50.


ENTRE TUS BRAZOS


—Colton, ahora Becca hablará con la policía. Por protocolo, no puedes estar en la habitación mientras le toman declaración, pero puedes esperar aquí y, cuando terminen, podrás volver a verla —explicó la trabajadora social, armada de paciencia. Lo mismo había tenido que indicarle a Becca minutos atrás, cuando pidió su compañía. Solo se permitía la presencia de la trabajadora social y un adulto responsable que, en ese caso, fue Maggie—. ¿De acuerdo?

A regañadientes, Colton asintió.

—¿Puedes decirle que estoy aquí?

—Ella lo sabe. Pero se lo diré de todas formas.

—Gracias —se cruzó de brazos, todavía inquieto—. Sean cuidadosos, por favor. Becca... está más sensible de lo usual. Quizá ni siquiera pueda hablar. O sí. No lo sé. Pero no la fuercen.

—Eso no pasará, tranquilo. Mi trabajo es garantizar su bienestar. Ella puede detenerse si lo cree necesario. ¿Alguna otra pregunta?

—Bien. Lo entendí —asimiló—. No. Es todo.


🤍🏀🤍


Aunque Colton moría por ingresar, no le quedó opción más que respetar el protocolo. Además, confiaba en que Maggie también estaba genuinamente preocupada. La mujer —al igual que Ada— había cargado un bolso con algunas pertenencias, incluso una manta color lavanda que Becca solía utilizar cuando dormía en su casa. En cuanto ingresó, la extendió sobre la chica y se aseguró de que estuviera cómoda; luego, ayudó a que bebiera un poco de agua —lo hizo de a pequeños sorbos— y se encargó de abrir las cortinas, procurando la llegada de algunos rayos de sol que cambiaron de forma radical la energía de aquella habitación. Los hospitales podían llegar a ser realmente espeluznantes.

Becca, por su parte, sintió que Maggie le había leído la mente. Había muchas cosas que quería pedir, expresar, pero el dolor que la invadía cada vez que hablaba era un obstáculo. La doctora le sugirió que se tomara el interrogatorio con calma: «dosifica la energía; habla cuando lo creas realmente necesario». No había prisas.

Sin embargo, Colton sí las tenía. Inquieto, caminó a través del pasillo de un lado a otro, hasta que Shepherd lo sujetó por los hombros y lo obligó a ocupar una de las sillas, justo al lado de Julian. Después, él también se ubicó. Los tres permanecieron en silencio durante unos largos minutos.

—Esto es una mierda —soltó Julian.

—Lo es —Shep coincidió.

Colton solo suspiró, abrumado.

—Jamás sospeché de su tutor. Ella ni siquiera lo mencionaba —habló de nuevo Julian; la indignación lo sobrepasaba.

—Lo conocí —Colton apretó la mandíbula con la mirada puesta en el piso—. Una tarde recogí a Becca en el hogar. Él estaba ahí. Fue cordial, pero, de todos modos, me dio esa mala impresión. Él... —sintió que su estómago se encogía—. Le quebró el esternón. ¿Sabes la fuerza que se necesita para hacer eso? Es monstruoso.

—Hijo de puta —masculló—. Becca no puede volver ahí nunca más.

—Deberíamos romperle algunos huesos a él, ¿no? Sería lo justo —le manifestó a Shep, de repente. Los chicos lo miraron como si acabara de expresar la mejor idea que habían oído en mucho tiempo—. Tres contra uno. Ni siquiera tendría chance de defenderse. Así como se lo hizo a Becca porque, obviamente, ella no tenía posibilidades de defenderse contra esa bestia.

En silencio, Colton analizó la propuesta. Tenía sentido. El problema radicaba en que sus padres le habían repetido una cantidad incontable de veces: «tú solo tienes que quedarte aquí con Becca, nosotros nos ocuparemos del resto». Aun así, no confiaba. La policía atraparía a Oscar, con suerte lo meterían a la cárcel, ¿y luego qué? Nadie se encargaría de infligir el mismo daño que él causó a Becca. Ellos, al menos, tenían la capacidad de darle la experiencia por un rato.

—Es un buen punto —reconoció Cole—. Y podríamos recoger las pertenencias de Becca. Así no tendría que volver jamás, ni siquiera a buscar sus cosas.

