61.
SIMPLEMENTE NOSOTROS
Múltiples escenarios posibles se despertaron en su cabeza. Todos negativos. «Oscar huyó de la cárcel y viene a buscarme». «Oscar envió a alguien para vengarse de mí». «O quizá sea Alexa, furiosa porque rompí el hogar de acogida». «¿Y si es Joseph? ¿Y si descubrió dónde estoy y quiere llevarme con ellos de vuelta?». Su corazón golpeó demasiado fuerte contra su pecho mientras recordaba que estaba a salvo. La casa de los Evans era segura y habían tomado ciertos recaudos; nadie podía entrar con facilidad.
Hecha un manojo de nervios, salió de la cama, se colocó una bata y espió a través de la rendija. Agudizó la vista. Soltó el aire contenido —repleta de alivio— y los latidos de su corazón tuvieron una nueva razón de ser: la emoción.
Del otro lado —bajo la lluvia que se había desatado—, Colton aguardaba señales de Becca. Un fuerte sentimiento de culpa lo consumía. Había pasado varios días entre clínicas, médicos y estudios frustrantes que solo revelaban realidades que no quería afrontar. Pero no tuvo otra opción que hacerlo. Se dio cuenta, entre idas y vueltas, de lo mucho que necesitaba a Becca cerca de él. Sus conversaciones diarias. Verla sonreír. Oírla cantar. Hacer que riera de cualquier tontería. Descubrir una nueva forma de besarla. Sumergirse en uno de esos abrazos interminables que tanto añoraba. Estaban hechos para encajar. Estaban hechos para estar juntos.
Becca abrió la ventana tan rápido como pudo y le permitió pasar, notando la culpa que ensombrecía su mirada. Ella solo podía mirarlo con ternura; preguntándose si estaba allí para reconciliarse o si había venido a despedirse. No estaba segura. Apenas estaba comprendiendo cómo llevar una relación romántica. Colton era el primero en todo y ella, además, deseaba que fuera el único. No era un simple chico que le pareció lindo e interesante. Era mucho más. Su mejor amigo. La persona que le salvó la vida de múltiples formas. El que podía tranquilizarla con un simple abrazo. El que la hacía sentir hermosa en todos los sentidos. Él le inyectaba vida.
—Ey, Cole —lo saludó, un tanto preocupada—. ¿Qué estás haciendo?
—Venir a verte.
Ella sonrió.
—Está lloviendo —dijo seria—. Y estás empapado. Deberías estar descansando, ¿no crees? —se cruzó de brazos, mientras su interior se derretía.
—No podía esperar más —su cuerpo tembló ligeramente. El frío de la noche junto a la lluvia torrencial no eran una buena combinación—. Perdón, Becky. Actué como un imbécil. Lo siento mucho —no encontró palabras suficientes para pedir disculpas—. Algo de pronto se puso mal en mi cabeza. Fue como... algo que me cegó. Debí haberle dicho a Shep que me diera un golpe. Quizá eso habría evitado que te tratara como te traté.
Presa de la emoción, las lágrimas afloraron en las mejillas de Becca. El miedo de perderlo había sido real. El miedo de que nunca pudiera perdonarla, también. Asintió, quitándose las lágrimas.
—Lo puedo entender —aseguró—. ¿Aún estás molesto conmigo? —preguntó, angustiada—. Yo también lo siento mucho, Cole. Tendría que haber hablado contigo... antes.
—No, Becky. Jamás estuve molesto contigo —expresó con seguridad—. Fue la situación en sí. El tener que dejar el básquet por tiempo indefinido, el no saber qué es lo que tengo y si tiene o no solución... Eso fue demasiado. Pero no quiero hablar de todo eso ahora —pidió; lo único que quería era arreglar las cosas con su novia. Olvidar el resto del mundo por un rato—. ¿Puedes perdonarme? ¿Podemos volver a ser simplemente nosotros?
Ella lo miró con los ojos, de pronto, repletos de luz.
