59.
LA INTERVENCIÓN
Todo ocurrió demasiado rápido. ¿En qué momento pasó de ser la chica ingenua de Sion Creek a estar besando a horcajadas a su novio en el interior de un auto? Novio que, por cierto, era popular por ser el capitán de baloncesto del instituto y, posiblemente, una futura estrella deportiva del país. El cambio había sido abrupto, pero se sentía increíblemente bien.
Inclinada a horcajadas sobre él, tenía las rodillas apoyadas en el asiento mientras sus manos se aferraban a sus hombros. Él la sostenía de la cintura, acercándola aún más, como si quisiera fundir el espacio que quedaba entre ambos. Los besos eran intensos. Urgentes. No podían dejar de tocarse. Las caricias de Colton ascendieron a través de su torso hasta el inicio del pecho, momento en que jadeó con los ojos cerrados, disfrutando lo que fuera que él estuviera haciendo. El siguiente movimiento se vio interrumpido por un golpe en la ventana de la puerta; ambos desviaron la mirada hacia ese punto.
—Suficiente, Bradford. Tenías que estar en casa a las once. Son las doce y media —recriminó Julian, parte en broma, parte en serio, desde el otro lado—. Tendrás que acostumbrarte a las reglas de esta casa.
Divertida aunque frustrada, Becca sonrió sobre los labios de Colton.
—Es cierto. Tengo que entrar —reconoció—. Maggie ha puesto algunos límites para los días de semana. Mañana tengo que ir al instituto. ¿Te veo ahí?
Él asintió al mismo tiempo que le acomodaba algunos mechones del cabello.
—Llegaré más tarde. Tengo una prueba importante en la academia. Un agente deportivo quiere vernos.
—Oh. Está bien. Eso es... Genial —titubeó. Después de la conversación con Ada, Colton llegó al rato y cenaron con normalidad. Él ni siquiera sospechaba. Ella, en cambio, suponía que al día siguiente pasaría algo—. Mucha... Mucha suerte. Eres el mejor. Todos lo saben —lo besó por última vez en la mejilla.
Luego, abrió la puerta y empezó a bajar. Cerca de la entrada, Colton la detuvo sujetándola del antebrazo con suavidad y la giró hacia él para besarla nuevamente.
—Descansa, Becky. Todo saldrá bien —la tranquilizó. Sabía que le preocupaba su regreso al instituto—. Y si te despiertas a mitad de la noche por las pesadillas o no puedes dormir, llámame. ¿De acuerdo? A la hora que sea. Vendré hasta aquí a darte un abrazo si es necesario.
Ella acortó la poca distancia y se fundió en un abrazo, dejando que Colton la rodeara con fuerza mientras se hundía en esa incomparable sensación de protección que solo él era capaz de darle.
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Aquel amanecer parecía transcurrir con normalidad —excepto por el hecho de que Becca no estaba a su lado cuando despertó—; el resto era parte de su rutina matutina. Era cierto que podía sentir la ausencia de Becca en las cuatro paredes de su habitación, pero tenía que seguir adelante. Sabía, de todos modos, que pasaría todo el rato anhelando volver a verla. Quería llenarla de besos hasta hacerla reír. Oír la dulzura en su voz. Los ojos curiosos cada vez que le mostraba algo nuevo. Tendría que esperar unas largas horas para eso.
Salió de la cama, tomó una ducha y luego fue a la cocina para su desayuno saludable. Avena, pan integral, frutas, huevos revueltos y un café. Ada lo estaba esperando con los alimentos servidos. Le dio los buenos días a su madre, intercambiaron algunas palabras y comió en silencio, asegurándose de absorber todo lo necesario para enfrentar el día que lo esperaba.
Sin embargo, ni siquiera alcanzó a sujetar su bolso cuando apareció su padre. Le pareció extraño; Andrew estaba de turno a esa hora. Imaginó que quizá había olvidado algo o simplemente estaba allí para desearle buena suerte. Todos sabían que recibir la visita de un agente deportivo podría ser un antes y un después para un aspirante a deportista profesional.
—Bueno, esto es... ¿raro? —los miró a ambos, confundido—. Sé que es un día especial, pero todo este misterio me pone más nervioso —confesó, inquieto—. Tengo que irme. No quiero llegar tarde.
—Espera, Colty —su madre lo detuvo—. Lamento muchísimo tener que decirte esto, pero no vas a dar ninguna prueba hoy.
—¿Qué? ¿Por qué? —frunció el entrecejo.
—Estamos al tanto de tu problema de salud, hijo. Siéntate, por favor. Tenemos que hablar —intervino Andrew con paciencia.
Colton permaneció de pie. Negó.
—Esto es importante para mí. No puedo perder esta oportunidad —manifestó enfadado—. No sé qué les han dicho exactamente, pero exageran. Estoy bien. ¿No me ven?
—De acuerdo. Sí. Es posible que no sea grave —mencionó su madre—. Aun así, no vamos a permitir que te expongas o que pongas en riesgo tu vida. Antes de seguir jugando tienes que ver a un médico y hacer los estudios que correspondan. Por precaución —intentó no asustarlo más.
—Bien. Voy a ver a un médico. Me haré los estudios —prometió—. Pero también voy a dar esta prueba.
