabundo —avisó, mirando el torso del demonio—. Ponte una camisa.
Alaric, sin preocuparse por su cuerpo semidesnudo, le lanzó una sonrisa pícara a Lazarus y se acercó a la puerta, abriéndola para recibir a quien estaba del otro lado. Era un Errabundo, el mismo que les había enviado la invitación y que los recibió junto a Magnolia Solekosminus.
El espectro lo escudriñó en silencio y luego le mantuvo la mirada sin hacer ningún comentario acerca de su aspecto. La discreción era parte de su labor.
—La ama Magnolia los invita a cenar esta noche. El amo Lazarus ya conoce el horario preciso —avisó, sonando aún más muerto de lo que ya estaba—. Asegúrense de llegar puntuales.
Alaric notó que el mayordomo llevaba prendas de ropa dobladas sobre sus brazos y apoyó un hombro en el marco de la puerta mientras las señalaba.
—¿Y eso? —preguntó.
—Hay un código de vestimenta —respondió el Errabundo, extendiéndole las prendas—. Se les ordena que lo respeten.
El Errabundo estaba insinuando la falta de pudor de Alaric, lo que provocó que este último no pudiera evitar reír al respecto.
—Gracias por el aviso, General —dijo Lazarus, apareciendo a espaldas del demonio. Al voltear, Alaric notó que ya llevaba la camisa puesta otra vez; solo faltaban su chaleco y su corbata—. Estaremos allí.
El vampiro apartó a Alaric del camino y tomó la ropa. Asintió al Errabundo y cerró la puerta. Observó las prendas, sin prestar mucha atención al demonio a su lado.
—¿Te avergüenzo? —preguntó con tono juguetón, abrazando a Lazarus por la espalda—. Eso lastima mis sentimientos, Lazy.
—Le contará a mi madre lo que vio.
—Vaya manera de impresionar a mi suegra —se mofó.
Lazarus se agarró de uno de los brazos que lo rodeaban y miró de reojo a Alaric.
—Al menos ponte esta ropa —pidió.
El demonio le arrebató las prendas. Eran dos trajes formales negros, casi idénticos, excepto por las costuras rojas en uno y por parecer unas tallas más grande.
—Este es tuyo. Seguro te quedará bien —afirmó Alaric, pasándole el traje al vampiro, y luego miró el que se suponía que él debía usar—. Es algo... simple, para mis estándares.
Lazarus tocó con las puntas de sus dedos los cuernos de Alaric, en específico las cubiertas de oro en las puntas. En el pasado, le gustaba juguetear con ellas y molestar al demonio de esa manera.
—Se nota tu extravagancia —señaló, apartando la mano—. Dale el toque que quieras a tu vestimenta. No me importa y a mi madre tampoco.
Alaric arqueó una ceja.
—¿Es una orden, detective? —preguntó con una sonrisa.
Lazarus correspondió el gesto.
—Más bien una petición —corrigió—. Lo que menos quiero es que te conviertas en un Solekosminus.
—Vamos, Lazy, ¿acaso no crees que mi nombre suena perfecto junto a tu apellido? —canturreó—. Alaric Solekosminus.
—Ni en mil siglos.
Alaric se acercó de nuevo al vampiro.
—En mil siglos seguiremos vivos, tal vez. ¿Me dejarás ser un Solekosminus entonces?
—Nunca —declaró Lazarus, inclinándose hacia el demonio, tomándole el mentón y luego besándolo suavemente en los labios—. Quiero que siempre seas Alaric, mi Alaric.
(...)
Las cenas familiares nunca resultaban agradables, ni siquiera cuando se trataba de criaturas sobrenaturales como vampiros.
Los Solekosminus llegaron en tiempo y forma a la cita; siempre que su madre despertaba, tenían que presentarse en punto de las nueve al comedor para disfrutar de la última cena antes de que Magnolia volviera a su recinto de cristal.