—Nunca dejamos de ser nosotros, Cole —pronunció con dulzura, yendo hacia él. Él la recibió con los brazos abiertos. La rodeó, la hundió en su pecho y le dejó un beso en la coronilla, al mismo tiempo que se llenaba de su dulce aroma a lavanda—. Ey, estás temblando —se despegó para contemplarlo, pero él rompió la distancia y la besó en los labios. Ella respondió con la misma intensidad, devolviéndole el beso.
—Te extrañé demasiado —confesó, sin miedos—. Estar lejos de ti es una experiencia desagradable que no quiero volver a vivir jamás.
Becca sonrió entre besos.
—Estás helado. Tienes que quitarte la ropa o te vas a enfermar —indicó, preocupada—. Podemos pedir algo prestado a Julian.
—No. Mejor que no sepa que estoy aquí. Probablemente me saque a patadas —ironizó, aunque tenía algo de razón.
Becca lo pensó nuevamente e imaginó que despertar a Julian para decirle que Colton se había colado por su ventana después de varios días sin hablar lo pondría de mal humor.
—No puedes volver a casa con esta tormenta —también descartó esa posibilidad—. Así que... Podrías quitarte la ropa y quedarte a dormir —sugirió con las mejillas sonrojadas—. Mañana por la mañana estará seca, ¿no?
—Supongo que sí —estudió la situación, ligeramente nervioso—. Voy a... ¿dormir contigo?
—Sí, Cole. Si quieres, sí. No tengo otra cama. Y el suelo no es una buena opción. ¿Estás de acuerdo?
—Sí. Genial —puso una sonrisa amplia.
—Bien. Iré por una toalla.
Salió de la habitación para dirigirse al baño y sacó una toalla limpia del pequeño armario. Antes de regresar, volvió hacia el tocador y se miró en el espejo. Tenía las mejillas rojas. No había manera de quitar ese color. De hecho, tuvo que quitarse la bata de noche porque le daba demasiado calor. Internamente agradeció haber hecho —antes de acostarse— la rutina de noche, que consistía en, además de lavarse la cara y los dientes, cepillarse el cabello, ponerse crema en el cuerpo y, finalmente, su loción corporal de lavanda.
Colton no tenía camiseta cuando Becca regresó al cuarto. Tampoco zapatillas. Estaba a punto de desprenderse el pantalón, pero ella lo recorrió de un modo tan íntimo con la mirada que lo dejó helado. Cerró la puerta y le sonrió, tímida. Cada vez que veía a Colton sin camiseta, sus propios sentimientos la intimidaban. De pronto, todo lo que quería hacer era tocarlo.
—Ten —extendió la toalla. Él la recogió.
—Seguro... ¿Seguro que no quieres tomar una ducha caliente?
—Eh, no. No quiero hacer demasiado ruido. Me refiero a que no quiero molestar a Maggie, mucho menos a Julian —respondió. Se secó la cara y luego los lugares del torso que estaban empapados.
—Está bien —asintió—. También te eché de menos, Cole. ¿Sabes? Tendrás que compensarlo de alguna forma ahora.
—Tienes razón —admitió, quitándose finalmente el pantalón para secarse las piernas. Quedó en un simple bóxer negro. Becca apartó la mirada como si estuviera dándole espacio—. ¿Qué quieres, Becky? Tienes derecho a pedir lo que sea. Piénsalo bien.
—Uhm, sí. De hecho, ya lo pensé —puso otra sonrisa ligeramente tímida—. Quiero que me abraces por todos los días que no me abrazaste. Y que me des todos los besos que no me diste.
—Fácil. Es lo que pensaba hacer justo ahora mismo —dijo divertido y, de un suave tirón, la arrastró hacia él para besarla. Ella emitió una carcajada a causa de la sorpresa, se aferró a sus hombros y él la elevó con facilidad, haciendo que sus piernas rodearan sus caderas. Se distrajo tanto besándola que tropezó con los pies de la cama y cayeron sobre el colchón. El cabezal impactó contra la pared y causó un sonoro ruido, que los hizo reír. Las carcajadas disminuyeron poco a poco, mientras caían en la cuenta de que el silencio reinaba en el resto de las habitaciones. Frente a esa, estaba la de Julian. Justo al lado, la de Maggie.
