37.


AMABILIDAD INUSUAL


Cepilló su cabello, lo trenzó y lo dejó caer a un costado. Acomodó los pliegues del vestido; luego se puso un suéter rosado que encontró en el armario comunitario. De a ratos, se sentía egoísta por haber dejado en casa de los Evans los obsequios que le dio la madre de Colton. Lo material nunca había sido una prioridad en su vida, pero, por primera vez, tenía sus pertenencias y, aunque también pensaba que era correcto compartirlo todo, quería cuidarlas. Sabía que en el hogar de acogida Alexa encontraría la manera de hacerles daño.

Frente al espejo, sonrió. Tenía en los ojos un brillo inusual y sus mejillas permanecían sonrojadas, dándole una expresión digna de alguien que está repleta de vida. «Tú importas. Eres preciosa. Nunca te dejaré sola», reprodujo en su cabeza las palabras de Colton. Era reconfortante recordarlas; como la caricia de un rayo de sol en medio de una tormenta de nieve. En su interior, comenzó a despertar una energía que durante mucho tiempo permaneció adormecida. Energía que había sido forjada no solo por las palabras, sino también por gestos y demostraciones. El amor era una fuerza esperanzadora y la revolución que la atravesaba lo dejaba claro: había amor en la forma en que Colton la protegía, en la cercanía, en el modo en que la abrazaba o cuando simplemente le acomodaba los mechones de cabello. Su vida era un desastre, pero al menos podía aferrarse a eso. Lo hacía con todas sus fuerzas.

—Date prisa, niña. Te están esperando —Isabella llamó su atención de un modo extrañamente calmo.

Había una razón: Ruth, de servicios sociales, esperaba en la planta baja.

—Sí. Estoy lista —aseguró tras echar un último vistazo a su reflejo.

La reunión era una mera formalidad, pero aún estaba nerviosa. El corazón le temblaba como el día que conoció a esa mujer imponente. La que la trató como si fuera un simple objeto que debía ubicar en alguna parte. Mientras descendía las escaleras, pensó en lo mucho que le gustaría tener un amigo cerca. Colton, Julian, incluso Daisy. Alguien amable que pudiera darle un poco de seguridad. En cuanto ingresó a la sala y la encontró sentada en el sofá, Becca se quedó paralizada. Parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que la vio.

—Hola, Rebecca. ¿Lista para contestar unas preguntas?

—Eh, sí —titubeó—. Hola.

—Siéntate, vamos. No me hagas perder el tiempo, ¿quieres?

Nerviosa, se ubicó frente a ella y no pudo evitar morder su labio interno. Mientras tanto, Ruth sacó una libreta y un bolígrafo.

—Esto es sencillo. Tienes que responder de la forma más simple que puedas —explicó—. Más simple, más rápido. ¿Entiendes?

—Sí.

—¿Cómo te sientes en esta casa?

—Eh... Bueno, a veces... Es difícil —trató de expresar. En su interior se disputaba una batalla entre ir al frente o mantenerse oculta. Estaba aterrada.

—¿Bien o mal? Es tan sencillo como eso —presionó exasperada—. Vamos, Rebecca.

—Uhm... —se removió hasta quedar a la orilla del sofá. Luego, se inclinó ligeramente hacia delante—. ¿Qué pasaría si me quisiera ir de aquí? —se atrevió a preguntar en voz baja.

—¿Qué pasaría? —la mujer sonrió irónica—. Tendríamos que ubicarte en otro hogar de acogida que, por cierto, escasean. En caso de no encontrar alguno, irías a una correccional de menores —aquello le provocó un sabor amargo—. Y, obviamente, perderías la beca en el instituto; tendríamos que cambiarte a otro. ¿Es eso lo que quieres?

—No —la angustia se apropió de su interior. Le causó un hueco en el pecho. Ella no quería perder esa parte de su vida. La única donde había encontrado cierta estabilidad. Amigos—. No quiero irme de Lakeville —tragó saliva.

—Al final sí eres una chica inteligente —murmuró—. Entonces, te está yendo bien en el instituto, ¿no?

—No... No tan bien —carraspeó—. Aún me estoy adaptando. Creo... Creo que necesito ayuda para ponerme al día con las asignaturas. Solo eso.

—Bien. Perfecto —apuntó en su libreta—. Estamos trabajando para que inicies terapia psicológica, pero es complicado, Rebecca. Aprende a lidiar con los problemas por tu cuenta, mientras tanto. Te hará fuerte —mencionó relajada—. Por otro lado, la justicia presentó una causa contra Joseph Warren.

«Él». La imagen del hombre apareció en su cabeza. Hacía mucho tiempo que no lo pensaba, pero aún era capaz de recordar el tono autoritario de su voz, la presencia intimidante, las maneras que tenía para mantenerlas silenciadas.

—Eso... ¿Eso qué quiere decir?

—La policía lo está buscando —explicó—. Rebecca, tu testimonio sirvió para presentar una denuncia en su contra. Se lo acusa de maltrato físico, psicológico y privación de la libertad. Según tus dichos, el juez está seguro de que hay otras chicas en tu situación, ¿no? Incluso menores que tú —Becca asintió confusa. Abrumada por la repentina dosis de información—. Los han buscado en Sion Creek, pero consiguieron salir antes. El lugar estaba abandonado.

