38.
ELEGÍ BESARTE
Al entrar, fueron recibidos por un sendero pedregoso rodeado de vegetación exuberante. El aire olía a flores abiertas y tierra húmeda. A lo lejos, se oía el murmullo de una pequeña cascada que caía en un estanque lleno de nenúfares y peces de colores. Becca caminó a paso lento, encantada con la naturaleza a su alrededor. Colton, a su lado, tenía la mirada puesta en ella. Cada vez que la veía sonreír —lo hacía a cada segundo— comprobaba que había sido una maravillosa idea traerla al jardín botánico. De hecho, era la primera vez que Becca visitaba un sitio como ese, lo que lo hacía aún más emocionante.
En silencio, se abrieron paso entre árboles exóticos, rosales, orquídeas colgantes y helechos que creaban sombras suaves. A través de las hojas, el sol se filtraba iluminando lo justo y necesario. Tras unos largos minutos de abundante tranquilidad, se toparon con un banco de madera tallada, ubicado bajo una pérgola cubierta de enredaderas. Él se sentó, ella se ubicó a su lado y acortó la escasa distancia al descansar la cabeza sobre su hombro. Aún no terminaba de asimilar lo ocurrido en el hogar de acogida; precisamente, la reunión con Ruth. No tuvo las agallas suficientes para ser sincera; luego la mujer soltó toda esa información que la dejó mareada.
—Así que Oscar es tu padre de acogida —murmuró Cole. Becca asintió—. ¿Y tu madre?
—Isabella, aunque no está demasiado presente —contestó algo enfadada—. Ellos... No son mis padres. Mi familia estaba en Sion Creek... Pero ya no existe.
—¿A qué te refieres?
—Se han ido. No tengo la menor idea de adónde. Antes tenía el consuelo de que, si las cosas iban demasiado mal, podría volver a ellos. Ahora... Quedé prácticamente sola, Cole —habló con odio hacia sí misma—. ¿Sabes qué es lo peor? Es mi culpa.
—Siempre puedes acudir a mí, Becky. No estás sola —dejó claro—. ¿Por qué dices eso?
—Ruth me lo dijo. Ella... dijo que mi testimonio sirvió para ponerles una denuncia —se demoró en encontrar las palabras. Era un panorama nuevo—. Y que la justicia ahora está... buscando a la comunidad. A Él, precisamente.
Colton tenía una disputa interna. Observaba la situación con otros conocimientos y cierta madurez que le permitía entender por qué la justicia estaba haciendo lo correcto. Becca aún no podía verlo, lo que a él le partía el corazón. Quitarle la banda de los ojos implicaba mostrarle que lo que ella conocía como «familia» era una secta donde prevalecían la manipulación y los abusos.
—¿Él...?
—Joseph, nuestro guía —explicó—. Los metí en un gran problema solo porque fui débil. Les fallé a todos.
Colton se tomó su tiempo hasta encontrar las palabras adecuadas.
—Sé que para ti lo que sucedía en Sion Creek era normal —suavizó la voz—. Lo que viviste, las reglas que tenían, lo que te enseñaron. Pero no lo era, Becca.
Ella se encogió de hombros, sin mirarlo.
—Quizá no era perfecto, pero tampoco estaba tan mal. Al menos... sabíamos quiénes éramos y lo que teníamos que hacer —tragó saliva, culpable. Había detalles que ocultaba a Colton, como todo lo que sucedía puertas adentro en el hogar de acogida.
—Eso no es saber quién eres —dijo procurando ser cuidadoso—. Es que te digan lo que tienes que ser. Dime, desde que saliste, ¿cuántas veces tuviste miedo de hacer cosas tan simples como elegir qué ponerte o tomar una decisión?
En silencio, percibió sus ojos cristalizarse.
—Todo el tiempo.
—Vivir con miedo no está bien, Becky. Nadie te puede ordenar qué hacer o qué decir. Impedir que una persona pueda decidir adónde quiere ir se llama privación de la libertad y es un delito —continuó explicando—. Que te manipulen sobre qué hacer o sentir también es grave —suspiró—. Es abuso psicológico. ¿Entiendes?
