34.


ATRACCIÓN INEVITABLE


Becca se hundió en el sofá rosado de la habitación de Daisy. Estaba repleto de animales de felpa, almohadones mullidos y una manta suave con estampado de florecitas. Recogió un pequeño león y lo abrazó contra sí misma, mientras contemplaba a su amiga, que organizaba una pila de libros ubicándolos en su biblioteca personal.

—Sé que ya te lo dije, pero me encanta ese suéter. Mira el bordado precioso que tiene —murmuró Daisy acerca del cárdigan crudo que vestía Becca. A lo largo de las mangas, tenía un camino de estrellas bordadas con hilos plateados que poseían un brillo delicado—. ¿De dónde es?

—Uhm, no estoy segura. Me lo regaló la madre de Colton —respondió orgullosa. No estaba acostumbrada a llevar ropa bonita; en Sion Creek todas usaban ropa larga y de colores apagados, generalmente de segunda mano. Nunca había tenido la oportunidad de elegir algo por sí misma. Sin embargo, dos noches atrás, Ada Bradford abrió una sección de su armario que contenía prendas que jamás había utilizado. Aún tenían sus respectivas etiquetas. «Elige lo que tú quieras, cielo», le había dicho con total tranquilidad. Le llevó un gran rato elegir. No pudo hacerlo sola; de hecho, Ada fue la que comenzó a impulsarla, mostrándole las opciones que, a su parecer, se adaptaban a su estilo. Becca ni siquiera tenía un estilo definido, pero esa mujer fue capaz de ver a través de ella y hacer sugerencias.

Así fue como, horas después, Becca se presentó en casa de los Evans con tres bolsas repletas en las manos. «¿Puedo guardar todo esto aquí? En el hogar... Bueno, hay algunos problemas. Es difícil tener objetos personales. No quiero que me quiten todo esto», intentó explicar sin dar demasiados indicios de su realidad. Maggie, firmemente convencida, enseguida le ofreció el armario en la habitación de invitados. Era evidente que también sospechaba y trató de ahondar en la situación, pero Becca era como un cajón cerrado con múltiples seguros y candados. No dijo nada. Simplemente agradeció la amabilidad.

—Ay, ¡amo a Ada Bradford! Sus maquillajes son lo mejor que me pasó en mucho tiempo —pronunció divertida—. Debe ser un sueño estar en su vestidor.

—Sí, fue increíble —sonrió entusiasmada—. La mamá de Cole es... Superamable —dijo con ternura. «Me habría gustado tener una madre como ella».

—Estás pasando mucho tiempo en casa de Colton, ¿eh?

—No... No tanto, en realidad —bajó la mirada enseguida. Hablar del muchacho la movilizaba. Cada vez que lo nombraban percibía un hormigueo en su estómago y, luego, como si sus pies se desprendieran del suelo y estuviera flotando.

—¿Qué hacen cuando están juntos?

Se encogió de hombros.

—Nada... Nada en particular. Bueno, hablamos. Hablamos un montón —sus labios se curvaron en una sonrisa—. A veces pedimos comida y vemos películas o partidos de baloncesto. Y él... Siempre me explica cualquier cosa que le pregunto. Lo que es emocionante, porque me gusta demasiado escucharlo hablar —reconoció—. Luego me lleva a casa o a la cafetería.

—Ay, qué lindo —Daisy suspiró mientras se sentaba a la orilla de la cama—. ¿Estás enamorada?

—Eh, no lo sé. Yo nunca... Bueno, no estoy segura de cómo debería sentirse estar enamorada.

—Escucha, concéntrate en lo que sientes por él. Dilo en voz alta. Te prometo que no se lo diré a nadie ni te juzgaré de ningún modo.

Becca tiró de las mangas del cárdigan y escondió parte de sus manos debajo.

—No puedo dejar de pensar en él —confesó—. Me pasa todo el tiempo. En clases, en la cafetería, al despertar, antes de dormir e incluso cuando duermo... Sueño con él —agregó sintiéndose un poco ridícula—. Cada vez que llego al instituto, no puedo esperar a verlo. Es como si quisiera estar todo el tiempo con él. Y cuando aparece... Mi día mejora. Es automático. «La idea de perderlo me resulta absolutamente desoladora. No puedo imaginar mi vida sin él», reprimió el pensamiento. Demasiado íntimo para exponerlo. Inspiró una profunda bocanada de aire. Luego, exhaló agotada, pero aliviada de haberlo sacado todo —o casi todo—.

—¿Quieres saber el veredicto? —bromeó divertida. La chica asintió en respuesta—. No hay dudas de que estás enamorada, Becca.

—Ay, Dios. ¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó desorientada.

—Sabes que no soy experta en el tema «chicos» y que, si a mí me pasara algo similar, estaría huyendo —comentó con gracia—. Pero, teniendo en cuenta que el varón en cuestión es Colton Bradford, yo diría que te dejes llevar. Su reputación es excelente. Y debo admitir que es de los pocos chicos con los que podría sentirme segura si estuviera borracha en una habitación.

El estridente sonido del timbre interrumpió la «charla de chicas». Enseguida, Daisy se puso de pie, caminó hacia la puerta y se paró justo bajo el umbral antes de seguir.

—Debe ser Kaylee. No creo que sea buena idea que hablemos de Colton frente a ella.

—¿Por qué?

—Es su exnovia.


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"I keep dreaming you'll be with me and you'll never go. Stop breathing if I don't see you anymore (...) 'Cause with you, I'd withstand all of hell to hold your hand. I'd give it all; I'd give for us. Give anything, but I won't give up".

