25.

DEJA QUE HAYA AMOR


Julian guió a Becca hacia el fondo de la cocina. Había notado su estado de nerviosismo, la expresión perturbada y cómo jugueteaba con el dije en forma de cruz que colgaba de su collar. Llevarla a un sitio apartado, donde pudiera resguardarse de las miradas ajenas, fue su primer instinto; no confiaba en Shepherd ni en Colton. Y, aunque Daisy parecía de fiar, no estaba seguro de si al día siguiente, en el instituto, no se sumarían a chismosear con el resto. Los estudiantes podían ser realmente crueles.

—Hoy no tienes que trabajar, Becca. Es tu día libre —recordó el muchacho.

Ella se afligió todavía más.

—Lo sé... ¿Puedes ponerme a trabajar de todas formas? —preguntó—. No tengo nada que hacer en casa —mintió. En su interior rogaba que le permitiera quedarse allí el resto de la mañana. La tarde. El día entero—. Ni siquiera es necesario que me paguen. ¿Puedo?

—Nada de trabajar —intervino Maggie, que llevaba un delantal aferrado a la cintura—. Tienes que tomarte un descanso, cariño. ¿Te has alimentado esta mañana?

—Algo. No mucho, en realidad —musitó avergonzada—. No.

—¿Sabes lo que haremos? Te sentarás con Julian y sus amigos, y serviré un desayuno para todos.

—Mamá... No son mis amigos —el rubio frunció el entrecejo—. Tengo que trabajar con ellos por obligación.

—¿Y qué? Asisten al mismo instituto, ¿no? Seguramente encontrarán cosas en común para hablar —sugirió con naturalidad—. De hecho, Becca puede ayudarlos con todo ese trabajo que tienen.

—Sí, sí. Puedo ayudar en lo que sea —se entusiasmó. Cualquier plan que la mantuviera fuera del hogar de acogida le resultaba perfecto—. ¿Puedo quedarme, Julian?

—Si es lo que quieres, por supuesto que sí —accedió de inmediato.

Ella dio un ligero saltito de emoción y abrazó al muchacho, que enseguida suavizó la expresión al darse cuenta de que la alegría en ella era genuina.

—¿Seguro que estás bien?

Ella asintió y delineó una sonrisa suave en pos de ocultar su verdadera preocupación.

—Seguro.

—No le hagas caso, Becca. Mi hijo puede ser un guardabosques sobreprotector —intervino Maggie para disipar la tensión. La mujer también intuía que había un problema detrás, pero sabía que presionarla no serviría de nada—. Si necesitas decirnos algo, estamos aquí. Mientras tanto, ve a divertirte con tus amigos.

Instantes después, Becca se reunió con el grupo. Experimentó un agradable ambiente familiar tras ver varios rostros conocidos: Daisy, la chica que había sido amigable con ella; Shepherd, a quien apenas conocía pero le transmitía buena energía; y Colton, quien la había salvado múltiples veces y con quien compartía una conexión especial. Atraída por su confianza, Becca se sentó a su lado sobre la banqueta y lo miró de reojo, tímida. Colton le daba seguridad pero, al mismo tiempo, su estómago estallaba en chispas infinitas cuando lo tenía cerca. Aunque el cosquilleo intenso la inquietaba, no lo quería sosegar. Era mejor que la tristeza o el miedo. Era como sentirse viva.

Antes de que pudiera decir algo, Cole le sujetó la mano por debajo de la mesa y acarició el dorso con el pulgar. Calmó su ansiedad. La miró con dulzura y ella sonrió; podía sentir la emoción de aquel pequeño secreto compartido.

—Hola, Becky.

—Hola, Cole.

—¿Todo está bien? —ella asintió—. Me alegra que estés aquí. Tenía muchas ganas de verte.

—Yo... También. Siempre tengo ganas de verte —confesó. Era cierto. Pensaba en él cuando los primeros rayos de sol le acariciaban la cara por la mañana, y durante los últimos ápices de conciencia, antes de caer dormida. Incluso lo soñaba.

