41.
BROMA CRUEL Y DECISIONES SEVERAS
Se ocultó en la biblioteca. Se ocultó en el baño. Finalmente, se ocultó bajo las gradas del patio trasero. Cualquier lugar daba igual; Becca solo tenía una misión: mantenerse lejos de Colton. Estaba hecha un desastre y él, sin duda, lo notaría. Podría notar el vendaje en su mano. Las ojeras moradas por falta de descanso. Incluso podría notar cómo le dolía al respirar. Y no quería causarle problemas; aun sabiendo que él tenía los propios, que también debía ocuparse de su propia salud. Becca, sencillamente, se sentía un incordio para la mayoría de las personas. También huía de Julian y de cualquier otro ser humano que estuviera dispuesto a tenderle una mano. No quería ser una molestia. Una inútil carga que ponía obstáculos en el camino a los demás.
Ya inventaría alguna excusa para ausentarse del trabajo —con la mano herida iba a ser difícil cargar bandejas—, pero eso lo dejaría para más tarde. Mientras tanto, se acomodó sobre el pasto e intentó concentrarse en leer un texto que el profesor de literatura había encargado. La lectura se le hacía pesada. Densa. Los ojos se le cerraban constantemente, porque todo lo que quería hacer era echarse a dormir en una superficie mullida dentro de un ambiente cálido y tranquilo.
—Ey, Becca —una voz masculina la distrajo—. ¿Qué haces aquí? Colton te ha estado buscando por todas partes.
—No se lo digas, Shep —pidió desesperada—. Por favor.
La expresión del chico cambió a confusión.
—¿Están peleados?
—No —se limitó a responder. La atenta mirada de Shep la inquietaba. Parecía verdaderamente preocupado.
—¿Entonces qué pasó?
—Uhm, yo... Tuve... Tuve un accidente —comentó en un hilo de voz—. Pero no lo quiero preocupar. Ya sabes. Por su problema en el corazón, él... Tiene demasiado con eso —explicó. Aquello era cierto. Colton tenía que ocuparse de su salud primero.
—Un accidente —Shepherd analizó la situación—. ¿Qué clase de accidente? ¿Estás herida?
—Me... Me corté la mano.
El chico palideció. Echó un vistazo, notando el vendaje alrededor de la mano derecha que asomaba bajo el cárdigan del instituto.
—¿Has ido a enfermería? Tienes que hacerlo.
—No. Está... todo bajo control —mintió—. No quiero preocupar a nadie.
—¡Chicos, aquí están! —pronunció Daisy, que llevaba tiempo buscando caras familiares alrededor del instituto. Había transitado todos los recovecos en busca de gente que pudiera darle apoyo en cierto acontecimiento especial—. Los necesito.
—Tus deseos son órdenes, princesa.
Ella puso los ojos en blanco. Becca contuvo una sonrisa porque las ocurrencias de Shepherd le resultaban divertidas.
—Hablo en serio, Shepherd —murmuró con firmeza—. Por si no lo sabían, me postulé como presidenta del centro estudiantil. La presentación de candidatos comienza en media hora en el auditorio. Es obligatorio que todos los estudiantes asistan. Además... Sería agradable contar con el apoyo de ustedes. Ver rostros conocidos en el público, incluido tú, Shep.
Él sonrió prácticamente derretido.
—Me subo al escenario contigo si es necesario —aseguró—. Claro que vamos a ir, ¿verdad, Beck?
—Sí. Claro que sí. Somos tus amigos —dio por sentado. Pensó que acompañar a su única amiga sería una gran distracción en medio de todo el dolor que sentía—. ¿Podrían explicarme qué es un centro estudiantil?
—Por supuesto. Te lo explico en el camino —dijo la chica mientras, de pie, la sujetó de forma amigable del brazo.
🤍🏀🤍
Daisy bajó del escenario acompañada de una marea de aplausos alentadores. Había dejado a todos entusiasmados con sus propuestas que, en primer lugar, priorizaban a los estudiantes. Mientras que los profesores habían quedado enmudecidos ante la capacidad discursiva de la adolescente. Sin duda, en un futuro podría dedicarse a la política si así lo quisiera. Los estudiantes de todos los años estaban presentes; incluido el equipo completo de baloncesto, a quienes su entrenador, Kampbell, obligó a sentarse en las primeras filas. Entre tanto, Becca había ocupado una butaca cerca de la salida, fiel a su tendencia a aislarse de la multitud.
El acto parecía estar a punto de acabar cuando el profesor que dirigía la jornada reapareció en el escenario con el micrófono en mano, anunciando que «había un candidato de último momento».
—Escuchemos todos al último candidato a presidente estudiantil, Rowley Koch —presentó en un tono cargado de emoción.