—¿Abandonado? —frunció el ceño—. Pero... Eso no puede ser. Es posible que vuelvan. Lo harán.

—Imposible, querida. El lugar quedó deshabitado. Sion Creek, como tú lo conocías, ya no existe.


🤍🏀🤍


Aún quedaban dos horas de entrenamiento cuando Colton se apartó hacia una orilla de la cancha, agitado. «Respira. Respira. Respira». A duras penas consiguió hacerlo, pero el mareo lo llevó a perder la estabilidad, por lo que tuvo que sentarse en el suelo. Tras soportar unos largos minutos el dolor en el pecho y la falta de aire, Colton encontró algo de estabilidad. El ataque repentino se había apaciguado; sin embargo, sus emociones no. La furia hacia su propio cuerpo ardía en sus venas. Golpeó la dura superficie con el puño cerrado hasta que los nudillos se le enrojecieron. Su cuerpo estaba fallando, pero aún era capaz de ocultarlo. Lo arreglaría. Encontraría el modo de sanar los defectos, porque su destino era el basquetbol. Estaba escrito. Debía ser de esa manera.

—No te ves nada bien, Colton. Llamaré a un médico —expresó uno de los entrenadores de la academia—. Estás pálido.

—No. Puedo seguir. Solo necesito cinco minutos más.

—Has hecho suficiente. Ve a casa —indicó el hombre—. Toma un descanso.

—Quiero seguir entrenando.

—Hoy no será posible. Lo siento, Bradford —le echó un vistazo, comprensivo—. Escucha a tu cuerpo. Por alguna razón te está pidiendo que pares.

Fastidiado, Colton se marchó al vestuario. Tomó una ducha rápida, se puso ropa limpia y cargó en un hombro el bolso deportivo, directo a su vehículo. No quería ir a casa. Era sábado. Su madre estaría allí para llenarlo de preguntas acerca de por qué acabó el entrenamiento más temprano. Además, en su mente había una sola persona a la que deseaba ver con urgencia.

Quince minutos después, Colton estaba de pie frente a la puerta del hogar de acogida. Arrugó el entrecejo ante los tablones dañados que se movieron en el suelo. La madera lucía húmeda, podrida. El jardín delantero también estaba descuidado; flores secas y un pastizal que le llegaba hasta los tobillos. Tocó el timbre. Nada. Volvió a tocar. Ni un solo movimiento. Supuso que no funcionaba, así que alzó el puño y golpeó la puerta un par de veces. Entonces, se abrió. Un hombre de su estatura lo miró con desconfianza. Tenía ojos oscuros, cabello algo canoso, barba de varios días y una cicatriz en la mejilla. Una lúgubre sensación lo invadió. Había algo incómodo en ese tipo.

—Hola.

—¿Qué necesitas? —su contestación fue abrupta.

—Estoy buscando a Becca —pronunció con seguridad—. ¿Está aquí?

—¿Quién eres?

—Colton Bradford —extendió la mano—. Nos conocemos del instituto.

Oscar continuó viéndolo como si fuera una amenaza. Ni siquiera recibió el saludo, así que Colton apartó la mano. Antes de que pudiera responder, escuchó murmullos que provenían del interior. El hombre se hizo a un lado, dejando a la vista a Becca, que caminaba hacia la puerta junto a una mujer que cargaba una cartera y una libreta cerrada en las manos. En cuanto lo reconoció, Becca acortó la distancia a paso rápido hasta que lo alcanzó y lo rodeó con fuerza. Hundió el costado de la cara en el pecho y cerró los ojos cuando él la contuvo, devolviéndole el gesto.

—Hola, Becky.

—Hola, Cole —se despegó para mirarlo—. ¿Qué haces aquí? Pensé que tenías entrenamiento.

—Terminé antes —comentó—. Y tenía ganas de verte —ella sonrió al instante, a pesar de la confusión que le había causado Ruth, que, de hecho, observaba la escena unos pasos detrás—. ¿Estás ocupada?

—No. Ruth estaba a punto de irse. Es la trabajadora social —contó, aún con el brazo de Colton alrededor de sus hombros. Todo parecía más fácil cuando él estaba cerca. Incluso las palabras fluían con más facilidad—. Y él es Oscar.

—El tutor —masculló. Había severidad en su mirada, pero no podía seguir sus impulsos. La presencia de Ruth, junto a la de Colton, lo inhibió. Guardaría la oleada de ira para más tarde.

—Veo que también estás haciendo amigos —la mujer forzó una sonrisa—. Sigue así, Rebecca. Nos vemos la próxima visita. Adiós, chicos.

Becca se aferró a la mano de Colton pidiendo en silencio que no se fuera. Él le acarició el dorso con el pulgar de un modo tranquilizador mientras la sujetaba con seguridad. No pensaba ir a ninguna parte. Oscar se metió a la casa sin decir nada. Cargaba un silencio que asustaba.

