36.
UN REFUGIO EN MEDIO DE LA TORMENTA
No le sorprendió que, como de costumbre, Kaylee estuviera sumida en la película de terror que se reproducía en la pantalla. La pelirroja tenía un gusto especial por el color negro, lo terrorífico y lo sádico. Shepherd, atemorizado, se cubría la cara con las manos, mientras que Daisy, a su lado, permanecía aferrada a uno de sus peluches. En silencio, Colton recogió los abrigos y el bolso de Becca. «Nos vamos», se limitó a mencionar. Si hubiera sabido de antemano que aquella película trataba de un grupo de hombres atacando de manera violenta y sexual a una mujer, habría luchado para cambiar la elección.
Entonces, Julian despegó la vista de la pantalla. Hasta ese momento, la película y el hombro de Kaylee, rozando ligeramente el suyo, lo habían mantenido inmerso en otro mundo. Becca, sin embargo, le preocupaba más. Esa chica era prácticamente como de su familia. Sí, aunque su carácter introvertido y sumamente reservado la hacía ver como una incógnita, Julian conseguía conocerla cada día un poco más. Trabajaban juntos. Se hacían bromas estúpidas o exageraban peleas solo para molestarse el uno al otro, como lo haría cualquier par de hermanos.
Recorrió el pasillo, pero no encontró rastros. Bajó las escaleras, salió hacia el exterior y ahí estaban, a punto de subir al automóvil de Colton.
—Ey, Becca. ¿Estás bien? —se acercó preocupado.
—Todo está bien —respondió de inmediato con los brazos cruzados sobre el pecho—. La película fue... demasiado —suspiró, abrumada—. Necesito tomar un poco de aire.
—De acuerdo. Te acompaño.
—Lo haré yo —interrumpió un paciente Cole—. No te preocupes.
—¿Estás segura? —él se centró en la chica e ignoró a su compañero.
—Sí, segura —afirmó.
Julian, exasperado, le dirigió una mirada amenazante al muchacho. Habían compartido tiempo, espacios y conversaciones, pero aún no confiaba por completo en él. Quizá tenía que ver con el hecho de que, en el antiguo instituto, los estudiantes populares como Colton lo hostigaron de múltiples formas.
—Jul, ¿recuerdas lo que hablamos? Confío en él.
—Bien —su mandíbula se apretó—. ¿Qué harás luego?
—No lo sé. Supongo que iré a casa.
—¿Sola?
—La llevaré, Julian. Nunca la dejaría sola —sonó ligeramente enfadado.
—Estoy hablando con ella. Te agradecería si no interrumpes —soltó irritado—. Puedes quedarte a dormir en casa otra vez, si quieres —la sugerencia llegó a oídos de Colton, que arrugó el entrecejo—. Sabes que siempre tenemos lugar para ti.
—Lo sé —Becca respondió entusiasmada. Saber que podía confiar en los Evans era un verdadero alivio en su ajetreada vida—. Gracias, Julian. Te veo luego —le dio un abrazo rápido.
Tras despedirse, siguió a Colton, que la guió hacia el automóvil estacionado a la orilla de la carretera. Abrió la puerta del acompañante y la invitó a subir; luego, dejó el resto de las pertenencias en los asientos traseros. En su sitio, comprobó que ambos tuvieran el cinturón de seguridad y empezó a conducir lentamente bajo el cielo grisáceo. Ella se relajó por completo cuando la música empezó a sonar, mientras que Colton aún podía apreciar la tensión interna. ¿Estaba equivocado o Julian acababa de hacer una especie de escena justo antes de salir? «Puedes quedarte a dormir en casa otra vez», no dejaba de hacer eco en su cabeza. Podía leer muchas señales en su compañero de equipo, pero no estaba seguro de cómo interpretarlas. Experimentó una punzada de celos al pensar en la posibilidad de un vínculo romántico entre Julian y Becca. Quizá Julian fue más rápido e hizo lo que él aún no se atrevía a hacer. Presionó la mandíbula e intentó olvidar la maraña de pensamientos. No lo consiguió. Echar un vistazo a Becca de reojo solo aumentó su inquietud. Ante su mirada, ella siempre lucía hermosa. Piel de porcelana, nariz respingada, la sonrisa más dulce. Los ojos, curiosos y transparentes, brillaban; aunque por momentos permanecían tristes, siempre estaban repletos de vida.
—¿Está enamorado de ti? —soltó sin pensar.
—¿Eh? —volteó desconcertada. Durante aquellos minutos su mente se enfocó en la letra de esa canción que sonaba en la radio—. ¿De quién hablas?
—Julian.
—Ah, Julian —sonrió ligeramente—. Trabajo con él. Maggie, su madre, es genial. Encantadora como la tuya —comentó de forma inconsciente—. Pero no está enamorado de mí.
—¿No?
—No. Es imposible —habló convencida—. Es como mi hermano.
