Capítulo 2
Me levanté temprano, como todos los días.
Apagué el despertador antes de que pudiera sonar por segunda vez y me quedé unos segundos mirando el techo, todavía con la cabeza pesada por el sueño.
La habitación estaba en silencio.
Giré lentamente hacia el otro lado de la cama.
Vacío.
Como siempre.
Aparté las sábanas resignada y me senté en el borde del colchón. Metí los pies dentro de las pantuflas y me quedé unos segundos así, intentando convencer a mi cuerpo de que ya era momento de funcionar.
No tenía sentido seguir acostada, aunque lo deseaba con todas mis fuerzas.
Me levanté.
Recogí mi cabello frente al espejo del baño y me lavé la cara con agua fría. Eso consiguió despertarme un poco más rápido de lo que me hubiera gustado.
Acto siguiente me duché permitiendome estar 5 minutos bajo el agua sin pensar ni hacer absolutamente nada. Solo existir para disfrutar el agua caliente recorrer mi cuerpo.
Al salir, me sequé el cabello y me lo peiné en una coleta alta, me cepillé los dientes y me coloqué maquillaje sutíl sin hacer demasiado ruido para no despertar a nadie.
Fui hasta mi placard y me quité la bata de baño que estaba usando, lo reemplacé por una simple camisa abotonada color celeste, pantalón de vestir, suéter negro...
El mismo ritual de siempre.
Antes de salir de la habitación, revisé el teléfono.
Correos. Mensajes. Notificaciones.
Nada que no pudiera esperar a esta hora de la mañana.
Apagué la pantalla y lo dejé sobre la mesa.
Salí al pasillo, prendiendo algunas luces en el camino.
La casa estaba completamente silenciosa. Solo el sonido suave de mis propios pasos sobre el suelo se oían con esmero.
Pasé frente a la habitación de Isaac y me detuve.
La puerta estaba entreabierta. La empujé apenas con las yemas de los dedos, intentando no despertarlo.
Ahí estaba.
Dormido.
Había terminado atravesándose casi por completo sobre la cama. Una de sus piernas estaba fuera de las sábanas y una de sus manos descansaba debajo de la almohada. Casi podía ver desde mi posición la linea de saliva seca que se formaba en la comisura de su boca en dirección a su mentón, Sonreí sin poder evitarlo.
Me acerqué despacio.
Me senté en el borde de la cama y lo observé durante unos segundos. Con cuidado, aparté un mechón de cabello que había caído sobre su frente.
—Hola, mi amor.
Nada.
Seguía dormido.
Me incliné y besé suavemente su frente. Su piel estaba tibia.
Meientras lo observaba, acariciaba su cabeza con las yemas de mis dedos.
A veces hacía eso simplemente porque podía. Porque -todavía- podía.
Porque sabía que algún día iba a crecer y quizás ya no me dejaría entrar a su habitación para darle un beso mientras dormía. Y tal vez eso me rompería el corazón.
La idea me produjo una pequeña presión en el pecho. No quería pensar en eso. Todavía no.
Miré hacia la mesa de noche.
Su vaso de agua seguía donde lo había dejado la noche anterior, también había un pequeño dinosaurio de plástico junto a la almohada.
Lo tomé y lo dejé nuevamente en su lugar junto a los demás juguetes.
—Mamá vuelve a la noche, ¿sí cariño?
No sabía si me estaba escuchando. Probablemente no.
Pero igual se lo decía. Todos los días.
O al menos los días en los que no tenía que salir corriendo antes de que él despertara.
Volví a mirarlo.
Ojalá pudiera quedarme.
Ojalá pudiera prepararle el desayuno, ayudarlo con su rutina, escucharlo hablar de las cosas que le interesaban y estar ahí cuando regresara de la escuela.
Quería estar.
No como directora.
No como madre que tenía que organizarlo todo.
Solo como su mamá.
Me incliné una última vez y besé su frente.
—Te quiero.
Me quedé un segundo más de lo necesario.
Después salí de la habitación y cerré la puerta con cuidado.
Caminé hacia la cocina.
Encendí la luz y activé el botón de la cafetera, me apoyé contra la encimera mientras esperaba.
Y, mientras se preparaba mi café, pensé que había algo profundamente injusto en tener que pasar ocho horas construyendo el futuro de otras personas mientras me perdía parte del presente de mi propio hijo.
La casa seguía en silencio.
Tomé la taza entre las manos.
Estaba caliente.
Di un pequeño sorbo.
Perfecto.
Miré nuevamente hacia el pasillo.
Por un segundo pensé en volver a su habitación.
Solo para darle otro beso.
Sonreí para mí misma.
No.
Si volvía, probablemente terminaría despertándolo.
Y entonces no tendría ganas de irme.
Tomé mi bolso y las llaves.
Antes de salir, volví a pasar frente a la habitación de Isaac.
Esta vez la puerta estaba un poco más abierta.