"Sigo soñando que estarás conmigo y nunca te irás. Dejo de respirar si ya no te veo. Porque contigo, yo soportaría todo el infierno para sostener tu mano. Daría todo, daría todo por nosotros. Daría cualquier cosa, pero no me rendiré".

Firme, Colton pulsó el botón de apagar. «Far Away», de Nickelback, dejó de sonar tras el segundo estribillo.

—Ey, ¿por qué hiciste eso? —cuestionó Shepherd desde el asiento de acompañante. Encendió nuevamente la música—. Me gusta esta canción.

El muchacho la apagó otra vez. Pegó un volantazo en seco hacia la orilla de la carretera y detuvo el auto. Permaneció en silencio con las manos aferradas al volante. Shepherd volteó a verlo con los ojos abiertos de par en par.

—¿Estás loco? Pensé que iba a morir —exageró—. ¿Qué pasa contigo, eh?

—Nada.

—¿Nada? Es tu corazón, ¿no? Dilo. Estás teniendo otro episodio —asumió indignado. A menudo, tenía que adivinar lo que estaba ocurriendo en el interior de su mejor amigo. Colton podía ser como un libro cerrado en cuanto a sus sentimientos. Sin embargo, Shepherd tenía la facilidad de llegar a él—. Muévete, te llevaré al hospital y esta vez me importa una mierda que no quieras.

—No es eso —aclaró.

Shep le echó un vistazo de pies a cabeza, comprobando su estado físico. Se veía en orden. No había signos de respiración acelerada o falta de aire, así que eligió creerle.

—Es Becca.

—Ah. Déjame adivinar. Tuvieron sexo, fue su primera vez y ahora estás arrepentido —dio por hecho—. Mira, eso es algo que iba a pasar. Incluso es bueno que hayas sido tú, porque seguramente la trataste como a una reina...

—¿Qué? No, Shepherd. No. Deja de sacar conclusiones equivocadas —Colton arrugó la expresión—. Estás mal de la cabeza.

—Lo sabía —deslizó una sonrisa de satisfacción—. Te conozco, señor perfecto. Nunca irías tan rápido con ella. A ver, ¿cuál es el problema?

—Es que... —Cole tragó saliva y, finalmente, habló con determinación—. Me gusta Becca.

—¿Y qué tiene de malo?

—Todo. Todo está mal —respondió estresado—. Para empezar, soy mayor.

—Hablas como si le sacaras diez años. Ella tiene dieciséis. Tú cumpliste dieciocho hace un par de meses. No veo el delito.

—No lo entiendes.

—Cierto. Siempre te va genial con las chicas. ¿Qué es lo que cambió ahora?

Normalmente Colton iría al frente. Encontraría el momento adecuado para entablar una conversación privada con ella; la invitaría a salir y averiguaría hasta qué punto eran capaces de llegar. Así lo había hecho con las anteriores chicas. Así lo hizo con Kaylee. A los dieciséis, había pasado un verano en la casa del lago de la familia Sanders. Los padres de Colton eran amigos íntimos de los padres de Kaylee. Ser los únicos adolescentes y convivir día y noche los llevó a lo evidente: terminaron juntos. Ambos eran jóvenes, atractivos y con las hormonas alborotadas. Nadie se sorprendió en el instituto. En apariencia, hacían la pareja ideal.

Sin embargo, su mundo entero se dio vuelta cuando conoció a Becca. Algo se movió dentro de sí mismo. Ella lo sacudió como un huracán. Arrasó. Y de pronto, cuando caminaba por los pasillos del instituto entre la multitud, su mirada solo la buscaba a ella. La única chica a la que podía ver. La única a la que le confiaba secretos. La que tenía la sonrisa más pura que había visto en mucho tiempo. La de ojos tristes pero brillantes. La de la voz más dulce. La chica angelical que, efectivamente, se había equivocado de planeta. Ella pertenecía al cielo... Pero también quería que perteneciera a él.

Ni siquiera encontraba las palabras para explicarle a su mejor amigo lo que pasaba por su cabeza. Era demasiado. Intenso. Repentino. ¿Cómo le explicaba que la deseaba tanto, pero que temía corromperla? Le había prometido a Becca guardar sus secretos. No existía forma de que lo incumpliera.

—Becca es diferente —se limitó a contestar—. No soporto estar lejos de ella. Todo el tiempo pienso en si estará bien o si podría hacer algo para mejorar su vida. «Y quiero tocarla cuando estoy cerca. Acariciarle el cabello, rozar su mano, sentirla de algún modo», omitió. Le daba pavor decirlo en voz alta. Admitir que una fuerza descomunal llamada amor lo había atravesado era frustrante para Colton Bradford, el chico determinado que tenía un gran objetivo: ir hacia el estrellato.

—¿Te escuchaste? Nada de lo que dijiste es malo —reafirmó—. Es obvio que no conozco a Becca como tú, pero sé que la está pasando mal. Lastimosamente, todos lo saben. Quizá tú seas lo mejor que le haya pasado en mucho tiempo —lo miró con seriedad—. No deberías alejarte de ella. No lo hagas.

Colton asintió con seguridad. Entendió que Shepherd tenía razón. Incluso si tenía que suprimir sus impulsos o sus verdaderos sentimientos hacia ella, no se alejaría. Después de todo, Becca lo necesitaba como un amigo. Y él estaba seguro de que sería capaz de hacer cualquier cosa que ella deseara.


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