35.


LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA


Kaylee Sanders era, por lejos, la chica más deseada del instituto. Preciosa. Despampanante. Y tenía una actitud desestructurada que dejaba anonadado a cualquiera. Así también lo creyó Becca que, tras la llegada de la pelirroja, se quedó estupefacta. Llevaba una falda corta negra y un suéter blanco pegado al cuerpo. Tenía unas pestañas larguísimas y definidas; debajo, resaltaban sus labios, rellenos con un lápiz labial color vino. Enseguida sacó de su bolso un montón de papeleo, que desplegó sobre el escritorio en la habitación de Daisy.

Todavía en el sofá, Becca notó la forma en que su amigo Julian, inconsciente, paseaba la mirada por las piernas kilométricas de la chica. Había llegado unos minutos después que Kaylee y se había instalado en un sofá individual de la habitación. Daisy pasaba la mayor parte del tiempo ahí; era uno de los espacios más amplios de la casa y ella se había ocupado de equiparlo hasta convertirlo en su refugio. Había rincones de pura comodidad —como los sofás que albergaban peluches y mantas—; también había una alfombra suave en una esquina, en diagonal a una ventana por donde entraban los rayos de sol, repleta de almohadones de varias formas, colores y tamaños. La cama era un sommier de una plaza y media, cubierto por un acolchado bonito en tonos rosados. Contra una pared, una biblioteca blanca compuesta de diez estantes, sobre los que había libros, pequeños adornos tiernos y una tira de luces LED que decoraba el marco.

—¡Los chicos están por venir! —exclamó Daisy mientras apartaba el móvil—. Shep me escribió que tuvieron un imprevisto, pero que están cerca.

—¿Puedo usar el baño? —preguntó Becca poniéndose de pie.

—Claro que sí. Es la primera puerta a la izquierda.

En el tocador, Becca se paró frente a un espejo de cuerpo completo. Observó la forma en que vestía. Pantalón largo de mezclilla y un cárdigan crudo. Nada se veía especial. En realidad, estaba enamorada de aquel cárdigan, pero consideró que luciría mejor en Kaylee o Daisy. «No soy tan bonita», pensó mientras trataba de acomodar el cabello largo y ondulado que simplemente caía a los lados como una cascada. Daisy era rubia con rizos en las puntas, mientras que la cabellera pelirroja y alisada de Kaylee brillaba con naturalidad. Era como si estuviera perdiéndose de algo. ¿Cómo hacían para verse tan bonitas? Especiales. Repletas de vida.

Becca divisó sus ojos apagados. Hundidos de cansancio. Las ojeras ligeramente marcadas porque durante la noche nunca conseguía descansar totalmente. Quiso ponerse a llorar. «La exnovia de Colton es la chica más bonita del instituto. ¿Por qué se fijaría en mí? Es imposible», concluyó. Y se rompió a sí misma el corazón. Incluso aún más de lo que ya estaba. Todavía más.

Al regresar, volvió a hundirse sobre un lado del sofá de dos cuerpos. Su presencia se tornó ausente. Estaba físicamente en esa habitación, pero sus pensamientos estaban en otra parte. «Dios, ¿quién me va a querer así?». Era como si acabara de descubrir una decepcionante realidad. Ella no era como el resto de las chicas que admiraba. Por eso en el instituto la veían rara. Por eso los demás se burlaban de ella. Y no era solo lo estético. Becca también sentía que sus conocimientos distaban del resto. De un modo que la hacía ver patética. Ni siquiera podía entender cómo hacer una operación matemática. Era un idioma desconocido.

—Eh, ¡aquí estamos! Sé que no podían esperar a vernos, pero ¿qué creen? Lo mejor se hace esperar —murmuró Shepherd mientras ingresaba a la habitación. Detrás de él, surgió Colton—. ¿No vas a saludarme, princesa? —dirigió la mirada a Daisy, que arrugó la nariz.

—Hola —dijo cortés—. Entra, pero no toques nada, ¿de acuerdo? Solo siéntate y escucha —indicó exasperada—. Por cierto, hola, Cole. Ubícate donde quieras —su voz se tornó más amable.

—De acuerdo, Daisy —aceptó Colton mientras saludaba al resto. Sin embargo, en cuanto distinguió a Becca, toda su atención fue hacia ella—. Hola, Becky.

—Hola, Cole —ella no pudo evitar sonreír a pesar de su nerviosismo interno.

—¿Puedo sentarme aquí?

