54.


INEVITABLE OSCURIDAD


La respiración de Becca se aceleró de golpe entre murmullos incoherentes. De pronto, se incorporó de un movimiento brusco, los murmullos se convirtieron en gritos que rompieron el silencio mientras sus brazos ejercían una pelea contra una fuerza invisible. Se movían, de un lado a otro, como si intentara apartar a alguien. Colton abrió los ojos de un modo instantáneo y se enderezó en la cama; desde que Becca residía en su casa no conseguía conciliar un sueño profundo por obvias razones —ella lidiaba con pesadillas cada vez que caía dormida—. Esta vez, notó que la intensidad del terror nocturno era mayor; de inmediato entró en alerta, dado que la manera en que Becca se movía podía afectar su fractura en recuperación.

—Becky —susurró, pero ella no escuchó. Su cuerpo seguía batallando. Su cabeza estaba inmersa en una pesadilla que no la dejaba ir. Sumamente cuidadoso, Colton la abrazó por detrás: la rodeó por los hombros, tratando de inmovilizarla sin lastimarla más—. Ey, linda. Tranquila. Soy yo, estás a salvo.

—No, no. Suéltame —Becca forcejeó. No podía escucharlo. Un espasmo la hizo contraer el torso y, de inmediato, emitió un gemido de dolor. Él se vio en la obligación de sujetarla con firmeza, protegiendo la zona del esternón, e incrementó la fuerza. Debía hacer lo correcto, así que trató de ignorar lo mucho que le afectaba verla sufrir así. Ella lo necesitaba entero—. Déjame en paz.

—Estás conmigo, Becky. Todo está bien. Nadie puede lastimarte, nadie puede hacerte daño. Estás a salvo —repitió con voz suave y tranquila.

Ella siguió luchando durante unos tres minutos que Colton experimentó como largas horas. Finalmente, los músculos de la chica se aflojaron, su cuerpo dejó de luchar y se dejó contener, temblorosa, entre sus brazos. Colton la acunó, repleto de paciencia, a pesar de que su corazón latía como si estuviera a punto de salirse del pecho. Poco a poco, la respiración de Becca comenzó a calmarse hasta que logró volver en sí y miró a su novio, desorientada.

—¿Cole? ¿Qué pasó?

—Tranquila. Tuviste una pesadilla, pero ya pasó —ella respiró, todavía asustada—. Eso es. Respira, preciosa —la mantendría entre sus brazos hasta calmarla—. ¿Te duele algo?

Ella asintió.

—Aquí —contestó, llevándose la mano al centro del pecho.

Colton tragó saliva, deseando que su condición no hubiera empeorado. Todo estaba bien. Todo estaba mejorando. Cuidadoso, recorrió con la palma de su mano la línea del esternón. Becca no emitió ningún quejido, así que supuso que la fractura no se había agravado.

—Te movías mucho. Traté de contenerte.

—Lo... Lo siento, Cole. Es que... No lo sé. No podía parar.

—Está bien. No es tu culpa, ¿sabes? Creo que tienes que hablar de tus pesadillas. Quizá... Quizá si me cuentas podrás dormir más tranquila —sugirió. Había algo en su interior que le decía que Becca se guardaba demasiado para sí misma. Cargaba con el peso de recuerdos dolorosos que aún no podía procesar del todo—. ¿Quieres contarme? —preguntó al mismo tiempo que la cubría con una manta; su cuerpo seguía temblando.

Becca echó la cabeza hacia un lado, lo miró con los ojos humedecidos y asintió. Las lágrimas cayeron de inmediato. Detestaba esa sensación de que la oscuridad se mantenía dentro de ella, como si nunca pudiera deshacerse totalmente.

—Siempre me golpearon —reveló—. En Sion Creek... Había castigos. Aunque no sucedían tan a menudo —se limpió las lágrimas con la palma de la mano. Se sentía segura allí, recostada en el pecho de Colton, mientras él la rodeaba con un brazo y, con la mano libre, acariciaba su rostro y el cabello—. Oscar, él... —solo nombrarlo le dio escalofríos—. Era impredecible. A veces me sacaba de la cama para golpearme. Así me despertaba —sorbió la nariz—. ¿Ves esto? —le mostró las cicatrices en una mano—. Ese día rompí un plato. Me golpeó y luego... Me pisó la mano y los vidrios me lastimaron.