Colton exhaló repleto de alivio. Hermanos. Eran como hermanos. Nunca una realidad había sonado tan bien. No estaba lidiando con un posible pretendiente; más bien, lidiaba con un hermano sobreprotector. El ritmo frenético de su corazón se relajó. «Todo está bien». «Ella está aquí. No la perderás», se repitió a sí mismo para ahuyentar los miedos. Fue consciente, entonces, de cuánto temía perderla. Y, sobre todo, entendió que no podría seguir reprimiendo sus sentimientos, no por demasiado tiempo.
🤍🏀🤍
Becca descendió emocionada del automóvil. El aire frío golpeó sus mejillas, pero no le importó. Aunque el sol no estuviera reluciente, aquel sitio seguía siendo una de las principales maravillas que sus ojos habían visto. Caminó poco a poco, apreciando el cosquilleo que le produjeron las flores rozando sus piernas, e inspiró el aroma peculiar que desprendían.
—¿Cómo supiste que quería estar aquí? —preguntó a Colton, que se relajó a su lado. Ella tenía una sonrisa tan espontánea que le transmitió una sensación de calma inexplicable—. Lo pensé durante todo el camino.
—Supongo que puedo leer tu mente. Así que prepárate, porque de ahora en adelante pienso hacer realidad todos tus deseos —murmuró con gracia. En parte, era cierto. Quizá no podía leer mentes, pero se encargaría de averiguar sus anhelos, desde el más pequeño hasta el más grande, y se ocuparía de cumplirlos uno por uno—. ¿Estás mejor?
—Sí. La naturaleza siempre funciona —afirmó convencida—. Desde que era niña, cada vez que estaba triste, dar un paseo al aire libre me hacía sonreír.
Él se agachó para recoger una de las tantas flores violetas que había bajo sus pies.
—Eso es todo lo que importa —dijo con seguridad mientras acomodaba la flor a un costado de su largo cabello—. Eres aún más preciosa cuando sonríes, ¿sabes?
Becca bajó la mirada y se sonrojó, incapaz de creer en aquellas palabras; su autoestima estaba hecha añicos en el suelo. Nunca se había sentido especial, aun menos en aquel mundo, donde se percibía como una silueta casi invisible que nadie volteaba a mirar —a menos que quisieran burlarse de ella—. Por lo tanto, no entendía. No entendía por qué Colton decía aquellas cosas bonitas sobre ella. No entendía por qué se empeñaba tanto en mantenerse cerca, aun cuando le había dejado claro que estaba rota. Inestable. Averiada. Perdida.
—Gracias por traerme hasta aquí —hizo caso omiso a los miedos e intentó abrir su corazón. Él era su lugar seguro—. Desde que dejé Sion Creek todo ha sido un caos. Es como si mi vida se hubiera deshecho en mil pedazos y, aunque trato de unirlos para darle sentido, nunca logro hacer que encajen. Los problemas... están por todas partes: el instituto, las asignaturas, el hogar de acogida —admitió—. A veces siento que nada va a mejorar nunca, pero entonces me traes a este lugar, me haces reír y... —enredada en sus pensamientos, suspiró—. Me das esperanzas, Cole.
Colton pensó que eran las palabras más significativas que había oído en mucho tiempo. Sin embargo, también experimentó la impotencia creciendo dentro. Becca continuaba siendo una incógnita; sabía que tenía problemas que la acechaban, pero nunca especificaba de qué clase o cuáles. Entonces, ¿cómo podía ayudarla? Sintió que la situación se escapaba de sus manos, pero no quería rendirse. Iría tras ella hasta encontrar el modo de alcanzarla.
—Tú también me das esperanzas, ¿sabes? No lo parece, pero últimamente trato de mantenerme a flote. Todo mi futuro está hecho para el baloncesto, todo el mundo está esperando verme triunfar... ¿y si no puedo hacerlo? —dijo en voz baja. Le dolió formular aquella pregunta. Apenas tenía fuerzas para oírla—. Contigo es distinto... Contigo no tengo que fingir —se aproximó, sujetó su rostro y le acarició las mejillas con los pulgares. Ella se dejó hacer y lo miró, vulnerable—. Quizá no pueda arreglarlo todo, pero quiero estar contigo, Becky. Incluso en medio del caos. Quiero protegerte de cualquier cosa que pueda hacerte daño.
Becca movió los labios dispuesta a responder, cuando una seguidilla de gotas cayó en su rostro. Ambos dirigieron la mirada al cielo. Entonces, se desató la lluvia torrencial que las nubes grises habían anunciado. La tormenta estaba ahí, pero no les importó demasiado. Ella sonrió ampliamente, disfrutó la sensación del agua pura recorriendo su cuerpo y Colton se contagió de su risa. Entre tantas expresiones apagadas, verla sonreír de aquel modo no tenía precio. Solo deseaba alargar la sensación. Conservar la felicidad genuina.
Sin embargo, la lluvia inofensiva mutó a una tormenta feroz en cuestión de minutos. Ráfagas de viento, truenos y gotas que caían como si fuera la última vez.
—Vamos, tenemos que salir de aquí —indicó. Acto seguido, la levantó como si no pesara nada. Ella enredó los brazos alrededor de su cuello, se aferró con fuerza y volvió a sonreír, esta vez cerca de su piel. Colton percibió la cálida respiración y sintió un inexplicable escalofrío—. ¿O quieres quedarte bajo la lluvia?