Él le dio otro apretón de manos y la sonrisa de Becca se ensanchó.

—Bueno, bueno —interrumpió Shepherd aguantando la risa—. Vamos a trabajar, ¿no? A eso vinimos.

Daisy continuó detallando cada paso de su plan mientras los chicos oían atentamente y, de vez en cuando, emitían sus opiniones. Maggie trajo a la mesa café recién hecho, tortitas americanas con sirope de caramelo y budín de chocolate. La mirada de Shepherd se iluminó y no pudo evitar hacer el comentario del que todos rieron: «Tu mamá es la mejor, Julian. ¿De casualidad no te gustaría tener un hermano?».

Becca, que había llegado afligida y exhausta, sintió que recibía una sobredosis de energía entre risas y comida deliciosa. Echó ligeramente la cabeza hacia un lado —cuando Shep soltó otro de sus chistes— y apoyó la mejilla en el hombro de Colton, quien la rodeó por detrás con un brazo.

—Eso sería todo. Por ahora —explicó Daisy tras cerrar su libreta—. El lunes deberían ponerse manos a la obra.

—Lo haremos, jefa. No lo dudes —aseguró Shep. Ella lo miró como si no pudiera creerle del todo—. Seguiremos cada paso al pie de la letra.

—Has sido de gran ayuda, Daisy. Gracias —habló Cole.

—Esta reunión estaba siendo un desastre, honestamente —expresó Julian—. Gracias.

Las mejillas de Daisy se enrojecieron. No estaba acostumbrada a que tuvieran tanto aprecio por su trabajo. Normalmente la gente esperaba que lo hiciera todo; que le diera una solución a cada problema. Ellos, en cambio, estaban agradecidos, pero además la habían hecho reír y pasar un buen rato —a pesar de que Shep no dejaba de ser molesto—.

—¿Y a mí no me agradecen, eh? Traer a la chica más brillante del instituto ha sido idea mía —reclamó.

—Cállate, Shep. Ella se merece todo el crédito —Colton lo puso en su lugar—. ¿Qué les parece si vamos a la feria?

—¿Todos? —Julian lo miró incrédulo.

—Sí, todos. Tengo el auto fuera —propuso—. ¿Qué dices, Becca?

—Claro —ella aceptó por el simple hecho de que evitaría regresar al hogar—. ¿Qué hay en una feria?

—Es como un parque temático —trató de explicar Cole—. Hay atracciones, puestos de comida, artesanías, incluso espectáculos de música. Se celebra tres veces al año.

—A mí me encantan las ferias —Daisy sonrió al instante—. Amo el puesto de manzanas acarameladas desde que era niña. Estoy segura de que lo amarás también.

—Está decidido —anunció Shepherd—. Nos vamos a la feria.


🤍🏀🤍


La Feria de Atracciones abría sus puertas tres veces: a principios de año, a mitad y, luego, a fin de año, para las celebraciones de Navidad. Era un espacio abierto, a las afueras de la ciudad, repleto de atracciones; juegos mecánicos, de azar y cientos de puestos que ofrecían diversas comidas y otros productos artesanales que a las personas les encantaba contemplar.

Tras bajar del vehículo, se perdieron entre un montón de grupos de jóvenes que, como ellos, buscaban divertirse. Julian arrugó la expresión al notar todas aquellas personas alborotadas —no tenía predilección por las multitudes—. Shepherd quedó obnubilado por los juegos de azar, Daisy contempló los ositos de felpa de varios tamaños que premiaban a los ganadores de aquellos juegos, y Becca, anonadada por la cantidad de estímulos a su alrededor —los sonidos, los colores, las personas—, se apegó a Colton, que la guió hacia donde se encontraba su amigo.

Shep, ante las risas de los demás, trató de encestar un pequeño balón; lo hizo unas ocho veces hasta que finalmente lo consiguió y dejó que Daisy eligiera el premio. Ella seleccionó un pequeño conejo de felpa que tenía un bonito lazo en el cuello. Después llegó el turno de Cole, que se acercó con una sonrisa victoriosa.

