26.
Advertencia de contenido: Este capítulo contiene violencia, maltrato físico y emocional.
OSCURO ATARDECER
En la escala de sus mejores días, ese ocupaba uno de los primeros puestos. Lástima que estaba a punto de acabar. El sol caía, encontrándose en su punto más lejano, mientras el cielo se teñía de colores amarillos, naranjas y rojos, en una perfecta armonía. Aquel paisaje celestial marcaba el fin de un gran día; Becca lo entendió mientras contemplaba cada pequeño detalle en el cielo.
Aún mantenía la calma cuando Colton estacionó frente al hogar de acogida, tras seguir las indicaciones que ella le había dado. Todavía le costaba ubicarse en el vecindario, pero tenía memorizados varios puntos clave que la ayudaron a guiarse en el camino de regreso a casa. Antes de llegar a ese punto, pasaron por otras ubicaciones que Becca observó repleta de curiosidad: primero, dejaron a Julian en el café. Luego fue el turno de Daisy. La chica vivía en una pintoresca casa, con un jardín delantero impecable y cuidado, que parecía una cabaña de cuentos de hadas. El siguiente en bajar fue Shepherd, que residía en una modesta vivienda de dos plantas, con la pintura desprendida y una verja que había sido dañada en varias partes —y jamás arreglada—.
Becca pensó que aquel vecindario se veía extrañamente gris; diferente al de Daisy o Colton, que parecían de película. Consideró que el barrio donde se encontraba el hogar de acogida se asemejaba al de Shep. Grisáceo. Descuidado. Calles que transmitían una pesada sensación de inseguridad.
—Es aquí, Cole.
Él observó la vivienda tras la ventana del vehículo. Después, regresó a Becca.
—Bien. Aquí está tu casa.
—Sí —afirmó jugueteando con los dedos. Echó una rápida mirada al hogar. Su interior comenzó a temblar a medida que recordaba el motivo por el que había huido al principio del día—. Me tengo que ir —trató de asumir.
—¿Te gustó la feria?
—Sí. Mucho —sonrió nerviosa—. Debo... Debo entrar.
—Claro —murmuró—. Te veo el lunes en el instituto.
—Nos vemos —confirmó tras asentir.
Su mano, sudorosa, tiró de la manija interior y la puerta se abrió. Bajó del vehículo pálida, hecha un manojo de nervios cada vez más difíciles de contener. Presentía que ocurriría algo malo en cuanto atravesara la puerta.
—Eh, Becky. El oso. No lo olvides —Cole la interrumpió a mitad de camino.
Ella giró y lo vio sosteniendo el peluche, de pie en la acera.
—Oh, cierto. No entiendo cómo pude olvidarlo... —trastabilló caminando hacia él. Esquivó su mirada. Temía que el miedo en sus ojos la dejara en evidencia—. Gracias, Cole.
—¿Pasa algo, Becky?
—No, no.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —mintió. Sin embargo, no pudo evitar derrumbarse en silencio ante el muchacho. Rodeó su cintura y se aferró tan fuerte como pudo. Él, aunque se hallaba confundido, le regresó el abrazo y se encargó de mantenerla a salvo durante largos minutos.
—Puedes decirme si pasa algo, Becky. Puedes decirme lo que sea, ¿de acuerdo? —habló con la chica aún entre sus brazos. Tenía el mentón apoyado en su cabeza; el suave cabello le hacía cosquillas en la piel y el aroma a lavanda y vainilla que desprendía lo estaba invadiendo.
—De acuerdo.
—Habla conmigo. No tengas miedo —susurró calmado.
Ella asintió como pudo.
—Tengo que irme, Cole —dijo mientras se desprendía de él. Aún cerca, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla—. Todo está bien. No te preocupes, ángel —dibujó una sonrisa frágil que no lo convenció.
—Tú eres un ángel —replicó—. El más hermoso.
La sonrisa de Becca se ensanchó. Fue real durante ese preciso segundo. Después, se dirigió a la entrada y desapareció en el interior de la casa. Su mundo celestial se transformó en un planeta oscuro.
