65.
EL PRINCIPIO DEL FIN
Había otro hombre dentro del vehículo, que hacía de conductor. Becca no consiguió vislumbrar de quién se trataba, pero sí reconoció a Joseph. El sujeto que dictaminó las reglas de su vida desde que era pequeña. Le sorprendió el mal aspecto que poseía —su barba estaba crecida y su vestimenta, desarreglada—, dado que Joseph imponía elegancia y pulcritud; le obsesionaba que los espacios estuvieran limpios, al igual que sus fieles, procurando que llevaran el cabello prolijamente recogido o suelto.
En cuanto detectó su mirada, supo que había venido por ella. Era evidente que nunca se rindió, tan solo esperó el tiempo suficiente para encontrarla con la guardia baja. Allí, en medio de una carretera despejada, Becca experimentó una punzada en el estómago y sintió que todo estaba perdido. Estaba paralizada. Su cuerpo no respondía; como si estuviera a su merced, dispuesto a seguir las órdenes de aquel ser superior, a quien jamás cuestionaban porque creían fielmente en sus palabras. El elegido de Dios.
Becca observó la cruz que el hombre llevaba alrededor del cuello y las ganas de llorar se atascaron en su garganta. Atrás había quedado su fuerte entrega hacia la religión; atrás habían quedado los días en Sion Creek y los vínculos con sus hermanas, a quienes —más allá de todo— siempre echaría de menos. Era como si hubiera vivido en dos mundos totalmente opuestos.
«Debo correr». Trató de avanzar cuando sintió la mano de Daisy apretar su hombro. Daisy. Ella seguía ahí. No podía permitir por nada del mundo que hicieran daño a su mejor amiga.
—Ya tuviste suficiente tiempo habitando este mundo de pecadores, Rebecca —pronunció Joseph—. Hora de regresar a tu verdadera casa con tu gente.
—No —levantó la cabeza—. No iré a ninguna parte.
—¿Estás segura? —inquirió, aproximándose—. Todos en Sion Creek estamos pagando el precio de tu traición. ¿Te contaron eso? Tú decidiste pecar sin importar las consecuencias, niña. Los castigos llegaron en forma de enfermedad; varias de tus hermanas han muerto. Tu deber es remediarlo, tienes que regresar y encomendar tu vida a Él. Así conseguirás el perdón, ¿recuerdas cómo funciona?
Los ojos se le humedecieron. Su respiración se volvió superficial. Ellas no podían estar muertas. No lo estaban. No sería justo.
—Becca, no lo escuches. Vámonos de aquí —murmuró Daisy al mismo tiempo que sujetaba fuerte su mano—. A la cuenta de tres. ¿Sí? Uno, dos, tres...
Becca intentó echarse a correr, pero no funcionó. Joseph la sujetó de los hombros obligándola a detenerse.
—Quieta —ordenó—. Ven a casa por las buenas o tendré que llevarte por las malas. Tú eliges, Rebecca.
Rebecca. Ese nombre le resultaba ajeno. Nadie la llamaba por su nombre completo en su nueva vida. Para todos era simplemente Becca, Beck o su favorito, Becky.
—No. Esta es mi verdadera casa —alzó la voz—. Aquí está mi gente. Aquí tengo todas esas cosas que jamás imaginé que tendría... Aquí entendí cómo se siente que te quieran. Tienes que saber que, si me llevas contigo ahora, tarde o temprano encontraré el modo de regresar. Lo haré. Ellos pelearán por mí. Moverán cielo y tierra para encontrarme. Tú... no podrás tenerme encerrada, nunca más.
—Se terminó —impuso un tono de voz más firme—. Perteneces a Sion Creek, ¿lo entendiste? —la arrastró hacia él, sujetándola del cabello. Daisy gritó—. Vendrás conmigo y te castigaré hasta sacarte todos esos pecados que llevas encima, ¿escuchaste?
—¡Suéltala, enfermo! —exclamó Daisy, que sacó las garras e intentó forcejear con el tipo. Becca también trató de liberarse, pero el conductor descendió, sostuvo a la joven de la cintura y la empujó lejos. De rodillas, observó cómo los hombres arrastraban a su amiga hacia el interior del vehículo—. ¡No! ¡Déjenla! ¡No se la pueden llevar! —continuó gritando al mismo tiempo que intentaba ponerse de pie—. ¡Auxilio! ¡Se están llevando a Becca!
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Shepherd pasó un par de minutos inclinado sobre el retrete hasta que lo expulsó todo. Colton le alcanzó un vaso de agua y bebió de a sorbos. Luego, lo ayudó a ponerse de pie y le mojó el rostro con agua fría, procurando despejarlo. Trató de convencerlo de tomar una siesta en su cama, pero el muchacho estaba demasiado inquieto y dijo que no.
—Solo quiero hablar con Daisy —lloriqueó.
—No es buena idea teniendo en cuenta el estado en el que estás —aconsejó—. Duerme un poco, Shep. Mañana lo arreglas.
—No. No quiero dormir. Volvamos a la fiesta. Al menos déjame disfrutar lo que queda.
—Está bien. Pero nada de alcohol. ¿Escuchaste? Ni un sorbo.
—Entendido, papá.
—Idiota. Vamos —se apresuró.
Dado que Shepherd estaba medianamente compuesto, ansiaba encontrar a Becca. Quizá aún estaban a tiempo de retomar el momento que su amigo interrumpió o simplemente pasar el resto de la fiesta juntos. En la planta baja, buscó a Becca a través de la multitud. Divisó a Kaylee y Julian tonteando en un rincón de la sala principal, pero decidió no interrumpir y tomó distancia antes de que ellos pudieran notar su presencia. Shep se mantuvo cerca —aún guardaba la esperanza de tener una conversación con Daisy— mientras Colton se acercaba a un grupo de colegas y preguntaba si habían visto a alguna de las chicas.
«Becca salió hace un par de minutos», respondió uno y señaló la entrada principal. No comprendió el motivo de la repentina punzada en su estómago. «Ella simplemente salió a respirar», pensó. Sin embargo, la inquietud lo llevó de inmediato hacia afuera. Y allí fue cuando escuchó el griterío. Le llevó unos segundos —que se tornaron eternos— darse cuenta de dónde provenían; entonces corrió hacia la carretera.
Divisó, poco más adelante, a Daisy levantándose del piso. El extraño vehículo. Ninguna señal de Becca.
—¡No dejes que se la lleven, Cole! —gritó la chica, desesperada ante el vehículo en marcha.
Colton percibió el latido veloz de su corazón, que golpeó duro contra su pecho, como si estuviera aprisionado y tuviera la firme necesidad de liberarse. Apretó los puños, experimentando la impotencia de haber llegado tarde. Los pensamientos lo atacaron de inmediato: «Esto no puede estar pasando otra vez». «Prometiste que la protegerías». «Aseguraste que nadie volvería a lastimarla». El auto pasó a su lado, cruzó miradas con el sujeto que ocupaba el asiento de acompañante y pudo reconocer la perversión que brillaba en su mirada. Fue repugnante. De las sensaciones más amargas que había sentido jamás.
Incapaz de permanecer de brazos cruzados, Colton hizo lo que hacía un deportista cada día: correr. Después de todo, tenía práctica y entrenamiento, siempre se había destacado por ser ágil y veloz. En ese instante, lo tuvo perfectamente claro... Rescataría a Becca aunque fuera la última cosa que hiciera.
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