—Espero que te gusten los ositos de felpa, Becky, porque te llevarás el más grande a casa hoy —aseguró antes de hacer un lanzamiento perfecto que desembocó directo en la canasta.

—No puede ser —gruñó Shep.

—¿Podemos irnos ya? —se quejó Julian, que observaba aburrido la escena.

—Elige el que más te guste —indicó Colton tras señalar la fila principal. La más difícil de ganar.

Becca sonrió impresionada y señaló el oso que tenía un corazón rojo en medio del pecho.

—Buena elección —le guiñó un ojo—. Nos llevamos ese.

El vendedor entregó el premio, Becca lo sujetó entre sus brazos y solo dejó de sonreír para ponerse de puntillas y besar a Cole en la curva de la mandíbula.

—Gracias, Cole. Es perfecto. Y tan suavecito.

—Sí, gracias, Cole —intervino Shep con un tono empalagoso—. Me has hecho quedar como un fracasado —agregó y, una vez más, se oyeron las risas de los demás.

—Lo superarás, amigo.

—¿Vamos a la noria? —propuso Julian. Necesitaba despegarse de la tierra al menos por unos minutos—. Es esa de ahí, Becca —señaló la atracción que se encontraba a lo lejos—. Es como dar un paseo en el aire.

—Si no te asustan las alturas —advirtió Shepherd—. Todavía quedan otras atracciones...

—No, no me asustan —aseguró con la vista fija en el juego mecánico que más resaltaba en todo el lugar—. Quiero ir a la noria.

Colton tomó la delantera hacia la noria —también conocida como rueda de la fortuna—, que giraba pausadamente y contenía asientos para dos personas. Pidió tickets para todos y los repartió uno por uno. Daisy, animada, fue la primera en subirse y arrastró con ella a Shepherd antes de que la indecisión le ganara. Colton y Becca ocuparon la siguiente góndola, acompañados del gran oso de felpa que la chica era incapaz de soltar. Por último, Julian, sin acompañante, se acomodó a gusto en el asiento, apoyando los brazos sobre el filo y observando calmado el paisaje.

De pronto, mientras la rueda se movía y ascendían, Shep le lanzó a Colton un bollo de papel hecho con un viejo ticket que encontró en el bolsillo de la chaqueta. Cole gruñó. Becca rió por lo bajo.

—Tienes que quedarte quieto —lo regañó Daisy—. O los dos vamos a morir aquí.

—No seas cruel. Estoy nervioso —se excusó.

Cole, que planeaba devolverle el gesto, negó con la cabeza y se dirigió a Becca.

—Odia las alturas —comentó—. Visitamos la feria cada año desde que éramos niños. Siempre evitó la mayoría de las atracciones como estas.

—¿Y por qué cambió ahora?

—Daisy.

—¿Está enamorado de ella?

—Tan enamorado que es capaz de enfrentar su miedo a las alturas.

—Debe ser lindo... —susurró Becca. Cole la miró de reojo, expectante—. Debe ser lindo estar enamorado. Y que se enamoren de ti aún más —bajó la mirada hacia el piso—. Tú... ¿Alguna vez te enamoraste?

Él negó.

—Quizá me esté pasando por primera vez —respondió mientras movía una mano para acomodar los mechones de cabello que caían frente a los ojos de Becca—. ¿Qué hay de ti?

Ella se encogió de hombros.

—En Sion Creek no teníamos tiempo para eso... Quiero decir, no era posible. Las parejas... Alguien te elegía. Y tenías que aceptarlo —mordió su labio inferior, nerviosa. No le agradaba hablar de ese tema. Quizá se debía a que, en silencio y lentamente, Becca había empezado a caer en la cuenta de lo repugnante que era ser sometida por un hombre mayor; lo injusto que era no tener ni voz ni voto. Entonces pensó en sus hermanas. En todas aquellas jovencitas que habían sido casadas contra su voluntad, y se entristeció al darse cuenta del mundo de posibilidades que se perdían. Los ojos se le llenaron de lágrimas y puso una sonrisa agridulce—. Así era la vida ahí.

—Ey, ey. ¿Estás bien, Becky?

