🩸Capítulo 21. Proteger

Lazarus recordaba a su madre de una manera diferente.
Cuando pensaba en ella, veía a una mujer genuina, una humana que no rechazaba su mortalidad, pero tampoco hacía alarde de ella. Su propósito, en sus propias palabras, era proteger y amar a sus hijos. Era su destino, una misión noble que le daba la fuerza necesaria para soportar el dolor de separarse de su familia durante un año entero, viéndolos un solo día entre los trescientos sesenta y cinco. Pero la mujer que ahora portaba el rostro de su madre no era la misma que los había criado. Esta Magnolia Solekosminus se sentía distante, inhumana... Temerosa.
—Oye, Lazy, ¿otra vez perdido en tus especulaciones? —Alaric llamó su atención.
Iban caminando lado a lado. El general se había ofrecido a llevar a Alaric a alguna de las muchas alcobas desocupadas del castillo, pero Lazarus se negó de inmediato. La primera razón es porque tenía que mantenerlo vigilado para que no intentara ninguna estupidez y, la segunda, es porque no confiaba en nada ni nadie que habitara en estos terrenos. Mucho menos cuando se trataba de un demonio, las criaturas sobrenaturales que su padre más aborrecía.
—¿Qué quieres? —respondió.
Los corredores del castillo parecían infinitos; eran oscuros por lo innecesario de la iluminación y gélidos por sus paredes de ónix. En general, el sitio era tan colosal que estaba desierto por áreas y lo único que podía escucharse era el eco de sus pisadas.
—Te pregunté cuánto tiempo estaremos aquí —repitió Alaric, haciendo un mohín—. Tu hogar es horroroso.
—Es solo un castillo —demeritó, pero él mismo se sentía incómodo en este sitio—. Y no sé cuánto estaremos aquí.
—O si saldremos —añadió el demonio y suspiró—. Qué estúpido, ¿por qué me apunté a una misión suicida? No es propio de mí.
Lazarus lo miró con el rabillo del ojo. Sus expresiones con tono casual apenas lograban ocultar la verdadera tensión que el demonio sentía. Era entendible.
—Lo hiciste porque yo te lo pedí —dijo el vampiro—. Y ya te lo dije; no voy a permitir que nada te ocurra.
Alaric levantó una ceja.
—Eso es algo romántico de tu parte, ¿sabes?
—Esa no es la intención.
El demonio se cruzó en su camino, cortándole el paso para verse cara a cara.
—Pero suena como tal.
El corazón de Lazarus retumbó en su pecho al tener a Alaric de frente. No era ignorante a las emociones y sabía que era la reacción involuntaria de su cuerpo por la atracción que sentía hacia el demonio, por ese deseo reprimido que le suplicaba que, por una vez, cediera al placer y no a la responsabilidad. Sin embargo, su autocontrol, aunque flaqueaba, todavía era más fuerte que los demás impulsos.
Se hizo de los hombros de Alaric y se inclinó un poco hacia abajo para estar al mismo nivel que él.
—Deja de armarte fantasías, demonio —advirtió y lo apartó de su camino con un movimiento.
Alaric no se molestó por el acto, sino que sonrió y se aferró a una de las manos de Lazarus antes de que lo soltara.
—¿Cuánto más, Lazarus? —preguntó en voz baja para que el sonido no rebotara entre los muros.
Entornó los ojos.
—No sé de qué hablas.
Alaric rio por lo bajo y dirigió su mirada hacia la mano del vampiro que sostenía entre las suyas, pasando las yemas de sus dedos sobre su pálida palma.
—Estás muy tenso —señaló, tornándose serio—. ¿Tan mal te tiene la reunión familiar?
—Mi padre es un monstruo sanguinario que busca la extinción de sus enemigos —dijo y apretó los dedos de Alaric—. ¿Cómo quieres que esté?
—Tu vulnerabilidad siempre me resultará exquisita —replicó el demonio—. Me fascina, detective.
—Qué bueno que te diviertas. —Se soltó y se alejó. No estaban lejos de su antigua alcoba.
El demonio lo siguió.
—¿Cómo es posible que tu madre sea una humana? —indagó—. Al menos dime que tu padre era un hombre atractivo; de otra forma, no me explico su encaprichamiento con él.
Lazarus sacudió la cabeza.
