62.


ENTRE SECRETOS Y UN MAL PRESENTIMIENTO


La cama era pequeña —el espacio justo para una persona—, pero aun así se las habían ingeniado para caber los dos. Becca sonrió cuando abrió los ojos y contempló a Colton durmiendo sobre su pecho con un brazo alrededor de su cintura. Estaba atrapada. Él la abrazaba con fuerza; como si estuviera aferrado a su cuerpo para siempre. No podía salir de ahí. Tampoco quería hacerlo.

Permaneció un largo rato así, inerte. Acarició su cabello, apreció la belleza de sus facciones y la indescriptible sensación de paz que le producía oírlo respirar con tanta calma. Notó los lunares en la curvatura de los hombros, incluidos los más pequeños que tenía en el cuello. Y su piel, firme pero especialmente cálida, hacía que cualquier contacto directo con él se sintiera como estar en un verdadero hogar.

Dormía como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo y, en parte, aquello era cierto. Llevaba varias noches sin poder conciliar el sueño por más de dos horas. Estaba agotado por las consultas médicas y su panorama deportivo incierto, pero, sobre todo, estaba exhausto de las exigencias que se imponía a sí mismo. Era duro. No podía tolerar un fracaso o el simple hecho de haber fallado; todavía estaba aprendiendo a lidiar con algo así. Al principio, comprendió que tenía que reconocer sus errores e intentar remediarlos. Becca era la primera en su lista: si había algo que nunca podría perdonarse, era lastimarla de algún modo. Ella solo trató de hacer lo correcto. Aun con los propios traumas y heridas profundas que le dejó el infierno que vivió, Becca se preocupó por él y buscó la manera adecuada de ayudar. Fue una clara demostración de amor genuino.

—Becca, ¿estás ahí? —nuevamente, durante la mañana, Julian golpeó la puerta—. Lo siento por molestar. Pero Ada está preocupada buscando a Colton. Quiere hablar contigo.

Becca abrió los ojos de par en par.

—Eh... sí. Espera un momento —se mordió el labio, nerviosa—. Cole... Cole —pronunció con suavidad—. Tu madre está aquí. Ey, ¿me escuchas? —intentó despertarlo con delicadeza.

Él se removió y arrugó los ojos, frustrado por el plácido sueño interrumpido.

—Becky... ¿podemos dormir un poco más?

—Me encantaría, Cole. Pero tu mamá está fuera.

—¿Beck? ¿Con quién hablas? —cuestionó Julian y, sin más vueltas, abrió la puerta—. Lo sabía. Estabas aquí —dirigió una mirada amenazante a Colton—. Pasaste la noche aquí. Siempre lo supe.

—Julian...

—Estás... Estás metido en su cama sin ropa —su expresión fue de horror—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Eh, yo te lo puedo explicar —interrumpió Shep, que apareció a un lado de Julian—. Cuando dos personas se quieren mucho, demasiado, sucede que hacen cosas para demostrar cuánto se quieren, bueno...

—Shep, por favor, no necesito que pongas esas imágenes en mi cabeza.

—Tú hiciste una pregunta. Trataba de quitarte la duda —se encogió de hombros.

—¿Qué haces aquí, Shep? —Colton habló, aún metido en la cama.

—Tu mamá te está buscando como loca. Me llamó para pedirme ayuda.

—Por Dios —Cole arrugó los ojos y se presionó el inicio de la nariz, frustrado—. Esto no puede estar pasando —se dejó caer a un lado. Solo quería cerrar los ojos, dar por hecho que todo había sido un sueño y continuar durmiendo.

—Uhm, ¿podrían darnos espacio, por favor? Díganle a Ada que enseguida estamos con ella —expresó Becca. Comprendía la preocupación de sus amigos, pero eso no implicaba que pudieran invadir su habitación.

—Sí, claro —accedió Shep—. Ven. La pareja necesita intimidad —arrastró a su amigo de un brazo contra su voluntad.