—Si cometió un delito... Joseph tiene que ir a la cárcel.
—Sí, él debe ir a la cárcel por lo que hizo. No es tu culpa. No eres débil —se ocupó de aclarar—. Eres libre.
—¿Y si no sé qué hacer con tanta libertad?
—Lo vas a descubrir —prometió—. Puedes elegir en qué creer. Adónde ir. A quién amar.
«Creo que ya sé a quién amar».
🤍🏀🤍
Viajar en el vehículo de Colton refrescó un momento exacto en su memoria. Ahí mismo lo besó un par de días atrás, hecho que no había salido de su cabeza ni por un segundo. Durante la madrugada, cuando no podía conciliar el sueño, permaneció largas horas con los ojos abiertos de par en par, rememorando cada detalle. Intentó visualizarlo todo: los sentimientos, las sensaciones físicas, cada uno de los movimientos. Había sido íntimo. Cálido. Electrizante. Y ni siquiera se lo había contado a nadie, lo que, por momentos, la hacía dudar. Quizá estaba volviéndose loca y se había inventado ese recuerdo para sobrevivir. Colton ni siquiera mencionó el tema, lo que la hizo dudar aún más. ¿Y si se había equivocado? Era una posibilidad. Becca no tenía experiencia en las relaciones amorosas. No sabía mucho más de lo que había visto en películas o algunas cosas que Colton y Daisy le habían comentado en ciertas conversaciones.
Tras bajar del auto, caminaron a través del sendero que desembocaba en la mansión de los Bradford. Becca lo hizo más lento de lo usual. Pensativa. Colton se detuvo en el umbral de la puerta, rebuscó las llaves en los bolsillos de la chaqueta.
—¿Estuvo mal? —preguntó ella todavía a mitad de camino.
—¿Eh? —Colton giró hacia ella.
—El beso —pronunció—. Por favor, Cole, no me hagas repetirlo... porque he pensado tanto en eso que creo que estoy a punto de volverme loca. En cualquier momento empezaré a creer que me lo inventé —dijo repleta de nervios.
—No. No te lo inventaste —volteó—. Pasó. Y fue increíble.
Ella sonrió.
—¿Por qué no hablaste sobre eso?
—Lo siento —se disculpó, guardando las manos en los bolsillos delanteros del pantalón—. Iba a hacerlo. Pero después me di cuenta de que no quería presionarte, así que decidí que lo mejor era esperar a que tú sacaras el tema.
—No me presionas —en toda su vida, pocas veces se había sentido tan segura—. Esa tarde, en tu auto, elegí besarte. ¿Escuchaste? Lo elegí. Fue... Fue de las mejores decisiones que tomé.
Becca experimentó un profundo alivio en medio del intenso hormigueo que habitaba todo su cuerpo. Colton se aproximó de inmediato a paso rápido. No quería perder un segundo más lejos de ella. La sujetó de la cintura, la atrajo hacia él y con la mano libre le sostuvo el rostro.
—Repite eso que has dicho, Becky.
—¿Qué parte? —puso una sonrisa dulce.
—Cuando hablabas de tus elecciones.
—Oh, sí —comprendió—. Elegí besarte. Quería hacerlo. Y no me arrepiento —repitió sin dejar de sonreír; Colton provocaba que las comisuras de sus labios buscaran curvarse constantemente. Él la hacía feliz.
—Me encanta oír eso. ¿Te digo algo? También quiero besarte. Elijo hacerlo.
—Hazlo —susurró cada vez más cerca de alcanzar sus labios.
En un movimiento tierno, Colton le despejó el rostro —metiendo los mechones de cabello detrás de sus orejas— y lo elevó hasta alcanzar sus labios. Becca se puso de puntillas y se sujetó rodeándole el cuello para no perder el equilibrio. Sin embargo, él llevó las manos a su cintura y la sostuvo con firmeza, tan cerca como era posible. Esta vez, ella se dejó llevar, guiada por el ritmo suave que marcó Colton, mostrándole que podían ir poco a poco. No había prisas.