—Lo siento tanto, Becky. Nadie debió tocarte nunca.

—Otras veces, él... Me encerraba en un cuarto muy pequeño, como un armario. Y ahí me quedaba por horas. Él... Los golpes empezaban de la nada. Era... brutal —tuvo que respirar—. Pero, a pesar de todo, lo que más dolía era... cuando me decía que estaba sola. Que nadie me quería. Que podría matarme y que nadie preguntaría por mí.

—No, no. Eso no es cierto. Eso nunca fue cierto —prometió—. Movería cielo y tierra por ti, preciosa. Todas las personas que te conocen te adoran. ¿Sabes? Nunca más vas a estar sola.

—Tengo miedo de no poder borrar de mi cabeza todas esas cosas... oscuras.

—Lo entiendo —la abrazó con más fuerza—. Pero todo es reciente. Tienes que darte tiempo para procesar lo que pasó. Vas a ver que, a medida que los días pasen, los recuerdos oscuros estarán cada vez más lejos. Hasta que un día apenas los recordarás.

—¿Eso crees? —elevó los ojos hacia él, con esperanza.

—Sí. Es lo que creo. Y es lo que pasará —pronunció con seguridad. Becca necesitaba esa clase de confianza; creer en que en un futuro su vida sería mejor—. Descansa, ¿quieres? Me quedaré aquí contigo, cuidando de ti.

—No me sueltes, Cole.

—No lo haré. Te abrazo mientras duermes, ¿está bien? —le dio un beso en la cabeza.

Y ella le regaló una sonrisa, dejándose querer.


🤍🏀🤍


Se restregó los ojos mientras aguardaba a que su taza de café estuviera lista. Luego, la sujetó y se sentó en un banquillo frente al desayunador. Miró a través de la ventana, en silencio; el sol terminaba de ponerse. Colton Bradford no había dormido más que unas tres horas —como mucho— después de otra noche en la que Becca sufrió pesadillas. El episodio en particular había sido más intenso, impactante y doloroso —ella era la principal afectada, pero él sufría en silencio—, soportando la impotencia de no poder hacer nada concreto para solucionarlo. Él mismo lo había dicho: la clave estaba en la paciencia. Inhaló profundo, trató de aliviar la tensión en el cuello y los hombros, después bebió otro sorbo de café.

—Buen día, hijo —saludó su madre, que apareció por detrás y le dio un beso en la mejilla—. ¿Te preparas para el instituto?

Él negó.

—Fue una noche dura, mamá —respondió con sinceridad—. No voy a ir a clases. Quiero estar aquí, con Becca.

—Colton... Cuidaré de Becca. Maggie también vendrá a visitarla —aseguró—. Tienes que ir al instituto. Estudiar y retomar los entrenamientos. Vamos, sé que es un momento complicado, pero tu vida sigue —dejó entrever un tono de regaño en su voz. Alguien tenía que ponerse firme—. Becca está aquí. Está segura. Estamos todos pendientes de ella, de que reciba la ayuda que necesita.

Su mano apretó la taza, repleto de tensión.

—Estoy agotado.

—Lo sé, hijo. Todo esto ha sido demasiado para cualquier chico de tu edad. Así que hazlo poco a poco, pero al menos asiste a clases, ¿está bien?

Colton analizó la situación. Consideró la sugerencia de su madre. Tenía sentido. Sin embargo, la cuestión académica no era una gran dificultad para él. Siempre había sido uno de los mejores estudiantes. Sabía que, a la distancia, podía mantener las buenas calificaciones —al menos durante un tiempo hasta que pudiera reincorporarse—. No sucedía lo mismo con los entrenamientos. En ese aspecto no había demasiado para pensar; su cuerpo necesitaba mantener el ritmo, no perder la fuerza ni la agilidad. Así que, tras sopesar todo, tomó una decisión.

—Bien. Voy a retomar los entrenamientos —anunció—. Pero estudiaré en casa para los exámenes. Ya está decidido.

