57.


ROZANDO EL LIMITE


De a ratos, le costaba creer que su vida se había plagado de instantes felices; que, de pronto, se había convertido en una adolescente como el resto, que tenía familia, novio, amigos y que salía con ellos a pasar el rato después de estudiar. La última semana —y tras el dictamen del juez afirmando que Becca sería una Evans— la pasó empacando pertenencias y organizando ciertos detalles —como cuándo volvería al instituto—, acostumbrándose a una sensación de estabilidad que no había tenido en muchísimo tiempo.

Aunque en Sion Creek supo tener una rutina organizada y bastante predecible, debía atenerse a las órdenes del superior, quien podía cambiarlo todo de un día a otro. Vivía a merced de los caprichos de alguien más. Algo similar ocurrió en el hogar de acogida, donde Oscar ponía las reglas y los días en que regía el caos eran comunes.

Si debía ser sincera, dejar la casa de los Bradford le aterraba. Había generado una rutina con Colton que se formó inevitablemente desde que empezaron a vivir juntos. Desde lavarse los dientes, tomar el desayuno y lavar trastes, hasta hacer tareas del instituto, estudiar o simplemente pasar el rato en la sala de descanso, mirando una película, oyendo música o alentando a un equipo en un partido de baloncesto. Los días al lado de Colton eran tranquilos y, al mismo tiempo, emocionantes. Extrañaría con desesperación cada uno de esos instantes. También le causaba desconcierto no saber quién la abrazaría cuando una pesadilla la alteraba a mitad de la madrugada. No pensaba molestar a Maggie o Julian. Tendría que hallar la manera de calmarse por su cuenta.

Esa noche, no obstante, decidió evitar pensar en futuras complicaciones. Su único deseo era disfrutar el tiempo entre amigos que, tras acudir a una función de cine, decidieron detenerse en un parque deportivo a pasar el tiempo. Los chicos se emocionaron cuando vieron los aros de básquet y la cancha vacía.

—Ey, ¡eso está prohibido! —masculló Shepherd luego de que Colton interfirió en su lanzamiento, le robó el balón y se dirigió al aro contrario para encestar—. Estás violando las reglas, Bradford —espetó repleto de frustración.

Colton lo miró y deslizó una sonrisa victoriosa. Encestó una vez con suma facilidad.

—Aquí no hay reglas —sentenció, dado que se trataba de un juego informal en una cancha pública en la periferia de la ciudad. Los jóvenes solían acudir allí a jugar por diversión o simplemente a pasar un buen rato—. Aquí vale todo.

—En ningún momento lo aclaramos —reclamó con las manos apoyadas en las caderas.

Mientras tanto, Becca y Daisy reían por lo bajo al ver a los muchachos discutir por nimiedades. Un poco más allá, fuera de la cancha y sobre una banca de cemento, Julian y Kaylee compartían auriculares de un discman, completamente ajenos a lo que estaba ocurriendo.

—Pensé que era obvio —contestó Colton mofándose de la cara de frustración que tenía su mejor amigo—. Pero está bien, lo puedo entender. Podemos jugar otra vuelta y esta vez será justo para ambos —sugirió, llevando la mirada hacia Becca, que reía. Caminó hacia ella, con el balón entre manos, y se lo extendió—. Ten, Becky. Tú tendrás el honor de sacarnos campeones —guiñó un ojo, divertido.

Ella aceptó la propuesta, se colocó para encestar, pero, antes de que pudiera hacerlo, Colton la sujetó desde atrás y la elevó, haciendo que rompiera en carcajadas.

—Muy bien, hazlo como te enseñé, ¿recuerdas? Apunta hacia la cesta...

—Sí, sí. Creo que lo tengo —aseguró entre risas; agudizó la vista y, finalmente, lanzó el balón e hizo una cesta perfecta—. ¡Yay! ¡Ganamos! —festejó entusiasmada.

—Eso fue perfecto, hermosa. Excelente —la felicitó al mismo tiempo que sus pies tocaban nuevamente el suelo. De inmediato, la rodeó por detrás y la besó múltiples veces en la mejilla—. Eres la mejor, ¿sabes? Hiciste un gran trabajo esta noche.

—Ah, ¿lo hice? Digamos que, en realidad, lo has hecho todo tú —volteó a verlo con una sonrisa—. Eres invencible, Colton Bradford.

—Esto ya terminó, ¿no? —intervino Daisy notablemente exhausta—. No me gustan los deportes. Y no quiero volver a verlos discutir como dos niños de preescolar.

—¿No te gustan los deportes? —Shep cuestionó, curioso—. Tendrás que aprender las reglas básicas del básquet si quieres salir conmigo.

—¿Y quién dijo que quiero salir contigo, eh? —soltó con ironía.

Shep le sonrió: Daisy implicaba un desafío, lo que le gustaba muchísimo.

Distraída por la repentina «discusión», Becca atinó a buscar a Colton, pero notó que caminaba hacia el césped para luego sentarse sobre la mullida superficie, como si estuviera derrotado. Frunció ligeramente el ceño mientras se acercaba a paso rápido; era una de esas noches cálidas —la primavera estaba llegando—; la luz de la luna iluminaba sus expresiones y en el cielo no había una sola nube; era un manto completamente estrellado. Serena, se acomodó a un lado de Colton y sus ojos lo recorrieron con cierta preocupación.

