39.
ESTOY AQUÍ, CONTIGO
—¿Oíste los rumores? —preguntó Shep mientras engullía una porción de waffles—. Rowley está diciendo por todas partes que se vengará de ti y no sé qué otras tonterías —contó con un ligero aire divertido. Todo lo que hiciera ese chico le resultaba ridículo—. Lo tendríamos que atrapar a la salida. Dejar claro quién manda.
—Shep, a ti no te gustan las peleas —remarcó Colton concentrado en el computador—. Es más, te pones bastante paranoico ante la violencia.
—En los casos donde mi vida corre peligro, sí —admitió—. Pero no dejaré que manchen la reputación de mi mejor amigo.
—Te prometo que no importa, Shep —aseguró comprendiendo sus buenas intenciones—. Tengo asuntos más importantes de los que ocuparme.
—¿Vas a ir al médico? Dime que sí.
—Sí. Por la tarde —dijo tranquilizador, aún con la mirada pegada a la pantalla.
—Voy contigo.
—Te dan pánico los hospitales.
—¿Y qué? Quiero acompañarte —insistió. Shepherd se sentía como una extensión de Colton. No funcionaban el uno sin el otro. Aunque era un increíble actor ocultando la realidad de su preocupación, su capacidad actoral estaba empezando a titubear. Necesitaba asegurarse de que su mejor amigo no se desplomaría en el piso un día cualquiera—. Me portaré bien.
—De acuerdo —Colton le dio una ligera sonrisa—. Tenemos que ir al mediodía.
Entre tanto, Shepherd se acabó el waffle en tres bocados, bebió un sorbo largo de café e intentó husmear lo que hacía Colton en el computador. Frunció el ceño tras leer en el buscador «Posibles causas de hematomas detrás de la oreja». Palideció.
—¿Qué carajos estás buscando?
—Nada —Colton de inmediato cerró las ventanas—. Es para una investigación personal.
—Me estás dando miedo.
—Olvídalo, ¿quieres? —se apresuró a sujetar la mochila—. Vamos, se hará tarde.
No alcanzó a investigar demasiado. Una parte de sí mismo lo instigaba a ir más allá, a hacer las averiguaciones correspondientes, a saberlo todo. Sin embargo, Colton Bradford, el chico decidido y valiente, también tenía miedo. Miedo a descubrir una verdad demasiado dura. Miedo a no saber cómo afrontarlo. Es que, por momentos, sencillamente sentía que todo se le iba de las manos. Incluso él mismo.
🤍🏀🤍
Colocó el seguro al casillero; luego, cerró los ojos y descansó unos largos segundos mientras regulaba su respiración. Había sido una noche repleta de tensión. No hubo golpes, pero sí le tocó convivir con la constante amenaza de que podía recibir una paliza en cualquier momento. No pegó un ojo, estuvo todo el tiempo alerta. En modo supervivencia.
Es que, tras volver de la cena en casa de Colton, Oscar la recibió tan borracho que ni siquiera podía levantarse del sofá. Aquello fue un alivio, mas no la conversación que entabló. «Te has conseguido un muchacho con dinero, ¿eh? ¿Tienes idea de quiénes son los Bradford, acaso? Una de las familias más ricas de la ciudad». Ella se quedó muda. «Y ese imbécil, que cayó en tus redes, es una puta eminencia. En unos años será aún más rico». Eligió nuevamente el silencio. Detestaba que Oscar mencionara a Colton. Le daba pánico. Lo quería lejos de él. «Esto es lo que harás, puta zorra. Seguirás con él y le sacarás dinero, te diré cómo hacerlo», indicó con una botella de ron en la mano. Becca simplemente negó y, sin titubear, pronunció: «No haré eso. Nunca. Colton es intocable». Él no pudo levantarse para darle una paliza —por mucho que deseara hacerlo—, pero estrelló la botella contra una pared. Los pedazos de vidrio volaron por todas partes. Becca corrió espantada escaleras arriba y se metió en la cama, rezando por un poco de ayuda.
Una vez que recuperó algo de energía, sujetó el bolso que llevaba en un hombro y se encaminó a través del pasillo que dirigía hacia el salón de matemáticas. Su destino se vio interrumpido cuando alguien tiró suavemente de su cintura y la desvió hacia una sala desocupada. Ella sonrió de inmediato, porque ante el mínimo toque supo de quién se trataba. No dijo nada. Estiró la cara para besarlo y él la alcanzó justo a tiempo, saboreando sus labios con dulzura.
—Hola, Becky.
—Hola, Cole.
—Te traje algo —mencionó mientras ubicaba su mochila a un costado para tener acceso al interior—. Ten. Tiene trozos de frutilla —le entregó una barra de cereal junto a una botella de jugo de naranja exprimido. Los ojos de Becca se iluminaron. No había probado bocado desde la noche anterior—. Y tengo algo más —extrajo un osito de felpa del tamaño de su mano. Era marrón claro y llevaba un lazo rojo en el cuello—. Sé que no es tan grande como el anterior, pero este lo puedes llevar a todos lados contigo.