A fin de cuentas, no había mucho que su madre pudiera hacer para cambiar eso. Durante su vida, en general, Colton jamás trajo problemas. Siempre encontró el modo de hacer lo correcto. Traía las mejores calificaciones, destacaba en el deporte y lo reconocían como una persona de valores, solidario y gentil. A menudo superaba las expectativas que sus padres ponían sobre él. Ada consideró que, por primera vez, Colton necesitaba salirse de la línea. Incluso quizá necesitaba cometer errores para luego aprender de ellos. Así que no lo cuestionó.


🤍🏀🤍


—Bradford, por hoy te quedas fuera —indicó Kampbell mientras apuntaba al banquillo de descanso—. Necesito que analices el rendimiento de tus compañeros en sus respectivas posiciones. Confío en tu ojo crítico.

Rígido, Colton arrojó con fuerza la pelota de básquet contra el piso. Esta rebotó, causando un estruendo. Sus compañeros voltearon a verlo, pasmados, excepto Shepherd y Julian, que lo hicieron con evidente preocupación. Sí. Era extraño que el entrenador le estuviera pidiendo aquel «favor» a Colton. ¿Por qué aislar del entrenamiento al mejor jugador del equipo?

—Es más fácil ser honesto, Kampbell. Simplemente puede decir que no me quiere ver aquí —soltó, irritado—. De todas formas, tengo mejores cosas que hacer —aseguró. Y, sin más, se dirigió a paso rápido hacia los vestuarios, dejando en el recinto un silencio sepulcral.

Abrió el locker, se quitó el uniforme deportivo y procedió a vestirse con su ropa común. Una vez listo, cerró el locker de un portazo y le colocó el seguro. Frustrado, se dejó caer sobre la superficie de metal y emitió un grito ahogado, mientras sus nudillos se apretaban hasta volverse blancos. En ese instante, sus pensamientos eran tan caóticos que no sabía cómo afrontarlos.

—Trato de cuidarte, Colton —interrumpió el entrenador—. Tus amigos también están preocupados por ti.

Shepherd. Era el único que había presenciado los episodios que le aceleraban el corazón y le hacían compleja la simple tarea de respirar. Shepherd también había visto cómo, horas atrás, casi se quedó dormido mientras aguardaban el inicio del entrenamiento dentro del auto. Resopló, molesto. Había algo rígido en su personalidad que se resentía cuando otra persona se preocupaba por él. Algo que lo hacía sentir incómodo. Débil y más pequeño. Algo con lo que no podía lidiar.

—Estoy bien —aseguró—. Perdí varios días de entrenamiento. No puede quitarme más —expresó su queja—. Además, los agentes han puesto interés en mí. Necesito ingresar a una liga universitaria para luego jugar en la nacional. Usted sabe mejor que nadie cómo funciona.

—Claro que lo sé, muchacho —masculló—. Me pediste que fuera sincero. Bien. Creo que no estás rindiendo ni la mitad de lo que puedes dar. Algo está mal contigo. Y no me refiero a los problemas con tu novia. Es algo tuyo —manifestó con cierta dureza. Colton sintió que lo sacudían—. Hazte cargo, Bradford. Asume tus problemas. Nadie más puede hacerlo por ti.

El chico afiló la mirada. Tenía la sensación de que estaba siendo traicionado.

—¿Me dejará jugar, entonces?

—Hoy, aquí, no —concluyó—. Apenas puedes tener los ojos abiertos. Ve a descansar.

Presionó la mandíbula y asintió. Había una gran cantidad de furia en su interior, pero, durante un instante, algo iluminó sus pensamientos y razonó. Apreciaba al equipo escolar, había aprendido de la mano de Kampbell y, de hecho, tenía una gran admiración por el hombre. No podía darse el lujo de expresar su enfado sin detenerse a estudiar la situación. Quizá había un centenar de cosas que aún no podía ver. Quizá necesitaba algo más de tiempo para entrar en razón: la seguridad de que, a pesar de sus problemas, su carrera —que apenas comenzaba— no se echaría a perder. Sin embargo, no existía una forma concreta de hallar esa seguridad. La única realidad era que todo dependía de su estado de salud y las sugerencias médicas. A lo que solo podía llegar —como había dicho Kampbell— enfrentando el problema. Pero tenía miedo. Demasiado. Y no sabía a qué aferrarse.


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