Llevaba días acumulando esa angustiante sensación en el pecho. Un mal presentimiento. Intentó convencerse de que se debía a la ansiedad por tantos cambios repentinos, pero algo en su interior le decía que no se trataba de eso. Algo más ocurría.

—¿Estás bien? —preguntó. Él, como de costumbre, asintió—. Te ves agotado.

—Shep me agotó —trató de disimular la tensión, pero Becca no perdió la seriedad. Tenía miedo. Y, como si no fuera capaz de hacer más, lo abrazó y acomodó la cabeza sobre su pecho—. Ey, Becky. Tranquila. Estoy aquí. No pasa nada.

—Sí. Sí que pasa —expresó—. ¿Por qué me mientes, Cole? Es tu corazón, otra vez —percibió bajo su oído el ritmo acelerado. El modo cruel con el que golpeaba su pecho—. ¿Te duele?

—Un poco —confesó. Inhaló una larga bocanada de aire y la dejó ir, tratando de regular su respiración. No quería que nadie más lo supiera—. Ya se pasará. Solo necesito unos minutos.

Ella le dio espacio. Dejó de abrazarlo y, en su lugar, sostuvo su mano con fuerza. Lo contempló sufrir en silencio, minutos que fueron suficientes para darse cuenta de que no quería experimentar eso nunca más. Colton no merecía dañarse a sí mismo del modo en que lo hacía. Él siempre se las ingeniaba para ser el salvavidas de todas las personas que quería. En cambio, necesitaba a alguien que le tendiera una mano —aunque no pudiera reconocerlo—. En silencio, Becca se prometió a sí misma que eso no volvería a ocurrir.

—¿Está mejorando?

—Aún no —por mucho que quisiera disimular, había empezado a darse cuenta de que no podía fingir con Becca. No podía mentirle a ella. Todo su cuerpo lo delataba—. Ve con los demás, si quieres. No tienes que quedarte aquí —dijo, tras notar cómo el resto se divertía en la cancha. Se había armado otro partido entre Julian, Shep, Daisy y Kaylee.

—¿Y dejarte aquí solo? —murmuró como si fuera una alucinación—. Ni loca.

Sin perder la calma, se colocó detrás de Colton, lo abrazó por los hombros y dejó que se recostara sobre ella. Luego, llevó suavemente una mano a su pecho, ayudándolo a normalizar la respiración, inhalando y exhalando junto a él. Tras notar que se calmó, empezó a acariciar su cabello y lo besó en las mejillas, robándole sonrisas.

Ante la vista de cualquiera, se trataba de una típica pareja de recién enamorados que no podían despegarse. Sin embargo, ellos sabían que aquello era más fuerte. Era otra clase de conexión. Más profunda. Más letal. Donde lo compartían todo, incluso los puntos más débiles y oscuros.

—Cole... ¿No has vuelto a ver al médico? —negó en silencio—. Tienes que hacerlo.

—Lo sé.

—Y tienes que hablar con tus papás.

—Lo sé.

—¿Y por qué aún no lo haces? —trató de entender—. Solo dime la verdad. No estoy aquí para juzgarte.

—Hay una liga universitaria interesada en mí. Una de las más importantes —comentó como si fuera un hecho normal—. Es lo que esperé toda mi vida, Becky. Si entro a esa liga, estaré a un paso de las nacionales. Es lo que posiblemente suceda —lo tenía calculado. Había sido su sueño desde que era un niño en preescolar—. Sé que esto da miedo, pero lo puedo controlar. Simplemente... Lo estoy manejando. Lo hago bien —la convicción escaseó en las últimas palabras. Ella lo notó—. No quiero echar todo a perder cuando estoy a un paso de lograr lo que siempre quise. Sería injusto. En especial para todos los que me han apoyado y esperan verme triunfar.

Becca suspiró. Por un lado, lo comprendía. Por el otro, quería encontrar las palabras justas para hacer que viera la otra parte de la realidad. Sin dañar, sin ofender.

—¿Puedo decirte algo?

—Becky, tú puedes decirme lo que sea.

—Sería injusto que algo te sucediera por no escuchar las señales que te da tu cuerpo —murmuró con cuidado—. Tú eres la prioridad, ángel. Tienes que hacer lo que sea mejor para ti. Tú mismo me lo enseñaste, ¿recuerdas? —él asintió, reconoció que su novia estaba en lo cierto—. Sé que es difícil, sé que da miedo, pero... Estaré contigo en cada decisión que tomes. Siempre.

Él giró, la contempló con ternura e inició un beso al que ella accedió gustosa. El acto adquirió intensidad y, durante largos segundos, olvidaron que estaban en un sitio al aire libre o que sus amigos estaban a unos pasos más allá. Solo tenían capacidad para sentirse el uno al otro. Nada más.

Cuando se dieron un respiro, Becca lo miró dulcemente y su corazón se encogió de angustia de solo pensar que algo podía sucederle a Colton. Podía ver el miedo reflejado en sus ojos por mucho que se esforzara por ocultarlo. Podía sentir sus latidos temblorosos. Su respiración irregular. La duda plantada en su voz. Él no podía verlo, pero estaba hundiéndose en un pozo, solo. Becca no dejaría que sucediera. Lo amaba. Sabía cuánto lo apreciaban los demás. Tal vez había llegado el momento de rescatar a quien siempre salvaba a todos.


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