Me asomé.
Había despertado.
Estaba sentado en el suelo, todavía en pijama, rodeado de sus dinosaurios de peluche.
Parpadeé un par de veces.
—Buenos días.
Isaac levantó la mirada.
—Mamá.
—Sí, soy yo.
Entré y me agaché a su lado.
Había varios dinosaurios alineados frente a él. Algunos eran pequeños y otros bastante más grandes. Ni siquiera sabía los nombres de los peluches de mi hijo y eso, aunque era un detalle tonto, me entristecía.
Los observé durante unos segundos.
—¿Qué haces?
Isaac señaló uno de los más grandes.
—Ese es el papá.
—Ah.
Señaló otro.
—Ese es el bebé.
—Entiendo.
Señaló un tercero.
—Ese no.
Lo miré.
—¿Ese no qué?
Isaac frunció un poco el ceño, como si la pregunta fuera demasiado obvia.
—No va ahí.
—Ah. Bueno.
Sonreí.
Moví una mano para cambiarlo de lugar y, sin querer, mi rodilla chocó contra otro de los dinosaurios.
La figura cayó de costado.
Isaac se quedó quieto.
Miró el dinosaurio.
Después me miró a mí.
—No ahí.
—Perdón.
Señaló con el dedo un espacio vacío junto a los demás.
—Ahí.
—¿Ahí?
Asintió.
Levanté el dinosaurio y lo puse en el lugar que me había indicado.
Isaac lo observó unos segundos.
Después hizo un pequeño movimiento con la mano para acomodarlo unos centímetros más.
—Así.
—¿Así está bien?
—Sí.
Y siguió con lo suyo.
No hubo drama.
No había nada que arreglar.
Solo había una manera correcta de colocar aquel dinosaurio dentro de su pequeño mundo, y él sabía perfectamente cuál era.
Me quedé mirándolo.
—¿Dormiste bien?
Isaac negó con la cabeza.
—No.
Solté una pequeña risa.
—Bueno, le diré a Nana que hoy te deje dormir un poco más.
Me miró.
—Quiero cereal.
—Eso sí puedo solucionarlo.
Se levantó enseguida.
—Pero después mamá se va. ¿no?
Sentí una pequeña punzada en el pecho.
—Sí.
Isaac bajó la mirada hacia los dinosaurios.
—Vuelves.
No era una pregunta.
Era una especie de orden, casi advertencia de su parte.
Me agaché frente a él.
—Sí. Siempre vuelvo.
Me rodeó el cuello con los brazos.
Lo abracé fuerte.
Y durante unos segundos olvidé por completo que tenía un bolso junto a la puerta, una reunión esperándome y un día entero por delante.
Solo era su mamá.
Y, por un momento, eso me alcanzaba.
—Vamos —dije finalmente—. Te preparo el desayuno, aún tengo algo de tiempo.
Salimos juntos de la habitación. Por unos minutos, el trabajo podía esperar.
Entramos a la cocina.
Isaac caminó directamente hacia la alacena donde guardábamos los cereales. Abrió la puerta y se quedó mirando las cajas durante unos segundos.
—¿Cuál?
—El de dinosaurios.
Sonreí.
—Sabía que dirías eso.
Saqué la caja de cereal y la coloqué sobre la mesada.
Isaac tomó un tazón y lo dejó frente a mí.
Después una cuchara.
Después el vaso.
Todo en ese exacto orden.
—Muy bien —dije.
Isaac me miró.
—Falta la leche.
—Cierto.
Abrí el refrigerador y saqué la botella.
Serví primero la leche, luego el cereal y revolví, tal como le gustaba.
Isaac tomó la cuchara y comenzó a comer.
Me apoyé contra la mesada mientras lo observaba.
—¿Está rico?
Asintió.
—Mucho mucho.
—Excelente.
Se quedó en silencio unos segundos.
Después levantó la mirada.
—Mamá.
—¿Sí?
—Hoy tienes reunión.
Lo miré sorprendida.
—Sí.
—Muchas.
No pude evitar sonreír.
—Probablemente.
Isaac volvió a su cereal.
—No me gustan tus reuniones.
Solté una pequeña risa.
—A mí tampoco.
—Entonces no vayas.
Isaac siguió comiendo como si acabara de darme la solución más lógica del mundo.
Y, desde su punto de vista, probablemente lo era.
Me acerqué y le limpié una pequeña mancha de leche que tenía en la comisura de los labios.
—¿Qué haríamos tú y yo, si mamá no tuviera que trabajar?
Isaac pensó durante unos segundos.
—Dinosaurios.
—¿Todo el día?
—Sí.
—¿Y nada más?
Negó con la cabeza. Luego, segundos después sus ojos se agrandaron mostrando mas brillo de lo usual. Entonces, agregó:
—Y mucha pasta. Con salsa y canelones.
—Ah. Por supuesto.
Asintió con absoluta seriedad.
