63.
LOS SUEÑOS SE TRANSFORMAN
—Quería pedirte perdón, otra vez.
—Cole, ya hablamos suficiente de esto. Basta de pedir perdón —le dijo dulcemente.
—Nunca será suficiente —insistió—. Te traté como lo haría un imbécil.
—No es así. Estabas enfadado y necesitabas estar solo. Lo entendí, ¿sabes? A mí también solía pasarme, cuando... estaba en el hogar de acogida. A veces estaba tan molesta que ni siquiera tenía ganas de hablar con nadie —expresó, sincera. Tenía la mirada puesta en la extensión del río que atravesaba la ciudad. Permanecían sentados frente al caudal, inmersos en aquel espacio verde que transmitía calma e infinitud—. Además, ya me pediste perdón cuando te metiste en mi habitación. Lo hiciste dos veces. Luego, cuando me recogiste para venir aquí. Y hasta lo escribiste en la carta —bromeó, deseando librarlo de toda culpa.
Colton era demasiado exigente consigo mismo. Se equivocó. Pidió perdón. Lo remedió. Tenía que dejar de torturarse por su comportamiento que, a fin de cuentas, fue entendible.
—Está bien. Simplemente tengo que asumir que fui un imbécil —agregó, aunque en un tono más divertido.
—¡Ey! Deja de llamarte así —regañó—. ¿Por qué no me cuentas cómo te fue con los médicos?
Él bajó la mirada. Había evitado tocar el tema. Cada vez que lo hacía, su cuerpo se cubría de una amargura inevitable. La oscuridad lo alcanzaba. Él quería huir de allí. El sueño de su vida estaba rompiéndose, pero no quería caer; se repetía una y otra vez que debía mirar hacia delante.
—Sí, eso... No me fue tan bien. Lo suponía, de todas formas —dijo, decepcionado—. Tengo una enfermedad crónica, Becky. Miocardiopatía hipertrófica. Así se llama. Sé que suena complicado, pero en realidad significa que... que mi corazón tiene más músculo de lo normal —trató de explicar con sencillez a pesar del dolor que le producía afrontar el tema—. Y ese músculo extra no es bueno. En vez de ayudar, le cuesta bombear la sangre como debería.
Pese a su intento de restar tensión, Becca lo contempló con los ojos repletos de lágrimas.
—Existen formas de tratar eso, ¿no?
Él asintió.
—Los médicos dijeron que tengo que aprender a convivir con esto... con controles y medicación —aseguró—. No es que me vaya a caer desmayado cada dos pasos, pero sí me tengo que cuidar. A veces se me acelera el corazón de golpe, me falta el aire o me agoto más rápido que los demás. Y, bueno... debo evitar ciertas cosas como los deportes intensos o correr como loco, porque ahí es cuando se vuelve peligroso.
—Entonces, no puedes...
—No, no puedo jugar básquet —confirmó sumido en resignación—. Al menos no como se suponía que iba a hacerlo. No habrá liga universitaria ni llegaré a la nacional. Se acabó —apartó la mirada.
Sin embargo, Becca alcanzó a divisar las lágrimas que brotaron de sus ojos. Gruesas. Extensas. Angustiantes.
—Ey, ángel —lo acarició suavemente en la nuca—. No tienes que esconderte conmigo. Háblame.
—Es que la situación me supera. Es una mierda.
—Lo sé. Quizá... Tal vez con el tiempo, cuando esté controlado, puedan encontrar una manera de que retomes el deporte. ¿Es posible?
—No lo creo —elevó el rostro, quitándose las lágrimas. Odiaba llorar. Odiaba aún más llorar frente a alguien—. Al parecer nací así. Es como... un defecto de fábrica. No se irá nunca.
Becca sintió que su pecho se encogía. Sintió que le estrujaron el corazón. Y experimentó un dolor que jamás había sentido antes.
—Lo siento mucho, Cole —se aproximó aún más hacia él, hasta abrazarlo de costado—. Si pudiera hacer cualquier cosa, lo que sea, para que tú pudieras volver a jugar... Lo haría. Te daría mi corazón si pudiera. Sabes que sí. Lamento no poder hacer nada para cambiarlo.