—Eh, sí, claro.

Él se acomodó en el espacio vacío, aunque sus piernas invadieron el espacio personal de Becca. Una parte del sofá no era suficiente para la contextura física de Colton, que, además, tuvo que extender un brazo sobre el respaldo. Ella, que podría haberse apartado, no lo hizo. Le agradó aquel roce. La cercanía. El saber que, si tan solo dejaba caer su cuerpo hacia atrás, su nuca se pegaría al brazo del chico.

—¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

—Uhm, volvió... ¿Volvió a ocurrir? —susurró a su oído para que nadie más pudiera oír—. Ya sabes qué.

No. No había sucedido otra vez. Pero sin duda volvería a pasar si Becca seguía hablándole tan cerca del oído.

—Todo está en orden. Te lo prometo —susurró de vuelta.

Becca deslizó una mano hasta el pecho de Colton y la colocó encima de su corazón. Lo sintió latir cada vez más rápido y le dirigió una mirada confusa.

—¿Seguro? Va rápido. ¿No te duele?

Él negó.

—No. Eso lo provocaste tú. No duele, Becky. Créeme que no duele.

—Eh, ustedes. ¿Pueden poner atención? Kaylee intenta explicar algo —interrumpió Julian, claramente disgustado por la situación que acontecía ante sus ojos.

—Lo sentimos —Colton se incorporó—. ¿Qué decías, Kaylee?

—Tengo los panfletos —explicó—. Así quedaron. Imprimí unos doscientos, suficientes para repartir por la zona del instituto. La decoración también está lista. Hice guirnaldas personalizadas con el logo del equipo —extendió parte de una tira con entusiasmo—. Y carteles para las tribunas.

La pila de libros que cayó al piso causó un sonoro estruendo. Algunos se desparramaron impolutos; otros no tuvieron tanta suerte y aterrizaron abiertos, dañándose el lomo. Además, se llevaron consigo un juego de adornos de cerámica, réplicas de diversos gatitos de varios colores.

—Te dije que no tocaras nada, Shepherd —expresó Daisy con una paciencia digna de admiración—. Has tirado los libros. Y mis gatitos de cerámica —arrugó la expresión con los ojos cristalizados—. Eran mis favoritos.

—Eh... Pero no están rotos. Mira —recogió el naranja—. Bueno, este se chamuscó la nariz, pero apenas se nota. Lo juro —lo dejó sobre la repisa y agarró el blanco y negro—. Este quedó perfecto. Míralo.

—Deja de tocar mis cosas —ordenó la chica poniéndose más dura—. Aléjate, ya.

—Amigo, ven aquí —Colton, de pie, lo sujetó por los hombros y lo guió hacia el sofá que previamente él había ocupado—. Eso es. Siéntate. Quédate quieto, eh.

—Es que no fue mi culpa, solo quería ver los gatitos.

A su lado, Becca apretó una gran sonrisa. Divertida.

—Lo sé, pero no tienes que tocar todo. Algunas cosas solo están para mirar.

—Solo mirar —suspiró frustrado—. De acuerdo.

Entonces, Colton encontró la mirada de Becca, que sonrió ampliamente y rio. Él también lo hizo. Shepherd, que durante un instante se sintió atacado, acabó riéndose de sí mismo. Daisy y Julian —que ayudaba a la chica a recoger el desastre— también rieron, junto a Kaylee, que permanecía con el despliegue decorativo sobre el escritorio.

Entonces, Becca fue consciente de su alrededor. Su realidad no era la más bonita: en el hogar de acogida prevalecían los maltratos físicos y psicológicos; el instituto era un terreno hostil donde no conseguía adaptarse, porque la mayoría de los adolescentes de su edad iban a un ritmo que ella no lograba seguir. Sin embargo, en aquel instante, la vida le sonreía. Esos chicos la habían aceptado sin objeciones. Eran sus amigos. Algo que, meses atrás, creyó improbable.

Salir de Sion Creek fue, durante mucho tiempo, una fantasía imposible. Lo había soñado de vez en cuando, pero la mayoría de las veces reprimía sus deseos por golpes de realidad que le recordaban: «Tú perteneces a este lugar. Tú estás para servir a Él. Es tu misión. Es tu deber». Al menos, aquello ya no era así. Becca había salido de aquella burbuja. Estaba en el mundo real. Y, lo más importante, elegía estar allí.


