30.


RESPIRA


—Debo reconocer que me han sorprendido, muchachos. Lo tienen todo bajo control, ¿eh? —el entrenador Kampbell se dirigió a los tres jóvenes que permanecían inmóviles frente a él. Minutos atrás, habían dado una breve presentación acerca de cómo llevarían a cabo el partido de caridad anual. Usualmente lo organizaba un comité de voluntarios, pero, debido al castigo impuesto, ellos tenían que hacerlo—. Están haciendo un trabajo excelente porque lo han hecho todo ustedes, ¿cierto? Sería una decepción enterarme de que están teniendo ayuda extra.

—¿Ayuda extra? No. Por supuesto que no, entrenador —Shepherd deslizó una sonrisa traicionera.

El adulto levantó las cejas.

—¿De qué se ríe, Shepherd Callahan?

—Nada. No está riendo. No de un modo burlón —intervino Colton antes de que su mejor amigo echara todo a perder—. Está feliz porque usted dijo que hicimos un buen trabajo —justificó. Disimuladamente, le dio un codazo bajo las costillas.

—Eh, sí. Así es. Estoy feliz.

—Mmm, de acuerdo. Se lo dejaré pasar, pero cuiden su comportamiento, ¿está claro? Ya pueden reincorporarse al equipo, por ahora.

Shepherd brincó de alegría. A su izquierda, Julian mostró una expresión repleta de alivio —teniendo en cuenta que su lugar en el instituto dependía de la beca deportiva por la que había ingresado— y, aunque el rostro de Colton se llenó de entusiasmo, rápidamente lo perdió cuando divisó a Rowley en el salón deportivo. «Hijo de puta. Cobarde de mierda», pronunció en voz baja, incapaz de contenerse.

El muchacho llevaba varios días escondiéndose de él. Era evidente que las advertencias habían llegado a sus oídos y que, incapaz de enfrentar a Bradford, se había ocupado de mantenerse lejos de su vista. Presentarse durante el entrenamiento era una jugada sucia. Irónica. Sabía que allí difícilmente podría atacarlo y, si lo hacía, existía una gran probabilidad de que lo suspendieran del equipo, e incluso de que lo expulsaran.

—No lo hagas —Shepherd sujetó a su mejor amigo del brazo cuando dio un paso al frente—. El idiota está provocando —Cole se removió furioso—. Te van a expulsar, Colton. Tienes una reputación que mantener. Los reclutadores te están vigilando. Te espera un futuro brillante, no lo manches.

—Lastimó a Becca —masculló por lo bajo con la mirada fija en su objetivo.

Rowley, despreocupado, se mantuvo bajo la mira de Colton y le sonrió con sorna. Fue lo único que necesitó para hacerlo estallar. Disparó como un rayo.

—Hijo de puta —lo sujetó del cuello de la camiseta y le dio el primer puñetazo. Todo ocurrió rápido—. ¡Que sea la última vez que te atrevas a dirigirte a Becca! —se inclinó hacia el chico en el piso y volvió a golpearlo.

—Eh, Cole. Cole. ¡Suéltalo! —imploró Shepherd mientras lo sujetaba de la cintura para alejarlo.

—Tranquilízate, Colton. Lo vas a matar —Julian también se involucró. Trató de separarlos ubicándose entre ellos.

—¿Estás loco, Bradford? —Kampbell consiguió frenar la pelea tras alejar al chico furioso de un empujón. Colton tambaleó, pero logró mantener la estabilidad. Su respiración comenzó a tornarse irregular—. ¿Qué demonios te sucede, eh? Creí que había quedado claro que no tenías que golpear a tus compañeros. Te lo advertí, carajo. Lo advertí más de una vez.

—Ya lo sé, Kampbell. Lo sé —reconoció impotente. Su ira aún continuaba en una cápsula. Contenida. No había conseguido deshacerse de ella por completo. Necesitaba destruir el patético rostro de Rowley—. Esto no tiene nada que ver con el deporte.