—Me encanta, Cole. Es perfecto —dijo con los ojos cristalizados y, en puntas de pie, consiguió abrazarlo rodeando sus hombros. Él la sostuvo con cuidado de la cintura, la atrajo todavía más a su cuerpo y la abrazó—. De verdad, es superlindo. No lo dejaré nunca.
—Deberíamos ir a clase —propuso tras dejar un beso corto en los labios.
—Lo sé. Si vuelvo a llegar tarde me meteré en un gran lío con la beca —admitió entristecida—. Nos vemos para almorzar, ¿no?
—Tengo que ver al médico a esa hora —se lamentó—. Solo por hoy.
—Te acompaño —sugirió de inmediato—. Prometo que no molestaré, solo quiero estar ahí contigo.
—Grábate esto: jamás molestas, Becky —dejó claro—. Nos vemos a la hora del almuerzo para ir.
—De acuerdo —ella sonrió, todavía sonrojada, y lo besó en la mejilla—. Nos vemos, cuídate.
🤍🏀🤍
La sala de espera del hospital estaba impregnada de una calma tensa. Las paredes, pintadas de un blanco aséptico, reflejaban la luz fluorescente del techo, creando una atmósfera fría. Las sillas de plástico gris, alineadas en filas simétricas, ofrecían poco consuelo a los cuerpos cansados que las ocupaban. Algunas personas hojeaban revistas viejas con las puntas dobladas; otras simplemente miraban al vacío. En la pared, un reloj marcaba el tiempo con una puntualidad impecable, aunque en ese lugar cada minuto parecía eterno. El olor a desinfectante flotaba en el aire, mezclado con un tenue aroma a café recalentado proveniente de una pequeña mesa donde descansaban vasos descartables y cucharillas de plástico. Contiguo, yacía una máquina expendedora que estaba averiada y funcionaba de a ratos. Frustrado, Shep le dio un golpe intentando que le devolviera su dinero o la bolsa de snacks que había seleccionado. Becca, sentada en una de las sillas, ocultó una carcajada bajo la palma de su mano.
—Ugh, me quedé sin dinero y sin comida —se quejó el muchacho, que se sentó a su lado—. Esa máquina es una porquería.
—Tranquilo —dijo con serenidad—. Todo irá bien.
—¿Por qué estás tan segura?
—Es Colton —argumentó—. Él es fuerte. Lo importante es que lo trajimos hasta aquí.
—Sí, supongo que tienes razón —intentó creerle—. El problema es que... —resopló, no podía disimular la preocupación que lo invadía—. Colton sería brillante en cualquier cosa que decidiera hacer, pero su mundo es el basquetbol. Si ya no puede hacerlo... No sé cómo va a seguir. Eso me asusta.
—Será triste si no puede seguir jugando, pero eso quiere decir que hay algo mejor esperando. Al final, los planes de Dios son perfectos —agregó al mismo tiempo que sintió sus mejillas enrojecerse—. Lo siento. Es que me tranquiliza creer en algo.
—No lo sientas, Becca. Es bueno creer en algo —movió el pie de un lado a otro—. Tendría que haber entrado con él. Está tardando demasiado —echó un vistazo hacia la puerta del consultorio, inquieto. Llevaban cincuenta minutos esperando—. Iré a ver.
—No —Becca lo detuvo—. El médico sabe lo que hace. Dijo que debía estar tranquilo.
—Está solo.
—Él sabe que estamos aquí —lo tranquilizó—. Todo estará bien, Shep. Intenta pensar en otra cosa.
—¿Cómo qué?
—Un lugar bonito adonde te gustaría ir —sugirió con alma de soñadora—. O quizá en la persona que te gusta. Hay... Hay alguien, ¿no?
—Ella nunca se fijaría en mí. Es inteligente. Segura de sí misma. Hermosa —describió. Tenía una digna admiración por esa chica. Llevaba tiempo viviendo en su mente; incluso antes de que ella pudiera imaginarlo, Shepherd la había visto—. Yo soy un fracasado, un tonto que toma decisiones estúpidas e impulsivas.
—Ey, no hables así de ti —Becca apoyó una mano en su hombro—. No veo a un tonto. Ni a un fracasado. Veo... a alguien con un gran corazón. Eres un buen amigo. Gracioso. Y eres amable con los que te rodean. Cualquier chica se fijaría en ti.