🤍🏀🤍


El cielo estaba cubierto de nubes grises. Una firme predicción de que pronto llegaría la lluvia. Después de ultimar detalles acerca de la organización del partido de caridad, la actividad se dio por concluida. «Veamos una película», sugirió Shepherd antes de que cualquiera pudiera irse a casa. Era sábado por la tarde y se avecinaba una tormenta; no había mejor plan que acurrucarse a ver películas y comer palomitas de maíz.

Daisy —en el fondo, encantada de tener amigos para hacer ese tipo de planes— puso manos a la obra y preparó dos boles. Mientras tanto, Kaylee tomó el mando del televisor y comenzó a explorar las diferentes opciones.

—¿Qué quieren ver? —preguntó Shep pendiente de lo que seleccionaba la pelirroja.

—Obviamente, terror —respondió ella de antemano—. La ocasión lo pide.

—Ay, no seas mala. Las películas de terror me dan pesadillas.

—Es ficción, Shep —intervino Daisy con un ápice de dulzura en su voz—. Nada de lo que sucede es cierto.

Antes de que pudieran revertir la elección, Kaylee presionó el botón dando inicio a I Spit on Your Grave. La historia comenzó de un modo tranquilo: una escritora llegando a una cabaña aislada en un pueblo en busca de inspiración. Mientras tanto, la tensión empezó a tomar forma: apareció un grupo de hombres que la observaban de manera lasciva y el ambiente, que parecía calmo, se tornó amenazante. Agresivo.

Becca, todavía en el sofá, trató de enfocarse en la pantalla. Apenas había pasado media hora cuando la protagonista comenzó a sufrir un brutal ataque y, como un efecto inmediato, las alarmas se dispararon en su cuerpo. «No pasa nada». Percibió los latidos de su corazón acelerarse. «Estás con tus amigos». La sensación de ahogo le presionó el pecho. Dolía. «Estás bien. Estás a salvo». Intentó calmar el miedo intenso e irracional, pero este la arrastró como si fuera una pequeña perla hundida en el océano.

Accediendo a la imperiosa necesidad de huir, Becca se levantó y salió a paso rápido de la habitación. Se topó con una mesa auxiliar al fondo del pasillo y se sostuvo del borde, tratando de mantener la estabilidad. En ese instante era un verdadero desastre. Tenía miedo. Estaba convencida de que algo terrible pasaría. Y, al mismo tiempo, quería escabullirse a causa de la vergüenza. Había enfado consigo misma. Mucho. «¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo?», se reprochó.

—Ey, Becky —Colton fue detrás—. ¿Estás bien? —preguntó mientras colocaba las manos sobre sus hombros.

Ella negó. Harta de mentir.

—Tengo mucho miedo, Cole —volteó hacia él manteniendo su cuerpo apoyado sobre la mesita—. No sé... No sé qué me pasa —titubeó con lágrimas en los ojos. Prevalecía la dificultad para respirar y no entendía por qué. Las piernas le temblaban, como si estuviera a punto de desplomarse ahí mismo—. Es que creo... Me va a pasar algo malo. Sí. Lo sé.

—Becca... Tranquila —dijo con suavidad—. Ven aquí —puso una mano alrededor de su cintura y la atrajo hacia él—. Eso es. Te tengo —conservó la calma.

Ella encontró cierto alivio hundida en los brazos de Colton. Él la sostenía. Él no la dejaría caer. Pegó la cabeza a su pecho, justo donde podía oír a lo lejos el sonido de su corazón. Y se aferró a él como si su vida dependiera de eso.

—Me voy a morir —dijo todavía aterrada—. Me voy a morir y voy a ir al infierno —sus lágrimas humedecieron la camiseta de Colton.

—No, Becky. No estás muriendo y no irás a ningún lado. Estás aquí, conmigo —murmuró estrechándola con cariño—. Solo es miedo. Te prometo que pasará.

—¿Sí?

—Sí. Todo está bien, tranquila —llevó una mano hasta su cabello y lo acarició—. Intenta respirar. Eso es. Respira.

—¿Cole? No me dejes —pronunció ella en un hilo de voz.

—No lo haré. Nunca.

—No quiero ir a la habitación.

—No tenemos que regresar —dijo sin pensarlo dos veces—. Tengo el auto fuera, ¿sabes? Podemos salir a dar un paseo —propuso—. ¿Te gustaría?

Becca asintió sin pensarlo.

—Lo necesito —aseguró.

Dado el panorama, cualquier plan que incluyera a Cole le parecía perfecto.


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