—Aquí no es como tu casa, Cole —se mordió el labio inferior aguantando la risa—. Es más pequeña. Y es posible que escuchen todo. Incluso lo que acaba de ocurrir.
—Lo siento —se disculpó con una sonrisa que marcaba sus hoyuelos. Becca lo acarició—. Solo intento recompensarte.
—Tendrás que ser más... silencioso.
—Lo seré. Lo prometo —nuevamente la besó, soportando el peso de su cuerpo con los codos apoyados uno a cada lado de Becca. Debajo de él, pasó una mano por su pecho hasta encontrar su corazón. Tenía la dulce costumbre de percibir los latidos. Y, como tantas otras veces, notó el ritmo rápido—. Es por ti —pronunció con seguridad ante la evidente preocupación—. Los dolores están controlados. He visto a un centenar de médicos en los últimos días.
Ella sonrió.
—Me gusta oír eso.
—¿Y tú?
—¿Eh? —la pregunta la tomó desprevenida. Estaba perdida en el hecho de que tenía a su novio semidesnudo justo sobre ella.
—La fractura —recordó—. No te estoy lastimando, ¿no?
—No. Está perfectamente curada. El moretón... apenas se nota.
—¿Puedo ver?
Becca asintió. Luego, observó la mano de Colton dirigirse a los botones delanteros de la camisa del pijama. Empezó a desprenderlos uno a uno, suave, hasta que tuvo el espacio suficiente para echar un vistazo. Sobre la piel blanquecina e inmaculada de la chica consiguió notar —con gran esfuerzo— una mancha de bordes irregulares, marrón clara; el último signo de que ahí alguna vez hubo un angustiante hematoma. Acarició la marca con la yema del dedo índice de arriba hacia abajo, repitió el movimiento varias veces, lo que estremeció a Becca y aceleró su respiración. Su interior se contrajo ante el primer contacto.
—¿Te duele?
—No. Nada.
—Eres preciosa, Becky —besó su cuello—. Y quiero que sepas que nadie más va a lastimarte —descendió con sus labios tallando un camino hasta el centro del pecho—. Jamás —Colton besó justo el lugar donde tiempo atrás estuvo herida.
Ella jadeó y le acarició el cabello; fuera lo que fuera que estuviera haciendo, quería que siguiera. Entonces, un golpe se oyó en la puerta.
—Becca, ¿estás ahí? ¿Todo está bien? —curioseó Julian del otro lado—. Escuché ruidos.
—Sí, es que... es que... Me quedé hasta tarde haciendo, eh... Tarea. Y... se me cayeron los libros —mintió, al mismo tiempo que abrochaba los botones del pijama.
—¿Necesitas ayuda?
—No, no. Justo ahora estoy... me estoy poniendo el pijama —inventó—. Eh, me voy a dormir. Ya. Descansa, Julian.
—Tú igual, Beck.
Colton contuvo la respiración hasta que finalmente Julian pareció marcharse. Se dejó caer a un lado de Becca, ambos bajo las mantas cálidas y mullidas. Normalmente, evitaba actuar bajo impulsos. Era impecable tomando decisiones con responsabilidad. Sin embargo, el estallido de sentimientos que Becca le provocaba le nublaba el razonamiento. Estaba por completo entregado a ella. A mirarla. Escucharla. Prestarle atención. Darle cualquier cosa que le pidiera. Hacerla feliz.
—Te lo dije.
—Lo sé —admitió en voz baja—. Tendré que dejar todas las cosas que quiero hacerte para otro momento —se lamentó; aun así, la atrajo hacia él y dejó que se hundiera en su pecho, mientras la abrazaba—. ¿Puedes esperar un poco, linda?
—Eso creo —también se lamentó—. Deberíamos dormir, ¿no?
—Sí. Eso deberíamos hacer.
—Duermo mejor cuando estoy contigo, ¿sabes?
—De hecho, descubrí lo mismo desde que te fuiste de casa —confesó—. Contigo puedo respirar, Becky.
🤍🏀🤍
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