No sucedió lo mismo en la multitud. La mayoría deseaba marcharse. Los jugadores de basquetbol repartieron miradas de confusión. ¿Por qué de pronto alguien como Rowley se interesaba en esos tópicos puramente académicos? No tenía sentido.
—Hola, hola. Nadie esperaba verme aquí, ¿eh? Puedo ver sus caras de sorpresa —trató de sonar divertido—. Sé que debería empezar hablando de mí, dándoles motivos para confiar y contar mis propuestas, pero antes... Tengo algo más interesante —introdujo un pendrive en la laptop encendida, conectada a un proyector sobre una pequeña mesa—. Presten atención —sonrió con malicia; al instante dio inicio a un archivo de vídeo.
En la pantalla grande, comenzaron a reproducirse imágenes de campos verdes, montañas y mujeres vestidas completamente de blanco realizando distintas actividades, todo acompañado de una música celestial de fondo, junto a frases como «la pureza es el camino», «sé dócil, sé obediente», «obediencia, entrega, silencio», «las mujeres deben servir al líder». Finalmente, la última diapositiva decía «Conozcan a nuestra compañera sectaria, Becca Larsen, la virgen de Sion Creek», junto a un montaje que superponía la cara de Becca sobre el cuerpo de una mujer sexualizada —completamente desnuda— en posición sumisa.
El salón quedó en silencio, a excepción de algunos estudiantes que se echaron a reír. El profesor que manejaba el evento intentó recuperar el control, apagando el proyector de inmediato. Colton, mientras tanto, salió disparado hacia el escenario totalmente fuera de sí, con Shepherd por detrás tratando de impedir que hiciera una locura.
—¡Ey, imbécil! —gritó totalmente obnubilado por la ira.
Rowley volteó, tenía una sonrisa de maniático cuando recibió el puño de Colton estampándose en su cara.
—¿Qué pasa, Bradford? ¿Estás enamorado de la virgen de la secta, eh? —provocó.
Colton reaccionó a cada una de sus palabras, tirándolo con fuerza sobre las taquillas. Rowley rebotó y cayó al piso como un muñeco de trapo. Colton lo recogió del cuello, lo estampó nuevamente contra los casilleros y su puño encontró una vez más su cara.
—La tensión sexual acumulada te pone violento —masculló Rowley como pudo; la sangre le brotaba por la boca—. Lo entiendo. Tienes que esperar hasta el matrimonio, ¿no?
Otro golpe. Directo al estómago. Rowley se dobló, escupió sangre e intentó cubrirse.
—Te dije que la dejaras en paz, idiota. Después de esto no te quedarán ganas ni de pensarla.
Le propinó otro golpe en el estómago. Su fuerza era brutal. Su respiración acelerada. Salvaje. Ya no podía pensar con claridad. Solo podía sentir el dolor que posiblemente le había provocado a Becca toda esa humillación. En su corazón roto. En sus ojos tristes que cada día se arriesgaban a buscar destellos de esperanza. En lo injusto que ese mundo era con ella. No lo merecía. Simplemente no existían motivos para que una persona tuviera las agallas de herirla de aquel modo.
—¡Colton, basta! —gritó una voz familiar. Shepherd. Lo agarró con firmeza por los hombros dispuesto a separarlos.
—No, Shep. ¡Déjame! No terminé con este hijo de puta.
No hizo caso. Shepherd lo atrajo hacia él con fuerza hasta que por fin logró imponer distancia. Mantuvo sus brazos firmes alrededor del cuerpo de Colton, que todavía luchaba por desligarse de él. Mientras tanto, Rowley se sentó en el suelo, hecho un desastre. La nariz le sangraba. La boca también. Jadeaba de dolor.
—Tranquilízate, hermano.
—¿Lo viste? Eso no es ni la mitad de lo que se merece. Tendría que enviarlo al hospital, como mínimo —expresó repleto de impotencia. Quería seguir, pero Shepherd estaba haciendo uso de todas sus facultades físicas para impedirlo.
—Tú no mereces arruinarte la vida por él —rescató.
Colton luchaba con su respiración agitada; no podía apaciguarse. Temblaba de rabia. Los nudillos se le habían puesto rojos tras la fuerza desmedida que ejercieron. Shepherd percibió cómo el corazón le latía de manera inadecuada.
—Tienes que pensar en Becca. Tenemos que buscarla. Te necesita.
—Aw, ahora necesitas que tu amiguito te proteja. ¿Qué pasó, Bradford? —siguió provocando.
—Cierra la boca antes de que me arrepienta de frenarlo —Shepherd le dirigió una mirada asesina.
En un parpadeo, se encontraron rodeados por otros miembros del equipo, el entrenador Kampbell y el director Walsh, que los miró con severa desaprobación.