—Y parque.
Sonreí.
—Eso suena bastante bien.
Isaac volvió a concentrarse en su desayuno.
Yo miré el reloj que había sobre la pared.
El tiempo seguía avanzando. Siempre lo hacía.
Y por más que quisiera ignorarlo, sabía que no podía quedarme toda la mañana.
Fui hasta la cafetera y tomé mi taza.
Había algo tranquilizador en tener una rutina.
Todo en su lugar.
Todo organizado.
Todo bajo control.
O al menos eso me gustaba creer.
Escuché el sonido de unos pasos acercándose desde el pasillo.
Nana apareció en la entrada de la cocina.
—Buenos días, señora Manoban.
—Buenos días.
Miró a Isaac y sonrió.
—Buenos días, campeón.
Isaac levantó la mano en un pequeño saludo sin dejar de comer.
Nana se acercó y revisó el plato.
—¿Ya terminaste?
—Todavía no.
—Entonces come tranquilo.
Asintió.
Me quedé observándolos.
Nana llevaba años con nosotros. Conocía las rutinas de Isaac, sus pequeñas manías, las cosas que le gustaban y las que no soportaba.
A veces sabía cómo manejar ciertas situaciones mejor que yo, y eso era algo que me costaba admitir.
—Dejé todo preparado para después de la escuela —dije.
—Lo noté.—comentó Nana con una sonrisa.
—La mochila está junto a la puerta. Su ropa está preparada y...
Nana levantó una mano.
—Lisa.
Me callé.
—Está todo bien.
Miré a Isaac.
Seguía comiendo tranquilamente.
Respiré hondo.
—Sí.
Nana sonrió.
—Ve a trabajar.
Miré nuevamente a mi hijo.
Él levantó la cabeza.
—Mamá.
—¿Sí?
—Vuelves.
Sonreí.
—Sí, vuelvo.
—Esta noche.—declaró, mirándome atento.
Asentí con la cabeza muy segura.
—Esta noche.
Pareció satisfecho con la respuesta y volvió a su desayuno.
Tomé mi bolso.
Esta vez sí tenía que irme.
Me acerqué a Isaac, me agaché y besé su frente.
—Te quiero.
—Yo también.
Me despedí de Nana, me levanté y salí de la cocina.
Al cerrar la puerta detrás de mí, sentí esa pequeña culpa que ya conocía demasiado bien.
La culpa de irme.
La culpa de quedarme trabajando hasta horas de la noche.
La culpa de no estar.
A veces parecía que ser madre consistía en elegir constantemente cuál culpa estaba dispuesta a soportar.
Negué con la cabeza.
No podía empezar la jornada pensando así.
Todavía tenía un día entero por delante.
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El trayecto hasta la oficina pasó demasiado rápido.
O quizá fui yo la que estuvo demasiado distraída para notarlo.
Cuando llegué, ya había varias personas entrando al edificio. Saludé con un gesto al guardia de la entrada y me dirigí hacia los ascensores.
Mientras las puertas se cerraban, revisé mentalmente todo lo que tenía pendiente.
Edén.
La presentación de la próxima campaña.
El presupuesto del trimestre.
Dos reuniones con clientes.
Un informe que debía revisar antes del mediodía.
Y probablemente otros diez problemas que todavía no sabía que existían.
Era más fácil pensar en eso que en lo mucho que había querido quedarme en casa.
Las puertas se abrieron.
Salí al pasillo y el ruido habitual de la oficina me recibió de inmediato.
Teléfonos.
Teclados.
Conversaciones.
Pasos apresurados.
La vida empezaba a moverse.
Y yo con ella.
—Buenos días, señora Manoban.
—Buenos días.
Seguí caminando sin detenerme.
Una de las ventajas de llegar a la oficina era que nadie esperaba que demostrara cuánto cansancio tenía.
Aquí yo sabía exactamente quién debía ser.
La directora de Marketing.
La persona que tomaba decisiones.
La que revisaba cada cifra dos veces.
La que sabía cuánto podía gastar un proyecto antes de empezar a perder dinero.
La que no tenía tiempo para dudas.
Eso era una ventaja para mí, ya que incluso con mi estado mental tan agotado, nadie se atrevía nunca a contradecirme. Y era algo que me encantaba. Exceptuando a cierto director de cierta area que no hizo más que contradecirme, claro estaba.
Llegué a mi oficina y dejé el bolso sobre la silla.
Louisa apareció unos segundos después.
—Buenos días otra vez.
La miré.
—¿Otra vez?
—Te saludé cuando llegaste.
—Oh, no te escuché.
—Lo sé, estabas pensando en tus cosas.
—Siempre estoy pensando.—ese comentario salió natural de mi boca.
Louisa sonrió.
—Eso explica muchas cosas.
La ignoré y encendí la computadora.
La bandeja de entrada estaba, como era de esperar, llena.
—¿Qué tenemos primero?
