Capítulo 1
A las siete y doce de la mañana, para ser exactos, yo ya había abierto quince correos y cada una de ellas, con una redacción más eterna que la Santa Biblia.
A las siete y cuarenta había leído treinta y ocho correos.
A las siete y cincuenta había respondido nueve.
A las ocho y diez había decidido que odiaba los lunes.
No porque fueran lunes (un poco sí).
Sino, más bien, porque los lunes siempre me recordaban que había demasiadas cosas que hacer y que, de alguna manera, siempre había algo (o alguien) dispuesto a agregar una más a la interminable lista.
—¿Hay que mover la reunión de las ocho y veinte? —preguntó alguien desde el otro lado de la oficina. Mi joven, adorable e ingenua asistente: Louisa May Alcott.
Aunque le tenía un especial cariño, no levanté la vista de la pantalla.
—No.
—Pero...
—Dije que no, Louisa.
—Es importante. El representante de Experiencias y Proyectos Especiales ha tenido un retraso y no podrá venir a la hora pactada.
—Todo es importante hasta que tengo que decidir qué es realmente urgente.
Se hizo silencio. Uno cargado de tensión por parte de Louisa. No necesitaba levantar la vista hacia ella para saber que había sonado desagradable.
Seguí redactando correos como si la situación no me afectara. Aunque, para ser sincera, mi entrecejo se frunció ligeramente por el disgusto.
El nuevo representante...
No lo conocía aún y ya me daba mala espina.
Lo sabía.
También sabía que, probablemente, la reunión sí podía moverse.
Y sabía algo peor: que no quería moverla.
Tenía el café enfriándose al lado de la computadora, tres documentos abiertos, el presupuesto de la campaña internacional esperando una revisión y una presentación que, si todo salía bien, iba a definir los próximos dos años de crecimiento de la división de marketing.
No podía permitirme improvisar.
Improvisar era una palabra bonita para describir el momento exacto en que algo empezaba a salir mal.
Yo nunca improvisaba.
Yo prevenía.
Organizaba.
Anticipaba.
Corregía.
A veces tenía la sensación de que, si dejaba de hacer cualquiera de esas cuatro cosas durante más de diez minutos, el mundo iba a encontrar una manera de caerse encima de mí de un sopetón.
No sabía si era delirio o inteligencia.
Un poco de ambas, tal vez.
Miré la hora.
Ocho con quince minutos. Todavía tenía que llamar a la escuela.
Mi hijo, Isaac, había tenido un cambio de rutina esa semana y quería asegurarme de que la niñera que iba a buscarlo por la tarde estuviera al tanto.
Abrí el calendario.
Revisé dos veces.
Tres.
Resoplé al ver que la hora pasaba y mis deberes se volvían cada vez más urgentes. Pensé durante menos de cinco milésimas de segundo y saqué la conclusión de que la llamada podía esperar hasta las ocho y media.
No podía llegar tarde a la reunión de las ocho y veinte.
Nunca llegaba tarde.
Nunca.
Me recosté apenas contra el respaldo de la silla y cerré los ojos durante dos segundos.
Solo dos.
Cuando los abrí, el reflejo de la pantalla me devolvió una versión de mí misma perfectamente compuesta y ordenada, tal como me gustaba: camisa blanca con un suéter de lana gris arriba, pantalón negro, pelo recogido y perfectamente ordenado con gel, labios discretamente maquillados.
Parecía descansada.
Eso era suficiente.
—¿Lisa?
Abrí los ojos por completo.
Mi asistente estaba parada frente a mi escritorio.
—¿Sí?
—El equipo de Desarrollo ya está aquí.
—¿Los del proyecto Edén?
—Sí.
Tomé mi taza de café fría con una mano, tratando de disminuir el desorden de mis pensamientos. Me llevé apenas el café a la boca y lo quité de inmediato.
Recordé que estaba frío.
—Tráeme otro café a la reunión y tira este.
Louisa tomó la taza y se dio media vuelta, dando pasos atolondrados por la oficina.
