31.
ESTAR CONTIGO
La puerta del salón se abrió con un chirrido suave. Todos los estudiantes giraron la cabeza hacia una Becca avergonzada que miró la escena de reojo.
—Llegas treinta minutos tarde —gruñó la profesora Mitchell desde su escritorio—. No tolero los retrasos, señorita. Lo dejé claro el primer día —Becca permaneció inmóvil con la vista en el piso—. No podrá incorporarse a esta clase —murmuró con desdén.
—Lo siento —susurró Becca—. Yo... quizá podría... ¿Sentarme? No voy a molestar —titubeó indecisa. Deseaba quedarse en la clase. Todavía no lograba acoplarse al ritmo de sus compañeros, pero lo intentaba. Hacía su mayor esfuerzo en medio de su tormentosa realidad fuera del instituto—. Por favor.
—¿Está sorda o qué? He dicho que no tolero los retrasos —repitió—. Asegúrese de llegar a horario la próxima clase.
Desolada, Becca cerró la puerta y se retiró. Durante un instante pensó en explicarle el verdadero motivo de su retraso. «Mi tutor se enfureció porque no dormí en casa. Me arrastró por las escaleras y me encerró en el diminuto cuarto de limpieza durante tres horas». Luego, llegó a la conclusión de que no era lo correcto. Había recibido ese castigo por desobedecer. No quería seguir profanando las reglas.
Caminó por el pasillo de vuelta al exterior. Un cúmulo de vergüenza le revolvía el estómago. Decidió cruzar el patio trasero para llegar al recinto donde se hallaba la biblioteca, cuando se topó con Colton. Inclinado sobre sus rodillas, sudoroso y con serias dificultades para respirar. Corrió hacia él con el corazón en la garganta. Supo que haría todo lo que estuviera a su alcance para que estuviera mejor. «Me quedaré contigo el resto del día», prometió. Completamente segura de su decisión, incapaz de reprimir el impulso que le pedía a gritos no despegarse de su lado.
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Siguió a Colton a través del pasillo que dirigía hacia la cocina. La mansión de los Bradford se caracterizaba por sus espacios elegantes y sofisticados, compuestos de muebles empotrados y de diseño italiano. Había iluminación LED bajo los armarios y lámparas colgantes que ofrecían una atmósfera cálida y agradable. Más allá de las diferencias materiales, la experiencia no distaba mucho de la que vivía en casa de los Evans, aunque esta fuera pequeña y modesta. Ambas tenían algo en común: el calor de un hogar. Los rastros de que allí residía una verdadera familia: abrigos colgando en los percheros, fotografías de momentos especiales en las paredes y mantas dobladas en los sofás.
Percibió una punzada de remordimiento en el pecho. Colton le había abierto las puertas de su hogar, quizá lo más preciado que tenía en su vida. Y ella, como una total desagradecida, había tenido el tupé de alejarlo, como si pudiera deshacerse de él igual que de un trozo de basura. Poco antes de llegar a la isla central, se detuvo. La culpa la carcomía.
—Cole, yo... Quería decirte que siento mucho lo que pasó en el café —murmuró angustiada—. En realidad, no quería decirte las cosas que te dije —deslizó una sonrisa triste—. Fui desconsiderada. Y cruel. Te di otro motivo para que estés triste. Lo que pasó recién... Creo que en parte ha sido mi culpa...
—Ey, no digas eso —Colton se apresuró a detener sus palabras equivocadas—. Escúchame bien, Becca. Esto no ha sido tu culpa. En absoluto. Tengo estos episodios desde antes de conocerte —explicó con paciencia. El dolor de Becca era real. La culpa, insólitamente, estaba ahí—. Tú no has hecho nada mal. Bueno, solo una cosa.
—Lo sabía —dijo resignada—. ¿Qué hice?
—Pedir que me aleje de ti. Eso estuvo terriblemente mal —se aproximó hasta ahuecar su rostro entre las manos. La hizo mirarlo—. No vuelvas a pedirme algo así, Becky. Sabes que no podría hacerlo.
—Está bien, pero tú... Tú no vuelvas a hacerme preguntas que no puedo responder, ¿sí? —titubeó perdida ante la atenta mirada de Colton Bradford. Era una misión imposible no rendirse ante aquellos ojos. Quería quedarse allí para siempre—. Y... Y vas a dejar que te cuide el resto del día. ¿De acuerdo?
—Diré que sí, solo si el acuerdo incluye que también dejarás que cuide de ti, porque no puedo renunciar a eso, Becky.
—Bien.
—¿Bien?