Louisa abrió su tableta.
—La revisión de la campaña de Edén. Después tengo que enviarte los resultados de la última investigación de mercado. También llegó la propuesta del nuevo proveedor de publicidad digital y...
Hizo una pausa.
—¿Y?
—Hay una cosa más.
Levanté la mirada.
—¿Qué cosa? No me mates con el suspenso, escúpelo.
—El equipo de Jeon Jungkook quiere modificar una parte del cronograma del piloto.
Dejé de escribir.
—¿Qué parte?
—La inauguración.
—¿Qué quieren cambiar?
—Quieren adelantarla.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—No lo sé bien pero...
—Entonces averígualo.—la interrumpí, sintiéndome ansiosa.
Louisa asintió con la cabeza.
—Me adelanté a eso. Ya hablé con el señor Jeon.
La miré.
Ella me sostuvo la mirada durante un segundo. Solté el aire lentamente.
Claro. ¿Quién más iba a ser el culpable, si no él?
—¿Y qué quiere?
—Simplemente dice que esperar no tiene sentido.
—Eso no responde mi pregunta. Su respuesta es vaga y carece de sentido. ¿De verdad te dijo eso?
—Es exactamente lo que dijo.
Me recosté contra el respaldo de la silla masajeándome la sien.
—¿Y por qué considera que no tiene sentido?
—Porque el espacio ya está listo.
Miré la pantalla de mi computadora.
—¿Ya está listo?
—Según él, sí.
—Bien, entonces...
Tomé un bolígrafo y comencé a girarlo entre los dedos.
—Entonces quiero verlo.
Louisa asintió.
—¿Ahora?
Miré el reloj que descansaba en mi muñeca.
Todavía tenía unos minutos antes de la siguiente reunión.
—No. Más tarde.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
—Está bien.
Louisa se dio la vuelta para irse.
—Louisa... alto ahí.
Se giró.
—¿Sí, Lisa?
—Y dile a Jungkook que no cambie nada sin consultarme primero. La próxima no seré tan benevolente.
Ella sonrió ligeramente.
—¿Eso significa que comienzas a creer en su proyecto?
La miré fijamente, echándole una mirada asesina.
—Significa que no me gusta enterarme de los cambios después de que alguien los hace. Mucho menos sin mi previa aprobación.
Ella rió por lo bajo.
—Claro...
Esperé a que cerrara la puerta y después volví a mirar la pantalla.
Intenté concentrarme en el informe que tenía delante.
Pero, por alguna razón, una frase regresó a mi cabeza.
«Evitar que construya algo que nadie quiera habitar.»
Rodé los ojos.
Genial.
Ahora también escuchaba su voz cuando él ni siquiera estaba en el lugar.
Un par de horas después, terminé frente a una de las entradas del terreno donde se desarrollaría Edén. Salí del auto a paso torpe observando el panorama que se me presentaba frente a mis ojos.
Todavía no había nada parecido al proyecto final.
Solo una extensión enorme de terreno cercado por paneles metálicos, maquinaria trabajando en uno de los extremos y una parte del espacio preparada para la prueba piloto.
Jungkook ya estaba allí. Por supuesto.
Esta vez llevaba un pantalón de vestir y una camisa blanca arremangada hasta los codos, dándole un aspecto más profesional, pero también más jovial. Los tatuajes de su brazo resaltaban en su piel blanca y su rostro tenía una vitalidad envidiable.
Miré mi ropa.
Pantalón de vestir.
Zapatos.
Blazer.
Anteojos de sol, dándome un aspecto a muerto o funeraria.
Después miré el terreno.
Suspiré.
—Esto fue una mala idea.
Jungkook giró la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Venir con estos zapatos, no quiero arruinarlos, son de diseñador.
Bajó la mirada hacia mis pies.
—Eso sí fue un error.
Lo miré, sonriéndo sarcástica.
—Gracias por tu opinión.
—De nada.—pareció no darse cuenta de mi ironía.
Se dio vuelta y comenzó a caminar.
Lo seguí.
—¿Qué exactamente vamos a probar?
—La experiencia.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sé.
—Jungkook.
Se detuvo y se giró hacia mí.
—Vamos a probar si la gente realmente quiere quedarse aquí.
Señaló el espacio que teníamos delante.
Habían instalado estructuras temporales de madera.
Mesas largas.
Bancos.
Pequeños puestos de comida.
Un escenario bajo.
Una zona con juegos para niños.
Había plantas alrededor, algunas cajas con árboles pequeños y guirnaldas de luces colgando entre los postes.
No parecía una obra.
Parecía un lugar donde alguien podía pasar una tarde.
Miré a mi alrededor.
Me acerqué a una de las estructuras.
Toqué la madera.
Era lisa, firme y mucho más pesada de lo que parecía.
Pasé los dedos por la superficie.
—¿Esto es madera maciza?
Jungkook me miró.