—De ninguna manera —su padre habló con firmeza—. Es tu salud, Colton. No es un juego. Te expusiste demasiado; quién sabe qué daños te estás causando al ocultar este problema. A lo sumo irás al instituto, pero nada de básquet hasta que un médico lo autorice.
—Está bien. Ese es tu plan y... Lo entiendo. Pero tengo dieciocho años, papá. No me lo pueden prohibir —aseguró, ajustando su bolso en un hombro. Hizo un ademán e intentó avanzar.
Andrew lo detuvo, tocando suavemente su hombro.
—La academia sí.
—No. Dime que no hicieron eso.
—Lo hicimos para cuidarte, hijo. Solo queremos lo mejor para ti —dijo su madre con los ojos brillantes. Atinó a abrazarlo; el joven se hizo a un lado—. Cole...
—Hablaron con mi entrenador a mis espaldas.
—Sí —afirmó Andrew sin titubear—. Hablamos con tu entrenador de la academia, también con Kampbell. Todos tienen claro que no puedes jugar hasta que presentes la autorización de un médico. Así que ni siquiera lo intentes. ¿Tengo que repetir lo que dijo tu madre? —silencio—. Lo hacemos para cuidarte, Cole. Tu vida vale más que cualquier deporte, lo sabes, ¿no?
Él apretó la mandíbula, furioso. Respiró con brusquedad. Tenía la sensación de que sus seres queridos le habían puesto múltiples trampas para atraparlo; que sus personas de confianza habían echado a la basura todas las promesas.
—Lo único que sé es que nadie puede entender lo que este deporte significa para mí —soltó con una mezcla de rabia y angustia.
Así, sin permitir que sus padres lo consolaran, se dirigió escaleras arriba hacia su habitación y cerró la puerta. Gritó. Arrastró su espalda contra la pared y dejó caer su cuerpo hacia el piso, sentándose sobre la superficie de madera. Gritó un poco más con la cabeza entre las rodillas, exhausto, pero repleto de bronca. Había luchado tanto por esa oportunidad. Dieciocho años. Toda una vida. Solo podía ver lo cruel que había sido el destino; prometiéndole un sueño para luego arrebatárselo sin objeción alguna. De un día a otro, dictaminó que aquello ya no sería para él.
🤍🏀🤍
En cuanto puso un pie en el instituto, supo que no debió haber ido. Su cabeza era un caos, su cuerpo una maraña de nervios difíciles de contener. Ignoró a los conocidos que trataron de saludarlo o de extenderle la mano; simplemente caminó hacia su taquilla, buscó un par de libros y la cerró de un golpe. Quería salir de ahí. Ni siquiera estaba seguro de qué asignaturas debería cursar ese día. Su atención estaba puesta en las medidas que habían tomado sus padres; aquellas que habían sido tomadas tras su espalda, como si fuera un niño sin voz ni voto. Eso lo enfureció aún más. Nadie preguntó. Nadie pidió su opinión. Simplemente se encargaron de hacerle saber a todo el entorno deportivo que él no estaba apto para practicar deporte por un tiempo. Lo atormentaba el hecho de que los agentes perderían interés en él; nadie quería un deportista con problemas de salud —podía significar pérdida, en vez de ganancia—; ¿qué equipo querría lidiar con ese tipo de complicaciones? Estaba perdido.
Guardó los libros nuevamente en la taquilla, puso el seguro y volteó hacia la puerta de salida, en dirección al jardín exterior. El instituto no era un buen lugar para atravesar aquel momento.
—Ey, Cole. ¡Colton! —reconoció la voz de su mejor amigo, tras sus pasos—. ¿Por qué te vas?
—No quiero hablar con nadie.
Shep se quedó de piedra.
—¿Qué pasó? —preguntó, desconcertado—. ¿Salió mal la prueba?
—No. Ni siquiera salió —sonrió, irónico—. Por cierto, gracias. Lo conseguiste. No podré tocar una pelota en mucho tiempo.
—¿Eh? —arrugó los ojos—. ¿De qué carajo estás hablando?
—Eres malo actuando, Shep —insistió—. Ya sé que fuiste tú el que habló con mis padres. ¿Por qué tuviste que decidir sobre mí, eh? Me estaba ocupando. Lo estaba manejando bien —recriminó mientras movía las manos, nervioso—. Hasta que tuviste que abrir tu boca de mierda.
—¡Yo no dije nada! —expresó, notablemente molesto por la repentina acusación—. Pero ¿sabes qué? Quienquiera que haya hablado con tus padres, me alegra que lo haya hecho. Es lo que debí hacer desde un principio —espetó con firmeza—. El orgullo te está cegando, Colton. Reconoce de una buena vez que no lo podías manejar. No puedes. Es la realidad. Necesitas ayuda; evidentemente, ahora no lo puedes ver, pero en un futuro lo agradecerás. Le agradecerás a esa persona que tuvo el valor suficiente para decírselo a tus padres. Para hacer lo que tú no podías.
Las palabras de su mejor amigo lo golpearon en seco. Si no fue Shepherd el que lo delató, entonces... ¿quién fue? Un dolor se concentró en lo profundo de su pecho. No consiguió responder porque estaba demasiado perdido en la persona que divisó unos metros más allá de Shep. Becca.
—Necesito estar solo —pronunció, antes de que la chica pudiera alcanzarlo—. No dejes que me siga.
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