Capítulo 3


—¿Por qué tenías tanta prisa por hacer esto?

Jungkook dejó de sonreír.

Por un momento miró hacia el otro extremo del terreno.

—Porque no tenemos demasiado tiempo.

Fruncí el ceño.

—Tenemos dieciocho meses para desarrollar el proyecto.

—Eso solo si seguimos teniendo el terreno.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

Jungkook dejó la taza sobre la mesa.

—Blackwell.

Sentí que algo cambiaba inmediatamente en el ambiente.

—¿Qué pasa con ellos?

Jungkook pensó unos segundos antes de decirlo. Algo que me hizo alertar enseguida.

—Están intentando quedarse con el terreno.

Me enderecé ligeramente en la silla, conteniendo la respiración. De pronto el mundo entero cayó de golpe en mis pies.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde antes de nuestra primera reunión.

Lo miré con incredulidad.

—¿Y no pensabas mencionarlo?

—Pensaba hacerlo...

—¿Cuándo?

—Cuando tuvieras tiempo de escucharme sin intentar matarme con la mirada. Justo como ahora.

Lo miré fijamente. Endurecí la mandíbula sin poder evitarlo.

—Estoy hablando en serio, Jeon Jungkook.

—¿Quién dijo que yo no?

Suspiró, casi frustrado.

—Recibimos información de que estaban negociando con los propietarios. Todavía no hay nada cerrado, pero están avanzando.

Miré alrededor.

De repente, aquel espacio parecía diferente.

Las estructuras temporales.

Las mesas.

La gente.

Todo aquello podía desaparecer antes siquiera de convertirse en Edén. Una sensación fugaz de desesperanza me invadió.

—Entonces adelantaste el piloto por eso.

—En parte, sí. Necesitábamos saber si la idea funcionaba antes de comprometernos con ella a gran escala.

Señaló el lugar.

—Y si funciona, tenemos algo más que planos y proyecciones para defender el proyecto.

Lo observé en silencio.

—Querías resultados.

—Quería evidencia. La gente es la evidencia más completa de que esto funciona.

Bajé la mirada hacia la hoja.

Por primera vez entendí por qué había estado tan insistente.

No estaba intentando saltarse el proceso.

Estaba intentando ganar tiempo.

—Podrías haberme dicho esto desde el principio.

Lo miré.

—¿Por qué no lo hiciste?

Jungkook sostuvo mi mirada durante unos segundos.

—Porque la primera vez que intenté hablar contigo sobre riesgos del proyecto me explicaste durante quince minutos por qué mi presupuesto era absurdo.

Me quedé callada.

Lo peor era que probablemente tenía razón.

—Eso no significa que puedas tomar decisiones a mis espaldas.

Bajó la mirada hacia su café.

—Pero tampoco significa que siempre tengamos tiempo para esperar a estar de acuerdo.

No supe qué responder.

Y eso me molestó más que cualquier discusión que hubiéramos tenido hasta ese momento.

Porque tenía razón.

Otra vez.

Miré el terreno.

—Quiero los informes completos de Blackwell y sus movimientos. ¿Podrías conseguir eso por mí?

—Los tendrás.

—Y quiero saber exactamente qué información recibiste y de quién.

—También.

—Y a partir de ahora, cualquier decisión relacionada con Edén se consulta conmigo primero. Te recuerdo que somos un equipo. No actúas solo en esto.

Jungkook sonrió apenas.

—¿Volvió la faceta directora de Marketing sabelotodo?

—No empieces.

Tomé otro sorbo de café.

Y mientras observaba a las personas que seguían llegando al lugar, entendí que aquella prueba nunca había sido solamente una prueba.

Jungkook estaba intentando demostrar que Edén podía convertirse en algo que la gente quisiera.

Y ahora sabía que también estaba intentando demostrarlo antes de que alguien más se quedara con nuestro terreno.

Blackwell.

El nombre por sí solo ya me producía una sensación desagradable.

Pero había algo más.

Algo que todavía no sabía cómo explicar.

Y que tenía que ver con una persona que prefería no encontrarme.

