51.


NADA MEJOR QUE LA VENGANZA


—¡Ustedes tres! —exclamó Ada al divisar a los muchachos en la puerta de salida del hospital. Tras asegurarse de que Becca estaba acompañada por Kaylee y Daisy, pusieron en marcha el plan—. ¿Se puede saber lo que están tramando? ¿Adónde van? —cuestionó, viéndolos de manera sospechosa.

Julian pasó desapercibido. En cambio, Shep estaba serio —algo inusual— y Colton, de repente, aprobaba salir del hospital.

—Estás haciendo demasiadas preguntas, mamá —contestó frustrado—. Vamos a dar una vuelta.

—¿Te llevarás el auto?

—Sí.

—¿No sería mejor que dieras la vuelta caminando? Por aquí. La verdad es que tomar un poco de aire no te vendría nada mal —sugirió—. O puedo llevarte a casa para que duermas un poco.

—No —pronunció convencido—. Voy a salir y luego regreso; quédate pendiente de Becca por mí, por favor. Gracias, adiós —se despidió de su madre y, apresurado, sujetó a Shep del brazo y lo arrastró hacia afuera. Sabía que, si su madre empezaba a cuestionarlo, Shep terminaría contando la verdad—. Hay que darse prisa, chicos. No podemos tardar demasiado o saldrá a buscarnos.


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—No quería ser prejuicioso —pronunció Colton mientras, desde el asiento del conductor, observó la fachada del hogar de acogida. Habían aparcado el vehículo justo enfrente—. Pero estaba en lo cierto. Cada vez que tenía que dejarla aquí... Me preocupaba.

—Y con razón —coincidió Shep, en el asiento del acompañante—. Mi casa no es una mansión, pero esto se ve como una pocilga —arrugó la nariz—. Parece de terror.

Sin perder tiempo, Julian salió de los asientos traseros y cerró la puerta. Tenía claro el objetivo.

—¿Qué hace?

—Tenemos que entrar —recordó Cole—. Tú fuiste el de la idea, ¿recuerdas?

Una vez que los tres estuvieron fuera, se mantuvieron de pie a la orilla de la acera. Sabían lo que harían; sin embargo, no habían planeado nada con exactitud. Colton evaluó los movimientos a la distancia; por el momento, prevalecía la quietud. Afuera, los envolvía la oscuridad de la noche y un frío que, ante la falta de sol, se volvió más cruel. De pronto, divisaron a dos jóvenes con gorros de lana abandonar la casa y caminar en dirección al centro. Ambos tenían la expresión hundida, agotados. Lo que no era extraño —nadie podía vivir bien en un sitio como ese—.

—¿Todavía siguen ahí? —cuestionó Julian.

—Sí. La policía aún no puede hacer nada. O no quiere, no sé —explicó Colton todavía furioso por las novedades que su padre le comunicó unas horas atrás—. Según ellos, están esperando la orden de la justicia para arrestarlo. Así que seamos cuidadosos, es posible que haya más personas dentro —advirtió.

Entonces, dio un paso al frente y se encaminó hacia la puerta de ingreso. Le dio escalofríos recordar aquellas veces en que dejó a Becca justo allí, frente a esa puerta. La veía entrar, con una mezcla de extrañas sensaciones en la boca del estómago, y luego simplemente se marchaba tratando de ignorar esa intuición mientras se acusaba a sí mismo de ser «sobreprotector». Temiendo «ahogarla» si se entrometía demasiado en su vida, en especial porque ella se lo había pedido unas cuantas veces: «no hagas preguntas». Y él lo intentó respetar. Aun así, no se dio por vencido. Sabía que algo pasaba. Siempre estuvo en lo cierto.

Tocó varias veces.

—¿Quién mierda se atreve a molestar a esta hora? —se oyó un grito molesto del otro lado.

Después, la puerta se abrió y Oscar se asomó con intenciones de echarlos. No lo consiguió. Palideció al darse cuenta de quién se trataba. Colton lo sujetó del cuello y lo arrastró hacia dentro. Olvidó cada precaución. Olvidó sus propias palabras. «Seamos cuidadosos». Fue imposible. En cuanto divisó al psicópata que había enviado a su chica al hospital, la furia se inyectó en su cuerpo, causando un efecto inmediato. Notó que el tipo iba borracho. En otra ocasión, habría pensado que sería injusto atacar a alguien que no contaba con el uso total de sus facultades físicas y mentales. Frente a ese sujeto, no le importó. Él se aprovechó de una menor que estaba a su cargo. De su fragilidad. De lo indefensa que quedaba frente a él. La golpeó tanto que su vida corrió peligro. La imagen de Becca completamente herida en la gasolinera pasó por su cabeza; lo cegó. De un golpe en el estómago, tiró a Oscar al piso y, así, incapaz de defenderse, comenzó a golpearlo tanto como podía.