Todos estaban ahí, los tres hermanos uniformados; Cornelius y Lazarus con trajes idénticos hechos a medida, y Galatea con un vestido largo que cubría casi cada centímetro de su piel. Blair lucía un simple vestido azul marino, tan oscuro que apenas se distinguía del negro, mientras que Alaric complementaba su traje minimalista con joyas de oro y plata.
—Gracias por su presencia, mis queridos hijos —agradeció Magnolia, ocupando su lugar en la cabecera de la amplia mesa rectangular—. Y extendemos nuestro agradecimiento a nuestros distinguidos invitados también.
Por lo general, los tres hermanos ocupaban asientos contiguos en la mesa del comedor, con sus padres en las cabezas opuestas. Sin embargo, en esta ocasión, Lazarus se negó a separarse de Alaric, al igual que Galatea de la bruja y Cornelius de su madre, tomando asiento cerca de ella.
El comedor estaba adornado con candelabros colocados a lo largo y ancho de la mesa, cubierta por un mantel color borgoña y adornada con platos decorados con flores blancas y manjares de carne cruda que los vampiros nunca tocaban. A pesar de esto, ninguno de los presentes hizo movimiento alguno para ingerir los alimentos; todos permanecían inmóviles, expectantes.
—Iniciemos con una bebida —anunció su madre, y el Errabundo que siempre permanecía a su lado se movió de inmediato, sirviendo en las copas de plata un líquido rojo y espeso: sangre. Solo a Blair y a Magnolia les sirvieron vino.
—Sangre de demonio. —Olfateó Galatea, mirando a Alaric frente a ella con una sonrisa cruel—. ¿Te gusta?
Alaric no se inquietó por la bebida; se limitó a tomar la copa, observar su contenido y darle un pequeño sorbo.
—De Leviathan. Mi favorita —comentó.
Magnolia sonrió, como era su costumbre.
—Por favor, quiero saber todo lo que han hecho en este tiempo —pidió a sus hijos—. Cuéntenme todos los detalles.
—Matar a muchos mortales, iguales a ti, madre —contestó Galatea, bebiendo de la sangre en su copa.
A su lado, Blair miró con escepticismo el vino que le habían servido.
—Esto huele rancio —masculló.
Magnolia mantuvo su atención fija en su hija, sin mostrar reacción ante el comentario que salió de sus labios. Dejó escapar una delicada risa, tratándolo como una broma, y luego se giró hacia Cornelius.
—¿Y tú, sol mío?
Cornelius aún miraba a Galatea boquiabierto, incapaz de concebir la falta de respeto hacia su madre. Aclaró la garganta con incomodidad y luego se volvió hacia Magnolia.
—Yo... Conocí a alguien —respondió, relajándose—. Su nombre es Laila, una vampira Ancestral. Es una mujer maravillosa.
—¿Y por qué no nos acompaña esta noche? —preguntó Magnolia, mirando a la bruja y al demonio—. Tus hermanos han traído invitados.
—No de la misma índole, aclaro —puntualizó Blair—. No es por ofender, pero su hija me aterra.
—Y para mí solo eres un caniche, bruja.
—¡Lo ven! —exclamó Belanova.
Cornelius sacudió la cabeza.
—Laila, ella no... —titubeó. Nunca pudo mentirle a su madre; la culpa de hacerlo lo vencía cada vez que se disponía a intentarlo. Claro que sería incapaz de no decirle que corrían peligro al estar aquí, que venían con intenciones de asesinar a su padre.
Lazarus, al ser consciente de esto, intervino:
—No pudo venir —excusó sin entrar en detalles.
Su madre se enfocó en él.
—Mi querido soñador, ¿ya has encontrado lo que buscas? —cuestionó Magnolia.
Se congeló. ¿Por qué seguía siendo capaz de detectar cuando a sus hijos les faltaba algo? La conexión inquebrantable los volvía transparentes ante ella.
