66.
ÁNGEL GUARDIÁN
—¡Ey! ¡Detén el auto! —gritó sin dejar de correr detrás del vehículo, que cada vez adquiría más velocidad—. ¡Mierda! —continuó, tratando de mantener la respiración armónica para no disminuir la agilidad.
No estaba pensando en absoluto en lo que hacía. No tenía idea de cómo iba a lograr detenerlos, pero los tenía bajo su vista. Becca estaba ahí dentro. Los fuertes sentimientos que ella le despertaba lo mantenían en vilo, como si fueran una especie de gasolina para no dejarse caer.
A causa del horario nocturno, la carretera se encontraba, en su mayoría, despejada. Un par de jóvenes que caminaban por la acera voltearon confundidos al verlo pasar, mientras que los autos continuaban su camino porque no podían entender lo que estaba ocurriendo.
—Muévete, muchacho. Te van a atropellar —gritó un conductor exasperado que lo esquivó de milagro.
Él lo ignoró. Siguió corriendo; el latido cardíaco se incrementó al igual que su respiración; podía sentir los músculos contraerse como si estuviera corriendo un maratón o, simplemente, como si estuviera disputando su partido más importante. Lo era. Becca estaba en ese auto, tenía que alcanzarlo de cualquier modo. La única forma de ganar era sacarla de ahí antes de que se perdieran de su vista.
Joseph Warren estaba siendo investigado por la justicia; en todo ese tiempo no habían reunido pruebas suficientes para detenerlo; sin embargo, el hombre lo sabía. Debía moverse. Ocultarse en algún sitio del mundo donde no lo pudieran encontrar fácilmente. Aislar al resto de sus fieles para que se mantuvieran devotos a su persona. Algo le decía que, si ese tipo conseguía escabullirse, no volverían a ver a Becca en mucho tiempo. Tal vez, nunca más. «Le prometiste que la protegerías». «Ella cree en ti». «Resiste».
Un halo de esperanza lo iluminó cuando el semáforo en una esquina marcó la luz roja y un camión con acoplado que atravesaba la calle horizontal le bloqueó el camino. El vehículo no tuvo más opción que detenerse. Preso de la desesperación, Colton sacó al conductor y lo empujó lejos, lo que le dio unos segundos de ventaja para abrir la puerta trasera. Halló a Joseph Warren sentado con Becca atrapada en sus brazos; este le dedicó una sonrisa sádica, como si estuviera a punto de lanzar uno de sus discursos manipuladores, pero Colton no le dio tiempo ni siquiera a mover la boca. Lo agarró del cuello y forcejeó con el sujeto hasta que consiguió sacarlo del vehículo; le habría dado una paliza, pero Becca era su principal preocupación.
La chica permanecía tendida sobre los asientos traseros. Inconsciente. Se quedó sin aliento cuando se dio cuenta de que no reaccionaba.
—Becky, ey, estoy aquí —pronunció con la voz afectada—. Soy yo, tu ángel guardián. ¿Me escuchas? —murmuró, entre el sonido de las sirenas que emitía la patrulla de policía, indicando que estaban cerca. Aullidos rápidos y fuertes—. Te sacaré de aquí. Estarás bien.
En simples movimientos, Colton la recogió en sus brazos y la sacó del auto. No era la primera vez que hacía aquello; había sujetado a su novia mil veces de aquella forma; sin embargo, en aquel instante sintió que su cuerpo estaba débil. Los brazos temblaron. Las piernas le flaquearon. Poco más allá del vehículo, consiguió arrodillarse en el piso y mantener a Becca junto a él, buscando una reacción de su parte.
Notó que la respiración de Becca era lenta, superficial. En cambio, su respiración era rápida y fuerte. El mismo ritmo que tenían los latidos de su corazón. El dolor en el pecho apareció y empezó a expandirse desde el centro hacia los laterales. Suavemente, apoyó el cuerpo de Becca sobre el asfalto y mantuvo la cabeza en sus piernas, tratando de ser lo más cuidadoso posible. Sostuvo su mano con fuerza y le prometió en silencio que todo estaría bien.
—No pasa nada, Becky. Estamos juntos. Estamos bien. Estás a salvo, preciosa —repitió entre lágrimas—. Despierta, por favor.
La necesitaba. Necesitaba mirarla a los ojos. Escuchar su voz. Verla sonreír de alivio.
—Eh, muchacho. ¿Qué pasó? —elevó la mirada y se encontró con un agente que se aproximaba a paso rápido. A una orilla, había dos patrullas detenidas—. ¿Se encuentran bien?
—No lo sé —titubeó. Por primera vez, Colton no encontraba seguridad en sí mismo—. Es mi novia. La quisieron secuestrar, los detuve, pero... Ella necesita ayuda, por favor —imploró entre lágrimas y con la respiración agitada.
—Una ambulancia está en camino —aseguró—. ¿Puedes decirme si esos son los tipos? —señaló a los hombres que estaban siendo interceptados por unos agentes contra una pared. Los reconoció de inmediato y asintió—. De acuerdo. Quedarán detenidos —afirmó al mismo tiempo que se inclinaba para tratar de ayudar—. Tiene pulso. Está respirando —comprobó los signos vitales, dando algo de tranquilidad a Colton—. ¿Cómo se llama?
