32.
NO SÉ QUE HARÍA SIN TI
La habitación estaba en penumbras, iluminada por un suave resplandor que emitía la pantalla de la televisión frente a la cama. Allí se disputaba un partido clásico de la NBA, los Lakers contra los Warriors. Había comenzado el tercer cuarto cuando Becca soltó el último suspiro —como si finalmente pudiera respirar de verdad— y cayó dormida sobre el pecho de Colton. Después de un largo rato, sin poder apartar la mirada de «A Cinderella Story» y luego mantener la atención en aquel partido y oír cada detalle que Cole explicaba, la mente de Becca comprendió que estaba a salvo. Se encontraba en la habitación del chico que la había protegido desde el día en que la vio. No había gritos, tampoco movimientos estremecedores por los pasillos ni el miedo constante a que algo malo ocurriera sin previo aviso. Solo había un murmullo agradable que provenía del televisor... Y una paz que se sentía casi irreal.
Él nuevamente le había prestado una camiseta y un short deportivo para que pudiera quitarse el incómodo uniforme. Se había acostado a su lado con el brazo estirado rozando su almohada. Luego, ella dio el siguiente paso. Se acercó y se acurrucó sobre su pecho con la excusa de asegurarse de que su corazón seguía latiendo y que no se avecinaban problemas. Sí, quería comprobar que estuviera bien, pero también anhelaba con desesperación la cercanía. La calidez. La electricidad que corría en su cuerpo cada vez que él la tocaba de cualquier modo.
Colton estiró la mano hasta sujetar la manta que había a los pies y la cubrió, principalmente a ella. De esa manera, en una cama que no le pertenecía y bajo una manta que olía a suavizante y hogar, Becca se quedó dormida. La tensión en sus músculos se desvaneció. No tuvo miedo de cerrar los ojos. Allí estaba a salvo. Nadie iba a lastimarla. Cuidaban de ella.
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El móvil sonó mientras se colocaba un bóxer negro tras haber tomado una ducha. Rápido, salió del baño. Quería recoger el aparato e impedir que ese molesto tono de llamada pusiera fin al descanso de Becca. Sí. La chica seguía durmiendo en su cama. Rebuscó sobre una de las repisas y lo sujetó; sin embargo, una cantidad de trofeos cayeron al piso y causaron un sonoro estallido. El pesado bronce golpeando contra el revestimiento de madera.
Becca abrió los ojos, se aferró a la manta y se incorporó, exaltada. Todavía creía que Oscar estaba a punto de golpearla con algún objeto cuando notó la presencia de Colton frente a ella. «Ay, Dios». Tragó saliva, incapaz de apartar la mirada del chico semidesnudo. Un hormigueo apareció en la parte baja del estómago. Nunca creyó que Colton pudiera ser más atractivo hasta ese momento, en que se dio cuenta de que sin ropa se veía aún mejor. Alto. Estructura atlética. Hombros anchos, espalda fuerte y brazos definidos. Piernas largas y musculosas. Sin duda, su cuerpo reflejaba las horas de entrenamiento y baloncesto que había practicado durante toda su vida. En su piel había algún que otro lunar, junto a un par de cicatrices que se había hecho en partidos de competencia. Llevaba el cabello despeinado y aún húmedo, a causa del baño que había tomado minutos atrás. Y justo cuando pensó que no podría haber nada más perfecto, él sonrió.
—Ey, Becky. No pasa nada —murmuró tranquilizador—. Quise agarrar el móvil y tiré los trofeos —se burló de sí mismo. Naturalmente, se sentó a la orilla de la cama. Ella aún lo miraba como si estuviera a la defensiva—. Tranquila.
—¿Qué hora es?
—Son las nueve de la noche.
—Ay, no. Tengo que ir a trabajar —se alteró aún más.
—Hablé con Julian. Dijo que podías tomarte la tarde y que, igualmente, pasaras a recoger la paga —explicó demostrando que todo estaba bajo control—. Parece que has trabajado demasiado estos últimos días, ¿eh? —Becca asintió—. Sigue descansando. Iré a vestirme y atenderé a Shep, que está como loco.