Tomé la carpeta que descansaba sobre el escritorio con una sola mano y di pasos firmes y seguros hacia el espacio de reuniones donde, al menos, uno de los asistentes del equipo del representante Don Tardanza estaría allí esperándome con su café caliente.
Cinco minutos de silencio con un café caliente.
Algo francamente envidiable.
Louisa apareció detrás de mí, haciendo sonar sus tacones en pequeños saltitos para seguirme el ritmo. Ni me inmuté.
—¿Nombres?
Mi asistente dudó un segundo.
—Jeon Jungkook es el representante. Ian Donovan, Tafari Reyes, sus acompañantes...
Fue apenas un segundo.
Una interrupción mínima.
Tan pequeña que nadie más habría notado.
Dejé de respirar por unos segundos.
—¿Quién?
—Jeon Jungkook —repitió y, acto seguido, aclaró—. Es el director de Experiencias y Proyectos Especiales.
La miré.
Algo en mi memoria acababa de abrir una puerta que llevaba años cerrada.
No.
No podía ser.
—¿Estás segura?
Mi asistente sonrió, un poco confundida.
—Sí.
Claro que estaba segura.
Era un nombre.
Solo un nombre.
Un nombre que, de alguna manera, había sobrevivido a veintiséis años de mi vida.
Un nombre que tal vez ni siquiera era de la persona que yo recordaba.
Pero ahí estaba yo, desperdiciando el almacenamiento de mi valiosa memoria en un hombre tan irritante e impertinente que me costaba creerlo.
Volví a mirar la pantalla.
Después el reloj.
Después la puerta de vidrio de la sala de reuniones.
El nombre de Jeon Jungkook se borró de mi memoria.
Todo pasó a segundo plano.
—Bien —dije.
Mi voz salió demasiado tranquila.
—Buenos días, señores. Espero que el café sea de su agrado.
Alrededor de cinco hombres con trajes hechos a medida, y un poco sudorosos por el nerviosismo, se incorporaron de sus asientos para estrecharme la mano.
Ofrecí la sonrisa más cálida y falsa que podía crear y los invité a volver a sentarse en sus respectivos lugares.
—Bien. Entiendo que su director aún no llega. Puedo darle cinco minutos de mi tiempo y luego comenzaré la reunión sin más preámbulo.
Apenas terminé de decir estas palabras, la puerta de vidrio se abrió de golpe.
Parecía que esos cinco minutos de silencio no me serían otorgados en ese día tan ajetreado.
Miré en dirección a la puerta que acababa de abrirse y encontré, para mi extraña sorpresa, a un hombre con vaqueros desgastados y una camisa gris que ni siquiera hacía un poquito de juego con su cartera marrón desgastada.
Su cabello, algo largo, caía a los costados de su cara y una pequeña y delgada línea de barba se dejaba entrever en su mentón.
Tenía perforaciones en el rostro. Nariz, labios y ceja.
De su brazo derecho se lucía un tatuaje negro que terminaba en su muñeca.
Estaba agitado.
Se notaba que había corrido un largo tramo para llegar a la oficina.
—Buenos días —saludé.
Mi sonrisa intentaba callar lo que mi mente gritaba.
Si ese era el director que la empresa pensaba relacionar conmigo, sería mejor que se fuera despidiendo.
De ninguna manera esa persona, que parecía salir de un paseo de compras, se relacionaría con mi área perfectamente ordenada y especializada de marketing.
—Buenos días. Sí, hubo un accidente automovilístico y se dificultó la llegada. Siento el inconveniente.
Se acercó y me dio un apretón de manos rápidamente, como si nada sucediera.
—Jeon Jungkook. Mucho gusto. Director de Experiencias y Proyectos Especiales.
—Lalisa Manoban. Directora del área de Marketing.
Me parecía surrealista ver al director del área junto a su equipo directivo.
Como si acabara de salir de un bar al paso camino a una reunión informal y no de entrar a una sala donde se iba a definir una inversión de varios millones.