—Hablaremos de esto más tarde, Bradford —exclamó el rubio segundos antes de que Shepherd cerrara la puerta.

En cuanto se fueron, Becca regresó la mirada a su novio, que lucía adormecido y con el cabello fuera de lugar pero, aun así, extremadamente atractivo. Contuvo una carcajada que se transformó en una sonrisa amplia, iluminada por los rayos de sol que se colaban por la ventana. Un enjambre de mariposas revoloteaba de un lado a otro en su estómago.

—¿No le dijiste a tu mamá que estabas aquí?

Él negó.

—Dejé el móvil en casa.

—¿Y el auto?

—También.

—¿Viniste caminando bajo la lluvia?

—Sí —admitió—. Mamá no quiere que salga mucho de casa. El médico me sugirió descansar a tiempo completo.

—¡Cole! —adquirió tono de regaño—. ¿Te volviste loco?

—Es posible. Por ti, sí —dijo un tanto en broma—. Ven aquí —la atrajo sujetándola con firmeza de la cintura—. No podía pasar un minuto más sin hablar contigo. Necesitaba desesperadamente pedirte perdón. No podía convivir un segundo más con la idea de haberte hecho daño. No importa lo que digan mis padres o los médicos, por ti rompo todas las reglas, Becky.

Ella extendió una mano y le acarició la mejilla.

—Podrías haberme llamado. Y no arriesgarte a venir hasta aquí.

—Tú merecías que te pidiera disculpas mirándote a los ojos. Además, echaba de menos dormir contigo. Besarte. Tocarte.

—Yo también, Cole —confesó—. Te echaba muchísimo de menos. A ti. A todas las cosas que dices. A todas las cosas que me haces.

—Deberíamos poner seguro a la puerta y quedarnos aquí el resto del día.

—Es una buena idea, pero tu madre está esperando —le recordó. Él le robó un beso—. Hablo en serio. Ahora no podemos.

—De acuerdo —aceptó a regañadientes—. Pero antes...

—¿Qué?

Sin previo aviso, Cole sostuvo su rostro y comenzó a dejar besos por todas partes, haciéndola reír a carcajadas. Lo último que deseaba era salir de la cama y dejar la habitación, pero, al final, tuvieron que hacerlo. Colton se vistió con su ropa seca y Becca se cambió el pijama por las prendas que usaba a diario: un pantalón de mezclilla y un suéter rosa pálido.

En cuanto enfrentaron la realidad en la sala principal de los Evans, Becca se encargó de tranquilizar a Ada, asegurando que Colton había pasado una noche tranquila. «No tienes nada de qué preocuparte», dijo. Ada le agradeció tras darle un abrazo —adoraba a la novia de su hijo—; además, era evidente el cambio de temperamento del muchacho. De pronto, su expresión lucía más iluminada y daba la impresión de que había dejado a un lado el pesimismo de las últimas semanas. Aprovechando el encuentro, Ada se puso a conversar con Becca y Maggie acerca de cómo iban llevando la rutina como una nueva familia —siempre interesada por el bienestar de la joven—.

En aquel instante, Julian apartó a Colton hacia la cafetería, que aún permanecía cerrada, junto a Shepherd.

—Ya lo sé, Julian. No debí haberme colado en tu casa. Lo siento, ¿sí? Pero Becca es mi novia y tenía que verla.

—Verla y algo más —soltó Shep, reprimiendo una sonrisa.

—Olvídalo —descartó el tema de inmediato—. Tengo que hablarte de otra cosa.

—¿Qué pasó?

—Creo que alguien está siguiendo a Becca —dijo en voz baja.

De repente, la expresión de Colton se endureció y su mirada chispeante se tornó seria.

—Un hombre mayor, como de sesenta años. Lo vi mirándola a la salida del instituto la semana pasada y ayer lo reconocí merodeando fuera de la cafetería; lo quise seguir, pero se metió a un auto y huyó.

—¿Ella lo sabe?

—No. No se lo dije. No quiero asustarla. Traté de ir con la policía, pero prácticamente se me rieron en la cara. Dicen que sin pruebas no pueden hacer mucho.