_______________________________________

El trayecto de regreso a la oficina fue extrañamente silencioso.

Yo iba revisando algunos de los datos que había anotado durante la prueba mientras Jungkook conducía mi auto. Él mismo se había ofrecido a hacerlo, para que revisara los planos tranquila. No me quejaba para nada.

La permanencia promedio seguía aumentando.

El consumo también.

Y la cantidad de personas que habían regresado después de irse era mucho más alta de lo que esperaba.

Cerré la carpeta.

—Los resultados son prometedores.

Jungkook mantuvo la vista en el camino.

—Lo sé.—asintió con cierto alardeo

—No vuelvas a decirlo así.—gruñí fastidiada

Sonrió aún más.

—¿Cómo?

—Como si estuvieras esperando que te lo reconociera desde que nos conocimos.

—No he estado esperando tanto...

Lo miré incrédula. Supe por su tono de suspenso que él quería que preguntara.

—¿Cuánto esperaste? Ilumíname

—72 horas.

No pude evitar una pequeña risa.

Jungkook me miró de reojo.

—Ahí está...—murmuró más para sí que para mí

—¿Qué?—pregunté, confundida

—Nada.

Volví a mirar por la ventana. Un poco avergonzada e incómoda de esa interacción y no sabía porque.

Cuando llegamos a Montclair, recuperé inmediatamente mi expresión habitual. Mi postura relajada se transformó en una erguida, un poco intimidante. Los músculos de mi rostro, ligeramente mas relajados, se endurecieron.

Mis ojos fueron a el edificio. Las personas entrando y saliendo, los teléfonos sonando sin cesar.

Las reuniones.

Los problemas.

El ajetreo constante y los empujones.

Todo volvió a ocupar su lugar.

Caminamos juntos hasta mi oficina. Louisa ya estaba esperando, su rostro no pudo evitar transformarse en uno lleno de pánico.

Tenía varias carpetas sobre el escritorio.

—Por fin llegaron—dijo.

La miré.

—¿Qué ocurrió?

—Blackwell presentó una propuesta formal esta mañana.

Jungkook se detuvo.

—¿Formal?

Louisa asintió.

—Están intentando acelerar la negociación con los propietarios.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Cuánto ofrecen?

—Todavía no tenemos la cifra exacta. Pero es superior a nuestra última propuesta.

Me acerqué al escritorio.

—Quiero ver qué presentaron.

Louisa me entregó una carpeta, la abrí bruscamente sin poder controlar mi ansiedad.

Planos. Proyecciones. Estudios de mercado.

Una propuesta de desarrollo.

Pasé las páginas rápidamente.

Y entonces me detuve.

Miré una de las imágenes.

Después otra.

Y otra.

Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.

—No puede ser.

Jungkook se acercó.

—¿Qué?

Le mostré el plano.

—Mira.

Lo observó unos segundos.

No dijo nada.

Seguí pasando las páginas.

Una plaza central abierta.

Espacios verdes.

Restaurantes con terrazas.

Un escenario para actividades culturales.

Mercados temporales.

Áreas para niños.

Espacios destinados a exposiciones y eventos.

Incluso habían incorporado una propuesta de programación comunitaria.

Era Edén.

No parecido.

No inspirado.

Edén.

Nuestra idea.

La que habíamos desarrollado durante años.

La que todavía ni siquiera habíamos terminado de construir, y ya querían arrebatarla de nuestras manos.

—Nos copiaron —dije, entre dientes. Por primera vez en mucho tiempo, no oculté mi rostro desencajado de rabia.

Jungkook tomó la carpeta.

Pasó algunas páginas más.

Su expresión cambió.

—No solo copiaron la idea.

—¿Qué quieres decir?

Señaló una de las páginas.

—Mira esto.

Me acerqué.

Habían utilizado una estructura conceptual prácticamente idéntica a la que Jungkook había presentado en nuestra primera reunión.

La misma lógica.

La misma distribución general.

La misma combinación de experiencia, cultura, comercio y espacios comunitarios.

—¿Cómo consiguieron esta información?

Jungkook negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé...

—Esto no puede ser una coincidencia.

—No.