—Bueno, la razón por la que estamos reunidos, y ya saben, es por el proyecto Edén, que los directivos planean lanzar dentro de un año y medio. Yo soy Lisa y seré la encargada del proyecto de marketing...
Fruncí ligeramente el ceño al notar que el director me observaba atentamente.
Me estaba poniendo algo incómoda.
—Disculpe, ¿tengo algo en el rostro?
Jeon Jungkook me estaba mirando fijo.
Tranquilo y en silencio.
—Nada.
—Como decía —continué, pasando una página del informe. Fingí que su respuesta no me había causado sorpresa. Hacía mucho tiempo que nadie me hablaba de forma tan vaga y seca—, el proyecto Edén tiene que recuperar la inversión inicial en un plazo razonable. No podemos permitirnos que la experiencia del cliente sea prioritaria por encima de la rentabilidad.
Jeon Jungkook levantó la mirada de los planos.
—Nadie dijo que sería prioritaria por encima de la rentabilidad.
—Su propuesta tiene destinado casi un treinta por ciento del presupuesto a espacios que no generan ingresos directos —expliqué, incrédula.
—No generan ingresos directos —repitió—. Eso no significa que no generen valor de alguna manera.
—El valor no paga las facturas.
Uno de los hombres de Desarrollo bajó la mirada hacia la mesa, incómodo.
Silencio.
El señor Jeon no pareció incómodo para nada. Una parte de mí quería que dejara de comportarse de forma tan chocante, así no seguiríamos discutiendo.
—No las paga, pero puede hacer que alguien quiera comprar un departamento de cuatrocientos mil dólares en lugar de uno de trescientos.
Lo miré.
—¿Y cómo piensa medir eso?
—Con la misma facilidad con la que ustedes miden una campaña.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque todavía no tenemos los datos.
—Entonces tenemos una propuesta basada en una suposición.
—Y usted tiene una estrategia basada en otra.
Sentí que mi mandíbula se tensaba.
—La diferencia es que mis suposiciones tienen estudios de mercado detrás.
Él apoyó lentamente el bolígrafo con el que estaba jugando sobre la mesa.
—Y las mías tienen personas.
—Las personas también aparecen en mis estudios.
—Como estadísticas.
La sala quedó completamente en silencio.
Le sostuve la mirada.
No sabía qué me molestaba más: su tono tranquilo o el hecho de que pareciera perfectamente cómodo contradiciéndome delante de todo el equipo.
—Estamos hablando de una inversión millonaria, señor Jeon. No de un proyecto personal.
—Lo sé, señorita Manoban.
El modo en que pronunció mi nombre me produjo una extraña sensación de rabia.
—Entonces espero que lo tenga presente —respondí.
Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Lo tengo muy presente.
No apartó la mirada.
Y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Era como una batalla silenciosa de miradas para ver quién tenía más ego.
O tal vez yo lo veía así, porque cada vez que miraba los ojos de Jeon Jungkook solo veía tranquilidad y hasta casi cierta amabilidad.
O quizás estaba volviéndome loca de tanto trabajo.
Uno de los hombres de Desarrollo carraspeó discretamente, sacándome de la maraña de pensamientos.
—¿Continuamos? —consultó.
Aparté la vista de Jungkook y volví a los documentos.
—Claro, por favor.
Pasé la página.
Pero la tensión no desapareció.
Simplemente se sentó con nosotros en la mesa.
Unos minutos más y ya se iba a servir un café con nosotros, tal vez hasta comenzaría a criticar mi proyecto y mis números también.
—Hablemos de números —dije finalmente—. ¿Cuál es la proyección de retorno de esta inversión?
Jungkook tomó el bolígrafo que había dejado sobre la mesa y señaló una de las cifras del informe.
—Todavía no tenemos una proyección definitiva.
Parpadeé.
—¿Cómo dice?
—Que todavía no está definida.
Solté una pequeña risa, más por incredulidad que por humor.
