60.


SIN SEÑALES


No tuvo que tomarse demasiado tiempo para adivinar lo que estaba pasando. La expresión de Colton lo decía todo. Sin duda lucía triste, pero, además, completamente enfadado. Desencajado; como si no pudiera asimilar lo que estaba pasando. Nunca lo había visto así, en particular porque Colton denotaba seguridad, confianza en sí mismo, el tipo de persona que siempre encuentra una respuesta para todo.

Él apenas la miró. De inmediato, volteó hacia el lado contrario y empezó a caminar hacia donde se encontraba su vehículo estacionado. El primer instinto de Becca fue correr tras él. Sin embargo, Shepherd la detuvo. La envolvió con sus brazos, impidiéndole caminar.

—¿Qué haces, Shep? Déjame ir con él —pidió, comenzando a desesperarse—. Tengo que explicar lo que pasó.

—Becca, escúchame —habló suave—. Tenemos que darle espacio.

—Está molesto conmigo, ¿no? —lo miró con los ojos empapados en lágrimas.

—No. Está molesto con él mismo —trató de explicar—. Se le pasará, tarde o temprano. El básquet ha sido su sueño desde que era un niño; lo tiene que asimilar. Tranquila. Él te quiere como a nadie y eso no cambiará, ¿de acuerdo?

—¿Cómo estás tan seguro?

—Colton entenderá que lo hiciste por su bien porque lo amas. Necesita un poco de tiempo, eso es todo.

Becca bajó la mirada, claramente compungida.

—No quiero que pase por todo esto solo.

—No lo hará —Shep mantuvo la calma—. Lo vamos a buscar cuando se tranquilice.

Becca permitió que Shepherd la guiara hacia el interior del instituto con un brazo alrededor de sus hombros. Un recordatorio conciso de que debía mantenerse en su lugar y no salir corriendo detrás de su novio, como realmente lo deseaba. Shep estaba haciendo su mejor esfuerzo para impedir una explosión. «No dejes que me siga», le pidió su mejor amigo, y estaba seguro de que tenía todo el sentido del mundo. Las personas, cuando están enfadadas, pueden llegar a decir cosas de las que más tarde se arrepentirán. Colton estaba cuidando a Becca de sí mismo. Incluso, furioso, accedió a pedirle un favor a su mejor amigo, dándole —inconscientemente— la razón. No podía hacerlo todo solo. Tendría que admitirlo algún día.


🤍🏀🤍


Los siguientes tres días, Colton se ausentó. No asistió al instituto, tampoco respondió los mensajes ni atendió llamados. Si no fuera por Ada —que mantenía informados a los más cercanos todo el tiempo—, habrían pensado que desapareció del mundo. «Andrew consiguió cita con uno de los mejores cardiólogos del país. Le tomó un día entero hacerse estudios. Tendremos los resultados al día siguiente», le contó Ada un día atrás.

La amable mujer le había repetido a Becca que no se lo tomara como algo personal; Colton adquirió una actitud distante y silenciosa. Cada tanto emitía alguna palabra, pero no decía mucho. Estaba siguiendo las indicaciones de sus padres porque no tenía otra opción. El básquet estaba prohibido. ¿Qué más podía hacer? Su única esperanza era que el equipo médico le permitiera jugar pronto. No obstante, cada día veía más lejana esa posibilidad. En su interior sintió que le había fallado a todos los que alguna vez creyeron en él, en especial a sí mismo. Ese era el principal motivo de su furia, como si no pudiera hacer las paces con su propio cuerpo, molesto porque le había tocado una parte defectuosa.

—¿Qué pasó? —preguntó Becca, tras ver a Julian recoger un pedido impoluto de una mesa—. ¿No lo van a consumir?

—Te equivocaste de mesa, Beck —respondió con paciencia—. Esto es para la mesa dos.

Suspiró, abrumada. No podía dejar de pensar en Colton.

—Oh. Lo siento. Déjame arreglarlo.

—No pasa nada —la tranquilizó—. ¿Sabes cuántas veces me confundí? —ella negó, deslizando una minúscula sonrisa—. Cien mil.