Cerré la carpeta de golpe.

—Entonces alguien les pasó información.

—Probablemente.

Lo miré.

—¿Tienes alguna idea de quién?

—Todavía no.

Respiré profundamente.

—Pues empieza a averiguar. Los únicos que tenían acceso a tus conceptos y planos era tu equipo. Marketing solo se encargaba de los números y la competencia.

—No hace falta que me recuerdes lo que ya sé.—Jungkook se encontraba visiblemente molesto y por primera vez, también presencie otra emoción en ese rostro que no fuera una risa risueña o una mirada curiosa.

Jungkook apoyó las manos sobre la carpeta.

—Ahora tenemos que demostrar que Edén es nuestro antes de que Blackwell pueda venderlo como suyo.

Lo miré.

Volví a abrir la carpeta.

Miré nuevamente los planos de Blackwell. Sentí una mezcla de rabia y preocupación.

No me gustaba perder.

Pero había algo mucho peor que perder.

Que alguien tomara algo que habíamos construido durante meses y lo presentara como propio.

—Voy a hablar con los directivos.

Jungkook asintió.

—Yo prepararé toda la documentación del proyecto.

—Y los registros.

—Todos.

Lo miré.

—Quiero cada versión de Edén. Cada presentación. Cada correo. Cada aprobación. Todo lo que pueda demostrar cuándo nació esta idea y cómo evolucionó.

—Tengo todo.

Lo observé. Sonrió apenas.

Por primera vez no me molestó su manera de entrometerse en todo.

Esta vez, incluso agradecí que lo hiciera.

Porque ahora teníamos un problema mucho más grande que nuestro presupuesto.

Blackwell no quería simplemente quedarse con nuestro terreno.

Quería quedarse con Edén.

Jungkook seguía revisando los documentos cuando algo llamó su atención.

—Espera.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

Volvió unas páginas.

—Esto no estaba en la presentación inicial.

Me acerqué.

—¿Qué cosa?

Señaló un pequeño apartado del documento.

Lo leí.

Era una descripción bastante específica de una de las zonas de Edén.

Una idea que Jungkook había planteado durante una de las primeras reuniones internas.

Una idea que todavía no habíamos presentado públicamente. Nadie debería saberlo a excepción de su equipo y él.

—Eso no estaba en ningún documento externo —dije.

—Lo sé.

Pasé otra página.

Había otra.

Y otra.

Detalles sobre la distribución.

El concepto de los mercados temporales.

La programación cultural.

Incluso algunas de las características que todavía estábamos evaluando para la zona infantil.

Sentí que la preocupación que tenía en el estómago se transformaba lentamente en rabia.

—¿Cuántas personas tienen acceso a estos documentos?

Jungkook me miró.

—Demasiadas.

Cerré la carpeta.

—Entonces tenemos una filtración.

—Parece que sí.

Me levanté.

—Quiero una lista de todas las personas que tuvieron acceso al proyecto desde que comenzó.

—¿Incluyéndonos?

—A todos.

Jungkook asintió.

—Lo conseguiré.

—Y quiero que se suspenda temporalmente el acceso a las carpetas de Edén.

—¿No será demasiado evidente?

Lo miré.

—Prefiero parecer paranoica antes que descubrir dentro de una semana que Blackwell tiene nuestros planos completos.

Jungkook sonrió apenas.

—Definitivamente volvió la directora de Marketing.

—Nunca se fue.

Me acerqué a la ventana.

Desde allí podía ver parte del movimiento de la ciudad.

Personas caminando.

Autos.

Edificios.

Todo continuaba como si nada.

Como si nuestro proyecto no estuviera a punto de convertirse en una guerra empresarial.

Mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Lo tomé.

Un correo nuevo.

Blackwell Developments.

Abrí el mensaje.

La primera línea me hizo tensar la mandíbula.

Estimada señora Manoban:

Nos gustaría solicitar una reunión para conversar sobre el futuro del terreno destinado al proyecto Edén y encontrar una solución beneficiosa para ambas compañías.

Quedo atenta a su respuesta,
Claire Blackwell
Directora de Marketing
Blackwell Developments

Me quedé mirando la pantalla.