—Entonces permítame entender. Me está diciendo que quiere utilizar casi un treinta por ciento del presupuesto en espacios que no generan ingresos directos y, además, todavía no tiene una proyección que justifique ese gasto.
—Sí.
Lo miré fijamente.
—¿Y espera que lo aprobemos?
—Espero que lo discutamos.
—Estamos discutiéndolo.
—No. Usted está intentando descartarlo.
Aquello hizo que uno de los hombres sentados a nuestra derecha levantara discretamente la mirada.
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
—Porque mi trabajo es evitar que la empresa pierda dinero.
Jungkook sostuvo mi mirada.
—Y el mío es evitar que construya algo que nadie quiera habitar.
Nadie dijo nada.
Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido constante del aire acondicionado.
Creo que hasta la misma tensión se había ido de la reunión y abandonado el café al ver el duelo de miradas entre Jeon Jungkook y yo.
—¿Y cree que eso se consigue colocando bancos y árboles por todas partes?
—No.
—Entonces, ¿cómo?
Jungkook deslizó hacia mí uno de los planos.
—Haciendo que la gente quiera quedarse.
Miré el dibujo.
Después a él.
—Eso no es una estrategia.
—Todavía no —reconoció, esbozando una sonrisa leve.
—Entonces, ¿qué es?
—Una idea.
Volví a recostarme en la silla.
Una idea.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
Un hombre que llegaba tarde, vestido con vaqueros desgastados, sin una proyección de retorno y con una idea.
—Las ideas son maravillosas, señor Jeon. Pero alguien tiene que convertirlas en números.
—Por eso está usted aquí.
Levanté la mirada lentamente.
No supe si había sido una provocación.
Su expresión seguía siendo tranquila.
Demasiado tranquila.
—Entonces espero que también esté dispuesto a escuchar cuando esos números le digan que algo no funciona.
—Siempre que usted esté dispuesta a escuchar cuando le digan que no todo puede medirse con ellos.
Silencio.
Esta vez fui yo quien no respondió inmediatamente.
No porque no tuviera una respuesta.
Sino porque, por alguna razón, aquella frase me había molestado más de lo que debería.
—Bien.
Tomé el bolígrafo que tenía delante y marqué una de las cifras del informe.
—Entonces hagamos algo más sencillo.
Jungkook bajó la mirada hacia el documento.
—Dígame qué propone exactamente.
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
Señalé el plano que todavía estaba frente a él.
—Porque hasta este momento escuché hablar de experiencias, de personas queriendo quedarse y de lugares que supuestamente van a hacer diferente al proyecto. Pero no escuché una sola propuesta concreta.
Uno de los hombres de la mesa se movió incómodo en su asiento.
Jungkook, en cambio, parecía completamente tranquilo.
Tomó el plano y lo giró para que pudiera verlo mejor.
—Esta zona de aquí.
Señaló un espacio amplio ubicado entre los edificios residenciales y el área comercial.
—No quiero que sea solamente un espacio verde.
—¿Qué quiere que sea?
—Un punto de encuentro.
—Eso no significa nada.
—Puede ser un mercado los fines de semana. Exposiciones. Música. Ferias. Actividades para chicos. Restaurantes que puedan sacar mesas afuera. Un espacio donde pase algo incluso cuando nadie tenga intención de comprar nada.
Lo observé.
—¿Y quién va a pagar por todo eso?
—Parte puede financiarse con los locales.
—Parte.
—Sí.
—¿Y el resto?
—Ahí entra su trabajo.
Entrecerré los ojos.
—No vuelva a decirme eso.
Por primera vez, sonrió un poco más.
—¿Qué cosa?
—Que todo es mi trabajo.
—No dije eso.
—Lo acaba de insinuar.
—Dije que podemos buscar una forma de hacerlo rentable.
—Sin una proyección.
—La proyección se puede construir.
—Después de gastar el dinero.
—Antes.
Fruncí el ceño.
—¿Antes?
Jungkook tomó nuevamente el bolígrafo y escribió algo en una esquina del plano.
—Probamos primero.
Miré el número que había anotado.
