67.
DAÑOS IRREPARABLES
Una semana después.
—Fue mi culpa —soltó Shep.
Becca, sentada en el césped con las rodillas contra el pecho, lo miró de reojo.
—¿Qué dices?
—Él no quería hacer esa fiesta. Lo convencí —carraspeó, afectado—. Estaba feliz porque le permitieron seguir en el equipo escolar. No sería como antes, pero al menos no tendría que dejar el básquet. Ahora, ni siquiera... —suspiró—. No lo puedo ni pensar. Perdón, Becca. Lo lamento tanto.
—Shep, no. No es tu culpa —inclinó la cabeza hacia un lado y la apoyó en su hombro—. Él... Joseph me encontraría de cualquier forma. En todo caso, ha sido culpa mía. Yo metí a Colton en todo este infierno —su voz se apagó—. Estaba mejor sin mí.
—No digas eso. Nunca más —pronunció el chico con firmeza—. Cole se enfadaría si te escuchara hablar así. Tú le cambiaste la vida. Era feliz con el básquet, sí, pero tú lo hacías sentir vivo. Había algo en su mirada que se encendía cuando se trataba de ti... Una luz que no aparecía con nadie más. Solo contigo.
«Solo quiero que vuelva a mirarme así».
—Lo extraño demasiado.
—Yo también, Becca. Nunca habíamos pasado tantos días sin vernos —su pecho se encogió, repleto de angustia.
Sin embargo, tras ver a la chica hundiéndose en la tristeza, supo que debía hacer algo. Reaccionar. Los dos estaban cayendo en un pozo. Alguien tenía que poner un freno y él lo intentaría. Así como su mejor amigo lo habría hecho. Sorbió la nariz y reprimió las lágrimas que amenazaban con florecer.
—Eh, debo recoger a mi hermanita del preescolar. ¿Por qué no me acompañas? Será bueno que des un paseo.
—Uhm... Está bien —accedió, quitándose las lágrimas. Ivy era un alma pura e inocente que desprendía alegría dondequiera que estuviera. Le haría bien verla—. Es una buena idea.
Shepherd le extendió la mano y, de un tirón, la ayudó a ponerse de pie. A lo lejos, Julian, Kaylee y Daisy los observaron marcharse del instituto. Así, sin despedirse. Sin dar explicaciones. Sin más. Nadie podía negar que, después de la fatídica noche, Shepherd y Becca se habían vuelto más unidos, de un modo que nadie más podía entender. Compartían el mismo sentimiento profundo de tristeza.
Tres semanas después.
—Becca, cariño. Tienes que ir al instituto. No puedes saltarte más clases —pidió Maggie con cariño, descorriendo las cortinas de su habitación.
El sol bañó las paredes y llegó a sus ojos entreabiertos. Emitió un suspiro pesado.
—No quiero.
—No puedes quedarte todo el día en cama.
—Sí. Sí puedo.
—Cielo, tienes diecisiete años —suavizó la voz—. Tienes un futuro brillante por delante. Entiendo que ahora mismo todo duele, pero tienes que tener esperanza. Eres demasiado joven —la miró, comprensiva—. Vamos. Prepararé un desayuno completo.
No se negó, pero tampoco accedió. Simplemente permaneció inmóvil arrugando los ojos a causa del sol. Los días se volvían cada vez más pesados. Eternos. No estaba segura de poder lidiar nuevamente con todo aquello. En aquel instante solo deseaba dormir; soñar que Colton volvía a colarse por su ventana, la hacía reír con sus tonterías y se metía a la cama para acurrucarse a su lado mientras la abrazaba sin ánimos de alejarse. Un momento tan simple como pasar el rato juntos era lo que más deseaba en el mundo. Y aun así, con lo fácil que sonaba, no lo podía obtener.
—Becca Larsen, sal ahora mismo de esa cama o te sacaré yo mismo —apareció Julian.
—¿Me estás amenazando?
—En absoluto —levantó las manos en señal de inocencia—. Te lo estoy prometiendo.
—Oh.
—Ya escuchaste —se cruzó de brazos—. Hora de levantarse.
—Julian...
Paciente, él se acomodó a la orilla de la cama mientras ella se inclinaba hasta sentarse.
—Hablo en serio, Beck. Tenemos que ir a clases —insistió—. Mira el lado bueno. Vas a ver a las chicas, a Shep. Te vas a distraer. Será peor quedarte aquí sola. ¿No lo crees?
—No lo sé, Juls —los ojos se le cristalizaron—. Es que... solo quiero echarme a llorar cuando lo busco por los pasillos y recuerdo que no está. No puedo.
—Sí puedes, hermanita. Colton insistiría en que lo hicieras. No tengo dudas —la animó—. Además... la última vez que el director habló con mamá, dijo que tu rendimiento académico estaba mejorando notablemente. No lo eches a perder. Te costó demasiado obtenerlo.
—Lo sé —suspiró, angustiada—. Cole tuvo mucho que ver en eso. Él... durante el tiempo que estuve en su casa, me ayudó con las asignaturas. Una por una. Fue tan paciente conmigo, Juls. Me repitió quince veces un ejercicio de matemática hasta que lo entendí —sonrió ligeramente—. Quiero estar con él.