—¿Ah, no? ¿No aprendiste nada de la última vez? Podría expulsarte del equipo. Tengo que hacerlo. ¿No te importa en absoluto?

Negó.

—Becca es más importante que todo esto —estalló agitado. Kampbell frunció el ceño aguardando una explicación—. ¿Sabe qué, entrenador? Ese imbécil de ahí no ha dejado de molestar a una de nuestras compañeras, que está en una situación vulnerable. Es nueva en el instituto y la adaptación no está siendo fácil para ella —apretó la mandíbula—. En vez de ser gentil o simplemente ignorarla, Rowley fue despiadado, cruel y un hijo de puta.

—¡Bradford! —lo regañó.

—Es la verdad —mantuvo su palabra—. Se ha metido con ella en más de una ocasión. Traté de ponerle un freno, pero su cerebro es tan pequeño que no lo entiende.

—¿Eso es cierto, Rowley?

—Verá, entrenador, yo no... Eh, en realidad... han malinterpretado mis palabras. Nunca quise ofender a la chica.

—¿Qué mierda dices, idiota? Todos te escuchamos alguna vez. Llamaste a Becca mojigata una docena de veces, le dijiste coja, loca, la discriminaste por sus creencias religiosas e incluso hablaste de tus fantasías sexuales con ella...

—Suficiente, Shepherd.

—Eres un enfermo de mierda —Julian alzó la voz y fulminó a Rowley con la mirada—. Tendría que arrancarte la cabeza.

—¡Shhh! ¡Todos, cierren la boca! —anunció Kampbell—. Aquí nadie volverá a golpearse, ¿está claro? Rowley, te quiero en mi despacho. Ahora —ordenó dispuesto a imponer la sanción que merecía. Después de todo, estaba a cargo de sus estudiantes. De lo bueno y lo malo. Tenía el deber de castigarlos por sus errores y premiarlos por sus logros.

—Pero, entrenador... ¿Qué tiene que ver todo esto con el deporte? —se quejó.

—Todo. Todo tiene que ver —afirmó con seguridad—. Los jugadores que conforman mi equipo no solamente son excelentes en lo que hacen. También son buenas personas. Deben ser un ejemplo para el resto de sus compañeros. Replicar los buenos valores, saber aceptar los errores y pedir disculpas. Y, si hacen daño, empeñarse en trabajar duro para reparar lo que rompieron. Dicho esto, queda claro que no aceptaré a nadie que haya hostigado a alguno de sus compañeros. ¿Entendido?

Se oyeron varios «sí» al unísono; otros asintieron y se quedaron reflexionando acerca de las palabras de Kampbell que, aunque tenía un carácter fuerte y duro, inspiraba respeto y admiración en la mayoría de sus estudiantes. Excepto en Rowley, que lo observó con desdén mientras la sangre le brotaba de un labio y la nariz.

—Rowley, he dicho que a mi despacho —repitió sin concesiones—. El resto, quince vueltas corriendo alrededor de la cancha. ¡Ya! —el silbato sonó y, de inmediato, se marchó junto al problemático estudiante, que sin duda recibiría la sanción correspondiente.

Todavía repleto de impotencia, Colton intentó relajar la musculatura y aliviar la tensión que lo recorría entero. «Tienes que enfocarte en entrenar», dijo una voz en su mente. «Hiciste lo mejor», trató de convencerse luego de la paliza frustrada que no llegó tan lejos como habría deseado. Aún no podía olvidar que Rowley se marchó con una sonrisa en la cara. Eso lo sacaba de quicio. Solo podía confiar en que el entrenador le daría la sanción que merecía y no un simple sermón o firmar el libro de actas, como lo hacía el resto de los profesores.

Inspiró profundamente y se echó a correr. Llevaba semanas deseando reincorporarse al equipo escolar. No podía seguir perdiendo el tiempo. Ni siquiera le hizo caso a su mejor amigo, que pasó a su lado mascullando boberías que hicieron reír al resto.