—No es un encaprichamiento. El amor de mis padres es algo genuino, probablemente lo único de esa naturaleza en este sitio —explicó—. En cuanto a su humanidad, ella es... Única. Tiene sus métodos para sobrevivir tanto tiempo, métodos inventados por mi padre con tal de no perderla ante el tiempo.
Alaric se carcajeó.
—¡Quién lo diría, hasta tu padre es más romántico que tú! —bromeó y se adelantó hacia Lazarus para caminar a la par—. Entonces, si mami es humana, ¿eso te convierte a ti en...?
—Una Anomalía Prohibida —completó—. Mis hermanos y yo somos las únicas de nuestra clase. Los únicos vampiros que nacieron siéndolo.
—Hijos del vampiro más poderoso y una humana —dijo Alaric—. ¿Eso los hace más fuertes?
La respuesta era sí; vampiros que no necesitaban alimentarse de amor jamás, mucho más resistentes que el promedio, y todo por unos genes humanos. No obstante, no iba a revelarle tanto al demonio.
—Llegamos —anunció tras un prolongado silencio.
Se detuvo frente a una enorme puerta de madera con bordes redondeados y se aferró a la perilla negra, tan fría como todo lo demás.
—No puedo creer que entraré al cuarto de la infancia de Lazarus Solekosminus y, mejor aún, que lo compartiré con él —dijo Alaric, expectante—. Sabía que ya te habías acostumbrado a mi presencia, pero no pensé que tanto.
—Es por seguridad. —Abrió la puerta—. ¿O acaso quieres morir?
—No hasta que vuelvas a llamarme por mi nombre. —Se adentró primero a los aposentos. Lazarus se aseguró de que no hubiera nadie espiando en los alrededores antes de entrar y cerrar la puerta con llave.
Su antigua habitación estaba bañada en la luz rojiza de un candelabro carmesí suspendido del techo, y no mostraba ningún signo del paso del tiempo. Las velas rojas ardían aún, sin dejar rastro de polvo o desgaste. Sin embargo, lo único que había cambiado era la ausencia de muebles, a excepción de la gran cama en el centro de la habitación y un escritorio vacío al otro extremo. Antes, solía pasar horas sentado allí, escribiendo y leyendo para desahogarse, pero ahora no quedaba nada de su presencia; él se había asegurado de quemar y desaparecer todo antes de partir.
—No voy a mentir, esperaba algo más llamativo —admitió Alaric, sentándose al borde de la cama—. Parece la habitación de un hotel antiguo de la Sociedad Ulterior.
Lazarus se acercó al escritorio y comenzó a abrir los cajones con la ingenuidad de encontrar algo, aunque sabía que era imposible. Estaban vacíos.
—Necesito que me prestes atención —ordenó, cerrando los cajones y después volviéndose hacia el demonio—. En caso de que las cosas se salgan de control, voy a enseñarte la única manera de escapar de los terrenos Solekosminus. Existe una grieta al Mundo Superior en una cueva al norte de aquí. La sentirás conforme te acerques; es el método de salida que mi padre creó en caso de emergencias y no sabe que lo conocemos.
Alaric frunció el ceño y se incorporó.
—¿En serio crees que escaparé como un cobarde? —inquirió, dando un paso hacia Lazarus.
—No es tan descabellado viniendo de ti, demonio.
Alaric bufó y deslizó su dedo a través del pecho de Lazarus, con una delicadeza que apenas le permitía sentir su tacto a través de las capas de ropa.
—Permíteme reformular mi pregunta. —Lo miró a los ojos, solo podía ver a través de uno, pero la intensidad en ellos nunca se desvaneció—. ¿En serio crees que te abandonaré aquí con tu psicótica familia?
Lazarus sintió un hormigueo en la boca del estómago. Hacía mucho tiempo que no recibía preocupación genuina por alguien más, menos de alguien a quien llegó a amar.
—Estoy tratando de protegerte, Alaric —confesó. Esta vez quería ser sincero; con él y consigo mismo.
Alaric reaccionó a la mención de su nombre como en otras ocasiones. Su seriedad seguía presente, esa consternación hacia el vampiro tan palpable. Aproximó su mano hacia el rostro de Lazarus y le acarició la mejilla. El vampiro no se apartó, no quería hacerlo, quería sentir la calidez del demonio, lo que él no poseía.
—Yo también quiero protegerte a ti, Lazarus —susurró, acercando sus caras, viendo los labios del vampiro.
