28.


ESTOY ROTA


Ignoró los llamados de Colton, que no dejaba de pronunciar su nombre mientras se perdía en la multitud. Intentó llegar a la salida, hasta que un grupo de estudiantes alborotados por las elecciones del centro de estudiantes la hicieron cambiar de rumbo. Dobló hacia el ala izquierda, buscó otra vía de escape, pero terminó en un pasillo sin salida. «Estúpida», musitó para sí misma.

Exhausta de esa vida y arrepentida de la decisión que había tomado, deseó con todo su corazón que la magia existiera para teletransportarse a Sion Creek en ese preciso momento. Después de todo, allí era el único sitio donde se sentía buena para algo. Su puño envolvió el tirante de su bolso con fuerza. «¿Y ahora qué haré?», se preguntó.

—Becky —reconoció al propietario de esa voz en un nanosegundo. Él era la única persona que la llamaba así. Y a ella le gustaba que lo hiciera, aunque en ese momento estuviera enfadada con el mundo en general—. ¿Te escapas de mí?

—No tengo ganas de hablar —carraspeó. Si pronunciaba una sola palabra, se quebraría allí mismo. «Lo que pasa en esta casa, queda en esta casa», recordó una de las reglas de Oscar. No quería quebrantarlas por temor a las represalias. Si volvían a llamarlo del colegio o si alguien hacía mención de sus heridas... Oscar se pondría aún más furioso.

—¿Estás bien? Me preocupas.

—Estoy bien.

—¿Segura?

—Sí. No pasa nada —juró con la voz apagada.

Él dio un paso adelante. No le creía una sola palabra.

—Ey, soy yo. Sabes que puedes decirme lo que sea... —intentó darle un toque reconfortante en el hombro, pero ella se alejó como si él fuera la peste.

—Te he dicho que estoy bien, Colton —bramó—. No me toques.

No fue capaz de tolerar el contacto físico —aun sabiendo que ese chico no tenía la mínima intención de lastimarla—. No quería que nadie le pusiera una mano encima; le dolía todo el cuerpo y que alguien más la tocara de algún modo le causaba repulsión.

Colton elevó las manos en señal de rendición mientras caminaba hacia atrás para tomar distancia.

—Tranquila, Becky. Jamás te haría daño. Jamás.

—¿Estás bien, Becca? Me enteré de lo que pasó en el salón. Lamento no haber estado ahí para apoyarte. —Daisy portaba su mayor cara de preocupación. El silencio prevaleció—. ¿Becca? ¿Colton te hizo algo?

—Nadie me hizo nada —gruñó exasperada. Harta de sentirse frágil. Débil. Fácil de lastimar—. Estoy bien. Estoy muy bien —replicó al borde de perder la paciencia—. Solo quiero que me dejen en paz. Quiero estar sola.

Ella retomó su camino hacia la salida; pasó junto a ellos en dirección contraria. Una vez que tomó el pasillo a la derecha, la perdieron de vista. Ambos quedaron confusos ante el repentino cambio de actitud, pero ninguno la siguió. Colton se obligó a mantener los pies quietos. «Quiero estar sola». Becca lo había dejado claro. Tenía que ser capaz de respetar su espacio, aunque la preocupación lo estuviera consumiendo. Daisy consideró que había sido grosera, pero no le pareció mal; las personas tan reservadas en algún momento explotaban. Tenían que hacerlo, o acabarían muriendo por dentro de tanto acumular.

—¿Qué le has hecho, Bradford? —increpó.

—Nada, solo le pregunté si estaba bien —se defendió—. Dijiste que algo pasó en el salón. ¿Qué?

Daisy resopló abrumada. Podría decir que detestaba a todos los chicos del instituto, pero eso no era completamente cierto. Existía un par que habían comenzado a ser la excepción, por salirse del patrón que ella consideraba «estupidez masculina».

—Un imbécil la llamó coja, tonta y también dijo que era una loca por su religión al frente de toda la clase.

—¿Quién fue? —la voz de Colton se oscureció. Sus extremidades se tensaron y su mente se obnubiló.