No.

De todas las personas que podían haber enviado ese correo...

Jungkook notó mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Bloqueé el teléfono, casi en señal de asco.

—Tenemos una reunión.

—¿Con Blackwell?

Asentí.

—Así parece.

—¿Quién va a representarlos?

Lo miré.

Por un instante pensé en mentir.

Pero no tenía sentido. De nada servía mentir, solo quedaría aún más en ridículo tarde o temprano.

—Claire Blackwell.

Jungkook esperó alguna explicación.

No se la di. Me mantuve en silencio porque no sabía cómo explicarle que aquella mujer no era solamente una ejecutiva de la competencia.

Era una parte de mi pasado que jamás había querido volver a ver.

Y ahora estaba intentando quedarse con algo que yo llevaba meses construyendo.

Por supuesto que tenía que ser ella.

Extrañamente, la vida tenía una rara forma de hacernos conectar con las personas. Nuevamente me cruzaría con alguien que anteriormente me había arrebatado mi matrimonio.

Ahora quería arrebatarme Edén.

Por supuesto, no pensaba dejarle nada esta vez. Ni siquiera las sobras.

_______________

Esa noche, al regresar a casa luego de una jornada agotadora y extensa de trabajo encontré un mensaje de Emet, el padre de Isaac.

"¿A qué hora paso por Isaac mañana?"

Lo leí dos veces.

No porque no entendiera la pregunta, sino porque él conocía perfectamente la respuesta.

La misma de siempre, de hecho.

Abrí nuestra conversación y escribí:

"Después de la escuela. Como siempre."

Me quedé mirando la pantalla unos segundos antes de enviar el mensaje.

No tardó en responder.

"¿No puede ser antes? Tengo cosas que hacer."

Cerré los ojos.

Claro que las tenía. Siempre las tenía. No importaba si se trataba de su hijo, de un problema o de su madre.

Él había sido así desde que lo conocí.

Despistado.

Impuntual.

Egoísta cuando las cosas no salían como quería.

Y, sobre todo, extraordinariamente bueno para encontrar a alguien a quien culpar.

Emet, le coloqué ese nombre porque sabía que sería un nombre de palabra, honesto, recto, verdadero. Me había dicho su madre orgullosa, nada más alejado de la realidad.

Durante nuestro matrimonio, casi siempre el problema era yo.

Si llegaba tarde, era porque yo no se lo había recordado. Si olvidaba una cita, era porque yo no había organizado bien el día.

Si la casa estaba desordenada, era porque yo estaba demasiado concentrada en el trabajo.

Y cuando nació Isaac, las cosas empeoraron.

Recuerdo especialmente una noche.

Isaac apenas era un bebé de 1 año.

Llevaba horas llorando y ninguno de los dos sabía qué necesitaba.

Yo lo tenía en brazos, caminando de un lado a otro de la habitación, intentando descubrir qué podía calmarlo. En ese entonces ninguno de los dos sabía que el niño estaba dentro del espectro autista y que ese era el problema. Mi angustia crecía con cada llanto.

Émet estaba sentado en el borde de la cama.

—No deja de llorar —dijo.

No respondí.

Seguía intentando calmar a nuestro hijo.

—Lisa.

—¿Qué?

—Haz algo.

Lo miré.

—Estoy haciendo algo.

—Pues no funciona.

Sentí un nudo en el pecho.

Isaac volvió a llorar.

Más fuerte.

Y entonces escuché lo que todavía puedo recordar palabra por palabra.

—Es porque no sabes manejarlo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Siempre haces todo más complicado.

Aquella noche no discutí.

Me quedé callada.

Seguí caminando con Isaac en brazos hasta que finalmente se quedó dormido.

Después fui al baño y lloré en silencio.

No porque creyera que él tenía razón.

Sino porque una parte de mí necesitaba desesperadamente una mano en quién confiar.

Necesitaba pensar que podía hacer algo diferente.

Que podía encontrar la manera de que las cosas fueran más fáciles.

Que si yo me esforzaba un poco más, si aprendía un poco más, si organizaba mejor nuestras vidas, entonces él dejaría de sentirse frustrado.