—Roble blanco.
Levanté una ceja.
—¿Para una instalación temporal?
—Sí.
Miré nuevamente la mesa.
La veta era clara y uniforme. No tenía nada que ver con el mobiliario provisional y barato que esperaba encontrar.
—¿Y los bancos?
—También.
—¿No crees que es demasiado para una prueba de tres meses?
Jungkook se encogió de hombros.
—Si queremos saber cómo funcionaría Edén, tenemos que probarlo con materiales que realmente usaríamos en Edén.
Miré alrededor.
Incluso los pequeños detalles parecían pensados.
Las mesas tenían bordes redondeados. Los bancos eran amplios y cómodos. Las estructuras utilizaban madera de alta calidad y, en las zonas más expuestas al exterior, habían utilizado teca para soportar mejor la humedad y el desgaste.
No era decoración.
Era una versión pequeña de lo que Montclair quería construir.
Y eso cambiaba las cosas.
—¿Cuánto costó todo esto? —pregunté.
Jungkook sonrió.
—Menos del presupuesto que pedí.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Me alejé de la mesa y continué observando.
Había algo que empezaba a molestarme.
Todo tenía demasiado sentido.
Los materiales.
La distribución.
Los espacios.
Incluso la elección de colocar los puestos de comida lejos de la zona infantil para evitar que el lugar se sintiera saturado.
—¿Quién diseñó esto?
—Mi equipo.
—¿Y tú?
—Yo supervisé.
—¿Cuánto tiempo llevan trabajando en esto?
Jungkook miró hacia el espacio.
—Unas semanas.
Lo miré.
—¿Unas semanas?
—Sí.
—¿Y mientras yo estaba intentando conseguir que me aprobaran el presupuesto, tú ya estabas preparando todo esto?
—Más o menos.
Suspiré.
—Eres desesperante.
—Eso ya me lo habías dicho.
—No recuerdo habértelo dicho.—refuté mirándolo con cólera
—Lo dijiste con la mirada.
Rodé los ojos.
—No puedes seguir haciendo eso.
—¿Qué cosa?
—Intentar leer mis pensamientos.
Sonrió con cierta picardía y se me acercó al oído triunfante.
—No te leo.—hizo una pausa—Solo presto atención.
No respondí.
Preferí volver a mirar el espacio.
Había algo incómodamente cierto en aquella frase.
Yo también prestaba atención.
Solo que a otras cosas.
Presupuestos.
Riesgos.
Fechas.
Resultados.
Personas que podían hacer que un proyecto funcionara o fracasara.
Quizá ese era precisamente el problema.
Jungkook miraba lo que podía llegar a ser.
Yo miraba todo lo que podía salir mal.
—¿Por qué te importa tanto este proyecto? —pregunté, curiosa.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Miró a las personas que caminaban por el lugar asombrados. Se tomó su tiempo para responder, algo extraño en el debo reconocer.
—Porque puede ser algo más que un desarrollo inmobiliario.
—Eso suena bien para una presentación...
—No estoy haciendo una presentación.
Se volvió hacia mí.
—Estoy hablando en serio.
Me quedé callada.
—Edén puede ser un lugar donde la gente viva, sí. Pero también donde pasen cosas.
—¿Pasen cosas?
—Donde alguien conozca a otra persona. Donde un niño tenga un lugar donde jugar. Donde alguien pueda sentarse a tomar un café sin tener que irse a su casa inmediatamente.
Miré a la mujer que estaba sentada con sus hijos.
Después a la pareja que había llegado hacía casi una hora.
—¿Y todo eso puede justificar la inversión?
—No por sí solo.
Me sorprendió la respuesta.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
Sonrió.
—Pero sí creo que esas cosas hacen que el resto tenga más valor.
Lo observé.
No era una respuesta que pudiera desmontar fácilmente.
Y eso comenzaba a ser un problema.
—Mira alrededor, Manoban.
Lo hice.
Todavía estaba casi vacío.
—No veo nada.
—Exactamente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que todavía no ha empezado.
Miré mi teléfono, revisando que no tuviera mensajes de Nana ni del colegio de Isaac. Cero. Guardé el teléfono en el bolsillo de mi blazer relajada.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
—Porque quiero que observes.
—Es lo que hago.
—No como tú crees...
Lo miré con molestia.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que normalmente miras un lugar pensando en cuánto cuesta.
Señaló el espacio.
—Hoy quiero que mires cuánto puede significar.
No respondí. Simplemente porque no sabía que decir a esas alturas. Me sentía muy alejada de la mirada que tenía Jeon Jungkook para estas cosas y lentamente comenzaba a notar cuán diferentes podíamos ser.
Poco a poco comenzaron a llegar personas.
Primero una pareja joven.
Después dos mujeres con sus hijos.
Luego un grupo de adolescentes.
Un hombre mayor que se acercó al puesto de café provisorio y humilde de algún muchacho que decidió emprender con una marca personal de granos de café.
