🩸Capítulo 25. Llévame

PARTE II
«Las condiciones idóneas de la perdición serán conocidas en el instante en que dos criaturas impuras creen un vínculo inquebrantable, los cielos tiemblen con el eco de su unión prohibida, la sangre fluya como un río carmesí, y aquellos cuyas almas se entrelazan sean testigos de un poder ignoto que trasciende las fuerzas de la lógica».

Alaric Latmus, desde que dio su primer respiro, fue una decepción.

Era la reencarnación del primer general de la emperatriz de Svatia, traído a la vida por su lideresa misma; un nacimiento con enormes expectativas corriendo en sus venas, pero que en el momento en que su emperatriz lo miró por primera vez, lo denominó inútil. Era una mujer poco afín a las criaturas indefensas; los infantes, por ejemplo, le producían poco o nada de empatía, y el caso no fue diferente con quien había creado para ser su sirviente más leal.

—Es débil —dijo ella, viéndolo con unos ojos que eran como jueces silenciosos—. No me servirá por ahora.

No hubo un saludo, una sonrisa dirigida al niño que creó o siquiera una palabra. Lo trató como si fuera una carga más y se lo dio a uno de sus sirvientes.

—Se llamará Alaric Latmus —fue lo último que dijo, y no volvió a verlo durante meses, años; no hasta que aprendió a andar, hablar y cuidar sus necesidades básicas por su cuenta.

Para cuando ese momento llegó, Alaric descubrió que ese nombre, a diferencia del pasado general a partir del que fue creado, no tenía un origen valeroso y magnánimo. Alaric era nada más y nada menos que un nombre típico de demonio. Así era como ella lo veía: como un ser desechable.

Durante años permaneció al lado de la emperatriz. Ella se sentaba, regia y autoritaria, en su trono; sus súbditos entraban casi de rodillas a la sala y no se atrevían a verla directamente a los ojos. Era tan imponente que el respeto que le tenían jamás fue por admiración genuina, sino por miedo.

Alaric contadas veces hablaba con ella; la lideresa no le dirigía la palabra a menos que fuese necesario. Y una de esas ocasiones fue cuando le enseñó su primera y única lección.

Uno de los sirvientes más leales entró un día a la sala del trono; iba arrastrándose con dificultad, pegando la frente al suelo en cuanto llegó a los pies de su emperatriz. Sollozaba, rogaba que, por favor, lo ayudara a salvar a su única hija, que solo necesitaba una mejor paga. Fue tan valiente como estúpido.

La emperatriz bajó de su trono, se detuvo ante su sirviente y lo tomó del mentón para que levantara la cara.

—Mírame a los ojos —ordenó. Su voz era tan distante, tan monótona.

El demonio obedeció, entre lágrimas de cruda desesperación. El rostro de un padre desesperado que amaba a su hija y no soportaba fallar en su deber de protegerla.

—Por favor, mi emperatriz —volvió a suplicar, cometiendo el terrible error de ver a Alaric parado junto al trono. Sus ojos parecieron iluminarse con una idea que creía perfecta—. Tiene que comprender el terror que siento, que siente un padre. Ese niño... Ese joven es como su hijo.

La emperatriz no sentía empatía. No por sí misma, ni por sus súbditos, ni por sus sirvientes, y mucho menos por el demonio al que había dado vida, aunque no llevara su sangre. Su apatía era tan profunda, su rencor tan silencioso pero feroz, que jamás volvió a casarse tras la muerte de su esposo traicionero. Tampoco tuvo hijos que heredaran Svatia, desprovista de amor para dar.

Alaric sabía que muchos lo veían como el hijo de la emperatriz, pero qué error tan terrible. Por eso, cuando escuchó aquellas palabras escapar de los labios del demonio, sintió un golpe de lástima y también la tentación de dar un paso adelante, de detener lo que estaba a punto de ocurrir.

—Ese demonio no es más que otro sirviente y no me importa lo que le pase. Si muere, será por su propia debilidad —sentenció, y con sus uñas como garras hizo un fino corte en el cuello de su sirviente, quien se paralizó del miedo—. Ninguna criatura frágil merece vivir en este imperio. Así que, cuando tu hija muera, nos hará un favor a todos.

Con su dedo índice limpió el hilo de sangre que escurrió de la herida del demonio y lo llevó hacia sus labios para probar el líquido carmesí. Todos los presentes ya sabían lo que vendría a continuación.

—¡Mi emperatriz, por favor, yo...! —los desesperados ruegos del demonio fueron interrumpidos cuando se desplomó en el suelo, muerto, con una expresión de pánico en sus ahora vacíos ojos.