—¿Estás bien? —indagó preocupado.

—Sí —se animó a sonreír—. ¿Quieres ir a alguna parte?

—Justamente estaba pensando en ir a dar un paseo —sugirió—. Y luego podemos cenar en casa. Mi madre dice que la invitación del otro día sigue vigente. Pero no te sientas en la obligación de aceptar, es solo una invitación...

—Sí, quiero, Cole —accedió de inmediato—. Cualquier plan contigo siempre es una buena idea. ¿Me acompañas por mis cosas? —lo invitó a pasar. Llevaba un corto tiempo bajo ese techo, pero el suficiente para intuir que Oscar estaba de mal humor. Temía que pudiera sorprenderla de algún modo no grato, tal como había sucedido en otras ocasiones. Incluso como lo había hecho el día anterior cuando, al llegar tarde y empapada por la lluvia, el hombre se enfureció y la metió bajo la ducha helada. «Así que te gusta el agua, eh. Disfruta esto, estúpida».

—Te sigo —entró siguiendo sus pasos.

Era la primera vez que Becca caminaba con verdadera tranquilidad por esa casa. Él cuidaba su espalda.

—¿Vas a mostrarme tu habitación?

—Eres la primera persona que invito a mi habitación —comentó—. Pero no es solo mía. La compartimos —develó mientras ingresaban.

De inmediato, Colton notó las condiciones inapropiadas. Los muebles averiados. Las maderas crujientes. La fría humedad. Los colchones gastados. Trató de evitar los detalles; se debía concentrar en Becca. Aunque fue inevitable que su mirada se dirigiera hacia el oso de felpa que yacía en un rincón de la cama. Tenía cortes en múltiples partes; algunos habían sido cerrados con hilo negro y aguja, por lo que el resultado saltaba a la vista.

—Uh, mira esto. ¿Qué le pasó? —preguntó con un dejo de diversión.

—No lo mires —contestó apenada—. Fue una... Una broma, sí. De una compañera —intentó restarle importancia—. Lo siento, Cole. ¿Estás molesto?

—No, tranquila. Solo es un peluche.

—Pero me lo habías regalado tú —dijo de pronto triste—. A mí me encantaba. Y ahora es un desastre —su tono de voz se apagó. Sonó afectada—. Ni siquiera lo pude arreglar, porque el hilo que conseguí es demasiado fino y las costuras se abren —las lágrimas se deslizaron con facilidad. Ella se las quitó como si fuera una costumbre.

—Ey, Becky. Ven aquí —tiró de su mano hacia él—. No pasa nada. Te conseguiré uno nuevo, ¿de acuerdo? Qué más da, te compraré la tienda completa si es lo que quieres, pero no estés triste, por favor —pidió con el corazón arrugado. Verla llorar lo partía en mil pedazos—. Recoge tus cosas y salgamos de aquí, ¿está bien?

Apresurada, Becca guardó sus pertenencias en el bolso de mano y recogió un abrigo. En ese instante, una tranquilidad inusual reinaba en la casa. El resto de las chicas hacían tareas domésticas en la cocina. Los chicos habían sido enviados a poner en orden el jardín trasero. Becca estuvo junto a sus compañeras hasta que se vio en la obligación de prepararse para recibir a Ruth. Oscar e Isabella tenían la precaución de mostrar a chicos medianamente felices ante la vista de los demás. No podían levantar sospechas. Su esfuerzo era suficiente, teniendo en cuenta que Ruth se enfocaba en lo «positivo» y hacía la vista gorda ante ciertos detalles alarmantes. El sistema, en general, era una calamidad.

Bajó las escaleras sujetando la mano de Colton, que caminaba delante. Su cuerpo se estremeció cuando una figura masculina se impuso ante ellos, bloqueando la puerta de salida. Se quedó sin aliento.

—¿Adónde vas? —cuestionó Oscar. Inmóvil. Becca no liberó la mano de Colton; se quedó detrás de él—. No pediste permiso para ir a ninguna parte.

Becca no consiguió responder. Solo podía pensar en que debía echarse atrás, mientras lamentaba que su día junto a Colton estaba perdido.

—Íbamos a dar un paseo. Luego, mi madre nos espera para cenar —Colton se tomó el atrevimiento de contestar—. Le daré la ubicación exacta. Y puedo darle su número para que hable con ella.

—No será necesario —bajó de repente la guardia—. Puedes ir, Becca.

—¿Sí?

—Sí. Diviértanse —sonrió de un modo extraño.

Ninguna de esas actitudes era propia de aquel hombre. Becca fue atosigada por una sensación amarga, pero decidió hacer caso omiso. Lo único que deseaba era marcharse.

—Gracias, Oscar —dijo con ingenuidad.

Acto seguido, abandonaron el lugar. Mientras caminaban hacia el vehículo, a Colton también lo atravesó un mal presentimiento que no le gustó nada. Sin embargo, decidió callar. Si quería averiguar lo que estaba pasando, tenía que hacerlo con precaución. Necesitaba tiempo para unir los puntos, pero tenía claro lo más importante: no se detendría hasta saberlo todo.


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