Y así pasaron dos años.

Yo organizaba.

Yo recordaba.

Yo cedía.

Yo arreglaba.

Yo pedía disculpas incluso cuando no había hecho nada.

Nunca fui una mujer que permitiera que alguien la pisoteara.

Nunca.

En el trabajo podía enfrentarme a una sala llena de ejecutivos sin pestañear.

Podía decirle a un director que su estrategia era una estupidez y salir de la reunión sin sentir culpa.

Podía defender cada decisión que tomaba con entereza. Con números y estadísticas que lo avalaran perfectamente.

Pero con él...

Con él era diferente.

Por alguna razón que todavía me cuesta admitir, durante mucho tiempo acepté vestigios ínfimos de su amor.

Una llamada.

Una disculpa.

Una promesa.

Unas horas de atención.

Cualquier cosa que pudiera convencerme de que todavía estábamos intentando salvar nuestro matrimonio.

Y cuanto más cedía, más esperaba de mí.

Hasta que llegó un punto en el que ya no sabía dónde terminaban sus necesidades y comenzaban las mías.

Isaac tampoco ayudó a que él entendiera las cosas.

O quizá debería decir que él nunca quiso entenderlas.

Cuando Isaac lloraba, era culpa mía.

Cuando tenía una crisis, era porque yo lo había sobreestimulado. Era su madre y debía saber lo que el niño necesitaba.

Cuando no quería estar con demasiadas personas, era porque yo lo había acostumbrado mal.

Cuando algo cambiaba y nuestro hijo reaccionaba distinto, yo había fallado en prepararlo.

Siempre encontraba una explicación.

Y siempre terminaba siendo mi responsabilidad.

Recuerdo haber pasado noches enteras leyendo, buscando información, intentando entender a mi hijo mejor.

Aprendiendo qué le gustaba.

Qué lo calmaba.

Qué cosas podían molestarlo.

Qué señales me daba antes de sentirse abrumado.

Mientras él se quejaba.

Mientras decía que yo estaba exagerando.

Mientras insistía en que necesitábamos que Isaac fuera "más normal".

Aquella frase fue probablemente el principio del final.

Porque podía soportar muchas cosas.

Pero nunca iba a permitir que mi hijo creciera creyendo que había algo malo en él por ser quien era.

No sabía cómo sería nuestra vida.

No sabía qué necesitaría Isaac de nosotros cuando creciera.

Pero sí sabía algo.

No iba a pedirle a mi hijo que cambiara para hacerle la vida más cómoda a nadie.

Ni siquiera a su padre.

Mi teléfono volvió a vibrar, sacandome de la tormenta de pensamientos que se me venía encima.

¿Entonces después de la escuela?

Miré el mensaje.

Escribí:

"Sí. No va a faltar a clases porque a su padre se le ocurrió que quería más tiempo libre"

Esta vez no expliqué nada.

No justifiqué nada.

No pregunté si le parecía bien.

Solo envié la respuesta.

Me quedé mirando la pantalla.

Era curioso.

Había pasado años aprendiendo a decir que no.

Y, sin embargo, había tardado tanto tiempo en entender que también podía hacerlo con él.

Guardé el teléfono.

Mañana volvería a verlo.

Como tantas otras veces.

Porque ya no éramos marido y mujer.

Pero seguíamos siendo los padres de Isaac.

Y esa era una de las pocas cosas que todavía nos obligaban a permanecer en la vida del otro.

Al llegar a la casa, me di una ducha rápida y me recosté a dormir. La verdad es que no podía conciliar el sueño, mi mente iba a Claire y a Emet, al proyecto Edén, y en las ganas inexplicables que tenía de querer dormir abrazada.

Me levanté de mi cama, caminé en silencio hasta el cuarto de Isaac y me recosté junto a él. Sus manitos al verme me rodearon el cuello y por fin sentí la sensación de que podría dormir en paz, el alivio recorrió cada músculo de mi cuerpo. Mis ojos se cerraron antes de que siquiera lo pensara, adentrándome en el mundo de los sueños.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top