—No puedo, Cole. Tengo que ir a casa —su corazón latía de un modo frenético. Debía regresar o el castigo sería peor—. En serio, debo irme.
—Ey, está bien. Respira, ¿de acuerdo? —trató de calmarla—. Te llevaré a casa. ¿Me dejas ir a ponerme algo de ropa? —preguntó divertido.
Entonces, Becca bajó la mirada y notó que su mano estaba envuelta en el brazo masculino. Aferrada a él. Las uñas hundidas en la piel.
—Oh, sí. Lo siento. Lo siento —lo soltó enseguida—. ¿Te hice daño?
—No, claro que no. Tú nunca podrías hacerme daño —dijo con seguridad—. Vuelvo en un momento —atinó a ponerse de pie.
Ella se lo impidió. Lo sujetó nuevamente del brazo y se arrojó hacia él, rodeándole el cuello con los brazos.
—Gracias, Cole. Nunca dejes que te pase nada porque no sé qué haría sin ti —susurró con dulzura y apoyó el mentón en su hombro.
Él correspondió el gesto al instante y cerró los ojos; su corazón había empezado a latir a un ritmo frenético otra vez.
—¡Colty, cariño! —gritó una mujer al mismo tiempo que la puerta se abría de golpe—. ¿Tienes ropa sucia para lavar?
De inmediato, se separaron y miraron hacia el umbral de la puerta, exaltados. Becca tenía las mejillas teñidas de rojo. Colton frunció el ceño, irritado.
—¡Mamá! Toca la puerta, por favor.
—Dios mío, Colton —la mujer se horrorizó—. ¡¿Qué le estás haciendo a esa chica?!
—Nada, solo... Solo la abrazaba. ¿Puedes darnos un momento?
—¡Casi desnudo! —reprochó.
—No estaba desnudo a propósito, es que...
—¿No vas a decirme cómo se llama tu amiga?
Incapaz de mantener una conversación coherente con su madre, Colton se rindió. Aún en bóxer y con el torso desnudo, permaneció de pie mientras sentía el calor subiendo a su rostro.
—Becca. Ella es Becca —la presentó—. Y ella es mi madre, Ada. ¿Puedo ir a cambiarme?
—Ve a cambiarte ahora mismo, Colton. Ya —indicó. Luego, dirigió una suave mirada a la chica—. Así que tú eres Becca, cariño. Ansiaba conocerte —continuó emocionada—. Mira lo preciosa que eres, tienes un rostro angelical. Las pestañas naturales más bonitas que he visto en mi vida, y mira que he visto un millón de pestañas.
—Ah, ¿sí?
—¡Sí! ¿Mi hijo no te contó que me dedico al maquillaje? Me encantaría maquillarte algún día, si quieres. ¿Te gusta el maquillaje?
—Uhm, creo... Creo que sí. Es bonito. En realidad, yo... Bueno, no tengo. Nunca usé.
—Es comprensible, cielo. Aún eres muy joven. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis, señora Bradford.
—Llámame Ada, por favor. Y dime, cariño, ¿te gustaría llevarte algunos productos? —ofreció expectante. Ada estaba fascinada con la presencia de Becca—. Toda chica debe tener un kit básico para ocasiones especiales.
—¡Mamá, deja de presionarla! —exclamó Colton aún metido en el baño.
—No lo escuches, querida. Tú puedes decidir.
—Eh, yo... Sí, claro —accedió avergonzada. No quería fiarse de la amabilidad de la mujer, pero al mismo tiempo tenía una gran curiosidad por los maquillajes y el mundo femenino en general. En el instituto, admiraba a compañeras como Daisy o Kaylee, que siempre lucían bellísimas con pestañas definidas y brillo en los labios—. Aunque tendrías que explicarme cómo usarlos; yo... Eh, bueno, no sé hacerlo.
—Por supuesto, cielo. Lo haré encantada. Dejemos que Colton haga sus cosas; tú, sígueme.
