33.
PROBLEMAS EN TODAS PARTES
Usó la ventana averiada de la cocina para acceder al hogar de acogida. Después de compartir una tarde con Ada Bradford y pasar a recoger la paga de los Evans, Becca llegó a una hora indebida. Ni siquiera pasó por su cabeza la opción de tocar el timbre. Decidida a escabullirse sin ocasionar disturbios, subió de puntillas por las escaleras. Todavía contenía la respiración cuando se detuvo en el umbral de la habitación. Recibió un golpe seco en la nuca y, luego, su visión se oscureció. Todo se volvió vacío.
Minutos después, recuperó la conciencia a causa del tirón de cabello que Oscar le dio para despegarla del piso. Acto seguido, la llevó escaleras abajo a trompicones.
—Evidentemente tu cerebro no funciona bien si piensas que puedes hacer lo que quieres —gruñó alejándola de un empujón—. ¿Dónde carajos estabas?
—Tra-trabajando, señor —contestó con la mirada en el suelo. Muerta de miedo.
—El dinero —exigió y extendió la mano abierta.
Sin dudar, Becca rebuscó en su bolsillo y le entregó los billetes. Maggie le había dado un pago especial por las horas extras que hacía sin que nadie se las pidiera. Podía ver, además, que la chica lo necesitaba. No imaginaba que su bondad caería en las manos de un ser despiadado como ese hombre.
—Uhm, veamos —dijo contando los billetes—. Al menos sirves para algo —acotó mientras los guardaba en el bolsillo de su vaquero.
—¿P-Puedo ir... ir a la cama, señor? —se animó a pedir.
—Por supuesto que no —respondió—. Pasar tanto tiempo fuera tiene sus consecuencias. ¿Ves todo esto? —señaló a su alrededor. Ella no se movió—. Mira bien, estúpida —la sujetó violentamente de la barbilla y elevó su cara—. Quiero que limpies toda la planta baja. Vamos. Quiero verla impecable antes del amanecer.
«No puede ser». Becca cerró los ojos. No resistiría. Estaba demasiado agotada como para enfrentar una jornada tan agotadora de limpieza doméstica. Durante un instante, sintió que su cuerpo perdería toda estabilidad. Las repulsivas ganas de vomitar se intensificaron.
—S-sí, señor. Lo haré —no le quedó más remedio que acatar la orden. Era eso o recibir algún tipo de castigo que no estaba segura de poder tolerar.
—¡Vamos! ¿Qué esperas? Ponte a limpiar, zorra.
Un ardor palpitante le recorrió la nuca. Hizo caso omiso. Inhaló una bocanada de aire, reprimió las lágrimas y se encaminó hacia el pequeño cuarto donde se hallaban los artículos de limpieza. Ignorando el dolor, se puso manos a la obra e intentó mantener los ojos abiertos mientras se movía de un sector a otro. Pasó el trapeador por cada habitación, lustró muebles y limpió a fondo la cocina; también fregó los utensilios que habían quedado sucios en el lavabo y recogió basura suelta que Oscar, principalmente, dejaba por todas partes sin cuidado. ¿Para qué mantener el orden, si tenía a Becca, la niña sumisa y obediente que podía limpiarlo todo?
Cuatro horas después, tras echar un vistazo y comprobar que todo estaba listo, subió en silencio hacia la habitación. Su mayor anhelo era meterse a la cama; estaría agradecida si conseguía descansar, al menos, una hora. Solo cerrar los ojos y olvidar el mundo por sesenta minutos; solo aquello le bastaría. Sin embargo, al ingresar a la habitación, se encontró con una escena desagradable sobre su cama. El peluche de felpa que Colton le había obsequiado el día que fueron a la feria tenía cortes por todas partes. El poliéster sobresalía de cada uno de esos huecos que habían hecho cruelmente.
Alexa. Ella fue la autora de aquella maldad. Becca lo sabía, pero no había nada que pudiera hacer. Ni siquiera se permitió echarse a llorar, aunque su interior se lo pedía a gritos. Temía que, aun mientras todos dormían, alguien pudiera escucharla y castigarla por algo tan humano como las lágrimas.
🤍🏀🤍
—Su bajo rendimiento es preocupante, señorita Larsen. En particular porque tiene una beca completa que mantener —manifestó el director Walsh en un tono condescendiente—. Si no veo avances en los próximos meses, lamento informarle que me veré en la obligación de apartarla para otorgársela a alguien más. ¿Comprende?
Becca asintió tragándose la angustia.
—Tengo... Tengo que obtener buenas calificaciones. Entiendo.
—Eso es lo mínimo. Se estima que los estudiantes becados cumplan a rajatabla con las expectativas del instituto, lo que incluye buenas calificaciones, activa participación en clase, involucrarse en actividades extracurriculares, cumplir horarios.
—Bien.
—¿Está segura de que podrá cumplir con lo pedido? ¿O le gustaría que hiciéramos una reunión con su tutor? Quizá podríamos idear un plan de estudio con tutorías e incluso sesiones con la psicopedagoga.