—Dijiste que se veía como de sesenta años, ¿no? —indagó Cole. Julian asintió—. Es posible que sea Joseph, el tipo de Sion Creek. Becca me habló una vez de él —evitó entrar en detalles. Becca no mencionaba demasiado acerca de su vida en aquel lugar. Solo se abrió un par de veces con él; por lo tanto, cuidaría su intimidad—. Tenemos que tomar recaudos. Si es él, es peligroso.

—Mierda —masculló Julian, indignado.

—La próxima vez no lo dejes ir —intervino Shep, también preocupado.

—Si lo ves rondando, llama directamente a la policía.

—Lo haré. Estaré atento.

Colton analizó el panorama, rígido. Cada parte de su cuerpo —incluidos sus pensamientos— se puso en alerta. La necesidad de permanecer cerca de Becca se tornó desesperante; no podía concebir la idea de regresar a su casa y no poder cuidarla como lo merecía. Sabía que Julian no la perdería de vista, pero, aun así, no podía fiarse del todo.

—Quizá Becca puede quedarse en mi casa por un tiempo —sugirió—. Es más seguro.

—Cole —pronunció la joven dulcemente mientras lo abrazaba por detrás rodeando su cintura. Él enseguida la atrapó con un brazo—. Tu mamá dice que debes ir a casa —hizo un pequeño puchero—. Tienes que ver a otro médico hoy, ¿no?

—Sí —suspiró, abrumado—. Pero... estaba pensando. ¿Tienes algo que hacer mañana? —ella negó—. Entonces prepárate, porque tú y yo mañana tendremos una cita. Pasaré a recogerte después de almorzar, ¿te parece bien?

—Sí, sí. Me parece perfecto —sonrió ilusionada—. De todas formas... Cuídate, ¿sí? —su mirada se apagó de un modo extraño—. Haz todo lo que te digan los médicos. Ya sabes. Y hazle caso a tus padres.

—Haré las cosas bien, Becky. Te lo prometo —le dio una sonrisa tranquilizadora—. ¿Lo decías por algo en especial?

Se encogió de hombros. Tragó saliva, debatiendo internamente si hablar o no.

—Hace varias semanas que tengo un mal presentimiento —confesó—. Suena estúpido. Lo sé. Pero no puedo dejar de sentir justo aquí que algo malo va a pasar —se llevó una mano al pecho, angustiada—. Primero pensé que era por guardar el secreto de tu problema de salud; pero, luego de hablar con tu mamá, el mal presentimiento se mantuvo; entonces asumí que se debía a nuestra pelea, pero nos arreglamos y... todavía sigue aquí —mordió su labio interno, nerviosa—. Debes pensar que estoy loca. Olvídalo.

Aún le causaba pánico expresar sus sentimientos en voz alta. Toda su vida fue juzgada por su manera de ser y su forma de sentir. Él permaneció hipnotizado ante la increíble intuición que poseía su novia. La contempló con admiración y, al mismo tiempo, tuvo el iluso deseo de llevarla a un sitio donde estuviera realmente a salvo. Para siempre.

—No, no pienso eso —aseguró—. Creo que tienes una sensibilidad admirable, Becky. Pero trata de tomarlo con calma. Todo está bien ahora mismo, ¿no? —ella asintió, tras suspirar con algo de alivio.

—Debemos irnos, cariño —Ada interrumpió repleta de paciencia—. Tienes un turno dentro de media hora.

Becca sostuvo su mano con fuerza. No quería dejarlo ir.

—Dame un momento, mamá —pidió y volteó hacia Becca—. No puedo perder este turno, pero te llamaré en cuanto salga, ¿está bien?

—Sí.

—¿Segura? —buscó su mirada, cerca de sus labios.

—Sí, segura. Date prisa o no te dejaré ir —agregó con un ápice de diversión.

Él le robó un beso. Ella otro. Finalmente, le dio una sonrisa luego de despedirse.


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