Becca salió de la cama vistiendo ropa deportiva masculina y un par de calcetines que le llegaban a las rodillas. Emocionada, siguió a Ada a través del pasillo hacia el vestidor que se hallaba contiguo a la habitación principal. En cuanto abrió la puerta, la adolescente quedó asombrada. Al igual que el resto de la mansión, era amplio y luminoso, diseñado con líneas limpias y una estética minimalista. A lo largo de las paredes color hueso, se distribuían armarios empotrados con puertas de vidrio esmerilado y tiradores dorados. En el interior, pequeñas luces LED bordeaban los estantes, encendiéndose ante el mínimo movimiento. Becca fue incapaz de fijar la atención en un solo sitio; rodeada de vestidos, blusas, chaquetas, faldas y pantalones, sintió que estaba en un universo femenino y maravilloso.
—Aquí tengo la línea más reciente que lanzamos, dirigida a las chicas de tu edad —Ada descubrió una sección del armario que se iluminó de inmediato. Había toda clase de maquillajes bajo la marca «Adaré»—. Elige lo que gustes. Puedo ayudarte a escoger los tonos correctos, ¿quieres?
Becca asintió.
—¿Adaré?
—Ah, sí. Es un apodo cariñoso que me puso Andrew, el padre de Colton —la mujer se sonrojó ligeramente—. Me llevó de viaje a París, empezó a bromear con el idioma y acabó mezclando Ada con «je t'adore», te adoro, en francés.
—Oh. Qué bonito —murmuró con los ojos cristalizados.
—¿Te emocionaste, cielo?
—Es que me encantan las historias de amor.
—Y a mí me encanta contar la nuestra —coincidió fascinada—. Ven a cenar el fin de semana. Tendremos más tiempo para hablar, ¿quieres?
—Sí, yo... Eh, en realidad debería... ¿Preguntarle a Colton?
—Por él ni siquiera te preocupes. Estará encantado de que vengas. Ya verás —aseguró, dado que conocía a su hijo mejor que a sí misma.
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Todavía en su habitación, Colton tomó el teléfono que no había dejado de sonar insistentemente.
—Shep, hola.
—¿Estás bien?
—Estoy perfecto.
—¿Tú estás bien? —preguntó—. No has dejado de llamar. Creí que estabas a punto de morir o algo así.
—Bueno, sí. Kampbell estaba como loco. Furioso. El entrenamiento fue una tortura, Cole. Podría ponerle una denuncia por explotación de menores. En serio.
—No exageres. Tenemos varios partidos importantes por delante. Kampbell solo está intentando que demos lo mejor —Colton era sobreexigente incluso consigo mismo. Si querían ganar, tenían que hacer su mayor esfuerzo. Darlo todo. Y más—. ¿Qué pasó con Rowley?
—Ah, ese imbécil salió bramando. Está suspendido hasta final de temporada. Puede entrenar, si quiere, pero no podrá participar de los partidos oficiales. Le has dado en el clavo. Nada podría dolerle tanto.
—Lo tenía merecido.
—Sin duda. Becca es adorable. No entiendo cómo alguien querría hacerle daño —opinó con afecto—. ¿Sigues con ella?
—Estaba justo aquí, durmiendo en mi cama, hasta que empezaste a llamar como desquiciado —acusó frustrado por el ambiente pacífico que su mejor amigo corrompió—. Ahora mi madre se la llevó a su vestidor y ya sabes lo intensa que puede ser. Es probable que la esté abrumando con todas sus ocurrencias.
—Tu madre es un ser humano maravilloso, Colton. Lo digo con respeto —expresó, siempre denotando su fiel cariño hacia la familia Bradford. Él a veces se sentía como un integrante más—. Eh, espera. Detente ahí. Dijiste que Becca dormía en tu cama, ¿no? Tú y ella... Oh, carajo. Te estás acostando con la chica. Lo hicieron —dio por sentado sin darle tiempo al otro para explicarse—. ¿No crees que fue demasiado rápido? Ni siquiera dijiste si se habían besado antes o...
—Por Dios, Shep. No. No hicimos nada de todo eso. Ella estaba descansando —aclaró—. ¿Por qué siempre tienes que llevar todo al plano sexual?
—En mi defensa, es lo que hacen dos personas que están juntas y se gustan, románticamente. Es evidente que ella gusta de ti y es aún más obvio que a ti te gusta ella, así que... No estaría mal.