—Rowley Koch —sintió placer al revelar aquel nombre que se encontraba primero en la lista de chicos que detestaba. Rowley era bruto, machista, maleducado y cruel. Siempre iba tras los estudiantes más vulnerables para joderles la vida. Daisy lo había hecho trizas en múltiples discusiones intelectuales, a tal punto que él no era capaz de sostenerle la mirada—. Ocúpate, Bradford. Haz un buen uso de esos músculos.

—Lo voy a matar.

—Hazlo. Y cuenta conmigo si necesitas ayuda para esconder el cuerpo —puso una sonrisa angelical.

Colton negó y echó un vistazo por encima del hombro, pendiente de si Becca regresaba. Nada. No había señales de ella.

—Tienes que darle espacio.

—¿Eh?

—A Becca. Tienes que darle espacio. Ella estará bien —indicó—. Tú asegúrate de que ese imbécil no vuelva a meterse con ella.

—No le quedarán ni ganas de mirarla.


🤍🏀🤍


—Aquí usaré una tipografía manuscrita verde inglés y en medio irá la ilustración, que me tomará un par de días dejar lista —comentó Kaylee. Vestía una chaqueta de cuero negra, una falda corta del mismo estilo, y llevaba su característica melena pelirroja algo alborotada. En la pantalla de su portátil mostraba un diseño improvisado del panfleto para difundir el partido de caridad—. Esto tendrá un precio, muchachos.

—Harás un gran trabajo. Es lo justo —opinó Daisy desde el otro lado de la mesa.

—Dinero no tengo —Shepherd se justificó de antemano—. Puedo ofrecerte una noche conmigo.

—Ugh, eres un asqueroso —Daisy arrugó la nariz, disgustada.

—¿De verdad lo crees? ¿No estarás celosa, eh?

—Por supuesto que no estoy celosa —respondió enfadada al chico sentado a su lado.

Era incomprensible cómo se mantenían cerca si se suponía que no lo soportaba. Sin embargo, por alguna razón, siempre acababan unidos.

—Claro que lo estás —continuó con una sonrisa burlona.

—El dinero no es un problema —terció Colton para calmar las aguas—. ¿Cuál es el precio?

—No quiero dinero —aseguró mientras cerraba la portátil—. El fin de semana después del partido de caridad es mi cumpleaños. Daré una fiesta en la casa del lago. Necesito que me ayuden con la organización; en realidad, a conseguir bebidas —pidió entusiasmada. Kaylee no tenía amigos cercanos que hicieran esa clase de esfuerzos por ella—. Obviamente están invitados.

—¿Hablas en serio? Claro que sí. Allí estaremos —Shepherd pensó que era una idea brillante. La mejor que había oído en mucho tiempo. Ella hacía el trabajo y luego les ofrecía una fiesta; un combo perfecto.

—Cuenta con nosotros, Kay.

—No soy mucho de ir a fiestas, pero puedo hacerlo por ti —también aceptó Daisy.

—¿Julian? —Kaylee volteó hacia el rubio, que contemplaba su cuaderno de bocetos enmudecido. Desde que la pelirroja se ubicó a su lado, quedó deslumbrado. Ella era preciosa. Talentosa. La clase de chica que nunca estaría al alcance de su mano—. También irás, ¿no?

Él carraspeó, nervioso. Rápido, cerró la libreta y la extendió a su dueña.

—Sí, claro. Tus dibujos son maravillosos, Kaylee.

—Lo sé —sonrió victoriosa al mismo tiempo que metía la libreta en su bolso—. Bueno, me marcho.

—Tenemos otra amiga —expresó Julian—. Becca. ¿Puede ir?

—¿Becca?

—Sí. Es nueva y trabaja aquí.

—Oh, sí. La niña religiosa —susurró casi para sí misma—. Claro, no hay problema —aseguró. Luego, se despidió de todos y se alejó hacia la salida. Julian creyó que perdería el aliento mientras la veía caminar con la mitad de las piernas descubiertas. Era una supermodelo.

