27.
Advertencia de contenido: Este capítulo contiene violencia, maltrato físico y emocional.
FRÁGIL
Observó las gradas a la distancia. «Aquí estás», masculló para sí mismo tras ver al muchacho rubio sentado en una de ellas. Portaba un cuaderno abierto sobre las rodillas, bolígrafo en mano, y escribía línea tras línea, preso de una concentración admirable.
Además de ser excelente en el baloncesto, Julian tenía un lado artístico. Mostraba un gran interés por la literatura, la música, el dibujo y la escritura. Desde pequeño había desarrollado una conexión con las diversas disciplinas, lo que lo convirtió en un joven introvertido que prefería el silencio y los ratos de introspección. El baloncesto lo llevaba en la genética: provenía de su padre, a quien no veía desde que tenía unos ocho meses. El talento le corría por las venas. Y, como era inteligente, sabía que el deporte podía abrir muchas puertas a un muchacho como él, que no contaba con un gran sustento económico.
A Colton le resultaba envidiable que su compañero tuviera otras alternativas en la vida. Si fallaba en su carrera deportiva, Julian podía optar por otros caminos. Pero... Colton no. Jamás se detenía a pensar qué sucedería si, por algún motivo, su carrera en el baloncesto se veía arruinada. ¿Qué haría si tuviera que dejarlo? ¿Quién sería él sin el baloncesto? Ni siquiera era capaz de sopesar aquellas posibilidades. El básquet debía funcionar. Sin concesiones.
En silencio, se acercó a Julian. Por un instante dudó en interrumpir su evidente parsimonia, pero lo hizo. No estaba seguro de si encontraría otra ocasión ideal para hablar de aquel tema con él.
—Julian, ¿qué tal?
—¿Qué haces aquí? —le echó un vistazo sospechoso.
—Tengo que hablar contigo.
—Dime —Julian cerró la libreta y la metió, junto al bolígrafo, en su morral. Cole ascendió a través de las gradas que los separaban y se sentó a un lado—. ¿Qué pasa?
—Me preocupa Becca —soltó sin rodeos. Julian frunció el entrecejo—. No la veo bien.
—¿Te dijo algo?
—No, pero sé que algo está mal con ella. No soy estúpido, Julian. Además, Daisy mencionó que siempre llega exhausta a clases, incluso que se queda dormida a veces —comentó inquieto—. Quizá tú podrías hacer algo.
—Sí, claro —si se trataba de Becca, estaba dispuesto a hacer lo que fuera para ayudar—. ¿Qué tienes en mente?
—Pensé que podrías darle menos trabajo —expresó directo—. El instituto, la adaptación, las tareas y luego el trabajo... Es posible que sea demasiado para ella. Supongo que tú también viviste algo similar, ¿no? La carga académica, los entrenamientos arduos, ya sabes.
Julian rompió su expresión firmemente seria en una sonrisa irónica.
—Así que has venido hasta aquí para insinuar que explotamos a Becca en la cafetería.
—No, Julian. No dije eso. Simplemente se me ocurrió que está trabajando demasiado y quizás podrías hablar con tu madre para reducir las horas o darle menos tareas, no lo sé. Al menos durante un tiempo —sonó exasperado—. Solo quiero ayudar.
Lo sacaba de quicio que Julian pusiera palabras en su boca que jamás había pronunciado.
—Mira, Becca llegó un día a pedir trabajo y se lo dimos. Tiene libertad. Mi madre no le exige demasiado. En realidad, Becca es la que se presenta a trabajar incluso los días que no debería hacerlo. Supongo que prefiere estar con nosotros. Es lo que creemos.
—¿Nunca intentaron saber más de ella?
—Un par de veces, sí. Lo intentamos. Mi madre ha dicho que no hay que presionarla y creo que tiene razón. Si algún día quiere contar algo, lo hará —se limitó a contestar—. ¿Tú qué sabes?
—No mucho —apretó la mandíbula. Colton sabía cosas que ella misma le confesó, pero le había prometido que no se lo diría a nadie más. Y cumpliría con su promesa. Protegía cada uno de los momentos vividos con Becca como tesoros. No iba a exponerla de ningún modo—. Bueno, deberíamos estar atentos —se puso de pie y empezó a bajar las gradas—. Sé que no te caigo bien, pero hablo en serio cuando digo que Becca me importa. No estoy jugando, Julian —aclaró. Luego, se alejó hacia la salida del recinto.
🤍🏀🤍
«Que no diga mi nombre». «Que no diga mi nombre». «Que no diga mi nombre».
—Rebecca Larsen —murmuró el profesor buscando su rostro entre los estudiantes—. Al frente, por favor. De prisa.
«No puede ser». Inhaló una bocanada de aire, completamente fastidiada por su escasa suerte. Ni siquiera tenía idea de qué día era. Lunes. No. Martes. Tampoco. Miércoles, sí. Miércoles. Después de la paliza, Oscar la obligó a ausentarse dos días del instituto porque apenas podía mantenerse de pie. Mientras tanto, se dedicó a las tareas domésticas, a ponerse hielo en los hematomas y a tomar analgésicos que la señora Isabella le indicó. Analgésicos que, de acuerdo con el juicio de Becca, la dejaban un poco tonta. En un estado de ensoñación excesivo, en el cual le costaba coordinar los movimientos.