La música comenzó a sonar.
Nada demasiado fuerte ni letras demasiado sugerentes. Música con tono familiar y hogareño.
Solo lo suficiente para llenar el espacio.
Jungkook comenzó a caminar entre la gente.
Saludaba.
Preguntaba.
Observaba.
Invitaba con amabilidad a usar los espacios que ofrecíamos.
Yo me quedé a cierta distancia. Creo que hacía tanto tiempo había estado trabajando en mis métricas encerrada en la oficina que sentía que había perdido un porcentaje considerable de mis habilidades sociales. Era casi humillante. Me sentía como un cachorro desconfiado y temeroso de la gente
Sacudí la cabeza. De nada servía martirizarme de esa forma
—¿Y qué se supone que debo medir de esto, señor Jeon?—intenté bromear para aliviar mi estrés
—Lo que quieras.
—Necesito parámetros.
Me entregó una pequeña libreta.
Abrí la misma deteniéndome en la primera pagina. La miré atentamente.
Tiempo promedio de permanencia.
Cantidad de visitantes.
Consumo.
Interacciones.
Espacios más utilizados.
Nivel de satisfacción.
Volví a levantar la mirada.
—¿Preparaste esto?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de pedirte el presupuesto.
Lo miré.
—Podrías haberlo mencionado.
—Intenté hacerlo.
—No recuerdo eso.
—Porque estabas hablando de porcentajes.
Me quedé callada.
Él sonrió como si me hubiera pillado haciendo alguna travesura.
—Oh, claro que lo recuerdas.
Volví a mirar la hoja.
Una niña pasó corriendo frente a nosotros.
Detrás de ella venía su madre.
La niña se detuvo frente a una instalación con pequeñas luces y comenzó a llamarla.
—Mamá, ¡mira!
La mujer se acercó.
Sonrió.
Sacó el teléfono.
Tomó una fotografía.
Yo observé la escena, recordándo sin poder evitarlo a mi pequeño Isaac, y en el tiempo que llevaba sin tener un momento así con él.
Jungkook no dijo nada. Tampoco necesitaba que lo hiciera.
Más personas empezaron a detenerse.
Algunas se sentaban en los bancos.
Otras conversaban cerca del escenario, sentándose en las gradas y compartiendo charlas amenas.
Un grupo de jóvenes se quedó cerca de un puesto de cómics.
Un puesto de comida comenzó a recibir clientes.
Miré mi hoja.
Después al espacio.
Después otra vez a la hoja.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
Jungkook miró su teléfono.
—La pareja de la entrada, treinta y cuatro minutos.
—¿Y las mujeres?
—Veintisiete.
—¿Y ellos?
Señalé al grupo de adolescentes.
—Cuarenta y uno.
Fruncí el ceño.
—¿Ya estás registrando todo?
—Obvio que sí.
—¿Y quién analiza eso?
—Yo.
Lo miré.
—¿Solo tú?
—Por el momento sí, acabo de cronometrar a cada uno. Hay un cupo vacante si quieres ocuparlo.
De nuevo intentó sonar gracioso, solo me pude limitar a hacer una mueca.
Anoté algunos datos.
Pasaron unos minutos más y una mujer se acercó a nosotros. Levanté la vista y la escruté con la mirada.
Parecía tener unos setenta años. Llevaba una bolsa de tela colgada del hombro y sostenía un vaso de café entre las manos.
—Disculpen.
Jungkook se giró inmediatamente.
—¿Sí?
—Quería hacerles una pregunta.
—Claro. Es libre de preguntar.—resolvió el chico a mi lado.
La mujer miró alrededor.
—¿Esto va a quedarse?
Jungkook sonrió.
—No exactamente así, pero sí.
—Qué lástima.
La mujer hizo una pequeña mueca.
—¿Por qué?—curioseó el director Jeon mostrando real interés en su respuesta. Observé atenta como parecía salirle natural ser cálido y familiar. Algo que obviamente, a mí se me daba pésimo.
Ella miró nuevamente el espacio y suspiró lentamente antes de responder.
—Porque me gusta.
Jungkook señaló hacia las mesas, donde comenzaban a jugar ajedrez y a tomar café, donde se ponían a leer diarios o simplemente a escuchar de la música.
—¿Qué es lo que más le gusta?
La mujer pensó unos segundos.
—Todo.
Esperó un momento.
—Aunque supongo que eso no es una respuesta muy útil. Lo siento.
—Puede serlo —respondió Jungkook, alentador.
Ella sonrió.
—Me gusta que no tenga que pagar nada para estar aquí.
La miré. Esta vez captó por completo mi atención.
—¿Cómo? Por favor, detalle su respuesta—la invité a seguir profundizando.
—Pues... puedo venir, sentarme, tomar un café y mirar a mis nietos jugar. No tengo que consumir algo tan costoso como una entrada para tener derecho a quedarme.