—Sí. Es solo que... Me di cuenta de lo triste que era la vida que tenía. Es eso.

—Tranquila, ¿sí? Mira a tu alrededor. Ya no la tienes.

—Lo sé. Ahora estoy aquí.

—Conmigo.

—Contigo.

—Te prometo que todo irá bien, ¿de acuerdo? No hay nada que temer.

«Mira a tu alrededor. Ya no tienes esa vida», se repitió como una forma de grabarlo a fuego en su mente. Bajó la vista hacia la gente que correteaba en el suelo firme; hombres y mujeres, de todas las edades, con estilos y personalidades diferentes. La libertad en todas sus formas. El poder de ser ella misma entre sus manos. Pero ¿quién era, en realidad? Tenía que descubrirse. Al menos ya sabía una cosa: le gustaba estar cerca de Colton. Hablar con él. Los lapsos de contacto físico. Contemplarlo de perfil como lo hizo justo en ese instante.

—Tienes razón —concordó—. Todo estará bien.

—Mira esto —Colton pensó que sería bueno hacerla sonreír. Giró y arrojó otra bola de papel a Shepherd, que miraba distraído a Daisy. La chica no había dejado de hablar un segundo, dándole una explicación acerca de cómo funcionaba una noria. El tema no le importaba demasiado, pero adoraba verla hablar. El bollo de papel cayó sobre su cabeza; dio un sobresalto y adivinó que había sido su mejor amigo. Buscó en el bolsillo de su chaqueta munición para atacar, aunque no encontró nada. Lo único que pudo soltar fue una catarata de insultos que acabó haciendo reír a todos.


🤍🏀🤍


El sol caía cuando Becca se aferró al osito e intentó seguir a sus amigos, que se sumían en la multitud de personas frente a un escenario. Había comenzado a tocar una banda llamada Steel Heroes, que tenía cierto reconocimiento en el país. El público mostraba entusiasmo, coreaba y saltaba al ritmo de cada canción. Becca quiso ir tras Daisy, que había tomado la delantera, pero un grupo de adolescentes que se empujaban unos a otros le bloqueó el camino. Abrumada, dio un paso hacia atrás y chocó de espaldas contra alguien más. Al mirar por encima del hombro, descubrió que había caído sobre el pecho de Cole, que enseguida deslizó una sonrisa tranquilizadora.

—Hay demasiada gente —masculló inquieta—. Apenas puedo respirar.

—Lo sé. Podemos quedarnos aquí, ¿está bien? —optó por un lugar al costado, apartado de la multitud. Ella asintió, aún intranquila—. Te tengo. Estás conmigo —recordó mientras la rodeaba por detrás con un brazo—. Lo único que tienes que hacer es disfrutar de la música.

—Esa canción es bonita —comentó. Su mano se aferró al antebrazo de Cole—. ¿Cómo se llama?

—Let There Be Love —respondió cerca de su oído—. Es de una banda mundialmente famosa. Oasis.

—La letra es preciosa —afirmó cautivada.

—Cierra los ojos. Siéntela —indicó manteniéndola cerca de él—. Déjate llevar, Becky.

La voz de Colton en su oído le produjo unas cosquillas prominentes que se intensificaron con la melodía embriagadora. Relajó su cuerpo entre los brazos fuertes del joven, que permaneció protector detrás de ella. Así, envueltos en la canción, se balancearon al ritmo de la música, de un lado a otro, suavemente. Becca se animó a tararear una parte del estribillo que consiguió aprenderse mientras intercambiaban miradas y sonrisitas que confirmaron lo evidente: allí había amor.

"Come on baby blue. Shake up your tired eyes, the world is waiting for you. May all your dreaming fill the empty sky but if it makes you happy, keep on clapping. Just remember I'll be by your side (...) Let there be love".

"Vamos, niña triste. Despierta esos ojos cansados, el mundo te está esperando. Que todos tus sueños llenen el cielo vacío pero, si te hace feliz, sigue aplaudiendo. Solo recuerda que estaré a tu lado. (...) Deja que haya amor".


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