Se negó a responder. Sentía las miradas de todos sobre él, en especial la de Alaric, quien ardía de curiosidad por descifrar el significado oculto detrás de la pregunta de Magnolia.
—Es suficiente —murmuró Lazarus, aunque su voz resonaba en las paredes del comedor—. Dinos cómo es que estás despierta, revela de una vez la razón de esta invitación y admite que todo es obra de nuestro padre.
—Te equivocas —afirmó Magnolia. Por primera vez, su voz sonaba natural, como si hubiera recuperado su voluntad—. Esta vez, mi querido hijo, has errado.
Lazarus amplió los ojos.
—¿Qué está ocurriendo entonces? —preguntó, desesperado. Por debajo de la mesa, sintió la mano de Alaric apretando su pierna, ofreciendo apoyo y también a manera de advertencia.
Magnolia se levantó y comenzó a caminar alrededor del comedor. Su mirada parecía perdida y sus movimientos eran pausados, llenos de duda.
—Les contaré una historia —dijo—. La historia sobre dos almas extraviadas que tuvieron la desgracia de encontrarse cuando no debían.
—¿De qué está hablando ahora? —preguntó Blair. Nadie respondió, todos hipnotizados por la voz de la mortal que se paseaba por el lugar con las manos entrelazadas frente a ella.
—Hace incontables siglos, en tiempos tan remotos que la historia ha borrado con el paso de los siglos, existió una mujer —relató, con tensión en sus facciones—. Era una humana que su familia despreciaba y su pueblo temía por ser diferente, por no pensar igual que ellos. La consideraban una vergüenza y la ocultaban tras un manto negro que apenas permitía el paso del aire, tal vez con la esperanza de que, en un día de calor o en un acto de descuido, terminara con su propia vida y se llevara su maldición consigo a la tumba.
»La mujer sufría en silencio y lloraba en agonía; la vergüenza la llevó a intentar quitarse la vida en diversas ocasiones, pero siempre sobrevivía de maneras inexplicables. Milagrosamente llegó a la mayoría de edad, sin que nadie tomara su mano. Sus padres, viéndola como una carga, la marginaron. La mujer maldita se marchó, sin pertenencias, sin rumbo, con su único deseo siendo caminar hasta el agotamiento y morir de sed y hambre en cuestión de días.
»Sin embargo, eso nunca ocurrió. Tras dos días y dos noches de andar, se encontró con un hombre a punto de morir. Sin llevar consigo nada con que ayudarlo, cuando se dispuso a buscar ayuda, el desconocido tomó su mano y le pidió que se quedara a su lado. Ella jamás había experimentado ese sentimiento de ser necesitada por alguien, que le rogaran que permaneciera. No dudó, se sentó junto al moribundo y nunca soltó su mano, ni siquiera cuando le pidió su sangre. Ella cedió, cedió a todo, presa del primer ser que la aceptó. El desconocido la mordió y bebió su sangre como si se tratara de agua.
»Agradecido, él le ofreció un regalo, lo que ella quisiera. La mujer no dudó en pedirle que la matara, que le diera fin a su sufrimiento, pero él, en cambio, la tentó lo opuesto. No iba a aliviar su dolor con la muerte, sino a salvarla del sufrimiento en vida. Ella sollozó, jurando que era imposible, pero él le apartó el velo que cubría su rostro, limpió sus lágrimas, y le aseguró que cumpliría su promesa.
»Así que ella, cediendo a la sugerencia de él, hizo otra petición: que la salvara del sufrimiento y castigara a aquellos que sí lo merecían. Él aceptó y desapareció. Tres días después, la mujer recibió la noticia de que hubo una masacre en su antiguo pueblo. Ella regresó, descubriendo los cuerpos sin vida de sus padres, de esos viejos conocidos y enemigos. Lloró, pero no ante la pérdida, sino de júbilo, tan aliviada de que los monstruos se habían extinguido.