—No, no será necesario —exclamó de inmediato—. Lo arreglaré. Lo haré por mi cuenta —prometió desesperada. Cualquier opción que incluyera a Oscar le resultaba una pésima idea. Él no podía enterarse de sus dificultades escolares.
—De acuerdo. Gracias, señorita Larsen. Puede salir.
Dejó el despacho del director con la mirada perdida. Miró el reloj, notando que era el momento del almuerzo, y se dirigió al comedor, donde se encontraba gran parte de los estudiantes de Lakeville. Sigilosa, recogió una bandeja y se colocó en la fila hasta conseguir su porción de comida: hamburguesa de pollo con papas al horno. Su estómago rugió de hambre; esa mañana —como la mayoría— no había desayunado. Ni siquiera ingirió una infusión caliente. Salió del hogar de acogida tan rápido como pudo.
Elevó ligeramente la mirada, lo suficiente para echar un vistazo a su alrededor y detectar una mesa vacía al final del recinto. La multitud la intimidaba de una manera que no podía explicar. Las voces, los murmullos, los gritos, todo parecía ser demasiado para asimilarlo. Podría haber buscado algún rostro familiar, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Así que ocupó el lugar vacío. Todo lo que quería hacer era comer en silencio.
—¿Becca Larsen? —interrumpió un muchacho que se paró frente a ella. A su lado, otro joven se detuvo. Ella asintió—. Hola. ¿Podemos sentarnos un momento aquí contigo?
—Eh, claro —dijo incómoda pero demasiado amable como para decir que no.
La mesa era lo suficientemente grande, pero ambos se sentaron a su alrededor, uno a cada lado. Becca se mordió el labio interno, nerviosa. Su inquietud aumentó tras reconocer a los chicos: Rowley y Hudson. Ambos habían hecho bromas crueles sobre ella.
—Gracias, Becca. Eres una dulzura —comentó Rowley mientras extendía la mano y sujetaba una papa—. Uhm, esto tiene buena pinta. Veamos —se la llevó a la boca y masticó—. Está deliciosa.
—Pueden... Se lo pueden quedar —se refirió al plato—. Iré a buscar otro —no le importaba tener que hacer la fila otra vez si eso significaba alejarse de esos chicos.
—No, te quedas aquí —Rowley tiró de su muñeca e impidió que se levantara—. Tenemos que hablar contigo.
—¿Conmigo?
—Sí —Hudson puso una sonrisa burlona—. Mi amigo tiene que decirte algo.
—Ah, sí. Quería pedirte perdón. Ya sabes. Por esos chistes que hice sobre ti. No era mi intención ofenderte —pronunció relajado—. Y sé que eres una chica de Dios, ¿no? Seguramente sabes que lo correcto es perdonar.
—Claro que sí —la expresión de Becca se suavizó y sonrió con dulzura—. El perdón no solo beneficia al ofensor, sino también al ofendido. Te libera del rencor, del dolor, y te permite avanzar en paz. Por supuesto que te perdono, Rowley.
—Así me gusta. Eres un fenómeno, ¿eh? —suprimió una carcajada, aunque Hudson se había volteado hacia el lado contrario para reír—. ¿Qué dice la Biblia sobre ayudar a alguien?
—Ayudar al prójimo es un mandato de la Biblia —expresó sin titubear. Después de todo, pasó dieciséis años de su vida abocada a la religión—. Refleja el carácter de Cristo. Es... Una muestra tangible de amor y fe.
Hudson tuvo que taparse la boca para no reír a carcajadas. Rowley disfrazó su intención burlona en una sonrisa.
—Ah, perfecto. Eso quiere decir que me ayudarás en algo si te lo pido, ¿no?
—Eh, podría. Sí. ¿Qué...? ¿Qué necesitas, Rowley?
—Vas a ir a hablar con el entrenador Kampbell. Le dirás que tú y yo somos buenos amigos, que te pedí perdón y que debería dejarme regresar al equipo.
—¿Regresar al equipo?
—Me echó por tu culpa —escupió sin rodeos.
—Pero yo no... Yo no hice nada —de pronto sintió que la conversación se volvía tensa. Tajante. Una fuerza invisible le oprimió la garganta—. ¿Qué hice?
—Ponerte a llorar como una niñita por unas bromas inofensivas —se mofó con sorna—. ¿Ves? Estás a punto de hacerlo.
🤍🏀🤍
—Ay, no —murmuró Shep desde su asiento en el comedor—. Ese imbécil es un maldito suicida —se puso de pie para seguir a su mejor amigo, que caminaba como un frenético hacia donde Becca estaba siendo interceptada por Rowley—. Ey, Colton. Nada de romperle los huesos a nadie, ¿recuerdas? Tu futuro está en juego. El contrato.
Ninguna palabra consiguió desactivar la ira de Colton. No después de notar la sonrisa ridícula en la cara de Rowley al mismo tiempo que Hudson volteaba para reír en secreto a costa de Becca, que desconocía las verdaderas intenciones del par. Antes de que pudiera notar su presencia detrás, Colton sujetó a Rowley del cuello y lo arrastró lejos de Becca, que contempló obnubilada la escena. Mientras tanto, Shepherd se ocupaba de echar a Hudson a empujones del comedor.