—Es un sí, Cole. Estamos de acuerdo —sonrió.
Las manos masculinas todavía rodeaban sus mejillas cuando la atrajeron aún más hacia él, y Colton dejó un beso protector en su frente.
—¿Tienes hambre? Puedo cocinar —ofreció atrapada en un cosquilleo imparable. Era la primera vez que sentía algo así. Una electricidad que se intensificaba con un simple toque; un roce de manos, un beso inocente o una inesperada caricia.
Él asintió.
—¿Tú tienes hambre?
—Un poco —«Muero de hambre». Llevaba más de ocho horas sin probar un bocado. Tras despertar a primera hora en casa de los Evans, disparó corriendo hacia el hogar de acogida. Al llegar, recibió castigos. Ni siquiera tuvo tiempo de pensar en comida—. ¿Qué quieres comer? Puedo hacer lo que me pidas —ofreció a pesar de su escasa energía. Becca estaba acostumbrada a ser servicial y predispuesta.
—No, aquí no tienes que trabajar. Vamos a pedir comida —recogió el móvil que yacía sobre la mesada—. ¿Qué te gustaría comer?
—Uhm, no lo sé —dubitativa, se balanceó sobre los talones. Colton aguardó pacientemente—. ¿Pizza? Podría ser pizza.
Enseguida, Colton ordenó dos pizzas en su sitio de comida favorito. Consideró que ese sería su «permitido» después de haber creído que moriría en las inmediaciones del instituto. El corazón volvió a latir rápido, sí, pero la culpable tenía nombre y apellido. Becca Larsen. Ella lo llevó hacia un mundo desconocido. Un terreno inexplorado. En su pasado había salido con otras chicas, pero la revolución que se desataba en su interior cuando Becca estaba a su alrededor no se parecía en nada. Y después de hacerla reír durante una hora mientras comían pizza en el sofá de su casa, supo que había hecho la mejor elección.
—La otra vez, en la noria, dijiste que nunca te enamoraste —comentó Becca tras beber un sorbo de refresco.
—Sí. Lo dije.
—Entonces... ¿Nunca besaste a una chica? —curioseó.
—En realidad, sí —respondió, aunque pudiera sonar contradictorio—. Lo hice.
—¿Pero no estabas enamorado?
—No. No lo estaba.
—Oh —se mantuvo pensativa durante un instante—. Así es como funcionan las cosas aquí. Puedes besar a alguien aunque no estés enamorado —trató de entender—. Es que en Sion Creek... No importa —se ruborizó. De repente se sintió un bicho raro.
—Sí, sí que importa. Dilo —insistió—. ¿En Sion Creek qué?
—No había besos. Ni nada. Hasta... Hasta el casamiento —bajó la mirada tras darse cuenta de que aquello sonaba extraño en ese mundo—. Es ridículo. Lo sé.
—No lo creo. Sé que en algunas religiones imponen ciertas reglas, pero, en mi opinión, eso es una elección personal de cada uno. Tú deberías poder elegir lo que te haga feliz y sentirte bien contigo misma.
—¿Eso crees? —se encogió de hombros—. Es que ni siquiera sé qué elegir, porque a veces creo que ni siquiera sé quién soy —su sinceridad se reflejó en sus ojos grandes, curiosos y brillantes—. Es... Es desesperante, Cole. Todo el mundo parece tener las cosas claras y yo... es como si estuviera dando vueltas en círculos.
—No me fiaría de eso. En realidad, nadie tiene las cosas claras. Simplemente se les da bien fingir que las tienen —Becca deslizó una sonrisa ligera—. Tómate tu tiempo para averiguar qué es lo que quieres. No hay prisa, Becky —trató de darle confianza, pero la tristeza no se desvaneció—. Empieza por algo sencillo. ¿Qué es lo que quieres hacer ahora mismo?
—Estar aquí, contigo. Eso es justo lo que quiero.
—Genial. Es justo lo que estás haciendo. De eso se trata, de elegir lo que quieres hacer —Becca sintió una corriente de fuego en su interior. Confianza. Había elegido compartir su tiempo con él porque así lo había deseado. Sin condiciones ni manipulación—. ¿Quieres ver una película?
—Sí, por favor —aceptó—. Pero tú tienes que ir a la cama. Le prometí a Shep que ibas a descansar.
Colton accedió a la idea de tomar un descanso. Tenía que hacerlo, por mucho que se negara a aceptar su problema.
—Podemos ver la película en mi habitación —sugirió.
—Lo que sea para que descanses un poco —aceptó Becca. Y de inmediato, lo siguió escaleras arriba.
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