—Esto es totalmente inaceptable, muchachos —regañó el hombre—. Son conscientes de que tengo que expulsarlos a ambos, ¿no? A ti por acosar a una compañera. Y a ti por agredir a otro —Colton se removió exhausto, todavía bajo los brazos de su mejor amigo—. No puedo tolerar que esta clase de violencia suceda en mi instituto.
—Y ahora recién se da cuenta de que debe hacer algo —sonrió con ironía—. Lo que hizo ese imbécil era completamente prevenible. Lleva hostigando a Becca desde que puso un pie en este instituto, pero a nadie le importó demasiado. Nadie asumió la responsabilidad de frenarlo, y así es como terminó esto. Puede expulsarme, director. Sí. Pero nada le borrará de su conciencia que por su culpa lastimaron a una chica inocente.
—Si Colton se va, me voy —interrumpió Shepherd.
—Yo también —acotó Gus.
—Y yo —se sumó otro.
Y, como reacción en cadena, se sumaron a la moción el resto de los deportistas.
—También me perderán a mí —saltó Daisy, entre la multitud de chicos altos y fornidos, con un tono firme y seguro.
—Claramente pasará lo mismo conmigo —agregó Kaylee, que se encontraba al lado de su amiga dispuesta a dar pelea.
—Bueno, parece que si expulsan a Bradford se quedarán sin estudiantes —Shep pronunció victorioso—. Debería pensarlo otra vez, ¿no cree? —sugirió—. Tan solo imagine los titulares de las noticias... «Horda de estudiantes abandona el prestigioso instituto Lakeville». Sonaría sospechoso, eh.
Walsh, nervioso, titubeó. La situación lo había encontrado desprevenido y, aunque su calma superficial lo disfrazaba, por dentro el pánico lo estaba acechando. El problema se le escapaba de las manos como si fuera un montón de arena.
—No habrá expulsión —aclaró—. Vuelvan todos a sus clases, ahora —ordenó. La voz le tembló ligeramente—. Profesor, ayúdeme a llevar a Rowley a enfermería —se refirió al chico que seguía sentado en el piso—. Colton, tendremos una conversación luego.
—Sí, sí, sáquenlo de aquí —pidió Shepherd—. Tengo los brazos acalambrados.
Largó un suspiro de alivio cuando finalmente pudo soltar a Colton, que se quedó en su lugar, apenas calmado. Tenía la certeza de que, si Rowley aparecía una vez más ante su vista, le daría el resto de la paliza que no llegó a darle. Nadie lo cuestionó. Todos los que estaban ahí sabían que Rowley había cometido, prácticamente, un acto suicida.
—¿Alguien ha visto a Becca?
Todos negaron.
—Estaba en la última fila, pero cuando volteé para buscarla se había ido —comentó Daisy, angustiada.
—Es posible que esté con Julian —indicó Kaylee—. Él también desapareció.
A punto de correr, experimentó una punzada de dolor en medio del pecho. Tan brutal que trastabilló, dio un paso hacia atrás y Shepherd lo sujetó por los hombros. «Becca me necesita. Tengo que encontrarla», era todo en lo que podía pensar, incluso en medio del dolor. Puso toda su fuerza de voluntad para mantenerse erguido y, finalmente, inhaló una bocanada de aire. La desagradable sensación empezó a calmarse. Sin embargo, antes de que pudiera huir, su mejor amigo lo arrastró hacia unas escalinatas en el exterior del instituto. Prácticamente lo obligó a concentrarse en su respiración.
—Estás alterado, Cole. Cálmate.
—Becca me necesita —murmuró al borde de la desesperación.
—Sí. Becca te necesita, vivo —hizo énfasis en la última palabra.
Colton lo miró vulnerable; de pronto, tomó conciencia. Cada día llevaba su cuerpo al límite. No podía medirse.
—Vamos a tranquilizarnos —el pánico de Shepherd, en su interior, iba en aumento. Solo era bueno disimulando—. Haz tus respiraciones. Eso es. Solo un poco más e iremos por Becca, ¿de acuerdo?
Colton asintió, dejándose guiar por su mejor amigo que, en ese instante, era la voz de la cordura. Becca lo necesitaba sano; no podía permitirse arriesgarse más o quizá acabaría en una cama del hospital. La sangre aún hervía en sus venas, la furia seguía instalada en su pecho porque nada había sido suficiente para hacer justicia. Pensó en lo mucho que ansiaba abrazar a Becca. En los minutos que la mantendría firme entre sus brazos, haciéndole sentir que todo iría bien. En que se ocuparía de construir un mundo donde estuviera a salvo. Y entonces, la oleada de tranquilidad comenzó a llegar. Decirse a sí mismo que pronto estarían juntos fue el pensamiento definitivo que lo serenó.
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