Jungkook asintió lentamente.
—Es perfecto ¿cierto? Ideal para un día tranquilo y en familia.
Yo bajé la mirada hacia la hoja que tenía entre las manos, enmudecida por su respuesta.
Eso sí era interesante.
—¿Vive cerca? —pregunté.
—A unas pocas calles.
—¿Y normalmente dónde pasa el tiempo?
La mujer soltó una pequeña risa.
—En casa.
—¿Por qué lo hace?
Se encogió de hombros.
—Porque no hay mucho más que hacer. Soy una señora de edad avanzada. Mi movilidad está muy limitada.
Miró alrededor nuevamente.
—El vecindario ha cambiado mucho también.
—¿Para mal? —pregunté, poniéndome en rol de reportera que busca un titular.
—No necesariamente.
Hizo una pausa.
—Solo que cada vez hay menos lugares donde uno pueda estar sin sentir que tiene que gastar dinero.
La frase me hizo levantar la mirada.
Ella continuó.
—Antes había una plaza donde se reunían todos. Los niños jugaban, los vecinos hablaban, alguien llevaba una guitarra... cualquier cosa.
Sonrió ligeramente.
—Ahora hay un estacionamiento. Aburrido.
Jungkook no dijo nada.
Yo tampoco.
—Por eso me gusta esto —continuó ella—. Me recuerda un poco a eso. Es decir... mi hijo trabaja casi todo el día y yo cuido a los niños cuando puedo. Y cuando los traigo aquí, ellos se entretienen y yo puedo sentarme un rato.
Se rió.
—Y no tengo que estar persiguiéndolos todo el tiempo.
Jungkook sonrió.
—Eso parece importante.—acotó Jungkook, orgulloso.
—Muchísimo.
La mujer tomó un sorbo de café.
—Además, conocí a una señora del barrio que no veía desde hacía años.
—¿Aquí? —pregunté.
—Sí.
Su expresión se iluminó.
—Estábamos sentadas en mesas distintas y reconocimos a nuestros hijos antes que a nosotras mismas.
Soltó una carcajada. No pude evitar sonreír ligeramente por ello. Noté por el rabillo del ojo que Jungkook giró la cabeza para mirar mi sonrisa amuecada como si fuera algo increíble de ver.
—Terminamos hablando durante casi una hora.
La observé en silencio.
—¿Y habría venido si este lugar no existiera?
Ella negó con la cabeza.
—Probablemente no.
—¿Por qué?
—Porque no tenía a dónde ir.
Esa respuesta me dejó quieta.
No porque fuera particularmente profunda.
Sino porque era simple.
No tenía a dónde ir. Y nadie nunca se detuvo a pensar en ella. Como empresa, era la oportunidad perfecta de demostrar que siempre estábamos presentes. Y cómo persona, quería decirle que haríamos todo lo posible para que ese lugar se realizara.
Miré nuevamente alrededor.
La música.
Las mesas.
Los niños.
La gente hablando.
Alguien riendo cerca del escenario.
No era un centro comercial.
No era un restaurante.
No era una atracción turística.
Era simplemente un lugar donde la gente quería estar.
—¿Volvería? —pregunté.
La mujer me miró como si la pregunta fuera obvia.
—Claro.
—¿Aunque no comprara nada?
—Sí.
—¿Y por qué?
Sonrió.
—Porque me gusta sentir que todavía pertenezco a un lugar.
No supe qué responder.
La mujer levantó ligeramente su vaso.
—Perdón. Me puse sentimental.
—No —dije.
Mi voz salió más suave de lo que esperaba.
—Está bien. De verdad, nos sirven mucho tus palabras. Te lo agradezco.
La mujer sonrió.
—¿Ustedes trabajan aquí?
Jungkook señaló hacia mí.
—Ella es la que manda.
Lo miré.
—No digas eso.
La mujer soltó una carcajada.
—Entonces debe ser importante.
—No tanto —dije, avergonzada. Sentí el calor subir por mis mejillas.
Jungkook me miró de reojo. Estoy segura que me miraba como si fuera sapo de otro pozo, ya que pocas veces alguien tenía el lujo de verme así.
La mujer se despidió de nosotros y regresó hacia las mesas.
Me quedé observándola.
—¿Qué piensas? —preguntó Jungkook.
No respondí inmediatamente.
Miré mi hoja.
Los números seguían ahí.
Cantidad de visitantes.
Tiempo de permanencia.
Consumo.
Frecuencia.
Pero, de repente, todo parecía un poco menos importante.
—Hay cosas que una métrica no puede medir, supongo.
Jungkook sonrió.
—Exacto.
—Y que quizá tampoco podamos medirlo completamente.
—Probablemente no.
Lo miré.
—Pero podemos intentarlo.
—Eso es exactamente lo que llevo diciendo.
Bajé la mirada hacia mis anotaciones.