Él asintió. Su mandíbula estaba tensa. Una marea de odio hacia sí mismo lo descolocó; sin embargo, se dejó querer. Permitió que su fuerza se quebrara entre los brazos de su chica y encontró alivio tras aceptar su vulnerabilidad. Se había mostrado fuerte frente a los médicos. Frente a sus padres. Frente a sus entrenadores. Ya no podía más.
Ella levantó una mano y le limpió las lágrimas, como tantas otras veces él lo había hecho por ella. Lo consoló con caricias, prácticamente en silencio. Era lo único que necesitaba: ninguna palabra podía remediar la sensación de pérdida que lo abatía.
—Gracias, Becky. Eres la novia más dulce y hermosa que cualquiera en este mundo desearía tener, ¿sabes? —la hizo sonrojar.
Ella lo besó en respuesta.
—Estarás bien, Cole.
—Si tú lo dices, no tengo dudas.
🤍🏀🤍
Durante la mañana del miércoles, Colton se reincorporó al instituto. Llegó sujetando la mano de Becca. Mientras transitaban el pasillo hacia los casilleros, la mayoría de los estudiantes volteaban a mirarlos por dos razones: por primera vez se mostraban como una pareja consolidada en el instituto —fulminando todo tipo de rumores malintencionados— y, además, corría el triste rumor de que Colton no volvería a jugar básquet —para muchos significaba una gran caída—. La información comenzó a divulgarse cuando, a través de otros jugadores, se hizo de público conocimiento que Colton no se presentó a dar la prueba ante aquel agente deportivo tan importante. Era evidente que algo estaba pasando y pronto sería oficial.
Él actuó con normalidad, recogió sus libros y revisó su horario para recordar qué clase le correspondía. Cerró el casillero y volteó hacia Becca, que había quedado atrapada entre la pared de lockers metálicos y su cuerpo.
—Tengo álgebra —comentó—. ¿Tú?
—Geografía —suspiró. Todavía le costaba adecuarse a las asignaturas.
—Te irá genial, Becky. Almorzamos juntos, ¿no?
—Sí, claro que sí —sonrió, entusiasmada—. No quiero separarme de ti. ¿Puedo ir a álgebra contigo?
—Uhm, no. Estaría tentado a besarte toda la clase. Posiblemente el profesor nos expulsaría —bromeó, haciéndola reír—. Hagamos esto, piensa que cuando salgamos de clases vamos a pasar el resto del día a mi casa. Mis padres no están. Tenemos la casa solo para nosotros.
Becca jugó en el cuello de su camisa.
—Eso solo me pone más ansiosa.
—Concéntrate en geografía, distraída —dijo divertido—. Te veo en un par de horas, ¿está bien? —la besó en los labios.
—¿Bradford? ¿Qué clase de espectáculo es este?
—Eh, entrenador —pronunció nervioso tras divisar a Kampbell—. Estoy teniendo un momento con mi novia.
—Lo necesito en mi oficina. Ahora.
—Solo deme un...
—Ahora. Es una orden, Bradford.
Becca lo besó en la mejilla y tomó distancia, dejándolo ir. Frustrado, Colton siguió a Kampbell hasta su oficina, que se encontraba en las inmediaciones deportivas. El hombre lo hizo tomar asiento y él se sentó detrás del escritorio, tras cerrar la puerta.
Internamente, el muchacho temblaba. Desde que supo de su enfermedad, se esforzó por evitar todo lo que tuviera que ver con el básquet. Quitó los cuadros y trofeos de su habitación; incluso planeaba quitar el aro que había instalado en su patio para practicar todos los días. Quería hacer de cuenta que ese deporte jamás existió; borrarlo de su memoria, olvidar. Dio por hecho que estaba fuera del equipo.
—¿Qué pasa, Kampbell?
—Su madre estuvo por aquí hace un par de días.
—Lo imaginé —sonrió, triste—. Así que ya lo sabe. Estoy enfermo. Mi corazón late distinto. No puedo volver a jugar —sentenció sin ánimos de profundizar—. Quedé fuera.
—Evidentemente, sí. Ya sé que está enfermo. Y lo lamento muchísimo, Colton —expresó con seriedad—. Pero que estés enfermo no quiere decir que no tengas un futuro prometedor. Mucho menos que estés fuera del equipo.
—Me está tomando el pelo, ¿no?
—Hablo en serio.