—¿Eso estuvo bien? —dijo en un susurro tomando una mínima distancia.
—Estuvo increíble —contestó ella con la respiración acelerada, pero deseando quedarse en sus labios un rato más. Días. Meses. Años. Para siempre.
—Vamos, entremos —indicó al mismo tiempo que entrelazó su mano con la de Becca tras su espalda—. O mi madre notará que estamos aquí y vendrá a buscarnos —volvió a sonreír. Ella también lo hizo.
Entonces, caminaron de regreso al interior de la mansión. La electrizante sensación aún los envolvía, mientras reconocían sus propias realidades. Colton no estaba seguro de cómo lograría mantenerse lejos de ella. Era como si todo su cuerpo le pidiera a gritos cualquier tipo de contacto físico: tomarla de la mano, abrazarla o besarla otra vez. Becca estaba aprendiendo. Jamás había recibido esa clase de cariño. Nunca experimentó esa atracción inevitable hacia alguien más. Era su primera vez en absolutamente todo, pero estaba emocionada. Ansiaba descubrir lo que restaba. Quería más.
🤍🏀🤍
«Tienes que ir despacio, Colton. Despacio», repitió para sí mismo. Desde que se habían sentado uno al lado del otro para cenar con sus padres, no había querido hacer más que sujetar la mano de Becca por debajo de la mesa. Ella se veía nerviosa, intentando responder a las preguntas típicas de padres inquietos que se esforzaban por disimular su preocupación.
—Colton nos contó que estás en un hogar de acogida. ¿Cómo va eso, cielo? —preguntó Ada verdaderamente interesada en el asunto.
La mujer no era intimidante, en absoluto. Lo contrario sucedía con la presencia de Andrew Bradford, que se veía como una figura imponente, fuerte y respetable. De repente —y pese a los intentos del hombre por ganar su confianza— Becca se sintió incómoda.
—Uhm, todo está yendo bien —mintió. Lo que también la ponía en una situación embarazosa. Mentir la hacía sentir terriblemente culpable—. Es... un buen hogar.
—¿Eres la única? ¿O hay otros niños?
—No. Somos... seis —aclaró—. Pero apenas los veo porque, bueno... Tenemos horarios diferentes. Paso la mayor parte del tiempo en el instituto y luego trabajo.
—¿Trabajas? —intervino Andrew.
—Sí. En una cafetería.
—Yo también lo hacía a tu edad. Es una buena experiencia —coincidió—. ¿Qué tal los estudios? Me enteré de que tienes una beca. Bien por ti —ella sonrió ligeramente—. Debes tener excelentes calificaciones, ¿no?
La mirada de Becca cayó al piso.
—No, en realidad yo... —titubeó. Su situación en el instituto también era mala. Lo que la avergonzaba de una manera inexplicable. Nunca lograba aprender nada en clases; todo lo que entraba por sus oídos se evaporaba de inmediato, como si no pudiera retener los nuevos conocimientos.
—¿Por qué no pruebas la comida, Beck? —sugirió Colton cuando decidió que había sido suficiente—. Está deliciosa —alentó, disipando la tensión. Becca asintió y recogió el tenedor para dar un primer bocado—. Vendrán al partido de caridad, ¿no? Es la próxima semana.
Colton había dejado un panfleto sujeto a la nevera como recordatorio.
—Por supuesto, cariño —aseguró Ada—. Tu padre ya se pidió el día para estar ahí, ¿no es así, amor?
—Claro que sí, como todos los años —se había vuelto una costumbre para los Bradford—. Créeme, Becca. No es porque sea mi hijo, pero cuando este chico hace una de sus jugadas, el público queda maravillado. Es increíble.
🤍🏀🤍
—Lo siento por lo que pasó en la cena. Mis padres son curiosos. Demasiado.