—Eh... Becca.
—¿Qué le pasó?
—No sé, ella... Ella estaba bien. Hace media hora estaba conmigo —la desesperación, junto a su inestabilidad interna, no le permitía pensar con claridad. Estaba demasiado concentrado obligando a su cuerpo a mantenerse fuerte—. No sé qué...
«Ahora no». «No puedes rendirte». «Becca te necesita».
Se desplomó y cayó contra el piso. Su cuerpo golpeó contra la dura superficie, causando un ruido seco. Becca continuó inerte, sin reaccionar. Mientras la ambulancia se acercaba a la escena, el agente auxilió a Colton; descubrió que no respiraba. Su corazón había colapsado. De inmediato, comenzó a realizar las maniobras de reanimación durante unos pocos minutos, hasta que la ayuda se hizo presente y el chico quedó en manos de los paramédicos.
«¡Preparen el equipo de reanimación!», exclamó uno, tras cargar a Colton en una camilla que dirigían al interior del vehículo. Mientras tanto, Becca estaba siendo cargada en otra —todavía inconsciente— y los agentes terminaban de requisar a los criminales para llevarlos detenidos. A pesar del cambio de apariencia, no tardaron en identificar a Joseph Warren, que tenía una orden de captura desde que Becca escapó de Sion Creek y confesó a la policía lo que sucedía ahí. Su acompañante era otro tipo sumido en la secta, dispuesto a cumplir las órdenes del superior —aunque fuera secuestrar a una adolescente—.
De algún modo, el círculo se cerró. Joseph fue capturado. Sion Creek había llegado a su fin. Y Becca estaba a salvo, porque un ángel llegó justo a tiempo para rescatarla; así como lo hizo el día que la conoció.
🤍🏀🤍
Creyó escuchar su nombre. «Becky, ey. Becky. Estoy aquí». Después, nada. Luego, su voz, otra vez. «Soy yo, tu ángel guardián». Todo se mezclaba. Murmullos. Un pitido. El blanco resplandeciente de las paredes. No sabía si estaba soñando o se trataba de alguna clase de pesadilla; percibió la boca seca y un punzante dolor de cabeza. «Vendrás conmigo y te castigaré hasta sacarte todos esos pecados que llevas encima». Otra voz la atormentó.
—No. No puedes encerrarme. No voy a quedarme contigo —repitió, alarmada—. ¡Ayuda! Tengo que salir de aquí —imploró, mientras un par de manos sujetaban sus hombros y alguien más intentaba calmarla.
—Beck... Beck, tranquila. Soy Julian, ey —expresó, consiguiendo que se mantuviera quieta en la cama.
Ella le devolvió una mirada confusa junto al ceño fruncido.
—¿Qué...? ¿Dónde estoy?
—Estás en el hospital, Becca.
—¿Qué pasó? ¿Por qué están aquí? —logró enfocar la mirada y reconoció a Julian, luego a Shep. Ambos tenían expresiones sumergidas en tristeza—. No... No entiendo qué pasa —se hundió en la cama reclinada; mientras su rostro se empapaba en lágrimas, se avergonzó de sí misma por no poder comprender el motivo de tal angustia—. Estaba Joseph. Él... quería llevarme. ¿Dónde está?
—Está preso —pronunció Julian con seguridad—. Se terminó, Becca. Lo han atrapado —quería ponerse feliz, pero algo dentro de sí misma no se lo permitió—. Intentó capturarte, pero no lo consiguió. Al parecer, te dio una droga sumamente fuerte; eso te dejó inconsciente —explicó. Aún esperaban los resultados de los análisis para saber qué le había administrado.
—¿Colton? ¿Dónde está? Yo... Él estaba conmigo.
Shep tragó saliva. Toda su expresión se desencajó y, abrumado, se dejó caer a un lado de Becca, rodeándola entre sus brazos.
—Sí. Él te salvó —reveló, demostrando que no estaba loca. No lo había soñado—. Las cosas... se salieron un poco de control. Ahora tienes que descansar, ¿sí?
—Estoy muy cansada.
—Los médicos dijeron que lo estarías. Es normal. Duerme un poco más, Beck —sugirió Julian; ella aún permanecía algo desorientada, somnolienta y con pensamientos nublados. Cualquier tipo de noticias la alteraría —especialmente las terribles— y querían evitar que pudiera dañarse a sí misma.
Shepherd, destrozado, inspiró profundo y abrazó con fuerza a su amiga, dejándola hundirse en su pecho. Tal como Colton le habría pedido que lo hiciera.
—Quiero ver a Cole —sollozó.
—Lo sé. Pero ahora mismo necesitas tranquilizarte y descansar, todavía estás un poco tonta por esa droga, eh —se animó a bromear y ella sonrió ligeramente; oír a Shepherd hacer un chiste le dio la momentánea sensación de que todo iba bien.
Cerró los ojos y, mientras lágrimas corrían por sus mejillas, tuvo la sensación de caer en una profundidad grande e imponente, como si fuera una fosa oceánica infinita.
—Eso es. Duerme un poco más —la voz de su amigo fue lo último que escuchó antes de sucumbir por completo al oscuro vacío.
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