—¿Y qué se supone que haré? ¿Ordenar los vestuarios? ¿Tomar asistencia? Lo siento, pero no. No miraré cómo los demás cumplen lo que soñé toda mi vida.
—Cállate, Bradford. Deja de decir tonterías. Este equipo te pertenece tanto como me pertenece a mí y a los demás. Eres una pieza esencial. Tú los motivas. Tú los ordenas. Tú les das sentido. Todos esos chicos te admiran, los que están en la cancha, pero también los que están sentados en las gradas, deseando ser parte alguna vez —expresó manteniendo el tono de regaño—. Te necesitamos con nosotros, como un equipo.
—Lo lamento, Kampbell. Pero no podrá ser. Los médicos me prohibieron deportes intensos.
—Quiero que seas mi mano derecha —pidió—. Tú los conoces mejor que nadie. Puedes ver fortalezas y debilidades. Además, he investigado. Hablé con los médicos, hablé con tus padres. Y sí, es cierto que no puedes jugar cuarenta minutos de corrido, pero puedes hacerlo durante cinco o diez; eso sí, nada de entrenamientos intensos —logró que una mueca de esperanza surgiera en el rostro del muchacho—. Sé que no somos una liga universitaria ni la nacional, pero aquí, tomando ciertos recaudos, puedes seguir jugando. Tienes la autorización de los profesionales.
—¿Mis padres lo saben?
—Sí. Tuvimos una pequeña reunión con los especialistas —reveló—. Decidieron que fuera yo quien te diera la noticia. Quizá no sea lo que tú soñaste, pero los sueños se transforman, ¿sabes? Así que piénsalo, Bradford. Tienes hasta el fin de semana para darme una respuesta.
—Mi respuesta es sí —no tuvo urgencia de pensar—. Sí quiero seguir en el equipo, entrenador. Sé que a veces soy difícil de tratar, que soy bastante obstinado y que me costará horrores adecuarme a la nueva rutina, pero quiero hacerlo. Yo... Es que no puedo imaginar mi vida sin el básquet.
—Créeme cuando digo que te entiendo, muchacho. Yo tampoco podría hacerlo.
🤍🏀🤍
—Dime que dijiste que sí. Dime que dijiste que sí. Dime que dijiste que sí —repitió Shepherd, que estaba aguardando fuera de la oficina.
—Shep —Cole se llevó una mano al pecho, sorprendido—. ¿Qué haces aquí, amigo?
—¿Dijiste que sí?
Colton lo miró, pasmado.
—Eh, sí. Sigo en el equipo. Te refieres a eso, ¿no?
Dio un grito de entusiasmo, mientras lo abrazaba con efusividad. Tenía las lágrimas en los ojos, emocionado de que su mejor amigo continuara en el deporte.
—Sí. Es todo lo que quería escuchar —habló entusiasmado—. Lo siento. Tus padres me lo comentaron ayer por la tarde; justo los encontré saliendo de la oficina antes del entrenamiento —contó—. No podía aguantar más. Tuve que contárselo a Julian. Y a Daisy. Y posiblemente también le comenté algo a Becca, pero le exigí guardar el secreto. ¿Estás molesto?
—Shep, no podría estar molesto contigo aunque quisiera. Eres mi hermano —lo miró con cariño—. Y seguiremos siendo compañeros de equipo por un tiempo más —prometió—. Ahora, tenemos que ir a clases.
—¿Qué? No, no. Nada de ir a clases.
—Es nuestra responsabilidad.
—De vez en cuando podemos evadirlas. Esa es la gracia de ser adolescente. Mira, finalmente todo empieza a estar bien. Tú, Becca, Daisy, Julian, Kaylee y yo. Obviamente tenemos que salir de aquí y organizar una fiesta.
Colton arrugó los ojos, dudando. No se fiaba por completo de la idea de su amigo.
—A ver, ¿qué propones?
—Esta noche. En tu casa —Colton lo miró arrugando los ojos—. Es que en la mía no cabemos. Además, escuché que tus padres salían.
—Sí. Tienen un evento benéfico del hospital.
—Excelente —sonrió eufórico—. Está todo hecho para que lo hagamos. Por favor, Cole. Di que sí. Di que sí.
Tras evaluar el entusiasmo de su amigo, Colton suspiró.
—Está bien. Organicemos esa fiesta.
🤍🏀🤍
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