No supo que tenían lección oral de biología hasta que entró a la clase y el profesor se lo recordó. Además, no encontraba oportunidad de tocar los apuntes fuera de clases; solo tenía completadas las tareas que realizaban en horarios escolares. En el hogar de acogida era imposible hallar un momento de calma para estudiar. Sin embargo, allí estaba. En aprietos.
Lentamente, se puso de pie y empezó a caminar hacia el frente con una mano sobre las costillas. Las zonas donde recibió golpes aún dolían. Esa mañana evitó tomar los analgésicos, o jamás podría concentrarse en el instituto.
—¿Está coja o qué? —escuchó que uno de los estudiantes murmuró a su espalda. Reconoció la voz de Rowley. Luego, risas. No volteó. Llegó hacia el frente y miró al piso.
—Empecemos, señorita Larsen. ¿Qué puede contarnos acerca de la teoría celular?
Hecha un manojo de nervios, tragó saliva mientras daba pequeños golpecitos con el pie. Uno tras otro. «Piensa. Piensa. Piensa. Tienes que saber algo». Trató de explorar su mente, pero no encontró nada realmente válido que decir.
—Además de coja, estúpida —bramó el mismo chico desde el fondo del salón entre carcajadas—. ¿Qué, no sabe que es una de esas chifladas religiosas, profesor? Los locos religiosos no creen en la biología —continuó sin escrúpulos, hiriendo a Becca donde más le dolía.
Enseguida, el profesor comenzó a darle un sermón al estudiante que Becca no consiguió escuchar. A pesar del dolor físico, corrió a través del salón hacia la salida y se ocultó en el baño de chicas. Cerró con seguro la puerta principal y se desplomó sobre el lavabo, con los dientes apretados y los ojos hechos agua. Experimentó un profundo odio hacia sí misma.
«Si no hubiera llamado jamás a la policía...». «Si hubiera aceptado el casamiento...». «Si hubiera aceptado lo que Dios planeó para mí... Probablemente no estaría pasando por esto».
Estaba tan harta de vivir bajo aquellas condiciones que sus propios pensamientos la atacaban. Al menos en Sion Creek los castigos físicos no ocurrían con tanta regularidad. No eran tan duros. No había tanto frío ni soledad después del sufrimiento.
Se restregó las lágrimas con fuerza; le dolían las costillas, le ardía la espalda. Frente al espejo cayó en la cuenta de que ni siquiera se había detenido a ver el estado de su cuerpo. Se quitó el suéter, la camisa, y permaneció en sostén ante su reflejo. Bajó la mirada a través de las marcas moradas alrededor de su abdomen. Reprimió un quejido. Giró un poco y, sobre el hombro, contempló las quemaduras en la espalda. Tenía un círculo pequeño bajo la nuca, seguido de otros del mismo tamaño que formaban un camino a través de la columna vertebral. Se estremeció.
Ese no había sido Oscar. Había sido Alexa la mañana del lunes, cuando la despertó durante la madrugada, sentada sobre su espalda descubierta con un cigarrillo encendido en la mano. «Eres una maldita soplona. ¿Crees que dejaré de darte lo que mereces solo porque me acusaste? Qué equivocada estás. Esto les pasa a las niñas frágiles como tú que abren la boca». Y lo hizo. Hundió el cigarrillo en su piel unas seis veces. Becca ni siquiera pudo gritar; Alexa la había inmovilizado al sujetar su cabello y hundir su cara en la almohada. La dejó sin aire hasta que terminó.
Becca volvió en sí a causa del profundo daño que infligieron las quemaduras. No pudo dormir esa noche. Tampoco la siguiente. Y estaba segura de que no dormiría el resto de la semana, mes o año. No mientras tuviera a una desquiciada como Alexa de compañera de cuarto.
Poco después, llegó la culpa. Sí. Oscar le había dado una paliza a Alexa por haber herido a Becca en un lugar «visible», lo que trajo como consecuencia que lo citaran del instituto para hablar sobre el tema. Echó un último vistazo a su cuerpo marcado. Era una bazofia. Le repugnaban las marcas. El dolor. La impotencia de no ser capaz de hacer algo para defenderse.
Volvió a ponerse la ropa mientras oía el timbre del recreo. Se apresuró. Lavó su cara con agua fría y sacó el seguro de la puerta; un grupo de estudiantes ingresó y ella salió, incapaz de enfrentar personas en ese momento. Los pasos que dio, inconsciente, la llevaron a toparse con un grupo de rostros conocidos que parloteaban en el pasillo. Colton, apoyado sobre un casillero; Shep, que reía; y Gus, a quien conocía solo de vista. Su corazón dio un vuelco. Hacía tres días que no veía a Colton y lo había echado de menos como si llevara un año sin verlo. Lucía hermoso: sonrisa brillante, bíceps marcados y un aura de superestrella que encandilaba al instituto completo.
Rápido, intentó ocultarse. Demasiado tarde. Unos ojos gentiles se clavaron sobre ella como dagas. Colton. Llevaba días sin saber de ella; su corazón dio un vuelco cuando la vio. Becca no fue capaz de devolverle la mirada; simplemente volteó y se escabulló a paso rápido entre la multitud.
🤍🏀🤍
Si la historia te gusta, me ayudaría mucho que me dieras estrellitas, comentarios y la recomiendes a otras personas :).
Recuerda añadir la historia a tu biblioteca y seguirme en mi perfil, así no te perderás de ninguna novedad u aviso importante.
Gracias por la lectura y el apoyo.
Para más información sobre la novela, búscame en las redes:
Instagram: evelynxwrites
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top