Sin saber qué hacer, se acomodó detrás del mostrador con los codos apoyados sobre la superficie de madera. Miró hacia la puerta de ingreso e imaginó que Colton ingresaba. En su imaginación, se veía repleto de luz —como de costumbre—, caminaba con seguridad hacia ella, la retenía entre sus brazos y, finalmente, podía besarlo como si nada fuera más importante que sus labios tocándose. Miró el móvil —que los Evans le obsequiaron— y escribió un mensaje. «Tenías una forma de abrazarme que me hacía sentir segura cuando estaba mal. Me gustaría poder abrazarte así. Estar contigo, aunque sea en silencio. Por favor, ángel, no me alejes de ti. Te extraño». Lo envió. Tras varios minutos sin respuesta, guardó el móvil en el bolsillo del delantal.

—Hazme un favor, ¿sí? Ve a descansar —indicó Julian, mirándola con ternura—. Estás sobrepensando, Beck. Te conozco. Deja de hacer eso.

—¿Y si realmente está molesto conmigo? —elevó la mirada como si fuera un gatito abandonado—. Él confió en mí, Julian. Y yo fui y le conté todo a sus padres, ni siquiera se lo advertí. Debí... Yo... Hice todo mal —sonó afectada. La culpa no abandonaba su cuerpo, a pesar de que tanto Shep y Julian como Daisy y Kaylee le repetían que había hecho lo correcto.

—Suficiente. Hablaré con él —manifestó, exasperado—. No puedo verte así. Sé que es tu novio y lo amas, pero ese imbécil me va a escuchar.

—No, no. No hagas nada —exigió con cierta desesperación—. Cole está sufriendo. Lo último que necesita es que lo regañen. Sé que necesita tiempo, él... Shep me lo explicó. Está tan enfadado con el hecho de que quizá deba dejar el básquet que no puede lidiar con nada más —dijo comprensiva—. Tengo que darle tiempo, pero es demasiado difícil —lágrimas afloraron, pero se las quitó rápido.

—Está bien. Posiblemente necesite tiempo para asumir su nueva realidad —reconoció—. Pero, mientras tanto, deja de culparte a ti misma. Tú no hiciste nada malo, en absoluto. Colton era excelente ocultando sus problemas. Si seguía así, podría haber tenido un final trágico. Fuiste valiente al hablar y pedir ayuda. Hiciste lo que él no podía. Eso también forma parte de amar, Beck.

Ella apretó los labios, reprimió las ganas de llorar y tragó saliva, mientras asentía con resignación. Julian tenía razón, pero, por mucho que trataran de consolarla, lo que estaba roto en su interior solo podría arreglarse con una señal de Colton. Era lo que verdaderamente necesitaba.

—Sí. Supongo que sí —se encogió de hombros—. Tengo tarea pendiente del instituto, ¿sabes? Creo que me pondré a hacer eso. Es la única forma que encuentro de despejarme.

—Claro, por supuesto. Haz lo que tengas que hacer —Julian la abrazó de costado—. Todo estará bien.


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Tenía el estómago cerrado. Se obligó a consumir lo máximo posible del plato porque no quería preocupar más a Julian o Maggie. Excepto por lo de Colton, la situación en casa de los Evans era incluso mejor de lo que había imaginado. La mayoría del tiempo se preocupaban por hacerla sentir bien, atentos y pendientes de si tenía todo lo necesario a su alrededor para estar a gusto.

Después de beber un té y ver la televisión, Becca fue directo a la cama. Revisó el móvil. No encontró nada nuevo, así que lo dejó en la mesita de noche. Hojeó las páginas de un libro clásico que debía leer para literatura, avanzó un poco con la lectura, pero finalmente lo cerró, incapaz de concentrarse demasiado. «Tienes que dormir», se repitió a sí misma. Apagó la luz, cerró los ojos y se puso de costado, buscando una posición cómoda. Empezó a relajarse cuando escuchó ruidos en la ventana. Su cuerpo entero se tensó. ¿Qué estaba pasando?


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