La emperatriz había cerrado su mano en un puño, estrangulando su corazón con tal fuerza que su deceso fue casi instantáneo. Un asesinato rápido era su mayor muestra de misericordia.

Se volvió hacia Alaric mientras limpiaba los restos de sangre en su vestimenta carmesí. Emperatriz y sirviente eran tan parecidos: el mismo rostro imponente, los mismos ojos y cuernos, pero sus intenciones... Sus intenciones eran tan opuestas.

Alaric estaba espantado, incapaz de dejar de observar el cadáver de aquel demonio. A pesar de crecer sin el amor de la emperatriz que lo trajo a la vida como si fuera su madre, algo en él seguía vivo, a diferencia de ella. Él todavía sentía empatía, él todavía sentía. Y era exactamente por eso que la emperatriz lo veía como un débil más.

—Te mataré si fallas —amenazó. No había necesidad de explicar sus palabras; lo decía todo con esa simple sentencia. Lo mataría si seguía siendo vulnerable, si cometía un único error.

Alaric solo pudo asentir, tan habituado a mantener su expresión impertérrita aunque su corazón latía con fuerza en su pecho y la garganta se le cerraba.

Así que, impulsado por el miedo, en cuanto tuvo oportunidad, escapó.

Abandonó el imperio de Svatia y dio inicio a lo que, en el presente, todavía lo atormentaba.

Llegó a la Sociedad Ulterior y fue repudiado por sus habitantes sobrenaturales por su naturaleza demoníaca. Incluso fue culpado de un asesinato que cometió para defender a una vampira de un monstruo psicótico. Juró que ese sería el fin de su patética travesía... Hasta que lo conoció a él.

Lazarus Solekosminus, el gran vampiro detective que le salvó la vida a cambio de que lo ayudara a resolver un misterio.

Alaric quedó fascinado con él desde el primer instante. No sabía cómo explicarlo, pero con una mirada supo que eran iguales, que sus culpas eran las mismas, pero también sus deseos más profundos. Eran dos piezas perdidas de un rompecabezas que habían tenido la suerte de hallarse.

No tardaron en enamorarse. Alaric jamás había experimentado ese tipo de emociones, esa sensación de querer estar siempre con alguien, de protegerlo y procurarlo, de sentir miedo a perderlo. Desafortunadamente, ese peor temor se hizo realidad cuando su emperatriz lo encontró en la Sociedad Ulterior.

Apareció de repente una noche, parada frente a la biblioteca de Lazarus, donde se encontraba su departamento. Lo estaba esperando.

—Así que por fin me encontraste —dijo Alaric al verla. Quería fingir desinterés, pero estaba tan aterrado. No podría vencerla, ni en un millón de años.

—Siempre supe tu paradero —replicó ella. Lo veía fijamente, no apartaba su mirada ni por un instante—. Vine a decirte tus opciones.

Alaric sintió un hoyo en el estómago.

—¿Opciones? —inquirió.

—Te mato lenta y agónicamente por tu traición, o matas al hijo del Padre Común de los vampiros —sentenció.

Alaric maldijo a sus adentros. Por supuesto que su emperatriz ya sabía quién era Lazarus; ella lo sabía todo respecto a su mayor enemigo: el Padre Común, el único que poseía el mismo nivel de poder que ella, el ser al que, en el fondo, más temía.

No obstante, Alaric no era rival para la emperatriz e, incluso tras escapar, seguía tan aterrado de ella. Cuando decía que lo mataría lenta y agónicamente, se refería a despojarlo de sus poderes demoníacos, de una parte vital de él que lo debilitaría hasta morir. Sería tan cruel, tan doloroso... Y estaba tan asustado.

—Mi plan siempre fue matarlo —dijo él entonces. Era una mentira, y estaba seguro de que incluso su emperatriz lo sabía.

—Tienes un día —ordenó ella antes de marcharse.

Esa misma noche, Alaric intentó matar a Lazarus en cuanto regresó a casa.

—¡¿Por qué estás haciendo esto?! —gritó Lazarus, tan confundido por los ataques de su amado.

Alaric no podía dejar de temblar, pero ocultaba su miedo detrás de un semblante cínico, maniaco.

—Porque solo eres un engendro más del Padre Común —sentenció—. Y los demonios como yo estamos destinados a matarlos.

Se persiguieron a través de los callejones de Reverse York, ocultos tras la tormenta que caía sobre ellos y la neblina de la sombría ciudad. La pelea fue dolorosa de principio a fin, pero no por las heridas físicas, sino por todo lo que cada uno decía, presas del sufrimiento.

—Hay tres razones por las cuales debería matarte —dijo Lazarus cuando lo acorraló. Alaric podía oír la desolación en su voz. Nunca pudo ocultar su vulnerabilidad del demonio.