—Ahora buscaremos las cosas de Becca y tú te quedarás aquí. No harás nada. No llamarás a nadie. ¿Está claro? —lo amenazó—. Si te atreves a hacer algo... Recuerda que todavía me quedan muchas ganas de golpearte.

—Cole... —Shep hizo un ademán para que se diera prisa. Todo había sucedido demasiado rápido; tanto que ninguno de los dos tuvo tiempo de interceder. Solo resguardar su espalda, por si acaso—. Vamos. No creo que pueda moverse demasiado después de la paliza que le diste.

Agitado, el muchacho volteó hacia la escalera y guió a sus amigos hacia el cuarto —antiguo— de Becca. La puerta estaba abierta. Vacío, al igual que el resto de la casa. Aquello era un alivio, porque incomodar a gente inocente no estaba en sus planes. Del mismo modo que la primera vez, Colton experimentó una abrumadora sensación de descuido tras divisar las condiciones en las que vivía su Becky. Muebles deteriorados, paredes con grietas y humedad, pintura descascarada, pisos dañados, acumulación de polvo en algunos sectores y problemas de iluminación. Sin embargo, el sector de Becca lucía pulcro y ordenado; las prendas de vestir prolijas y dobladas en pila sobre un estante. En su mesita de noche había una libreta, una loción corporal de lavanda y su queridísimo collar con la delicada cruz que llevaba a menudo. Tragó saliva, notablemente conmovido. A pesar de todo, ella intentó mantener un lugar armonioso en medio del caos.

Julian, ante el desagradable panorama, comprendió por qué a menudo Becca prefería descansar en su casa —además de la violencia, las condiciones eran deplorables—. No vivía entre grandes lujos, pero tenía las comodidades básicas y una madre que mantenía la calidez del hogar. Shepherd, de pie a un costado, se sintió ligeramente identificado con la situación. No por las condiciones físicas, más bien por el clima frío y vacío que se respiraba. Allí no residía una familia. Solo personas tratando de sobrevivir por sus propios medios. Becca siempre le resultó adorable; se le hacía difícil imaginar por todo lo que había pasado entre esas cuatro paredes. Le rompía un poco el corazón.

Colton no trastabilló. Dio un paso al frente, sujetó un bolso y empezó a guardar las pertenencias de Becca. Si seguía hundiéndose en pensamientos, alimentaría su furia y volvería a darle otra paliza a Oscar. Ya había sido suficiente.

—Becca no puede volver a este lugar —pronunció Julian totalmente asqueado por lo que veía—. No es posible, ¿verdad?

—No lo hará —aseguró Cole—. Tampoco irá a otro sitio extraño. No puede correr ese riesgo otra vez. Me tiene a mí. A ti. A nosotros. Mientras se recupera, tenemos que encontrar la manera de que oficialmente se quede entre nosotros —fijó la mirada en Julian. Sabía que Becca lo consideraba un hermano. Sabía que él la quería de un modo fraternal y sincero—. Quizá en mi casa. O en la tuya.

—Eso estaba pensando.

—Hablaremos con ella cuando llegue el momento.

—Aquí siguen viviendo niños, ¿se dieron cuenta? —intercedió Shep, desconcertado—. También deberían sacarlos.

—La justicia toma tiempo, Shep.

—La justicia es una mierda.

—Lo sé. Si funcionara, este lugar no existiría. No habría menores a cargo de ese hijo de puta —Cole, conteniendo la furia, cerró el bolso y se lo colgó a un hombro. Dejó la habitación y se encaminó hacia la planta baja.

Próximo a la salida, giró buscando la presencia de sus amigos y los divisó alrededor de Oscar, que continuaba tendido en el suelo. Alzó las cejas al notar que su mejor amigo cargaba un bate de béisbol que, segundos antes, encontró de casualidad husmeando la habitación de los chicos. Pensó en frenarlos. No obstante, tenía memoria: Oscar jamás tuvo piedad con Becca. Así que los dejó hacer.