»El hombre reapareció aquella noche y ella supo que esto había sido obra de él. Por primera vez lo observó con claridad, no era un hombre, no era humano, pero tampoco una bestia como los muertos a su alrededor. Él le tendió una mano y ella, sin necesidad de palabras, comprendió sus intenciones. Lo siguió, lo aceptó y no miró atrás ni una sola vez, ajena a que acababa de condenar su alma a la desgracia.
Magnolia concluyó su relato y se volvió hacia sus hijos.
—Díganme, ¿quiénes son los protagonistas de esa tragedia? —cuestionó.
—Son... —comenzó Cornelius, nervioso.
—Digan sus nombres —ordenó su madre.
Lazarus sintió su mirada, esperaba que la respuesta viniera de él.
—Magnolia y Sanreis —contestó—. La maldita y el Padre Común.
Su madre no afirmó ni negó que fuera la respuesta correcta, sino que regresó a su asiento y suspiró. Parecía decepcionada y Lazarus consideró haberse equivocado. Si no eran sus padres, ¿quiénes eran entonces?
—El origen fue amor —concluyó, la tensión se hizo más palpable en el ambiente—. ¿Lo comprenden?
Lazarus y Alaric intercambiaron una mirada discreta.
—¿Amor, dices? —Galatea espetó, levantándose con tanta fuerza que la silla cayó hacia atrás—. ¿Acaso llamas amor a entregarte en cuerpo y alma a un hombre solo porque no te rechazó como todos los demás?
Magnolia mantuvo la calma y negó con la cabeza.
—Te equivocas, hija mía, esa historia no retrata lo que crees.
Lazarus lo recordó. Ese relato sonaba familiar porque lo era. No era la historia de sus padres; era un viejo cuento que alguna vez leyó en la biblioteca de Reverse York. Pero entonces, ¿por qué les contaba esto?
—¿Por qué nos cuentas esto? —interrogó.
—Porque no es lo que creen y, en el momento en que lo comprendan, todo cambiará —afirmó con convicción.
—¡No podría importarme menos tu propia historia! —bramó Galatea, demostrando por primera vez emociones, un enojo profundo—. Tu demostración de "amor", madre, fue no hacer nada mientras veías cómo el hombre que amabas torturaba a tus hijos. ¿O me dirás que amor fue que mi propio padre me viera como una incubadora, destinada a casarme con Lucas Cross en la esperanza de tener Anomalías poderosas?
Tanto Lazarus como Blair se quedaron boquiabiertos ante la revelación. ¿Ese era el propósito de Lucas? ¿Ese era el plan de su padre para ambos?
—¿De qué estás hablando, maldita vampira? —masculló Blair.
Galatea la ignoró, manteniendo sus ojos fijos sobre su madre. Magnolia continuó tranquila, negando con la cabeza.
—No es así, Galatea —dijo con lástima—. Ninguno de ustedes lo comprende todavía.
Lazarus estaba harto de las incógnitas, las piezas de un rompecabezas que no encajaban por más que buscara una conexión. Se levantó, golpeando la mesa con un puño.
—¡Entonces cuéntanos la verdadera! —exigió—. ¡Dinos qué está ocurriendo!
—Lazarus. —Alaric también se puso en pie, colocando una mano en su hombro.
Los ojos de Magnolia se llenaron de lágrimas. No eran iguales; era una mortal, repleta de emociones que para ellos eran controlables, pero para ella la norma.
—No puedo decirlo, no puedo... —Fue interrumpida por el estruendo de un campanazo.
Lazarus reconoció ese sonido; venía de la torre del reloj en el castillo, en el ala donde su padre solía trabajar con El Salvador. Cada vez que sonaba, no era para indicar la hora, sino para...
—Ya es muy tarde —sentenció su madre—. Él está por llegar.
¿Cliffhanger? Cliffhanger 😌
Si creen que todo esto ya es confuso, créanme que no están preparados para el torbellino que se aproxima. ¡En fin, buena suerte, mis queridos lectores! 😈
¡Muchísimas gracias por leer!
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top