—¿Qué es esto?
—El presupuesto de una intervención temporal.
—¿Temporal?
—Tres meses.
Levanté la mirada.
—¿Está proponiendo gastar dinero en algo que todavía no sabemos si funciona?
—Estoy proponiendo gastar una fracción del dinero que estamos discutiendo para averiguarlo.
Me quedé callada.
Eso era diferente.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque, por primera vez desde que había comenzado la reunión, su idea tenía una estructura.
Una pequeña.
Pero la tenía.
—¿Y qué pretende medir?
—Cantidad de personas. Tiempo de permanencia. Consumo en los locales. Opiniones. Repetición de visitas.
Hizo una pausa.
—Y qué espacios utilizan más.
Miré nuevamente el plano.
Después la cifra.
Después a él.
—Eso sí puede medirse.
—Claro que puede.
—Entonces no era tan difícil.
—Nunca dije que lo fuera.
Levanté una ceja.
—Tiene una curiosa manera de presentar las cosas.
—Y usted una curiosa manera de discutirlas.
Uno de los hombres de la mesa soltó una pequeña tos para disimular una risa.
Lo miré como una víbora, lanzándole una última mirada a su presa antes de comerla.
Dejó de hacerlo inmediatamente.
Volví mi atención hacia Jungkook.
No sabía quién era ese hombre y tampoco sabía por qué tenía la extraña sensación de que aquella no iba a ser la última vez que terminaríamos discutiendo.
—Tres meses —dije finalmente—. Con un presupuesto limitado y objetivos medibles.
—Me parece bien.
—Y si los resultados no justifican continuar, se cancela.
Jungkook asintió.
—De acuerdo.
Tomé el informe y lo cerré.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Él extendió la mano hacia mí.
La miré durante un segundo antes de estrechársela.
—No se acostumbre.
—¿A qué?
—A que le dé la razón.
Jungkook sonrió.
—No se preocupe. Todavía no me la dio. Solo espere tres meses y verá los resultados.
Sonreí, tensa.
—Eso espero.
Cerré la carpeta frente a mí y miré al resto de los presentes.
—Bien. Creo que podemos dar por terminada la reunión.
Algunos comenzaron a guardar sus documentos inmediatamente.
Yo también.
Quería salir de ahí.
No porque la reunión hubiera salido mal.
De hecho, había salido bastante mejor de lo que esperaba.
Y eso era precisamente lo que me molestaba.
Jungkook había llegado tarde.
Vestido como si hubiera confundido el edificio con un bar al paso.
No tenía una proyección definitiva.
Había cuestionado mi manera de trabajar.
Y, aun así, había conseguido que aceptara una propuesta que diez minutos antes me parecía absurda.
Definitivamente, algo no estaba bien.
—Señora Manoban.
Levanté la mirada.
Jeon Jungkook estaba situado frente a mí. Aún no se había levantado de su asiento, al igual que yo.
—¿Sí?
—Una cosa más.
Esperé a que continuara hablando.
—Necesito que Marketing participe desde el principio en la prueba piloto.
Fruncí el ceño.
—¿A qué se refiere?
—No quiero que se encarguen solamente de comunicar los resultados cuando termine.
—¿Y qué quiere que hagamos?
—Que nos ayuden a decidir qué tenemos que medir.
Lo observé durante unos segundos.
Aquello sí me sorprendió.
—Está bien.
Me puse de pie.
—Louisa se pondrá en contacto con su equipo para coordinarlo.
—Perfecto.
Tomé la carpeta y me giré hacia la puerta.
—Señora Manoban.
Volví a mirarlo.
—¿Sí?
Jungkook señaló el café que estaba sobre la mesa.
—Su café.
Miré la taza.
Había olvidado por completo que Louisa me había dejado uno nuevo durante la reunión.
Lo tomé.
—Gracias.
Di un paso hacia la puerta.
—Y, por cierto...
Me detuve.
—¿Sí?
Él sonrió apenas.
—Está frío.
Miré la taza.
Después a él.