Por primera vez, no estaba pensando solamente en cuánto costaba Edén.
Estaba pensando en cuánto podía significar para la gente.
Y eso era mucho más difícil de poner en una hoja de cálculo.
—¿Y?
—Todavía no tengo suficiente información.
—Pero...—continuó él.
Lo miré.
—Pero admito que funciona mejor de lo que esperaba.
Su sonrisa apareció lentamente.
—Eso es casi un cumplido.
—No te acostumbres.
—Muy tarde.
Rodé los ojos.
Volví a mirar a mi alrededor.
Después hice algo que no había planeado.
Me senté.
Jungkook se sentó a mi lado.
—¿Qué haces?
—Observando.
—¿Sentada?
—Sí.
—Eso sí es nuevo.
Lo ignoré.
Una camarera se acercó.
—¿Quieren algo?
Jungkook me miró.
—¿Café?
Pensé en ello.
—Sí.
—¿Caliente?
Lo miré y asentí con la cabeza.
—Muy caliente.
No pude evitarlo.
Sonreí.
Y por primera vez desde que había comenzado aquella prueba, dejé de pensar en el presupuesto.
Solo durante unos minutos.
Pero fueron suficientes.
Porque entendí algo que no quería admitir todavía.
Quizá Jungkook no estaba intentando convencerme de gastar más dinero.
Quizá estaba intentando enseñarme por qué valía la pena gastarlo.
Y estaba tan acostumbrada a trabajar y vivir en automático, que un golpe de realidad de vez en cuando no venía nada mal.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando la camarera dejó el café frente a nosotros.
Tomé la taza entre las manos y miré alrededor una vez más.
Una niña corría detrás de su hermano. La mujer mayor conversaba con alguien que parecía conocer desde hacía años. En una de las mesas, dos hombres discutían una partida de ajedrez. Cerca del escenario, un grupo de adolescentes se reía de algo que ninguno de los adultos parecía entender.
No había nada extraordinario en aquel lugar.
Y, sin embargo, nadie parecía tener prisa por irse.
Di un pequeño sorbo al café.
—Está bueno.
Jungkook me miró.
—¿El café?
—Sí.
—Pensé que ibas a decir otra cosa.
Lo miré de reojo.
—No te emociones.
Sonrió.
Volví a observar el espacio.
Durante años había aprendido a analizar casi cualquier cosa a través de cifras: costos, porcentajes, proyecciones, rendimiento, crecimiento.
Era más sencillo trabajar así. Los números podían compararse, corregirse y proyectarse.
Las personas eran diferentes. No podían reducirse tan fácilmente a una estadística.
Bajé la mirada hacia la libreta que todavía descansaba sobre mi regazo.
Había anotado decenas de datos.
Tiempo de permanencia, cantidad de visitantes, consumo, espacios más utilizados...
Pero, entre todas aquellas cifras, había escrito una sola frase:
"Ella no tenía a dónde ir."
La leí otra vez.
Era una respuesta sencilla.
Y, al mismo tiempo, no sabía muy bien dónde colocarla dentro de mis cálculos.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije.
Jungkook giró hacia mí.
—¿Qué?
Cerré la libreta.
—Que creo que quizá tengas razón.
Su expresión cambió apenas.
—¿Sobre qué?
Lo miré.
—Sobre Edén.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sonrió.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—No significa que vaya a aprobar todo lo que quieras hacer.
—Ya lo sé.
—Ni que puedas modificar cronogramas sin consultarme.
—También lo sé.
—Ni que tengas permiso para gastar dinero como si fuera infinito.
—Definitivamente lo sé.
Lo observé durante un instante.
—Bien.
Tomé otro sorbo de café.
Jungkook permaneció en silencio unos segundos antes de preguntar:
—Entonces... ¿qué significa?
Miré nuevamente a las personas. Esta vez no intenté buscar una respuesta inmediata.
—Que estaba viendo solo una parte del proyecto.
Jungkook no respondió.
—No digo que todo lo que propones vaya a funcionar —continué—. Todavía necesitamos números. Resultados. Tiempo. Y comprobar que esto pueda sostenerse a largo plazo. Tenemos que buscar una forma que no incluya depender del consumo de la gente del vecindario, tal vez buscar un acuerdo con los comerciantes.
—Me gusta la idea.
Asentí lentamente.
—No puedo negar lo que estoy viendo.
Señalé discretamente el lugar.
—La gente está viniendo. Se queda. Habla. Vuelve a encontrarse.
Hice una pequeña pausa.
—Y eso puede ser parte del éxito de Edén y de la empresa.
Jungkook sonrió, pero esta vez no hizo ningún comentario.
Agradecí que no lo hiciera.
Volví a mirar mi libreta.
Quizá no estaba preparada para cambiar de opinión, pero algo había empezado a moverse.
Di otro sorbo al café.
—No te acostumbres —murmuré.
Jungkook sonrió.
—Nunca.
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