24.

DEMASIADO TRISTE


«Creo que hice mal en huir del modo en que lo hice. Fue... Un verdadero alboroto. Quizá nunca debí llamar a la policía, no lo sé». Los ojos de Becca se inundaron de lágrimas. Sorbió la nariz, justo antes de que su expresión se convirtiera en sollozo. No quería mostrarse débil frente a Colton. «Pero de verdad no quería casarme. Yo no... No quería que fuera así. Si algún día lo hago, quiero que sea por amor. Quiero estar enamorada. Algo así como en esa película que vimos en tu casa».

—Ey, amigo. ¿Estás bien? —Shepherd movió la mano frente a la vista de Colton de un lado a otro—. ¿Cole?

—Eh, sí —murmuró aún ensimismado en sus pensamientos.

—Estás pálido —lo miró preocupado—. No estarás teniendo uno de esos dolores en el pecho...

—No menciones ese tema aquí —lo regañó—. No. No me duele nada.

—¿Entonces...?

—Me preocupa Becca —confesó—. Es algo entre nosotros —se limitó a responder. Sabía que su amigo buscaría saber más, pero le había prometido a la chica que no abriría la boca.

Después de la profunda conversación en la naturaleza, Becca se había quitado a escondidas alguna que otra lágrima que no pudo evitar derramar. Mientras tanto, el ritmo cardíaco de Colton se había elevado tanto que pensó que le daría taquicardia. Por un instante se asustó; si algo sucedía, estaba alejado de la ciudad, en un punto desconocido a mitad de una carretera. Entendió rápidamente que no se trataba de un problema de salud; estaba sintiendo algo fuerte por esa chica. Algo que creció cuando ella le pidió con cierta debilidad: «Por favor, no se lo cuentes a nadie». Fue entonces cuando sintió la inmensa necesidad de protegerla. Resguardar su bienestar cada minuto de su vida.

En Becca prevalecía un fuerte miedo a ser herida; él pudo percibirlo al instante. Entonces la abrazó a un lado de su torso, sitio en el que ella se hundió como si fuera su único refugio.

Sin duda, después de esa tarde, el vínculo entre ellos cambió. Se consolidó. Se hizo más fuerte. Compartían una especie de amistad. Aún más. Una conexión. Y compartían un secreto: el pasado de Becca. Bueno, una parte del tormentoso pasado. Había más, porciones de su vida que aún no le había mostrado a nadie, que Colton ni siquiera podía imaginar.

—Hola, chicos —saludó Julian mientras tomaba uno de los asientos.

Aquel sábado por la mañana se habían reunido en el bar para discutir acerca de las tareas que tenían pendientes.

—¿Ideas?

—Nada. Necesito un buen desayuno para que mis neuronas funcionen —el aroma a waffles y café lo estaba enloqueciendo.

—Tenemos que organizar el partido de caridad. No puede ser tan difícil.

—Esto no es como organizar tu cumpleaños, Cole.

—Coincido. No puede ser tan difícil —Julian apoyó la moción de Colton.

Shepherd sonrió, jactándose de la inocencia de sus compañeros. Él tenía un leve conocimiento acerca de la organización de eventos, porque su madre trabajaba en un servicio de catering. Solía llevarlo como reemplazo cuando alguno de los camareros se ausentaba a último momento, o en aquellas temporadas en las que necesitaban dinero extra.

—No tienen idea de todo lo que implica —advirtió—. Presupuesto. Catering. Actividades para entretener al público. Ocuparse de las donaciones. Organizar el partido. Y la maldita decoración... ¿Saben lo complicado que es? Espero que estén preparados para hacer manualidades, muchachos. Inflar globos nos llevará una tarde completa. O más. Quién sabe.

—Ya veo, genio. Tú eres el que sabe. Dinos por dónde empezar.

—Ja, ja. Que tenga una idea general sobre lo que hay que hacer no quiere decir que sepa cómo llevarlo a cabo. Pero mantengan la calma, amigos. También he pensado en eso. Tengo la mente maestra que nos ayudará a poner manos a la obra.

—A ver, ¿cuál es tu brillante idea? —cuestionó Julian.

—Daisy Brooks.

Colton ensanchó una sonrisa, al borde de la carcajada.

—Olvídalo, Julian. No le hagas caso. Está delirando.

—¡Eh! ¿Por qué dices eso? —Shep volteó hacia Colton, molesto.

—No hay manera de que ella acceda a darnos una mano en esto.

—De hecho, ya me dijo que sí. Llegará en... diez minutos —aseguró tras echar un vistazo al reloj.

—No jodas, Shep. Tenemos que ponernos serios —regañó su mejor amigo.

—Diez minutos. Ya verás —insistió.

🤍🏀🤍


—Nueve minutos y cincuenta y seis segundos, Shep —Cole mantuvo la mirada en el cronómetro del móvil. Estaba frustrado. La broma de su mejor amigo solo implicaba que perdieran tiempo de trabajo. Así que, en cuanto pasaron los cuatro segundos, apagó el móvil y le dirigió una mirada de fastidio—. Listo. No ha venido. ¿Podemos empezar de una vez?

—Espera. Es ella —murmuró Julian en cuanto la puerta principal se abrió.