—Contigo podría quedarme en cualquier parte —murmuró. Alzó la cara, lo contempló con ojos grandes y brillantes; ansiaba decirle muchas cosas, pero no sabía cómo.
Él deslizó otra sonrisa grande mientras caminaba a paso rápido hacia el vehículo. Los hoyuelos en sus mejillas se profundizaron.
—Sabes que también me quedaría contigo donde sea, pero no queremos que te enfermes —dijo con un aire divertido.
Ella sintió su pecho vibrar mientras él reía. Lo abrazó con más fuerza, hundiendo la cara en la curvatura de su cuello. El clima era gélido, pero el cuerpo de Colton emanaba un calor del que no quería alejarse. Una nueva corriente de frío estremeció su cuerpo cuando la dejó sobre el asiento de acompañante. Parte de ella se decepcionó; quería permanecer anclada a él.
Empapada, se acomodó en el asiento, mientras las gotas de lluvia todavía resbalaban por su cara y su torso. Sus piernas temblaban, aunque no estaba segura de si era por el frío o por la forma en que él la había hecho sentir. Había algo en la forma en que Colton la tocaba. Ni siquiera estaba siendo intencional, pero su piel se encendía incluso ante algo tan mínimo como un roce.
—Estás temblando —masculló él tras hundirse en su lugar—. Dame un segundo, encenderé la calefacción —una vez que encendió el motor, la activó. Luego, volteó hacia el asiento trasero y extendió el brazo hasta sujetar un bolso deportivo—. Deberías quitarte la ropa mojada y usar esto —le dio una sudadera negra.
—Eh... sí. ¿Puedes...?
—Claro, no te preocupes. No voy a mirar —prometió nervioso. De inmediato, cerró los ojos al mismo tiempo que se quitaba la camiseta mojada y después la echó hacia atrás—. Avísame cuando estés lista.
—Lo haré.
Becca comenzó a desprender los botones del cárdigan uno por uno. Sus manos aún temblaban y su respiración se volvió un desastre cuando observó de reojo el torso desnudo de Colton. «No debes mirar. No debes mirar. No debes mirar». Tan pronto como terminó esa frase, su mirada regresó al chico. Reprimir los impulsos no surtió efecto: el deseo estaba ahí, fijo en sus pensamientos, pidiéndole a gritos que lo hiciera realidad. Deseaba descubrir cómo se sentía acariciar su piel. Repasar cada uno de los lunares; los que estaban sobre sus hombros y también los que marcaban un camino entre sus pectorales.
—¿Todo bien? —preguntó Colton.
Ella trastabilló y se enrojeció, aunque él ni siquiera podía verla.
—Sí, sí. Ya casi termino —se apresuró a quitarse el cárdigan y luego la camiseta. Torpemente, logró ponerse la sudadera, que le cubrió hasta las rodillas—. Listo —tiró su cabello empapado hacia atrás.
Colton abrió los ojos, todavía con el torso desnudo.
—¿Vas... a quedarte así?
—No. Creo que tengo algo más por aquí —siguió buscando hasta que encontró una camiseta de manga corta que usaba en los entrenamientos. Cuando se movió al vestirse, los músculos de los brazos y los abdominales se le marcaron—. Ey, todavía estás temblando —tocó con dulzura la mano fría de Becca. Sin dudar, entrelazó sus dedos e intentó transmitirle calor. El contacto fue eléctrico—. ¿Así está mejor? La calefacción está al máximo.
Ella asintió, aunque el temblor no disminuyó.
—Es que no... no es el frío, Cole —inhaló profundo y, sin más, expuso su corazón—. Eres tú. Tú me haces sentir así. Y... me da miedo; jamás me había sentido de este modo. No sé lo que haces conmigo.
Colton se inclinó hacia ella, lento. No había prisas. Sus frentes se rozaron, sus respiraciones se mezclaron. Becca cerró los ojos. Sentirlo tan cerca hizo que perdiera la noción del tiempo y del espacio. Solo estaban ellos, en un lugar recóndito de la ciudad, bajo una tormenta interminable.
—También tengo miedo, Becky. Pero me asusta más que te alejes de mí. Si vamos a hacer esto, tenemos que ir despacio. ¿Sí? Tú marcas el ritmo. Tú decides hasta dónde quieres llegar.
—No pienso alejarme de ti.
—No pienso dejarte sola. Nunca.
Entonces, ella se aproximó y lo besó. Fue un beso suave. Paciente. Un beso repleto de promesas y emociones que habían ido creciendo hasta convertirse en una tormenta de sentimientos incontrolables. Afuera seguía lloviendo. Afuera el mundo caía, pero nada más importaba, porque en aquel refugio solo existían ellos.
🤍🏀🤍
Si la historia te gusta, me ayudaría mucho que me dieras estrellitas, comentarios y la recomiendes a otras personas :).
Recuerda añadir la historia a tu biblioteca y seguirme en mi perfil, así no te perderás de ninguna novedad u aviso importante.
Gracias por la lectura y el apoyo.
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top