Lazarus no pudo evitar que sus ojos se deslizaran hacia los labios de Alaric. Podía percibir el aroma de su sangre, escucharla fluir en sus venas al compás del latido de un corazón que parecía suplicarle: «cede, cede ante mí».
Pero no lo hizo.
—Deja de provocar —reprendió.
Retrocedió, alejándose como solía hacer cuando sentía que su autocontrol estaba a punto de flaquear. Se distrajo al sacar sus gafas rotas del bolsillo de su pantalón, observando las grietas en los cristales rojos. En ese momento, Alaric se acercó y, aprovechando la distracción del vampiro, le arrebató los lentes.
—Daño total —sentenció, chasqueando la lengua—. Lo siento, Lazy, pero parece que ya no podrás esconderte detrás de estas gafas.
Lazarus intentó recuperarlas, pero el demonio lo esquivaba con agilidad.
—No me escondo de nada.
—Claro, y yo amo a tu padre —bromeó, sarcástico—. ¿Qué es lo que hacen estos lentes? ¿Qué es lo que dejas de ver cuando los llevas puestos?
Alaric se los colocó a pesar de estar rotos, frunciendo el ceño al no percibir nada especial. No estaban diseñados para sus necesidades, para él solo eran un accesorio más.
—No son para ti. No lo intentes. —Lazarus se los quitó de la cara sin cuidado alguno.
—Entonces sí ocultan algo —confirmó el demonio—. Si no revelan nada más allá de lo que captan los ojos normales, eso significa que tienen un propósito opuesto.
—No es de tu incumbencia. Deja de...
—Lazarus —acotó, tornándose serio—. No tienes que mentirme. Ya te lo dije antes, yo también quiero protegerte.
Odiaba la falta de engaño en sus palabras, la ausencia de mentiras o indicios de traición. Alaric estaba siendo genuino y eso lo volvía loco.
—¿Por qué te interesa? —indagó. Odiaba sentirse tan desconcertado, la incertidumbre le resultaba abrumadora—. Me traicionaste, no tienes razón alguna para preocuparte por mi bienestar.
—Claro que la tengo.
—Demonio...
—¡Deja de huir, de fingir! —zanjó Alaric, acortando la distancia entre ambos—. Te lo pregunté en el pasillo: ¿Cuánto más, Lazarus?
Frunció el ceño. Sus manos estaban sudando, su ritmo cardíaco se aceleraba.
—No sé de qué hablas. —Mentiras, puras mentiras.
—¿Cuánto más vamos a pretender que no sentimos nada el uno por el otro? —interrogó Alaric, acercando una mano al rostro de Lazarus y acariciando sus labios con las yemas de sus dedos—. ¿Cuánto más vamos a fingir que no extrañamos el tacto del otro?
De nuevo resonaba esa voz en su cabeza, distinta a la de Lucas a la que ya estaba acostumbrado, pues esta le pertenecía a él, una que solo emergía cuando su autocontrol era desafiado.
«Ya no más. Cede», le repetía.
El demonio, como si percibiera la tentación contra la que él luchaba, juntó sus frentes y esta vez rozó sus labios con los propios, deslizando su colmillo por la piel con la suficiente delicadeza para no cortar, pero sí para darle una probada de lo que podría obtener si tan solo cedía.
Y así lo hizo.
Dejó caer las gafas, escuchando cómo se rompían por completo, y rodeó la nuca de Alaric con decisión, juntando sus labios en un beso apasionado. Sus dedos se enredaron en su cabellera mientras se entregaba al fervor del momento. Sintió cómo su respiración se acortaba, ahogándose en el deseo que los consumía. No podía detenerse, no quería hacerlo.
El demonio fue quien puso fin al beso, inclinando su frente hacia la de Lazarus mientras ambos recuperaban el aliento. Su pecho subía y bajaba de manera errática, agitado por el esfuerzo y la intensa excitación que los embargó en ese breve instante de pasión desenfrenada.
—No te detengas, Lazarus —pidió entonces, casi como un ruego.
El vampiro cedió ante el impulso y volvió a besarlo, esta vez profundizando el contacto hasta encajar sus colmillos en los labios del demonio. Un gemido de placer escapó de la boca de Alaric mientras el vampiro se sumergía en el éxtasis de su sabor, saboreando cada gota que lo hacía sentir más vivo que nunca.