—¿Cuándo lo haremos? —Julian ni siquiera lo dudó—. ¿Ahora?

—La policía está hablando con Becca. Quiero verla cuando termine —comentó—. Podemos hacerlo cerca del atardecer.

—Bien. Está hecho —serio, Shep cerró el acuerdo. Lo harían.


🤍🏀🤍


Tenso, Colton dirigió la vista hacia la sala que aún permanecía cerrada. Los agentes se habían marchado varios minutos atrás, pero la enfermera todavía no otorgaba permisos para ingresar nuevamente. Estaba hecho un ovillo de nervios; sin embargo, en ningún momento se preocupó por su salud. La única opción, en su mente, era mantenerse fuerte. Nada de flaquear. Mientras tanto, Shep acompañó a Julian al exterior del hospital a respirar aire fresco y aguardar la llegada de Daisy y Kaylee. Le insistieron —unas trescientas veces— en que debía salir también, pero se negó rotundamente. Necesitaba estar cerca de Becca.

Agudizó la vista cuando, al final del pasillo, divisó a sus padres junto a Maggie, conversando. Su madre —siempre con una expresión que emanaba tranquilidad— lo invitó a acercarse. Colton caminó a paso rápido hasta llegar a ellos.

—Cariño, hemos estado hablando con la trabajadora social —comentó, serena—. Tenemos algunas novedades. ¿Por qué no vamos a tomar un café? —señaló el pequeño sector de cafetería que estaba a escasos metros—. Tienes que darte un respiro, eh —le acomodó el cabello con cariño.

—Tengo que ver a Becca —suspiró. ¿Tan difícil era comprender que solo quería estar con ella?

—Lo sé, la verás pronto —aseguró—. La doctora dijo que le harían unos estudios de rutina; en media hora te dejarán entrar.

Frustrado, apretó la mandíbula. Llevaba horas esperando. ¿Por qué nadie fue capaz de comunicárselo antes? Le daba la impresión de que solo se enfocaban en los adultos; como si fueran los únicos aptos para tomar decisiones sensatas. Él amaba a Becca. Ella a él. Nadie podía entender esa conexión, nadie tenía el sentido común de ver lo que pasaba. Como si el amor fuera un detalle mínimo en todo el caos. Sí, tenían que tomar decisiones burocráticas sobre Becca y su situación, pero no debían olvidar que ella era una chica de dieciséis años repleta de miedos y sentimientos. Alguien que necesitaba contención sobre todas las demás cosas.

—Cinco minutos —respondió con límites—. ¿Cuáles son las novedades?


🤍🏀🤍


Tal como lo habían indicado, media hora después, Becca estaba tranquila en su habitación. Algo más lúcida, el paso lento del tiempo la desesperaba, así como también el tener que quedarse quieta, prácticamente sin moverse de la cama. De a ratos, luchaba contra el instinto de quitarse las agujas, los sueros y los cables que la invadía, pero ya le habían explicado que los sueros calmaban el dolor y los aparatos monitoreaban sus signos vitales. Estaba exhausta. Aburrida. Sola. Los ojos se le llenaron de lágrimas porque los minutos transcurrían como horas eternas. Estaba harta.

A duras penas, consiguió aceptar la idea de hablar con la policía y —sin demasiado esfuerzo— respondió las preguntas, aunque no dejó de sentir una profunda incomodidad por tener que hablar sobre algo tan personal e íntimo con dos agentes desconocidos. Estar rodeada de desconocidos —aunque eran profesionales tratando de ayudar— le había despertado un oscuro rencor del que no podía desprenderse. No quería a nadie más tomando decisiones sobre ella. Opinando. Mirándola con lástima. Solo quería colocarse bajo las miradas amables de las personas que más quería. En especial, bajo los ojos de Colton. Él nunca la había visto con lástima ni con prejuicios. Solo la veía tal como era; e incluso como si pudiera ver la luz a su alrededor, el potencial que albergaba, su mejor versión.

—Hola, hermosa —la voz de Colton la reconfortó. Los ojos se le iluminaron como si el mundo cobrara color de golpe—. Te extrañé, ¿sabes?

—Yo también —coincidió, deslizando una pequeña sonrisa a pesar del dolor en su labio herido—. ¿Dónde estabas? —había miedo en su tono.