Bajó la mirada, incapaz de mantener la atención lejos de la tristeza. Las lágrimas se abrieron paso como un evento espontáneo de la naturaleza. Imparables. Y, como los días previos, Julian se encargó de contenerla entre sus brazos comportándose como el hermano mayor que se mantenía fuerte por los dos. Nada importaba si pasaban días sin hablar demasiado o si en el instituto cada uno hacía su propio camino. Al final de todo, él la sostenía.
—Bueno, lamento interrumpir el momento, pero se está haciendo tarde —Shepherd ingresó a la habitación e intentó aliviar la tensión—. Arriba, Beck. ¿Dónde está tu uniforme? —revisó la estantería de ropa, en un movimiento entrometido.
—Compórtate, Shepherd —lo regañó Daisy—. No seas tan bruto.
—No estoy siendo bruto, solo trato de subir el ánimo.
—La forma en que lo haces es brusca.
—¿Algún día algo de lo que haga te parecerá bien, eh? —la enfrentó, dejando en evidencia que algo ocurría entre los dos. Tenían un par de temas que resolver en privado—. Yo también estoy haciendo un esfuerzo enorme por mostrarme animado.
La mirada de Daisy se enterneció. De inmediato se arrepintió por haberlo tratado de ese modo. Sin embargo, no tuvo tiempo de decir nada porque una suave risa de Becca inundó la habitación. Al menos la estúpida discusión había sido útil.
—¿Qué es lo gracioso? —Shep preguntó en un tono divertido.
—Ustedes —respondió Becca—. Me subieron el ánimo sin siquiera intentarlo. Gracias por estar aquí, chicos.
—¿Ves? No fui brusco. La animé —justificó a Daisy, que negó con la cabeza, aunque no pudo ocultar la sonrisa—. Muévete, rubio, quiero abrazar a mi mejor amiga —bromeó, apartó a Julian y envolvió a Becca entre sus brazos. No la soltó. Por el contrario, la estrechó con más fuerza hasta sacarla de la cama; no permitiría que pasara un segundo más hundiéndose en la miseria.
Aún no del todo convencida, Becca se dejó hacer entre lágrimas y sonrisas. Era una verdadera afortunada por tener esa clase de amigos.
Seis semanas después.
Mordió con fuerza el labio inferior hasta que sangró. En aquel instante se dio cuenta de la herida que se había causado. Inconsciente. Nadie más conocía aquel mal hábito, excepto Colton. Él era el único que lo sabía todo sobre ella. Imaginó el modo cariñoso en que la habría regañado y experimentó una amarga punzada en el estómago. También tenía las uñas hechas un desastre; Maggie las pintó con esmalte aquella mañana, pero Becca no pudo resistir el impulso de morderlas.
Debió suponer que tendría demasiado tiempo libre para pensar en ese viaje interminable. No podía dejar de jugar con el colgante de su collar —moviéndolo de un lado a otro— y estaba haciendo un gran esfuerzo por no tocarse la cara. Llevaba una ligera capa de maquillaje que no quería estropear. Aunque, de cierto modo, se arrepentía de haber puesto máscara de pestañas porque las lágrimas amenazaban la mayor parte del tiempo. Quizá habría bastado con un poco de corrector para cubrir las ojeras.
Impaciente, respiró hondo y cruzó los brazos sobre el pecho. «Quieta», se dijo a sí misma. Se hundió en el asiento, volteó hacia la ventana y contempló un campo repleto de flores silvestres donde prevalecían las lilas. Eso la hizo pensar en él. En aquellos días que se perdieron juntos en la naturaleza, llenando los silencios con conversaciones profundas y confesiones, siendo vulnerables el uno con el otro, sin ningún tipo de miedo. Nunca se juzgaron. Colton jamás la miró como un bicho raro cuando le confesó el oscuro lugar del que provenía. Becca no lo convirtió en un hombre débil cuando le contó acerca de los preocupantes episodios que sufría a causa del corazón. Lograban verse debajo de todas las capas. A corazón abierto. Sin muros.
Lo echaba tanto de menos que quería ponerse a llorar y gritar en medio de la carretera como si aquella rabieta pudiera arreglar algo. Al menos descargaría su tristeza. Al menos las personas la escucharían. Al menos el mundo sabría lo injusto que había sido con un muchacho increíble llamado Colton Bradford. «Debía ser yo», pensaba a diario, desde aquel episodio que lo cambió todo. Ella debió pagar las consecuencias al huir de Joseph.
Antes de que las lágrimas pudieran arruinar su maquillaje, las reprimió presionando el puente de la nariz. «No llores. No llores. Todo irá bien. Todo volverá a la normalidad algún día», intentó animarse. Es que, a pesar de lo mucho que todos a su alrededor cuidaban de ella, nadie se asemejaba a Colton. Los días sin él se sentían como si hubiera sido arrojada a un mundo ajeno, donde no sabía el idioma, cómo actuar o comportarse, mucho menos cómo defenderse. Desprotegida.
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