No pude evitar fruncir el ceño frente a él. Algo que nunca hacía, pero ese hombre parecía sacarme de quicio fácilmente.
—¿Cómo sabe que está frío?
—Porque lleva ahí una hora.
Lo miré unos segundos más.
Me hizo sentir como una tonta y ya no lo iba a permitir.
—Sí, claro. Eso es obvio.
Salí de la sala sin decir nada.
Caminé por el pasillo intentando convencerme de que aquel hombre no me había afectado en lo más mínimo.
No funcionó.
Y lo peor era que todavía no sabía por qué.
Di tres pasos.
Me detuve.
Miré la taza.
Estaba fría.
Gruñí.
Eso ya lo sabía.
Lo que no entendía era cómo él lo sabía.
Volví a caminar.
Quizás lo había visto cuando Louisa la dejó sobre la mesa.
Claro.
Era lo más lógico.
Había estado sentado frente a mí prácticamente toda la reunión. Probablemente la vio cuando la trajeron.
Seguí caminando.
Pero entonces recordé su expresión.
No había mirado la taza.
Ni siquiera había apartado los ojos de mí cuando lo dijo.
Fruncí el ceño.
No.
Seguramente la había visto antes.
O quizás simplemente había calculado el tiempo.
Una hora.
Eso había dicho.
¿Quién calcula cuánto tiempo lleva un café sobre una mesa?
Yo.
Yo lo haría.
Bueno, quizás no. No con un café ajeno.
Pero alguien organizado podría hacerlo.
Aunque él no parecía precisamente una persona organizada.
Miré nuevamente la taza.
—Qué estupidez —murmuré.
No era solo una estupidez.
Era una ofensa.
El café frío no era simplemente café que había perdido temperatura. Era una promesa incumplida.
El primer sorbo debía ser caliente, amargo y reconfortante, como una pequeña prueba de que el día todavía podía obedecer ciertas reglas.
El café frío llegaba tarde a todo.
No despertaba; recordaba que una había necesitado despertar antes.
No acompañaba; señalaba el momento exacto en que el trabajo había vuelto a ganar.
Por eso nunca lo bebía frío.
Podía dejarlo olvidado durante horas, pero en cuanto se enfriaba, dejaba de ser mío.
Lo abandonaba sobre el escritorio y preparaba otro, aunque tuviera que hacerlo tres veces en una mañana.
No soportaba esa primera sensación tibia y aguada, ni el sabor metálico que se quedaba en la lengua.
Mucho menos soportaba que alguien lo notara.
Porque el café frío decía algo de mí.
Decía que había estado demasiado ocupada para cuidar de algo tan sencillo.
Que había permitido que una reunión, un correo o una persona decidiera por mí cuándo podía disfrutar de los cinco minutos que me había prometido.
Decía que, una vez más, había dejado que todo lo demás importara más.
Y él lo había visto.
No la taza.
A mí.
Seguí caminando.
Podía haber sido cualquier cosa.
Una observación.
Una coincidencia.
Un comentario completamente innecesario.
Y, sin embargo, seguía pensando en eso.
Llegué a mi oficina y dejé la taza sobre el escritorio.
Me senté.
Abrí la computadora.
Tenía cuarenta y siete correos sin responder.
Cuarenta y siete.
Y yo estaba pensando en un hombre que había llegado tarde a una reunión y en cómo sabía que mi café estaba frío.
Negué con la cabeza.
No tenía tiempo para eso.
Abrí el primer correo.
Leí la primera línea.
Volví a leerla.
No entendí absolutamente nada.
Cerré los ojos.
—Es solo café, Lisa.
Abrí los ojos.
Miré la taza otra vez.
Sí.
Solo café.
Entonces, ¿por qué demonios seguía pensando en ello?
—Señora Lisa.
Levanté la mirada.
Louisa estaba nuevamente frente a mi escritorio.
Y tenía un café en la mano.
—Tu café.
Lo recibí inmediatamente y por primera vez en la mañana con una sonrisa aliviada.
