40.
LO QUE NADIE VE
Becca intentó ponerse de pie para recoger los platos sucios —luego de cenar el exquisito pastel de verduras gratinadas que preparó Maggie—, pero Julian no se lo permitió, siendo él quien se encargó de limpiar la mesa. Mientras tanto, la mujer comenzó a pintar las uñas de Becca de un precioso color lavanda que la dejó obnubilada. Observó la dedicación y el cariño con el que lo hacía, sonriendo al notar lo bonitas que se veían sus manos. Poco después, Julian reapareció con tazas de infusiones calientes —la vieja costumbre que tenían los Evans de beber un té después de cenar— y puso un canal de música rock en la televisión. Becca se relajó. Deseaba quedarse allí, aunque hacía rato que debería haber llegado al hogar. Por ende, su cabeza no hacía más que buscar alguna excusa para darle a Oscar en cuanto pusiera un pie en aquel sitio.
—Gracias, Maggie. Quedaron preciosas —sonrió con las uñas pintadas—. Debo ir a casa.
—¿No quieres dormir aquí?
—No puedo.
—¿Segura?
—De hecho, ya debería estar ahí —reconoció internamente abrumada. Moría de sueño. Moría por una cama calentita en la que descansar, pero tenía que hacer lo correcto. Bebió un sorbo de té, en silencio—. Es tarde.
—Has tenido un día largo, ¿eh?
—Sí. Bastante.
—Desapareciste en el instituto —señaló Julian en un tono divertido—. Colton también. Casualidad, ¿no?
Becca se puso rojísima.
—¿Colton? —preguntó Maggie, algo confundida.
—Bradford, mamá —contestó adquiriendo seriedad—. Capitán del equipo de basquetbol.
—Oh —la mujer elevó las cejas—. Colton Bradford. ¿Estás con él?
—¿Lo conoces?
—Todo el mundo lo conoce —dijo con seguridad—. ¿Salen juntos?
—Es un amigo —dibujó una sonrisa. Fue inevitable. De inmediato intentó ocultarla tras sus manos—. No pasa nada. Me... Me tengo que ir a casa, ¿sí? —se puso de pie.
—Te acompañaré, amiga de Colton —Julian apartó su taza vacía, fue en busca de los abrigos que estaban colgados en el perchero—. Ten. Está helando. Colton me matará si dejo que te enfermes.
Becca sonrió, sus mejillas seguían totalmente rojas.
—Ya basta, tonto. No es gracioso —dijo en un inútil intento por mostrarse enfadada. Luego, abrazó a Maggie y se despidió de ella con un «descansa, cariño; no olvides que tenemos que hablar seriamente sobre ese chico».
—No es necesario que me acompañes, de verdad.
—¿Cómo que no? —manifestó al mismo tiempo que guardaba las manos en los bolsillos de su abrigada chaqueta—. Colton me matará si dejo que camines sola por la calle de noche —volvió a molestarla.
Ella extendió otra sonrisa mientras se acomodaba el gorro de lana a juego con sus uñas. Julian abrió la puerta, salieron al exterior y echaron a caminar hacia el hogar de acogida.
—Suficiente, Juls.
—Bien —aceptó a regañadientes—. ¿Ya te besó?
—¡Julian! —reprochó en voz alta—. Eso no se dice. Es... privado. ¿De verdad quieres saberlo?
—No. Realmente no —se sinceró con la nariz ligeramente arrugada—. Solo tienes que saber que no debes hacer nada que no quieras. Grábatelo en la cabeza.
Ella asintió, tomando una expresión más seria.
—Cole no me obligaría a hacer nada, tranquilo.
—Sé que crees que es un buen chico, seguramente así sea porque tú lo conoces mejor que yo —admitió—. Pero no puedes fiarte de las personas completamente, Becca. Solo ten cuidado —buscó ser suave con sus palabras; tampoco quería destrozar la ilusión de la chica. Lo único que deseaba era que pudiera cuidarse del mundo. Cuidar de sí misma.
Frente al hogar, él se quedó de pie en la acera cuidando los movimientos, y Becca lo saludó rápidamente con la mano. Esquivó la puerta principal, llegó hasta la trasera que desembocaba en la cocina e ingresó sigilosa. El lugar estaba hecho un lío. Utensilios y platos sucios; pisos con manchas de comida seca, el cesto de basura rebosaba y había una fila de botellines de cerveza vacíos sobre la mesada. Inmóvil, tomó una profunda bocanada de aire. Ni siquiera tuvo que preguntar. Supo al instante que todo ese trabajo le tocaba a ella. Como cada día. Cada noche. Todo el tiempo. «Becca lo limpia. Becca lo ordena. Becca tiene que hacerlo». Apartó sus pertenencias dejándolas sobre una silla, se remangó el suéter y abrió el grifo para comenzar con los platos sucios. Si lo hacía rápido, quizá conseguía descansar unas cuatro horas.
—Vaya, vaya. Mira lo que tenemos aquí —Oscar apareció en el umbral de la puerta. Traía un botellín de cerveza en la mano—. Esto debió estar listo hace más de dos horas —indicó, firme. Becca no dejó de lavar. Continuó moviendo sus manos, rápidas, heladas—. ¿Dónde estabas?
—Trabajando, señor —respondió temerosa—. Lo... Lo siento. Lo haré todo.
—¿El dinero?
—Es... Está en mi cartera —su voz tembló.
El hombre pasó tras ella, sujetó el bolso y lo dio vuelta, desparramando todo el contenido sobre la mesa. Becca se lamentó en silencio. Él recogió todos los billetes, los guardó en el bolsillo y frunció el ceño.