—Dímelas —pidió Alaric, casi como un ruego. Quería razones para poder hacer esto, que Lazarus lo odiara. Sacó su daga de Hierro Solar, listo para lo inevitable.

—Eres un demonio —comenzó Lazarus, dando un firme paso hacia delante, sin bajar su revólver.

«Sí, dispárame; por favor, mátame», suplicó Alaric para sí.

—Continúa, sin miedo, detective —animó, apenas controlando su temblorosa voz, y también dio un paso hacia el vampiro. Quería acercarse, quería que lo asesinara.

Lazarus avanzó más.

—Eres un traidor.

Alaric lo imitó. Estaban tan cerca.

—¡No te contengas, Lazarus Solekosminus! —bramó con desesperación.

Lazarus apretó la mandíbula. Esto lo estaba destruyendo por dentro.

—Y ya no puedo seguir amándote —concluyó.

—Entonces mátame —dijo Alaric; de verdad era lo que quería. Prefería morir en sus manos que ceder a su propio miedo y hacer algo de lo que se arrepentiría.

Lazarus disparó.

Sin embargo, Alaric seguía siendo un maldito idiota. No supo identificar si él fue quien esquivó la bala al último momento o fue Lazarus quien falló su tiro adrede. Pero en ese breve momento, la necedad tomó control y se preguntó: ¿Realmente este tiene que ser el fin? ¿Así acabaría la grata vida que le llevó años encontrar?

«No, no acabará así», respondió para sí y se abalanzó hacia Lazarus con la daga en mano.

Lazarus apenas pudo levantar la pistola para bloquear con esta el ataque de Alaric. Su intención no era herirlo, solo hacerle creer que sí. Lo convertiría en su enemigo, lo alejaría; esta era la única manera.

«Prefiero que me odies. Ódiame, te lo suplico», pensó conforme atacaba a su amado.

—¡Alaric! —exclamó Lazarus. Todavía quería salvarlo, detener esto.

No podía permitirlo.

—¡Te odio, Lazarus Solekosminus! —espetó, atacando con más ímpetu.

Lazarus debió creer que Alaric había perdido la razón y apuntó su pistola a la cabeza del demonio. Alaric agarró el cañón, tratando de desviar su dirección. El vampiro, en cambio, se aferró a la hoja de la daga, quemando y cortando sus dedos y su palma, pero deteniéndola de atravesar su corazón.

—¡LAZARUS! —bramó Alaric una vez más.

—¡ALARIC! —gritó Lazarus.

La pistola se disparó, rozando la mejilla de Alaric, pero solo fue una distracción, pues en realidad Lazarus aprovechó para hacerse de la daga, girarla y enterrarla en el ojo izquierdo del demonio.

No pudo reprimir el grito de agonía. Empujó a Lazarus lejos de él y presionó ambas manos en su ojo; no veía nada, solo sentía un dolor indescriptible y la viscosidad de la sangre que derramaba.

Alaric no iba a permitirle que se sintiera culpable y volviera a acercarse. Así que, con una fuerza que desconocía en sí mismo, se puso en pie a punta de tambaleos, recogió su daga y salió corriendo de ahí sin mirar atrás. No iba a matar a Lazarus; simplemente no podía, y sabía que el vampiro tampoco lo haría.

Por lo tanto, escapó. Escapó en el pasado y volvía a hacerlo en el presente.

Salió corriendo del castillo de los Solekosminus en cuanto la llegada del Padre Común fue anunciada. Tenía que escapar de ahí; no podía soportar que Lazarus no quisiera hacer lo posible por sobrevivir, que escogiera a su horrible familia por sobre todo lo demás.

Dolía, dolía más que cuando intentó matarlo esa noche, más que cuando perdía sus poderes demoníacos, más que cuando su amado le destrozó el ojo. Perder a Lazarus, a quien más amaba, era algo que no podía aguantar.

Así que se fue.

Estaba tan agotado, cada vez más débil por la lenta extracción de sus poderes y, cuando ya no pudo dar un paso más, colapsó en los enormes campos de los terrenos Solekosminus.

Se giró para quedar tendido sobre su espalda, tratando de regular su agitada respiración que pronto descubrió que no era por el esfuerzo físico, sino porque no podía parar de llorar.

Sobre su cabeza yacía un precioso cielo estrellado, uno que nunca se iba, pero lo único en lo que pudo pensar fue en el rostro de Lazarus. Levantó un brazo, estirando los dedos como si con estos pudiera alcanzarlo y, entre lágrimas, suplicó:

—No te vayas.

(...)

Lazarus Solekosminus no podía irse.