Estaba caliente.
Di un pequeño sorbo.
Perfecto.
—Gracias.
Louisa no se movió.
La miré, con sospecha.
—¿Qué?
—Nada.
—Louisa...
—Es que...
Dudó unos instantes.
—Mmm... ¿qué te pareció el nuevo director?
Dejé la taza sobre el escritorio.
—¿Qué me pareció?
—Sí.
—Llegó tarde.
—Eso ya lo sabemos.
—Se vistió como si no supiera que esto era una oficina empresarial, parecía venir al cumpleaños de su sobrino.
—También lo sabemos.
—No tenía una proyección definitiva.
—Ajá...
—Y discutió conmigo durante casi toda la reunión.
Louisa sonrió.
—Entonces no te cayó bien.
—No dije eso.
—Acabas de describir a un hombre que te cayó mal.
—Solo digo que tiene una forma poco convencional de trabajar.
—Eso en tu idioma significa que te cayó mal.
La miré fijamente.
—¿Terminaste?
—Casi.
Se apoyó ligeramente sobre el escritorio.
—¿Y qué opinás de él, fuera de todo esto?
Tomé nuevamente el café.
—Creo que es competente.
Louisa abrió los ojos.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No te pareció...?
—¿Qué?
—No sé.
Hizo un gesto con la mano.
—¿Interesante?
Negué con la cabeza.
—No tengo tiempo para encontrar interesantes a mis compañeros de trabajo. Ya lo sabes.
—Claro.
—Louisa...
Le dediqué una mirada reprobatoria, aunque con una sonrisa cómplice. Ella sonrió y entendió el gesto perfectamente.
—Bien. Ya me voy.
La observé alejarse.
Esperé hasta que cerrara la puerta.
Entonces miré nuevamente el café.
Caliente.
Sonreí apenas.
Mucho mejor.
Abrí el primer correo de la mañana y finalmente conseguí concentrarme.
Durante exactamente cuatro minutos.
Hasta que la escena volvió a aparecer en mi cabeza.
El café.
Levanté la mirada hacia la puerta.
—Qué hombre tan raro. Diablos.
Y volví a trabajar.
Pasaron poco más de veinte minutos antes de que consiguiera volver a concentrarme.
O eso creía.
Mi computadora emitió un pequeño sonido. Un nuevo correo.
Lo abrí esperando encontrar cualquier otra cosa que pudiera resolver rápidamente, pero no tuve tanta suerte.
Asunto: Proyecto Edén — Equipo de trabajo y cronograma inicial.
Suspiré.
Abrí el archivo adjunto.
El cronograma ocupaba seis páginas.
Recorrí la lista de responsables hasta encontrar mi nombre.
Dirección de Marketing: Lalisa Manoban.
Hasta ahí, nada fuera de lo común.
Seguí leyendo.
Dirección de Experiencias y Proyectos Especiales: Jeon Jungkook.
Hice una pausa.
Apoyé la espalda contra la silla.
—Por supuesto.
Seguí bajando.
Reuniones semanales.
Seguimiento conjunto.
Prueba piloto.
Evaluación de resultados.
Tres meses.
Tres meses trabajando directamente con él.
Miré la pantalla durante unos segundos.
Después tomé mi café y bebí otro sorbo.
Seguía caliente.
Al menos una cosa estaba saliendo bien.
Volví a mirar el nombre en la pantalla.
Jeon Jungkook.
No sabía por qué su forma de mirarme me había incomodado tanto. Tampoco sabía por qué me enrabietaba cada vez que las palabras salían de su boca.
No sabía por qué había terminado pensando en un café frío durante casi media hora.
Y, sinceramente, tampoco quería saberlo.
Cerré el archivo.
Tomé el siguiente correo.
Tenía dieciocho correos pendientes. Mi teléfono celular explotaba en notificaciones gracias a los grupos de difusión de la oficina.
El lunes todavía no había terminado.
Y, aparentemente, tampoco lo había hecho mi problema con Jeon Jungkook.
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