Lazarus rodeó la cintura de Alaric con un brazo y lo empujó hacia el borde de la cama, haciéndolo caer de espaldas sobre esta. Se situó sobre él, dominante. Sus labios no dejaron de buscar los del demonio, mientras su mano ascendía por su cuello con una caricia que le provocó un estremecimiento profundo. Alaric tomó su muñeca y apartó brevemente sus labios para encontrarse con sus ojos, emitiendo una orden:
—No te resistas, Lazarus.
Sabía exactamente a lo que se refería, a lo mismo que le había suplicado en el pasado. Se apartó de su rostro y descendió hacia su cuello con determinación, acariciándolo con sus dedos antes de inclinarse sobre él con pasión. Con un gesto firme, lo mordió con fuerza, extrayendo la sangre del demonio mientras este se deleitaba en la sensación de ser dominado, entregándole algo que anhelaba con desesperación.
Lazarus continuó mordiendo y bebiendo su sangre, saboreando su dulzura como un manjar exquisito. Su otra mano la deslizó por el hombro de Alaric, descendiendo hacia su muñeca, rodeándola y elevando su brazo sobre la cabeza del demonio, entrelazando sus dedos con los suyos de forma casi posesiva y aprisionándolo como si fuera una presa indefensa.
No cesó hasta que el demonio aferró sus mejillas, atrayéndolo de nuevo hacia sus labios, compartiendo los últimos vestigios de sangre en su boca. En un frenesí impaciente, Alaric despojó al vampiro de su corbata y chaleco, desabrochando su camisa con movimientos ávidos. Lazarus correspondió con igual fervor, desvistiendo al demonio de sus prendas superiores con destreza, aprovechando cada oportunidad para besar su piel desnuda, recorriendo su pecho, su clavícula y regresando a morderlo en el inicio de su cuello.
Los colmillos del demonio también se hundieron en la muñeca del vampiro, buscando su propia fuente de vitalidad. Ambos se sumergieron de nuevo en un torbellino de besos y caricias, entregándose al éxtasis del momento. Lazarus permaneció encima, acariciando la piel del demonio mientras bebía de él, provocándole gemidos de placer que apenas podía ahogar entre cada mordida.
Las manos de Alaric viajaron por el torso desnudo de Lazarus, deslizándose hacia sus pantalones. Estaba a punto de desabrocharlos, liberar el cinturón y bajar la cremallera. El vampiro soltó una exhalación, sintiendo el sabor metálico de la sangre al tragar saliva. Estaba dispuesto a entregarse, ansiaba sentir cada roce del demonio, perderse en sus caricias... Pero no ahora, no en este lugar.
Con delicadeza, se aferró a la mano de Alaric y la apartó. El demonio lo miró con confusión, con un deseo ardiente y hambriento, ansioso por liberar sus impulsos contenidos.
—¿Qué pasa? —preguntó Alaric, entrelazando sus dedos con los de Lazarus. No sonaba enfadado por la interrupción, sino más bien algo decepcionado.
—Aquí no —susurró Lazarus. No podía soportar la idea de entregarse al demonio que tanto extrañaba en este sitio, en estas circunstancias. Así no es cómo quería que este reencuentro sucediera. Desvió la mirada, apenado, vulnerable—. Por favor.
Alaric no emitió palabra alguna, pero Lazarus percibió la intensidad de su mirada sobre él. De repente, el demonio acarició las mejillas de Lazarus, sosteniendo su rostro y lo besó de nuevo con suavidad, un gesto cargado de afecto más que de mero deseo como momentos antes.
—Está bien, Lazarus —aseguró Alaric, enredando sus dedos en el cabello del vampiro y esbozando una suave sonrisa—. Esperaremos.
Lazarus imitó su expresión y se inclinó para acariciar la mejilla del demonio, luego pasó sus pulgares por sus labios, limpiando los restos de sangre en ellos.
—Eres un demonio.
—Lo soy. —Besó su pómulo, su sien.
—Eres un traidor.
Lazarus conectó sus ojos, viéndose a la perfección aún entre la oscuridad de los aposentos, iluminados apenas por la tenue luz de las velas carmesí. El resplandor realzaba los iris plateados del demonio y destacaba la belleza de su rostro, irresistible.
—Y ya no puedo pretender que no te amo —admitió.
Alaric sonrió ante la confesión y se dejó llevar por el vampiro, buscando sus labios una vez más. Era el reencuentro que habían anhelado, el encuentro que los unía de nuevo.

Me fascina cortar los mejores momentos, pero incluso con eso... WAR IS OVER! 🔥
¡Muchísimas gracias por leer!
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