—Bueno, bueno. Contrólate, ¿quieres? —Por algún motivo, el pensamiento que su amigo instaló le hizo sentir un nerviosismo inusual. Era más de lo que podía tolerar un experto en el control como era Colton—. Tengo que cortar, Shep. Hablamos luego.
Apartó el móvil, salió de la habitación y caminó hacia el vestidor de su madre, una especie de santuario al que solo unas pocas personas habían tenido la fortuna de entrar. Becca era una de ellas. Le sorprendió lo rápido que su madre le tomó confianza, pero, al mismo tiempo, no le resultó extraño. Becca transmitía confianza a cualquier persona que tuviera cerca. Tan solo verla era suficiente para darse cuenta de que no le haría daño ni a una mosca.
En cuanto asomó la cabeza, observó a la chica sonriendo frente a su madre, que abría una paleta de sombras para ojos y explicaba algo que no consiguió escuchar. Estaban completamente sumidas en otro mundo y, al parecer, les fascinaba. Él no podía comprender con exactitud lo que estaba sucediendo ahí dentro; aun así, sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción.
—Eh, mamá... Tengo entrenamiento en la academia. Debo llevar a Becca a su casa.
—Ah, no te preocupes. La puedo llevar cuando terminemos, ¿estás de acuerdo, cielo?
—Uhm, sí. Si... a ti te parece bien —sus miradas se encontraron.
—Claro. Como tú quieras. Ma, no la abrumes, por favor. Y tú no le hagas caso en todo; a veces puede ser sumamente convincente para que hagas lo que ella quiere —murmuró divertido—. Te veo mañana en el instituto.
—Eh, Cole... Espera —Becca caminó hacia el umbral de la puerta y se aproximó lo suficiente para que Ada no pudiera oírlos—. No deberías entrenar. Ibas a descansar, ¿recuerdas?
—Lo sé —reconoció—. La academia es importante. Tengo que asistir de todas formas. Haré el menor esfuerzo, te lo prometo. Estaré bien.
—Lo más importante eres tú, Colton —dijo mientras acomodaba el dobladillo de la camiseta deportiva.
Él tragó saliva, porque esas simples palabras y ese efímero toque habían sacudido su universo interior por completo. «Es evidente que ella gusta de ti y es aún más obvio que a ti te gusta ella», sonó la voz de Shep en su cabeza. No. No podía caer de lleno en esa idea. Tenía que olvidar las tonterías que decía su mejor amigo. Tras asentir, elevó una mano y rozó con el pulgar la barbilla de la chica.
—¿Qué...? ¿Qué tengo? —Becca se sonrojó ante la sorpresiva caricia.
—Tenías maquillaje en la barbilla —rio suavemente—. ¿Estarás bien, Becky?
—Sí, estaré bien. Además... Tu mamá es genial.
—¡Yay! Aquí están los labiales que quería mostrarte —Ada los halló dentro de un cajón—. Mira, Becca, aquí tengo un tono perfecto para ti.
—Sí, señora Bradford. Ahora mismo voy —echó un vistazo a la mujer tras su espalda. Al regresar a Colton, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla—. Cuídate, Cole.
El muchacho se despidió con un simple «adiós», incapaz de devolver aquel gesto tan inocente e íntimo al mismo tiempo. Las sensaciones que recorrieron su interior eran tan desconocidas que sintió miedo. Becca era el ser más puro y angelical que había conocido en toda su vida. Las experiencias distaban: él era mayor y tenía un pasado amoroso; ella ni siquiera había besado a alguien. Existía una línea casi ínfima entre dejarse llevar por los sentimientos u optar por la razón y elegir ser responsable. Colton sabía hacia dónde debía ir; era la clase de chico acostumbrado a hacer lo correcto. Asumir riesgos no era su plan favorito, aún más sabiendo que, si avanzaban, convivía con la posibilidad de lastimarla. Y él jamás podría perdonarse a sí mismo si algo así sucedía.
«Ella es intocable. Incluso para mí», repitió en su cabeza durante todo el camino al entrenamiento. Tenía que comprenderlo, aunque no quisiera hacerlo.
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