Shepherd la miró, obnubilado. Las palabras de Becca calaron hondo. Tocaron fibras profundas en su interior. Pocas veces se habían dirigido a él con tanta ternura. Le habría dado un abrazo, pero Colton salió del consultorio con actitud neutra y un montón de papeles en la mano. Ambos se pusieron de pie; curiosos, se abstuvieron de realizar un interrogatorio porque la situación en sí misma era dura. Colton, mientras tanto, se alivió de ver los rostros familiares en aquella sala de espera. Después de pasar por múltiples pruebas médicas —ecocardiograma transtorácico, resonancia magnética y prueba de esfuerzo— solo deseaba ir a cualquier sitio con ellos. Ni siquiera quería ir a casa; aún no estaba seguro de cómo soltaría toda esa información a sus padres. Ada lo trataría como a un bebé. Andrew exigiría realizar las pruebas nuevamente con alguno de sus colegas de confianza. Colton solo quería dos cosas: averiguar lo que tenía y seguir jugando basquetbol.
—¿Y qué tal salió todo? —preguntó Shepherd.
—No lo sé, amigo. Me van a llamar cuando estén los resultados. Es posible que sea la próxima semana —procuró mantener una actitud relajada. Quería evitar infundir angustia en las personas que lo rodeaban—. Mientras tanto, puedo seguir mi vida normal. Nada de preocuparse. ¿Está claro?
Becca le dio un ligero apretón de mano. «Estoy aquí, contigo».
—Tengo fe en que saldrá bien —susurró convencida.
Él la rodeó con un brazo y dejó un beso en la coronilla. Antes de que pudiera decir algo, Shepherd interrumpió. Pidió un billete a Colton, alegando que la máquina expendedora se había tragado el único que tenía y aún no conseguía saciar las ganas de comer. Enseguida, Colton le entregó un par y lo vieron caminar directo hacia la máquina —aunque tendría que esperar su turno, dado que había una fila antes—.
Entre tanto, guió a Becca hacia un rincón donde había una fila de sillas vacías. Se sentaron de manera contigua, sus manos permanecieron entrelazadas y, tras armarse de valor, Cole le dirigió una mirada repleta de compasión.
—Becky —dijo él—. Gracias por estar aquí. No podría haber hecho esto sin ti —ella siguió sus movimientos con los ojos brillantes—. Tengo algo que me preocupa más —agregó mientras acariciaba un par de mechones—. Sé que tú me pediste que no hiciera preguntas, pero no puedo dejarlo pasar.
—De... ¿De qué hablas? —se inquietó.
«El moretón detrás de la oreja. El corte en el brazo. Las quemaduras en el cuello», se abstuvo de mencionar. Temía espantarla. A él le dolía de solo pensarlo. No podía imaginar lo que pasaba por la cabeza de Becca.
—El hogar de acogida —expresó—. ¿Te sientes segura ahí? —indagó.
Ella se puso rígida. El brillo en su mirada desapareció.
—Sí —se encogió de hombros—. Es el hogar que me tocó —mordió su labio interno, nerviosa. De inmediato, cruzó los brazos frente al pecho y tomó cierta distancia; temía ser descubierta. Lo último que pretendía era causar un escándalo. Simplemente quería ser invisible. Disfrutar los pequeños momentos buenos que Dios le regalaba. Nada más.
—Puedes cambiar.
—No. Tengo que quedarme ahí —pronunció, firme—. No quiero hablar más de esto, Cole.
—Está bien. No lo haremos —reprimió su frustración. La impotencia también se abrió camino a través de su cuerpo como un sentimiento que dolía. Quería ayudar, pero ella no se lo permitía. Había un muro que aún no conseguía derribar—. Sabes que estoy aquí, ¿no? Si algún día quieres hablar o contarme algo, lo que sea, estaré aquí siempre que me necesites. No estás sola.
Becca miró el piso. Asintió. La culpa carcomía cada parte de su interior. Mentir la desesperaba, le causaba una ansiedad que se acumulaba en su pecho hasta causar dolor. Había muchas buenas razones por las que no quería involucrar a Colton. No quería meterlo en problemas. No quería que la enviaran a otro sitio lejos de él. No quería que corriera el riesgo de salir lastimado. Todos los días le costaba un poco más mantenerlo alejado —luchaba contra eso—, porque cada vez que él la contenía y decía cosas como «puedes decirme lo que sea, no estás sola, te protegeré», ella solo quería soltarlo todo. Cada una de sus verdades. Las partes oscuras de su realidad. Pero no podía. El miedo la bloqueaba en todos los sentidos. Su único alivio era fingir que esa parte de su vida no existía.
—Lo sé —pronunció en un hilo de voz—. ¿Puedes llevarme al café? Tengo que trabajar —intentó recomponerse mientras reprimía las lágrimas.
Incapaz de encontrar sus ojos, Becca se puso de pie y se encaminó hacia la salida. Él simplemente decidió darle espacio. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y apretó la mandíbula.
«No me rendiré contigo, Becca Larsen».
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