Una vuelta. Dos. Tres. Su respiración era errática, veloz y superficial. Sentía el pecho apretado, como si algo estuviera a punto de estallar. Punzadas de dolor que se tornaban más agudas a cada segundo. Se detuvo en seco. «Aquí no. Aquí no. No puedes hacer esto aquí, mierda». Antes de que sus compañeros o el entrenador pudieran notarlo, Colton se escabulló hacia el exterior. No pudo ir lejos. Reposó la espalda contra una pared y se inclinó con las manos en las rodillas, respirando agitadamente. El aire no le alcanzaba; las piernas le temblaban como si fueran a ceder.

—¿Colton? ¡Cole! —pronunció una voz cerca de él—. ¿Estás bien?

Levantó la mirada. Era ella. Y su voz no sonaba enfadada como la última vez que hablaron en el café. Su voz sonaba más cercana. Más dulce. Empapada de preocupación. Incapaz de ocultar el problema, negó con la cabeza. Trató de inhalar una bocanada de aire, pero no consiguió llenar sus pulmones. Se llevó una mano al pecho y percibió que todo a su alrededor giraba lentamente.

—No... no puedo... —jadeó— no puedo respirar.

—Shh, tranquilo. Estoy aquí —Becca lo sostuvo con esfuerzo. La contextura física del chico superaba ampliamente la de ella—. Siéntate e intenta respirar despacio, ¿sí?

Poco a poco, lo ayudó a descender con cuidado. Las manos firmes pero suaves que lo sostenían le dieron la primera dosis de tranquilidad. Ella se agachó frente a él, sus miradas se encontraron y Colton apreció la única figura nítida en medio de ese mareo. Becky. Su ángel. La chica que emanaba dulzura y calma dondequiera que estuviera.

—Trata de inhalar conmigo, ¿está bien? —indicó marcando el ritmo de su respiración—. Así... Inhala. Lento, Cole. Y ahora, exhala. Vamos, otra vez.

Él mantuvo los ojos fijos en Becca e intentó seguirla. En aquel instante, se sentía como si estuviera a punto de caer en un agujero negro, y ella era la única cuerda que podía traerlo de vuelta.

—Sigue así, Cole. Iré a pedir ayuda —dijo sin perder la calma. En su interior estaba aterrada por la situación. Temía por él. Nunca se perdonaría si sucediera algo por no haber buscado ayuda.

Sin embargo, el chico le sujetó la mano antes de que ella pudiera salir.

—No. Quédate... Quédate aquí, Becky —pronunció aún luchando contra su dificultad para respirar—. No te vayas.

—Está bien, tranquilo. Estoy aquí. No iré a ninguna parte —la desesperación que reflejaron sus ojos la instó a quedarse. No lo soltó. Se sentó a su lado con las manos aún entrelazadas. Él dejó caer la cabeza hacia su lado y Becca le acarició el cabello oscuro con su mano libre—. Estarás bien, ¿no?

Él asintió como pudo, avergonzado. No le gustaba que lo vieran así. Frágil.

—Está pasando.

Lo contempló de perfil. Colton tenía un rostro que parecía esculpido a mano por algún tipo de Dios. Repasó los diminutos lunares en el lateral. Los ojos enmarcados por cejas oscuras y ligeramente arqueadas, las pestañas largas y espesas. Pasó por la nariz recta y proporcionada, la mandíbula definida por la tensión, y llegó a sus labios, ni delgados ni carnosos. Se dio cuenta de que, de alguna forma, se sentía atraída por ellos. Asustada de sus propios instintos, Becca regresó a sus ojos y descubrió lo vulnerable que él se veía.

—¿Estás enfermo, Cole? —intentó comprender.

—No —contestó. Su respiración había comenzado a normalizarse—. No lo sé.

—¿Y has ido al médico? —indagó sumida en preocupación real.

Colton deslizó una sonrisa triste.

—Ni siquiera se lo he dicho a mis padres —inhaló una bocanada de aire y exhaló—. Solo Shep lo sabe. Y ahora, tú.

—Tienes... Tienes que buscar ayuda.

—Lo haré —prometió—. Pero necesito que guardes el secreto mientras tanto, ¿puedes hacer eso por mí?