—Vamos, ¿por qué no te levantas? ¿No puedes? —preguntó Julian, irónico. Acto seguido, le dio una patada en el torso—. ¿Ves? Así es como se siente que alguien te golpee cuando no puedes defenderte.

—Por fortuna, existe el karma. Tarde o temprano, todo vuelve —Shep lo golpeó con el bate; luego, lo dejó caer a un lado. Oscar, aturdido y destruido, se encogió en posición fetal—. Espero que te pudras en la cárcel, hijo de puta —pronunció y, antes de irse, regresó para escupirlo.

Lo habían hecho. Antes de que alguien más pudiera percatarse de la hazaña, los muchachos salieron de la casa. Rápido, Julian subió a la parte trasera del vehículo. Shep estaba a punto de ingresar del lado del acompañante cuando retrocedió y notó que Colton se había parado a un costado del capó. En un hombro, cargaba el bolso con las pertenencias de Becca y se sostenía de la superficie metálica con ambas manos, como si no pudiera mantener el equilibrio por sí mismo. Preocupado, Shepherd arrugó el entrecejo y se acercó.

—Mierda. No tendría que haber dejado que hicieras esto —masculló, culposo—. ¿Estás bien, amigo? Está pasando otra vez, ¿no?

El deportista asintió. Cabizbajo, su mirada estaba puesta en el suelo. Las punzadas en el pecho eran intensas. Profundas. Dolían. Se focalizó en ser consciente de su respiración. Inhaló y expulsó el aire, como pudo. «No pasa nada. No pasa nada. No pasa nada». El mundo acababa de darle otro golpe: uno que le recordaba que su problema seguía ahí. Esperando atención. No lo había olvidado; evidentemente pasó a un segundo plano por lo que ocurrió con Becca. Colton creyó que podía manejarlo —si no entrenaba, ese corazón rebelde se mantendría quieto—; nada más lejos de la realidad. La salud, al igual que los sentimientos, era algo sobre lo que no tenía demasiado control. Darle una golpiza a Oscar incrementó el riesgo de sufrir un episodio. La furia, la angustia y la bronca acumulada también presionaron su pecho hasta ahogarlo.

—No pasa nada. Se está calmando —aseguró. Todavía agitado—. Vamos —atinó a caminar hacia la puerta; Shep lo detuvo.

—Dame las llaves.

—Shep...

—Te he dicho que me des las llaves —insistió. Entonces, contra su voluntad, hurgó en el bolsillo de su chaqueta y se las arrebató—. No eres un maldito héroe con superpoderes, Colton. No eres invencible. Ocúpate de eso o será demasiado tarde.

—Lo estoy haciendo.

—Hazlo más rápido. Dile a tu padre. Sabes que en un segundo conseguiría que te viera el mejor especialista del país —lo regañó, afectado. La actitud obstinada de Colton le causaba una angustiante impotencia que no podía contener—. Aún tienes la oportunidad. No la eches a perder.

Tenso, Shepherd ocupó el lugar del conductor y, segundos después, Colton se acomodó a su lado. Julian los observó, perplejo. Era evidente que había pasado algo que él no comprendía en absoluto. Los chicos tenían un lazo de amistad fuerte y exclusivo, de esos que cualquiera puede admirar, pero en los que no puede interceder.

En marcha, comenzaron a alejarse del hogar de acogida. Un horrible sitio que Becca no pisaría nunca más.

—¿Creen que le rompimos algún hueso? —interrumpió Julian, dispuesto a disipar la tensión.

—Shep con el bate, seguro —Colton lo dio por hecho—. Posiblemente un par de costillas.

—Oí el crujido. Fue escalofriante. Ese tipo lo es —confesó el autor—. Oh. No. No puede ser.

—¿Ahora qué pasa?

—Irá a la cárcel, ¿verdad? Es seguro, ¿o no? —preguntó mientras un puñado de pensamientos catastróficos paseaban por su cabeza—. ¿Y si se libra y quiere tomar venganza sobre nosotros? Vendrá a buscarme a mí primero. Yo lo golpeé con el bate.

En medio de la desoladora situación, Colton soltó una carcajada.

—Ese hijo de puta se va a pudrir en la cárcel —prometió—. Y pasará cada segundo del resto de su vida arrepintiéndose de haber tocado a Becca.


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