Daisy Brooks, diecisiete años y una de las estudiantes más brillantes del instituto, ingresó al café con un morral rosado colgado de un hombro. Tenía un rostro fresco, típico de una persona que lleva una rutina de cuidado de piel día y noche; facciones delicadas y el cabello dorado, ligeramente rizado, recogido en una media cola. Shepherd contuvo el aliento mientras la veía acercarse hacia ellos; sintió que el tiempo transcurría lento, como si el momento estuviera lejos de llegar. Sin embargo, pasó. Ella saludó a los tres muchachos y ocupó la silla vacía al lado de Shepherd, que él había reservado a propósito.

—Muy bien, ya estoy aquí. Empecemos —sonrió encantadora—. Shepherd me dijo que tienen que organizar el partido de caridad. ¿Pueden contarme lo que han hecho?

Entre ellos repartieron gestos de complicidad.

—No. No podemos —respondió Shep.

—¿Por qué?

—Porque... Porque mi perro se devoró la libreta donde lo habíamos apuntado todo. Una verdadera tragedia, eh.

Julian arrugó el entrecejo. Colton se presionó el puente de la nariz.

—¿Hablas en serio, Shepherd? Estás poniendo una excusa que daría un niño de preescolar.

—Aún no hicimos nada —intervino Cole—. Esa es la verdad.

Ella sonrió.

—Lo supuse —admitió. Sacó una agenda del interior de su morral y la colocó en la mesa—. Por eso, me tomé el trabajo de planificar el evento paso a paso. Les daré las indicaciones; ustedes tendrán que hacer el trabajo duro —explicó.

El hecho de que Daisy tuviera un plan concreto era como una brújula en medio de un terreno desconocido.

—En cuanto a la decoración, tendremos que buscar colaboradores. Nosotros podemos ayudar, pero necesitamos gente que sepa sobre esto. Propongo a Kaylee Sanders. Ella es excelente en artes.

—Estoy de acuerdo. Es muy creativa —pronunció Julian.

De pronto, todas las miradas fueron hacia él.

—¿Conoces a Kaylee? —indagó Colton, algo extrañado.

—Sí. Compartimos la clase de artes —encontró necesario justificarse.

Sin prestarle especial atención, sabía que Kaylee y Colton compartían algo romántico. No estaba seguro de si tenían una relación, pero todo el mundo sabía que salían juntos. Barbie y Ken del instituto. La chica bonita y el deportista popular. La pareja perfecta.

«Ni siquiera sabía que a Kaylee le gustaba el arte», pensó Colton. A pesar de que salían juntos, en los últimos años él no había puesto gran atención en ella. No como lo haría alguien que está interesado de verdad.

—¿También eres bueno en artes? —se interesó Daisy, fiel a su curiosidad innata.

—¿Bueno? No lo sé. Me gusta dibujar cómics. Me interesa la música. Supongo que lo llamaría más un hobby.

—Quiero ver eso —intervino Shep con entusiasmo—. Me encantan los cómics. Los colecciono desde que tengo diez años.

Mientras el grupo de adolescentes mantenía una conversación despreocupada, Becca huía a paso rápido del hogar de acogida. El corazón se le había subido a la garganta tras la advertencia de Isabella, la esposa de Oscar. «Él recibió un aviso del instituto. Parece que le contaste a alguien que tenías un corte en el brazo. La enfermera que te atendió lo dejó asentado en el registro», explicó, al mismo tiempo que la piel de Becca se erizaba poco a poco. Siguió: «Lo citaron a una reunión. Está como loco. Ya te imaginas que tendrás un castigo por esto, ¿no? Todo lo que pasa aquí, queda aquí. Está en las reglas... Tendrás un castigo por incumplirlas».

Tras oírla, se mordisqueó el labio interno un par de veces y luchó contra la ansiedad que había empezado a afectar su respiración. Los posibles castigos comenzaron a reproducirse en su cabeza; uno más oscuro que otro. Deseó clamar por ayuda. Alguien que pudiera sacarla de ahí. Sin embargo, consideró que involucrar a más personas causaría un desastre aún más grande, así que eligió irse por sus propios medios. Tratar de estar a salvo el mayor tiempo posible.

Colton fue el primero en percatarse de que Becca acababa de ingresar al café. Traía el cabello sujeto en una trenza ladeada, un vestido largo y un suéter como abrigo. La notó asustada pero, antes de que pudiera ir a saludarla, Julian se levantó y fue directo hacia ella. La abrazó por los hombros, luego la encaminó hacia la parte trasera del lugar y los perdió de vista.

Su estómago se retorció y, de repente, lo invadió un sabor amargo derivado de la preocupación. Había algo extraño en esa chica; algo que iba más allá del pasado que ella confesó. Necesitaba con desesperación entender lo que pasaba. Adivinar el motivo de esa tristeza infinita. Remediarla.

—Me da pena Becca —Daisy también sonó preocupada.

—¿Por qué? ¿Qué sabes de ella? —investigó Cole.

La chica se encogió de hombros; su expresión delató su angustia.

—Es amigable y super dulce, pero algo no está bien con ella. Compartimos la mayoría de las clases; he notado que le cuesta concentrarse, incluso a veces se duerme sobre el pupitre —mencionó apenada—. Es como si estuviera exhausta todo el tiempo. Y triste. Demasiado triste.


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