29.
DEMASIADO BIEN
Dio un ligero salto tras oír el trueno que resonó en el interior de la cafetería. A través de la ventana, observó el resplandor causado por los relámpagos y, poco después, se oyó nuevamente un estrepitoso ruido. Becca se puso en cuclillas para recoger los cubiertos que habían caído al piso; extendió los brazos con dolor. Anhelaba con urgencia un descanso. Lo necesitaba. El dolor que recorría su cuerpo no había hecho más que acrecentarse. Tampoco la angustiante presión que sentía en el pecho después de haberle pedido a Colton que se alejara de ella. Sabía que el dolor de las heridas físicas cesaría, pero no podía asegurar lo mismo del otro. De hecho, dudaba que algún día desapareciera.
Emitió un suave quejido mientras se ponía de pie con los utensilios en las manos. Tenía los ojos vidriados y cualquier rastro de luminosidad había desaparecido.
—Eh, Becca. Tu turno acabó hace media hora —recordó Julian, que comenzó a meter los cubiertos en el fregadero.
—Oh, sí. Ya... Ya me voy a casa —dijo desanimada.
—No lo decía por eso —aclaró—. Puedes quedarte aquí todo lo que quieras, pero no tienes que trabajar.
Ella liberó un suspiro de cansancio. Su energía estaba en el suelo.
—Tengo que ir a casa de todas formas.
—No puedes volver a casa en estas pésimas condiciones —intervino Maggie, que acababa de ponerle seguro a la entrada—. ¿Has visto el clima? Está lloviendo a cántaros. Las ráfagas de viento son peligrosísimas. No puedes ir a ningún sitio, mucho menos a pie.
—Mamá, ¿no estarás exagerando un poco?
—Sal ahí afuera y dime —lo desafió—. Además, podrías pescar un resfriado o, peor aún, una neumonía.
—Puedo... ¿Puedo esperar aquí a que pare? Luego me iré.
—Han dicho que no mejorará hasta mañana a primera hora —advirtió—. Lo mejor será que te quedes en casa. Tenemos una habitación libre. Ahora mismo la prepararé para ti, cariño.
—Espera. Ella puede decidir —Julian la detuvo—. Becca, ¿quieres quedarte?
—Yo, eh... Sí. Está bien —accedió—. Gracias, señora Evans.
—Maggie, cariño. Dime Maggie.
🤍🏀🤍
La habitación libre en la casa de los Evans había pertenecido a la hermana menor de Maggie, que, dos años atrás, se mudó junto con su prometido a otra ciudad. Becca sonrió ante la decoración que aún conservaba; simple y femenina. Paredes blancas, muebles marrón claro y detalles en tonos cálidos, como rosado y lila.
Tras cerrar la puerta, se colocó la ropa cómoda que Maggie le facilitó. Una camiseta holgada celeste y un pantalón de chándal a cuadros. Frente al tocador, peinó su cabello suavemente durante largos minutos. Aquello siempre la tranquilizaba. La casa de los Evans era un sitio seguro —no lo dudaba—, pero se le ponían los nervios de punta de solo pensar lo que ocurriría al día siguiente, cuando tuviera que regresar al hogar de acogida y enfrentar a Oscar.
Cerró los ojos. «No pienses en eso. No pienses en eso. No pienses en eso». Al menos, esa noche podría dormir tranquila. Su cuerpo le agradecería con creces el verdadero descanso.
Volvió a sonreír cuando se metió a la cama y aspiró el perfume a lavanda que desprendían las sábanas limpias. Lavanda. Eso la trasladó de inmediato a Sion Creek. Sus hermanas, probablemente, estarían pegadas al ventanal observando caer la lluvia mientras oían música religiosa o simplemente hablaban de lo que harían al día siguiente. A veces, también soñaban en voz alta. En especial si Él no estaba presente. Más de una se preguntaba qué sería de ellas si estuvieran allí afuera, compartiendo el mundo con el resto de los mortales. Sin embargo, en el momento en que empezaban a volar demasiado alto —como insinuar «¿qué pasaría si alguna de nosotras decide irse?»—, algunas de las mayores se encargaban de silenciarlas. Detenerlas. «No podrían ir a ninguna parte porque Dios las quiere aquí. Es nuestro destino. Él nos eligió por una razón y debemos honrarlo, hacerlo sentir orgulloso».
Trató de disipar los recuerdos que abrían grietas en su corazón. Giró sobre la cama. «Duérmete». Y entonces, apareció Colton. Le había dicho cosas hirientes horas atrás. Solo recordar la conversación la hizo sentir pésima. El estómago le dolió y otra grieta nació en su corazón. Ella realmente no quería alejarse de él... Pero tampoco podía permitir que él descubriera su secreto.
Oyó unos golpes suaves en la puerta.
—¿Puedo entrar? —habló Julian desde el otro lado, bajito.
—Sí, pasa.
—¿Tampoco puedes dormir?
—No. En realidad no —admitió mientras se sentaba en la cama y encendía la luz de noche—. ¿Tú qué haces despierto?
—Nunca puedo dormir temprano —confesó—. Mamá cree que lo hago, pero en realidad no duermo hasta la madrugada.
Ella abrió los ojos grandes.
—¿Y qué haces? ¿No te da sueño?