—¿Becca está aquí? —preguntó Colton. Había quedado inquieto después del encontronazo que tuvieron en el pasillo del instituto. Tampoco consiguió descargarse con Rowley; aunque lo buscó por todas partes, no lo encontró. Tendría que esperar los días siguientes. Como sea, el idiota no podría huir para siempre.

—Está en la cocina —contestó Julian—. Pidió quedarse ahí.

—Tengo que hablar con ella.

—No creo que sea buena idea. No quiere ver a nadie.

—Solo será un momento —hizo oídos sordos y se puso de pie.

—No. Espera, Colton. No puedes... —intentó detenerlo. Demasiado tarde.

Colton se había colado detrás del mostrador y tomaba el único pasillo que dirigía a la cocina. Encontró a Becca fregando los platos de espaldas a él. Totalmente abocada a la tarea. Lavaba uno por uno hasta dejarlos brillantes y los colocaba en el secador. Hacer tareas domésticas nunca le había supuesto un problema; más bien, era una distracción. Una actividad mecánica en la que podía apagar su mente y hacerla en modo automático. Además, en la cafetería de los Evans prevalecía el clima pacífico. No existían los gritos ni los malos tratos, tampoco las sorpresas desagradables. En realidad, cualquier sitio le resultaba más confortable que el hogar de acogida. Incluso el instituto —aunque algunos estudiantes fueran crueles—.

Su cabello, recogido hacia atrás y envuelto sobre sí mismo en un moño, dejaba expuesta la nuca y el inicio de la espalda. Colton se estremeció al divisar el círculo rojizo sobre su piel.

—Ey, aquí estás —habló suave—. Sé que no quieres hablar conmigo, pero no puedo evitar preocuparme por ti —continuó dando pasos que reducían la distancia entre los dos. Becca dejó de fregar, pero no dijo nada. Permaneció de espaldas, con las manos sobre el lavabo—. Dime quién te está haciendo daño, Becky. Por favor, dímelo. Te prometo que me encargaré. Haré que pare.

Ella se quitó las lágrimas gruesas que recorrían sus mejillas. No podía volverse aún más débil. No podía romper las reglas. «Si hablas, tendrás que irte de aquí. ¿Y sabes adónde? A la calle. Acabarás como un indigente en la calle. Nadie querrá darte asilo porque todos rechazan a las niñas problemáticas», advirtió Oscar en más de una ocasión. Solía decirle a diario cosas de ese estilo. Y a Becca no le parecía algo descabellado; en su interior se veía obligada a sentirse agradecida por el techo y la comida, a pesar de los golpes y castigos. El hogar de acogida era la familia que le habían asignado. Tenía que aceptarlo. Ya había perdido su lugar en Sion Creek; no podía arriesgarse a perder otro.

—No puedo —respondió tragando las ganas de sollozar.

—Sí que puedes —insistió—. Confía en mí. Habla conmigo. Por favor, habla conmigo.

—Tienes... tienes que dejar de preocuparte por mí, ¿sí? —le costó hablar. Su interior le dictaba lo contrario—. No puedes encargarte. Ni... ni podrás hacer que pare, Colton —reunió fuerzas para mostrarse firme y volteó hacia él—. Quiero que te alejes de mí.

Aquellas palabras le impactaron como una puñalada directa al corazón. Lo primero que hizo fue rehusarse. Ella no podía estar hablando en serio.

—Sabes que no haría eso. Tú me importas, Becca. No puedo alejarme de la gente que es importante para mí —manifestó con seguridad—. Desde que te vi por primera vez en el hospital, sentí que tenía que protegerte. No me pidas que deje de hacerlo.

Becca suspiró con dolor.

—Agradezco todo lo que hiciste por mí, pero... ha sido suficiente —suavizó el tono de voz. Podía ver el dolor que ella misma provocó en los ojos del chico y se sintió terriblemente mal. Culpable—. No quiero que sigas haciéndolo. El... El instituto está repleto de chicas mejores, ¿no? Ellas son... Preciosas e inteligentes. Y seguras de sí mismas. Y... normales. Sobre todo, normales. Ellas son para ti.

—Yo te quiero a ti, Becky.

—Yo no soy para ti, Cole. Yo estoy rota.


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