—Ey, ¿qué te pasa, imbécil de mierda?
—Aléjate de ella —advirtió con la sangre inyectada en los ojos. Si no le daba una paliza era por una sencilla razón: no lo haría frente a Becca—. Es la última vez que te lo digo.
—Solo estábamos conversando.
—Déjala en paz, ¿está claro? —masculló sin darle pie a sus juegos malintencionados—. Te expulsaron del equipo. Lo próximo que conseguirás será una expulsión del instituto —amenazó convencido.
Todo su cuerpo cubría a Becca —que había quedado detrás— mientras se mantenía firme frente a Rowley, que de pronto palideció. La familia Bradford era importante para el instituto por sus generosas donaciones. Además, Colton era la estrella deportiva de Lakeville. El director nunca se arriesgaría a perderlo. Con todo, Colton jamás había usado su poder adquisitivo ni su estatus social para intimidar a alguien. Era la primera vez que lo hacía, decidido a sacar la artillería pesada para defender a Becca.
—Estoy que tiemblo de miedo, Bradford.
—Deberías.
Ignorando cualquier tipo de respuesta, Colton volteó hacia Becca. Notó sus ojos acuosos; al instante supo que el imbécil había dicho algo para herirla. Apretó la mandíbula e intentó relajar los puños. «Concéntrate en Becca. Es lo único que importa. Ahora y siempre», repitió en su interior. Los impulsos salvajes podían esperar. Ella, no.
—¿Estás bien, Becky?
—Sí.
—¿Comiste?
—No. Estaba a punto de comer cuando llegaron —respondió.
Decidido, Colton la tomó de la mano y la llevó hacia la mesa que ocupaba junto a sus compañeros de baloncesto e hizo una seña a Shepherd, que se hizo a un lado y le dejó un lugar.
—Dejé mi bandeja en la mesa.
—Olvídalo. Eso ya está frío —indicó dispuesto a darle lo que merecía—. Siéntate aquí, ¿de acuerdo? Ahora vuelvo.
Enfurecido por la injusticia, Colton recogió una bandeja y pidió a la cocinera —que había dado por finalizado el menú del día— que hiciera una excepción. Ella, de inmediato, sirvió una porción de hamburguesa de pollo y papas, recién hecha. El chico agradeció con su típica sonrisa encantadora, regresó a la mesa, dejó la bandeja recién servida y ocupó el asiento libre al lado de Becca, el mismo que ocupaba a diario.
—Aquí tienes, Becky. Aliméntate —murmuró con cariño. Era evidente que la chica se veía exhausta y hambrienta, como si hubiera tenido una noche malísima. Lo que le provocaba aún más repulsión hacia Rowley. ¿Por qué tenía que meterse justamente con ella?
—Gracias, Cole —murmuró en un hilo de voz. Las ganas de llorar permanecían en su interior. La acusación de Rowley pesaba.
—¿Qué te dijo? —preguntó.
Ella se encogió de hombros.
—Nada. No importa —usó el tenedor para juguetear con la comida. Su estómago de pronto se había hecho un manojo de nervios. Dudaba de ser capaz de probar un bocado.
—A mí me importa. Mucho.
—Es... ¿Es verdad que lo expulsaron del equipo?
—Sí. Es cierto.
—Oh. Es mi culpa, ¿no? —asumió al borde de las lágrimas.
—No, no es tu culpa. En todo caso, es culpa mía —Colton le acomodó algunos mechones rebeldes detrás de las orejas—. Hablé con el entrenador porque las acciones de Rowley distaban de los valores del equipo —explicó pacientemente—. No sé bien lo que te dijo hace un momento, pero ese chico no es trigo limpio, Becky. No lo escuches. Olvídalo todo. Solo está tratando de hacer daño.
Ella se tomó algunos minutos en silencio para asimilar la situación.
—Pero... Me pidió perdón. ¿Aun así sigue siendo malo?
—Sí. Aunque suene duro, sí. Tú eres buena, amable y sensible, y él solo intentaba sacar provecho de eso. ¿Entiendes?
—Lo entiendo —afirmó. Le costaba asumir que la maldad era parte del mundo; que incluso estaba a su alrededor todo el tiempo. Todavía afligida, hizo un esfuerzo por llevarse una porción de comida a la boca y la saboreó—. Uhm, está delicioso.
Colton sonrió al verla disfrutar. Al mismo tiempo, el resto de sus compañeros hablaban entre sí y algunos estudiantes curiosos afilaban la vista hacia el sector de los deportistas, donde solo unas pocas chicas conseguían integrarse. Hermanas, amigas cercanas o novias de los jugadores.
—Tómate tu tiempo para comer —dijo con calma—. La próxima vez, te sientas aquí con nosotros. Este lugar es tuyo.
—¿En serio?
—Sí. Todo tuyo.
🤍🏀🤍
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