—Tantas horas fuera por esta miseria. Tendremos que buscarte otro trabajo, eh —masculló enfadado—. ¿Quién era ese tipo que vino contigo? El que estaba como un imbécil en la acera —puso una sonrisa burlona.
Un escalofrío le recorrió la espalda. El agua seguía corriendo. «Friega. Sigue fregando. No pares».
—Un... Un amigo del instituto. Trabaja conmigo.
—Todos esos muchachos que están detrás de ti... Están equivocados si piensan que van a acostarse contigo sin dar nada a cambio.
—No... No, no entiendo —titubeó—. Yo no... Ellos... —los nervios le estaban jugando una mala pasada. No podía responder.
—¿Te estás escuchando? Ni siquiera sabes hablar —volvió a burlarse—. Si quieren tener sexo contigo, tendrán que pagar. ¿Lo captas?
Becca tembló. Sus manos perdieron la estabilidad, el plato que sostenía cayó al piso y estalló en mil pedazos. De inmediato volteó, se aferró a la superficie de la mesada y fijó la mirada en el piso, rogando por algún milagro que pudiera salvarla. «Dios, no me dejes sola. Por favor. Haz que se vaya», imploró en silencio. No ocurrió.
—Pedazo de inútil.
—Lo... Lo siento, lo limpiaré todo —sin alternativas, Becca se arrodilló en el piso dispuesta a recoger los pedazos. Sin embargo, recibió una patada en la espalda y cayó por completo al suelo. Jadeó, sometida por una corriente intensa de dolor agudo que la dejó momentáneamente sin respiración.
—Ni siquiera sirves para lavar los platos. Eres un insignificante pedazo de basura. Podría matarte ahora mismo y a nadie le importaría —caminó a su alrededor de un modo peligroso. Becca simplemente cerró los ojos. Las palmas de sus manos permanecían abiertas; ella, lista para ponerse de pie en cuanto tuviera la oportunidad—. Nadie preguntaría por ti, zorra inútil —ella intentó no escuchar, pero las palabras estaban ahí, clavándose como dagas a través de todo su cuerpo. Era la única de todos sus amigos que no tenía una familia como tal. Quizá Oscar tenía razón. Quizá nadie preguntaría por ella—. Ahora levántate y termina de limpiar todo este maldito desastre, ¿te quedó claro?
—S-Sí, señor —habló como pudo a pesar de la falta de aire.
Oscar atinó a irse, pero antes pisoteó una mano de Becca, provocando que algunas astillas de vidrio se incrustaran en su piel. Gritó por dentro.
—Mueve la mano, tonta. ¿No ves que tengo que pasar? —la culpó sin remordimientos.
Ella no respondió. Se llevó la mano herida al pecho y la envolvió con la otra, como si intentara contener el dolor. Restarlo. Hacerlo más llevadero.
—Siempre tan estúpida —gruñó. Luego, finalmente se marchó.
Becca permaneció en posición fetal durante varios minutos que se sintieron como horas. No sabía qué hacer. Estaba exhausta. Apenas podía respirar. Había dolor en cada parte de su cuerpo, le daba pánico echar un vistazo a su mano y tenía la sensación de que, si se ponía de pie, volvería a desplomarse. En mitad de la madrugada, no tenía adónde ir ni cómo. Además, marcharse solo empeoraría más las cosas.
Cuando por fin consiguió levantarse, un profundo dolor lumbar la invadió; tuvo que aferrarse al borde de la mesada para mantenerse firme. Poco a poco, logró erguirse. Miró rápido la mano, ensangrentada, adolorida y con los dedos retraídos; abrió el grifo y la metió debajo. Al mismo tiempo que el agua fría limpiaba la sangre, las lágrimas brotaron una tras otra, veloces, desconsoladas. La angustia en el pecho era aún más agobiante que el resto de los dolores físicos. Mordió su labio interno cuando tuvo que quitarse a sí misma los pequeños vidrios incrustados en la piel. Le ocasionaron cortes en la palma, otros más diminutos bajo los dedos.
En la cocina, improvisó como pudo. Cerró el grifo, buscó un paño limpio y envolvió la mano, que aún no dejaba de sangrar. Como si no fuera suficiente, tuvo que ocuparse de hacer las tareas domésticas y se quedó despierta gran parte de la madrugada. Aún dormían todos en la casa cuando rebuscó en un mueble del baño algún kit de primeros auxilios. No encontró demasiado, más que un par de vendas y una botella de suero fisiológico. Quitó el paño, se desinfectó y —tras recuperar algo de estabilidad— pudo cubrir las heridas con las vendas.
Antes de salir, se levantó la camiseta, trató de ver la espalda en el espejo. Había una gran mancha rojiza que pronto se convertiría en un moretón. «Ya pasaste por esto. Pronto dejará de doler. Pronto se irá», intentó calmarse. En silencio, se cubrió con la chaqueta deportiva que Colton le había obsequiado y se metió a la cama, todavía presa del pánico. Alexa y Jhene, sus compañeras de cuarto, dormían sin complicaciones. Oscar no se metía demasiado con ellas; les llamaba la atención o las regañaba, pero el nivel de agresión no era el mismo. Ni de cerca. Becca sintió alivio de que así fuera; no estaba segura de si podría soportar ver cómo le hacían a alguien más las heridas brutales que le ocasionaron a ella. Estaba convencida de que no podría resistirlo. «Soy fuerte. Puedo con esto. Dios me ha puesto aquí por algún motivo», quiso autoconvencerse, pero no lo consiguió. No llegó demasiado lejos. Solo había un deseo latente en su interior: hundirse en los brazos de Colton para olvidar su realidad.
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