🤍🏀🤍
Tras cerrar la puerta, Becca se propuso caminar directo a la habitación. Tenía que atravesar la sala principal, el comedor y, finalmente, la escalera. Sin embargo, cuando estaba a punto de llegar al primer escalón, una figura masculina surgió desde la cocina. Contextura robusta, mirada penetrante y facciones duras. El cuerpo de la joven se erizó por completo. Estaba en problemas.
Oscar mantenía las manos en los bolsillos delanteros del pantalón. Le echó un vistazo de pies a cabeza y acabó con una sonrisa tan socarrona como atemorizante. Oscar olía a cigarrillos mezclados con bebida alcohólica. Un par de días atrás, Becca había confirmado que el hombre tenía vicios cuando lo descubrió bebiendo una botella de whisky como si fuera agua. De allí su obsesión por mantener la limpieza de la casa. Obligaba a limpiar a diario los pisos con lejía; una sustancia potente que apaciguaba el aroma de los vicios.
—¿Adónde te habías metido?
—Tuve que ir a trabajar —mintió.
Él dio un paso adelante. Acortó la distancia y las piernas de Becca se hicieron gelatina.
—El dinero. Quiero todo el dinero. Ya mismo.
—Yo no... No lo tengo —titubeó—. Me lo darán con la próxima paga.
—Crees que soy estúpido, ¿eh? —ella no contestó—. Sí. Lo haces.
—No, yo...
—Te lo preguntaré por última vez. ¿Adónde te habías metido? —Becca cerró los ojos tras recibir el tirón de cabello. Fue repentino. Doloroso. Él la mantuvo sujeta de un costado y la sacudió con violencia; el osito de felpa cayó al piso y las lágrimas mojaron sus mejillas—. ¡Dime, zorra!
—E-Estaba con mis amigos —respondió en un hilo de voz. «Y debí quedarme con ellos».
—Así que ahora tienes amigos —dijo burlón y la soltó de un empujón. El cuerpo menudo de la chica impactó contra una pared—. La zorra inútil tiene amigos —continuó irónico—. Ni siquiera sabes hablar. ¿Quién querría juntarse con una estúpida como tú? —Becca lloró mirando el piso. No dijo nada—. Tan inútil que abre la boca cuando no debe hacerlo. El próximo lunes tengo una maldita reunión en ese instituto de mierda porque tú fuiste a lloriquear a la enfermería por un rasguño en el brazo. Sí que eres una imbécil, eh.
—¡No fue un rasguño! —alzó la voz, exasperada. Estaba harta de quedarse callada—. Alexa me lastimó con la punta de una tijera. ¡¿Eso te parece poco?! —exclamó entre lágrimas. Aterrada de su propio comportamiento. Sabía que habría consecuencias, pero no podía parar—. Y yo no fui a lloriquear a ningún lado; resulta que alguien me vio y no tuve otra opción que...
El primer golpe impactó en su costilla derecha. Y luego otro más. Y otro. Becca se aferró al oso de felpa en el piso. Escondió su cara en la superficie mullida y lloró ahí mientras recibía la paliza. Ahogó cada grito. Le dolía el estómago, el terror le aplastaba el pecho y el rostro le ardía de tanto sollozar. Solo quería que aquella tortura acabara, así que se mantuvo callada. Era lo único que podía hacer.
—Cierra la maldita boca de una vez, estúpida —advirtió enfurecido—. ¿Quién te crees que eres para gritar? Aquí no tienes ni voz ni voto. Será mejor que no hables y sigas las órdenes, o acabarás tirada en la calle porque nadie querrá recibirte en ningún sitio. ¿Escuchaste?
—S-Sí...
—No se entendió, zorra —sujetó su cabello, la despegó del piso y la obligó a mirarlo—. ¡¿Escuchaste?!
—Sí, sí. Te escuché, te escuché —habló desesperada. «Basta, por favor», rogó en silencio.
Notó la presencia de Oscar cada vez más distante. Abrió ligeramente los ojos y lo vio internarse en la cocina hasta que desapareció de su vista. Estaba hecha trizas. Quería permanecer en el piso, hecha un ovillo, el resto de su vida. O mejor aún, desaparecer de la faz de la tierra. Hacerse invisible. Lo que fuera que pudiera evitar todo el sufrimiento. Sin embargo, no existía tal solución mágica. En ese instante, solo se tenía a sí misma y, en algún lugar recóndito de su interior, halló el valor suficiente para ponerse de pie. Caminó repleta de dolor por las escaleras y se internó en la habitación, donde se hundió en la cama sin soltar aquel osito de felpa que, sin duda, había sido su refugio.