—Me habría gustado poder responder —bajó la mirada, insegura.
—No tenías por qué responder a todo —se apresuró a aclarar—. Estaban yendo demasiado lejos.
—No lo creo —deslizó una ligera sonrisa—. Tus padres son amables. Se preocupan por ti. Eres afortunado de tenerlos, Cole —remarcó con nostalgia. En su cabeza, los Bradford eran la familia ideal, del mismo modo que lo eran los Evans. Siempre tratándose bien unos a otros. Siempre con amabilidad. Ojalá pudiera tener eso—. No... —inhaló una bocanada de aire—. No deberías mentirles más. Ya sabes con qué —bajó la voz—. Tienen que saberlo, porque estoy segura de que sabrán qué hacer y cómo ayudar.
—Hablaré con ellos. Solo necesito un poco más de tiempo —prometió. Un poco más de tiempo para prepararse en caso de que todo se desmoronara. Un poco más de tiempo para afrontar la realidad. En cuanto sus padres lo supieran, Colton estaba seguro de que el baloncesto se acabaría para él —al menos hasta que su problema tuviera una solución efectiva—. ¿Vemos la película? —alcanzó una manta.
Becca enseguida la sujetó y, hundida en el sofá, la extendió sobre su cuerpo.
—Nada de terror.
—¿Y eso qué es? —preguntó haciéndola sonreír de forma automática—. Mira esto. «Freaky Friday». Te encantará —aseguró.
Control remoto en una mano y un bol de palomitas de maíz en la otra, Colton se acomodó a un lado de Becca, que recibió con gusto el contacto físico. En cuanto la película inició, se involucró en la historia olvidando el resto del mundo. Solo se movía para sacar un puñado de palomitas o acomodarse en aquel sofá suave y mullido. Ella rio en las escenas más caóticas, suspiró en los pequeños momentos románticos y se mantuvo en vilo, preguntándose si al final lograrían romper el hechizo para regresar a sus cuerpos. Colton sabía el final, pero aun así disfrutó de las reacciones y volvió a reír en los momentos épicos. Era el tipo de película que podía ver más de una vez sin aburrirse.
Horas después del final, Becca se acurrucó medio dormida sobre las piernas de Colton, que empezó a acariciarle el cabello mientras veía la repetición de un partido de baloncesto. Pasaba los dedos sobre sus hebras oscuras, las yemas se deslizaban con suavidad sobre el cuero cabelludo de arriba hacia abajo y entonces repetía el movimiento. No fue hasta que notó algo extraño que apartó la mirada de la pantalla y la llevó hacia Becca, que seguía con los ojos cerrados. Bajo su tacto, una porción de piel, justo detrás de la oreja y al inicio del cabello, se sintió hinchada, como si hubiera un bulto debajo. Trató de visualizar la zona, a pesar de la escasez de luz, y notó el cambio de color: morado. Ella emitió un quejido inconsciente.
—Lo siento —retrajo la mano al instante—. ¿Te duele?
—Bastante —admitió.
—¿Cómo te lo hiciste?
—Me pegué con la puerta del armario —contestó rápido. Una excusa que surgió inmediatamente, como si su mente la tuviera preparada de antemano.
Colton no le creyó, pero decidió no cuestionar. Temía que se encerrara aún más en sí misma. Lo que sería un gran error, teniendo en cuenta que con paciencia —y sin presiones— él estaba avanzando. En silencio, tragó saliva, reprimiendo el conjunto de emociones que se atascaron en su pecho.
—¿Puedo acariciarte otra vez? —pidió permiso. Notó que ella estaba tensa; solo pretendía que volviera a relajarse, y sus caricias lo conseguían.
—Por favor —suplicó. Le gustaba demasiado que lo hiciera—. Solo ten cuidado, ¿sí?
—No te preocupes. Aquí estás a salvo —la siguió acariciando con ternura—. Yo te protejo, Becky. Siempre.
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