—Del otro lado. No me dejaban ingresar —mencionó para luego dejar un beso en la frente—. En ningún momento dejé el hospital. La única forma en que lo haría es si te vas conmigo, ¿de acuerdo?

Ella asintió.

—También tienes que descansar.

—Lo hago. No te preocupes por eso. No pasa nada —quería restarle cualquier tipo de carga. Ella era lo único que importaba en ese momento. Recuperarse debía ser su única preocupación. Ella misma, su prioridad—. ¿Quieres oír una buena noticia?

—Sí, pero... Antes, ¿puedes venir aquí y abrazarme? —pidió. Frágil. Resguardarse entre sus brazos era de las sensaciones más placenteras que conocía.

Colton la miró, conmovido. La única razón por la que aún no lo había hecho era su temor a lastimarla más. Aun así, asintió. Encontraría la forma de hacerlo sin causarle dolor.

—Claro que sí —cedió—. Lo haré con cuidado.

—Por favor. Esta cama es demasiado grande para mí sola.

Poco a poco, a través de movimientos cuidadosos, Colton se recostó en un lateral vacío. Era cierto. Becca ocupaba tan solo la mitad. Pasó un brazo por encima de su cabeza y el otro lo ubicó alrededor de su cintura. Tuvo extremo cuidado al hacerlo. Calculó cada pequeño movimiento, delicado, para no causarle ningún tipo de molestia. Ella recibió su calor. Las cosquillas agradables en el estómago. La seguridad. Ladeó la cabeza, apoyándola ligeramente en su pecho. Y empezó a acariciar su cabello, sin prisas, con suavidad. Entonces, fue como un remedio de efecto inmediato. Su estado de alerta disminuyó. Pensó que podía cerrar los ojos y dejarse llevar; no existía el miedo.

—Los médicos hablaron con mis padres —comentó sin dejar de acariciarla—. Dijeron que puedes continuar la recuperación fuera del hospital, así que ellos pensaron que podrías hacerlo en casa. Tendrás todas las comodidades y, además, mi padre es médico, así que estaría pendiente por si acaso —continuó—. ¿Te gustaría ir a casa, Becky? Es tu decisión.

—¿Ya es seguro? —elevó la vista, ilusionada—. Es que no quiero ponerme feliz antes de tiempo.

—Es completamente seguro, solo depende de ti.

—Sí. Sí, quiero quedarme en tu casa, Cole —el modo en que respondió emitía destellos de alegría.

—Aún no sabía tu respuesta, pero ya estaba pensando en los planes increíbles que podríamos hacer.

—Quiero saberlos.

—Bueno, podríamos ver cientos de películas. O series.

—Y partidos de básquet, aunque todavía no entiendo demasiado.

—Claro, partidos de básquet —coincidió—. Y como sé que te gustan las historias, tal vez podría leer alguna en voz alta.

—Creo que tendré que ponerme al día con el instituto. No quiero perder la beca —exhaló, despacio.

—No lo harás. Te ayudaré a poner al día todas las asignaturas —aseguró—. También puedo cocinar algo delicioso. Llevarte el desayuno a la cama —ella volvió a esbozar una ligera sonrisa—. Poner música. Y por las tardes podríamos salir al patio o al balcón. Tomar un poco de sol, ver el atardecer.

—Creo que Shep se va a poner un poco celoso.

—Tendrá que entenderlo —siguió la broma.

—Lo podríamos invitar de vez en cuando, ¿no? —sugirió—. También a Julian. Y a las chicas.

—Sí, no estaría mal. Todo lo que tú quieras, Becky —prometió. Supo, entonces, que no había manera de que él dijera que no a uno de sus pedidos. Tal como se lo advirtió en una antigua ocasión: «prepárate porque de ahora en adelante pienso hacer realidad todos tus deseos».

Colton continuó enumerando con voz suave todas las actividades que podían hacer juntos mientras estuviera en recuperación. Luego, repasó lo que harían cuando ella estuviera recuperada y en condiciones de salir. Festejar su cumpleaños. Viajar. Dar un paseo en el auto mientras se asomaba por el hueco en el techo. Visitar el campo de flores. Aprender a jugar básquet —él le enseñaría—. Todo lo que quisiera, y más.

Becca cayó dormida, pero, esta vez, se sumergió en sueños más coloridos y vívidos, aferrada a la esperanza de que, poco a poco, la oscuridad se iría.


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