No podía mover ni un músculo o siquiera pronunciar una palabra. Estaba a merced del poder superior de su padre, quien lo retenía con su hipnosis sin necesidad de siquiera verlo a los ojos. Tal parecía que su control sobre él era una sentencia de nacimiento, el precio que sus hijos pagaban por nacer.

Había sangre corriendo por su cara y su cuerpo, tiñendo su ropa, proveniente de varias heridas que se hizo cuando, hace unos minutos, había intentado atacar al Padre Común en un acto de locura desmesurada. No pudo hacerle ni un rasguño, mientras que él sufrió todos los daños hasta que Lucas... esa copia de Lucas lo sometió en el suelo y su padre volvió a controlarlo, obligándolo a ponerse en pie aunque su cuerpo protestara.

Galatea estaba a su lado, también inmóvil, pero ella, a diferencia de él, no lo estaba por el dominio de su padre, sino por prudencia. No sentía el miedo y la preocupación igual que los demás, pero no era ingenua y sabía que lo mejor era obedecer sin protestar.

—Lucas —llamó el Padre Común. Era tan extraño oír su voz, la intensidad de esta, el poder que emanaba. Sanreis Solekosminus era demasiado alto, tan imponente con su rostro que no había cambiado ni un ápice, pero de alguna manera también se veía más monstruoso—. Llévate a Galatea y a Magnolia.

Lazarus escuchó el sollozo de su madre; no había parado de llorar desde que Cornelius murió y seguía aferrada al cadáver, que ya empezaba a convertirse en cenizas. Ni toda la humanidad del mundo podría salvar a un vampiro de ese destino.

Lucas obedeció sin chistar. Lazarus todavía se rehusaba a creer que ese era su mejor amigo, que estaba vivo y, mucho menos, que en realidad eran medios hermanos. No podía ser; la benevolencia de Lucas jamás podría existir en alguien con la sangre del Padre Común corriendo por sus venas.

Galatea se dejó llevar por Lucas, quien la jaló del brazo para después dirigirse hacia donde estaba Magnolia y hacer lo mismo, obligándola a ponerse en pie y dejar el cuerpo de su hijo mayor ahí. Lazarus apenas podía mover los ojos, pero fue suficiente para hacer un breve contacto visual con su hermana; no había nada en esa mirada y tampoco supo identificar si quería comunicarle algo. Tal vez solo era una afirmación de su odio hacia él.

Una vez el resto de su familia abandonó el recinto, el Padre Común se detuvo frente a Lazarus. Hacía muchos años que no lo tenía tan cerca, que no se sentía tan pequeño en su presencia, ahogándose en ese aroma a sangre fresca que Sanreis siempre parecía emanar.

Sin embargo, para sorpresa de Lazarus, su padre rodeó sus hombros y lo estrechó contra su pecho. No escuchaba sus latidos; él siempre dijo que no poseía un corazón, pero si este era el caso, entonces... ¿Por qué lo abrazaba con tanta fuerza?

—Aún hay oportunidad de redimirte —dijo su padre. Solo pudo permanecer inmóvil en su abrazo, sintiendo la frialdad y firmeza de su cuerpo—. Mi mayor deseo es volver a llamarte mi hijo, Lazarus.

Sus intenciones parecían tan sinceras, pero era imposible. El Padre Común no podía sentir amor; de hacerlo, no habría matado a uno de sus hijos ni habría lastimado a otro de ellos hasta hacerlo sangrar.

Sanreis lo soltó y retrocedió un paso para poder verlo a los ojos. Lazarus notó un destello carmesí en sus iris y supo de inmediato qué era lo que estaba a punto de hacer. El pánico volvió a invadirlo.

—Solo debes confiar en mí —dijo su padre.

La visión de Lazarus se tornó escarlata y en sus oídos escuchó un zumbido que lo dejó sordo al exterior. Perdió toda sensación en su cuerpo, todo resquicio de control. Lo único que le quedaba eran sus pensamientos y, por alguna razón, su inconsciente decidió que en sus últimos momentos de libertad le mostraría a Alaric, al demonio alejándose, renunciando a él una vez más.

Quería gritar su nombre, tomar su mano y nunca soltarla, pero solo tuvo la fuerza suficiente para susurrar a sus adentros:

—Llévame contigo.

¡Y así comienza la parte II de Vampire Demon!

Ya sé que ahorita todo parece muy confuso, pero créanme, tendrá completo sentido conforme vayan avanzando los capítulos. Toda duda será resuelta 👀

En cuanto a los cambios que he hecho respecto a la versión original, también les pido que confíen en mí. Esta fue la mejor opción para la trama; el camino más original y menos predecible, además de más lógico. Realmente espero que les guste ❤️

¡Muchas gracias por leer!

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