🤍🏀🤍
No supo que su padre le estaba hablando hasta que sintió un ligero toque en el hombro. Andrew Bradford, jefe de cirugía general, pasaba poco tiempo en la casa. La mayor parte del tiempo lo dedicaba a su trabajo, donde tenía un departamento completo a su cargo y cirugías programadas a diario. Aun cargando con el arduo trabajo, Andrew se las ingeniaba para dedicarle el tiempo suficiente a su familia. Por lo general, coincidían en el desayuno y lo aprovechaban para hablar acerca de las actividades que harían en el día o de cualquier preocupación que estuviera rondando.
Colton era afortunado por tener un padre y una madre que le daban su apoyo incondicional. Jamás lo habían presionado a nada. Era el orgullo de ambos, pero sabía que todo estaría bien si una mañana decidía dejar el deporte. Andrew sentía una emoción especial por ver a su hijo brillar como una estrella del baloncesto, pero siempre le recordaba que su persona no se reducía a eso. La vida era más que anotar tantos o ganar un campeonato.
—Lo siento, papá. ¿Qué decías?
—Estuviste entrenando hasta tarde anoche —comentó—. Domingo.
Colton suspiró mientras llenaba el tazón de café.
—Sí, lo sé. Los domingos son para descansar —bebió un sorbo de café—. No entrené el sábado, salí con amigos. Tenía que recuperar las horas.
—Así que saliste con tus amigos. ¿Cómo está Shep? ¿Y Gus? ¿Sabes si su padre encontró empleo?
—No tengo idea —contestó abstraído; sus pensamientos se hallaban en otro asunto. Bebió otro sorbo de café y comió una porción de huevos revueltos.
Andrew no le quitó la mirada inquisidora de encima. Tampoco su madre que, aunque fingía estar concentrada en su agenda laboral, quería averiguar dónde estaba la mente de su hijo.
—¿Está todo bien, Cole? —indagó su padre—. Estás distraído.
—Y muy silencioso —intervino la mujer—. ¿Vas a contarnos lo que te preocupa? ¿O tendré que ponerme a investigar?
—Sabes que es realmente buena investigando —habló Andrew.
Colton bufó exhausto. Estaba acorralado por sus padres.
—Me preocupa una amiga —reveló.
—Oh, sí. Ya sé de quién hablas. Su nombre es... Becca. ¿No?
—Sí —tuvo que admitir. Su madre tenía una buena memoria—. Algo pasa con ella. No sé cómo explicarlo, pero es como si pudiera sentir que algo malo le ocurre —aunque conocía la dura vida que había llevado en su pasado, Colton intuía que se trataba de su presente. Quería averiguarlo—. Ayer, cuando la dejé en su casa... Tuve un mal presentimiento.
—¿Viste algo malo en su casa?
—No. No exactamente. Un par de semanas atrás llegó al instituto con una herida en el brazo. Tuve que convencerla para ir a enfermería. No quería hacerlo.
—Entonces en el instituto están al tanto —verificó Andrew. Colton asintió—. Ellos se ocuparán, Cole. Tienen la obligación de hacerlo. Probablemente hayan citado a sus padres para hablar sobre eso.
—No está con sus padres. Vive en un hogar de acogida.
—Bueno, en ese caso, a su tutor.
—Quédate tranquilo, cariño. Todo estará bien —le dijo su madre dulcemente—. Y tráela algún día. Me gustaría conocerla.
Si bien la conversación con sus padres le mostró un panorama más sólido y optimista, Colton no consiguió quedarse tranquilo. Becca le preocupaba. La tristeza en sus ojos. Las sonrisas que se desvanecían fácilmente. El miedo que abundaba en su tono de voz cada vez que hablaba; como si estuviera insegura de sus palabras o, peor aún, temerosa de la reacción que pudiera ocasionar en los demás. Todavía era capaz de sentir la desesperación con la que Becca se aferró a él justo antes de ingresar al hogar de acogida. Pedía en silencio que no la dejara sola.
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