—No. Me pongo a dibujar o escribir. Escucho música. Digamos que las madrugadas alimentan mi creatividad.
—¿Estás loco? —Becca sonrió divertida—. El cuerpo está hecho para descansar durante la noche. Puedes hacer todas esas cosas durante el día.
—Quizá, pero las madrugadas son más especiales. Puedo hacer lo que me plazca porque nadie espera nada de mí —le sonrió de vuelta—. ¿Y tú? ¿Por qué das vueltas en la cama?
—Lo mío... Lo mío no es creatividad. Ojalá lo fuera —agregó en un susurro—. Estoy... Estoy preocupada.
—Los escuché —soltó. Becca frunció ligeramente el ceño—. A ti y a Colton, los escuché discutir. ¿Estás bien? ¿Te hizo algo?
—No —se apresuró a defenderlo. Tenía claro que Colton jamás intentaría causarle daño. Podía sentirlo en cada partícula de su cuerpo—. Él... Él nunca me haría nada malo. ¿Lo viste cuando se iba? ¿Estaba triste? —preguntó angustiada.
Julian se encogió de hombros.
—Bueno, sí. Parecía triste —admitió mientras tomaba asiento a los pies de la cama. Antes de dejar el local, Colton le había dicho: «Asegúrate de que Becca esté bien, por favor». Y, más que un pedido, había sonado como una orden. El muchacho estaba preocupado de verdad—. Lo que sea que tienen... No puedo entenderlo. ¿Sabes? Tú eres sensible y prácticamente un ángel... —Becca sonrió suavemente—. Él es todo lo contrario. Es de los que siempre quieren obtener todo lo que desean cueste lo que cueste. Es capaz de derribar a cualquiera para ganar. No des el brazo a torcer, Becca.
—Colton no es así.
—Lo conozco desde hace más tiempo que tú.
—¿Y eso qué? El tiempo no tiene relación con cuánto conoces a una persona —habló firme, pero en un tono gentil—. Él me salvó cuando ni siquiera me conocía —recordó el episodio en la avenida del hospital—. Es amable conmigo. Me explica pacientemente cuando no entiendo algo. Y nunca, jamás, he sentido que se haya burlado de mí.
—De acuerdo. Me rindo —farfulló Julian—. Colton es un ángel. El tipo más bueno del planeta —bromeó con sarcasmo.
—Literalmente —confirmó—. Y tú eres casi tan bueno como él.
—¡Ey! Eso no es justo. Estás quedándote en mi casa. Tienes comida, techo y una manta. Eso tiene que significar algo —continuó divertido—. Al menos dime que soy fantástico, no sé.
—Eres un amigo increíble, Julian.
Él sonrió.
—No soy tu amigo.
—¿No? —Becca tragó saliva. Su mirada comenzó a humedecerse.
—No —confirmó—. Considérame tu hermano, ¿de acuerdo? Estoy harto de ser hijo único —expresó divertido. El alivio llegó a Becca de inmediato—. Desde que estás aquí, mi madre tiene otro asunto del que ocuparse. Es gratificante perder un poco de atención. En serio.
Becca emitió una suave carcajada. Le dio un golpe juguetón en el hombro, enfadada por el pequeño susto que él le había dado.
—Nunca más hagas eso —pidió—. Y tu mamá es genial. Eres afortunado de tenerla.
—Lo sé. Considérate una afortunada también. ¿Qué dices, hermanita?
La expresión de la chica se iluminó. La palabra «hermandad» le rememoró lealtad, complicidad y velar por el bienestar del otro. Nunca había tenido hermanos, pero sí hermanas. Y siempre había sido un gran alivio tenerlas; con ellas podía ser ella misma, tener conversaciones profundas y momentos de diversión.
—Está bien. Soy tu hermana a partir de ahora —sonrió y le estrechó la mano con calidez—. Tú... Dijiste que te gusta escuchar música.
—Sí. Tengo cientos de álbumes apilados en mi habitación. ¿Quieres escuchar alguno?
—Uhm... Bueno, sí. El problema es que no conozco demasiado de música.
—¿Algo que conozcas?
—Eh... ¿«Let There Be Love», de... Oasis? Algo así, creo.
—Oasis. Por supuesto —se entusiasmó—. Tengo todos los discos.
Distraída y conversando con alguien más, Colton no salía de su cabeza. Era un pensamiento recurrente que despertaba cada parte de su cuerpo de una forma confusa. Había un hormigueo por todas partes que era incapaz de ahogar. Tampoco quería hacerlo. Era de las pocas sensaciones que la hacían flotar en lugar de hundirla en el suelo. Quería aferrarse a esos sentimientos que le daban vida, aunque luchaba con el miedo de lanzarse a lo desconocido.
Cerró los ojos cuando los primeros acordes de «Let There Be Love» empezaron a sonar. Y supo que podía recordarlo todo demasiado bien. El aroma adictivo y masculino que poseía Colton, la respiración caliente sobre su cuello, los brazos fornidos rodeándola con tanta firmeza, decididos a mantenerla a salvo, apartada de cualquier mal. Lo infinito que se sintió aquel momento cuando bailaron al compás de la música, ignorando al resto del mundo; como si sus cuerpos y sus corazones estuvieran destinados a la eternidad.
🤍🏀🤍
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