—Sí, puedo hacerlo. Guardaré el secreto, pero tienes que prometerme que irás directo a descansar —murmuró inquieta—. Me asusté, Colton. Creí que... Creí que ibas a dejar de respirar.

—¿Dejar de respirar? —interrumpió un exaltado Shep—. Te pasó de nuevo, ¿no? ¿Cuántas veces, Colton? ¿Cuántas veces volvió a sucederte desde la primera vez?

—No... No lo sé —titubeó abrumado por la repentina aparición de su mejor amigo—. Unas pocas.

—¿Qué hay del médico? Tienes que hacerte los estudios, Colton. Por Dios. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?

—Ya lo sé, mamá —reconoció con ironía.

—Esto no es gracioso, eh. Podría ser grave —Shepherd se pasó las manos por el cabello, alterado por el estrés. Su mejor amigo era como otra parte de sí mismo. Estaba seguro de que no podría vivir sin él—. Tienes que solucionar esto.

—Trata de calmarte, Shep —Becca habló en un sereno tono de voz—. Colton ahora necesita tranquilidad —continuó mientras le acariciaba la espalda en círculos—. Él... se irá a casa a tomar un descanso. ¿No?

Colton asintió como un niño pequeño al que acababan de regañar.

—¿Y quedarte ahí solo? Ni lo pienses. Tus padres no regresan hasta la noche. Buscaré mis cosas e iré contigo.

—No, Shep. Tienes que entrenar. Kampbell se pondrá como loco si te ausentas.

—Eso es lo de menos —se encogió de hombros pese a saber que estaría en un gran aprieto si se marchaba—. Nos vamos.

—Yo... Yo puedo quedarme con él —murmuró Becca tras una intensa discusión consigo misma sobre si debía interrumpir o no. Su cabeza le decía: «No hables. No es tu asunto. Deja que ellos lo solucionen». Su corazón: «Dilo. Quédate con Colton»—. Me quedaré contigo el resto del día —le dijo a Colton—. ¿Quieres?

Él asintió de inmediato.

—Sí. Ella se quedará conmigo —pronunció hacia su amigo—. Vuelve al entrenamiento. No hagas enfurecer a Kampbell.

—Bien —aceptó a regañadientes—. No dejes que haga tonterías ni esfuerzos. Mételo en la cama. Quiero decir, a dormir. Que no haga otras cosas que podrían costarle la respiración, ya sabes...

—Shep, basta. Lo entendimos, ¿de acuerdo? —se precipitó—. Vuelve a entrenar. Te llamaré luego.

—Más te vale —advirtió—. Nos vemos, Becca —le guiñó un ojo antes de escabullirse en el interior del salón.

El silencio los envolvió de repente. El episodio había acabado, pero Colton aún tenía miedo. Lo supo al notar que su mano continuaba sujeta a la de ella. Aferrado como si estuviera a punto de hundirse en el océano y Becca fuera el único salvavidas. Tragó saliva, incapaz de soltarla.

Sabía que tenía dos grandes problemas. El primero tenía que ver con su condición física. Había algo malo en él. Lo sabía, pese a que aún no reunía la valentía suficiente para averiguarlo. El segundo tenía nombre y apellido. Rebecca Larsen. La chica que se instaló en su corazón el primer día que cruzaron miradas en medio de una carretera alborotada.

La miró. En ese instante se sentía débil, pero su instinto por protegerla prevalecía. Admiró sus rasgos delicados; sus ojos profundos y curiosos contenían destellos de inocencia en su estado más puro. Admiró la curvatura de su nariz respingada, se detuvo en sus labios redondeados y experimentó una inusual atracción. Brutal. «No, Colton. No puedes. No puedes».

—Estás mejor, ¿verdad? —Becca colocó la mano libre sobre su corazón. Suave. Despertó una corriente eléctrica que lo revivió—. Uhm, aún late rápido.

«Por ti. Late por ti».

—Sí —aseguró—. Al menos ya puedo respirar.

«Porque tú estás aquí conmigo».


🤍🏀🤍

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