6
Cuando volvemos a casa, aún tengo el miedo metido en el cuerpo. Siempre he pensado que Harry era un auténtico imbécil, pero no había imaginado que tuviera esa parte tan oscura.
He decidido hacerle caso y no contar nada de lo sucedido cuando mi madre y mi hermano me han preguntado a qué se debía mi expresión descompuesta. Ni siquiera se lo he contado a Paige, que ha estado insistiendo en que me ocurría algo durante un rato que se me ha hecho eterno.
Suelto un suspiro de alivio cuando inhalo el característico olor a albahaca y ropa limpia de nuestra casa y me dirijo directamente a la planta de arriba. Mis pasos suenan lentos y cansados cada vez que chocan con la madera de los escalones, y, cuando llego al descansillo, siento como si hubiese realizado un esfuerzo inhumano.
Entro en mi habitación y cierro la puerta tras mí, apoyando la espalda sobre ella durante unos segundos. Me impulso ligeramente y me dirijo al armario mientras me deshago de mi camiseta de gimnasia y la dejo sobre el respaldo de la silla del escritorio. Deslizo mis vaqueros por las piernas, los saco trabajosamente por mis tobillos y los dejo junto a la camiseta. Me coloco el pijama, que está doblado bajo la almohada, y me quedo sentada sobre el colchón. Durante varios segundos, permanezco con la vista clavada en mis pies, absorta en mis pensamientos, hasta que unos golpes en la puerta me devuelven a la realidad.
Veo el cabello oscuro de mi madre asomar a través de la rendija abierta y noto cómo su caro perfume llega hasta mis fosas nasales.
—Cariño, ¿qué te apetece cenar? —me pregunta.
—No tengo hambre —contesto, incorporándome y dirigiéndome hacia ella, pasando por su lado para ir al baño. Me sigue.
—Tienes que comer algo. —No contesto. Hecho un poco de pasta de dientes sobre mi cepillo mientras mi madre suspira—. ¿Estás bien, Allison?
—Estoy cansada —consigo decir, con la boca llena de dentífrico.
Escupo y abro el grifo para enjuagarme. Ella se encoge de hombros, resignada.
—Como quieras.
Cuando vuelvo a mi habitación, una fría brisa provoca que mi piel se erice. Me froto ambos brazos con las manos para entrar en calor y me acerco a la ventana, que está abierta. Ni siquiera me había dado cuenta. Cierro una de las hojas cuando un foco de luz me deslumbra por un instante. Parpadeo varias veces, divisando pequeños puntos de colores en mi campo de visión, y miro hacia la calle.
Veo a Harry apagar el motor de su Harley y bajarse de ésta. No puedo evitar sentir un nuevo escalofrío, pero esta vez no se debe al frío. Lo observo agarrar con fuerza la cintura de la chica rubia que intenta bajarse del vehículo y pega su cuerpo al suyo. La reconozco, es la misma que pasó a nuestro lado esta mañana.
Alzo las cejas en una expresión divertida cuando la arrincona contra el muro de su jardín y la besa. Miro hacia la casa; las luces están apagadas, por lo que no debe de haber nadie en ella. Si no, dudo que Harry trajese a alguien.
Cuando termina el intercambio de saliva, éste tira de la mano de la rubia y la dirige hacia la puerta. Por la forma de caminar de Harry, no es difícil averiguar que debe de tener más alcohol que sangre circulando por sus venas, y me pregunto si la chica estará igual de ebria que él.
Entonces, gira la cabeza y dirige la mirada hacia donde me encuentro. El corazón se me acelera y, por un momento, temo que me haya descubierto observándolo, a pesar de que la luz de mi habitación permanece apagada. Sin embargo, cuando empuja la puerta y entra en la casa junto a la rubia, sé que sus ojos no han visto más allá de la oscuridad de la noche.
Sacudo la cabeza y corro las cortinas. Me vuelvo hacia mi cama y me dejo caer en ella, cubriendo mi cuerpo con las sábanas. Cierro los ojos e intento dormirme, deseando que la rubia le haga olvidar todo lo sucedido esta mañana.
-
Recorro a grandes zancadas el pasillo del instituto, aferrada a mi carpeta. No sé cómo, pero me he despertado diez minutos antes del comienzo de las clases y llego tarde.
Mi pelo oscuro me golpea sobre los hombros a cada paso que doy y me aparto un mechón del rostro de un soplido. Diviso la puerta de mi clase y recorro unos cuantos metros más hasta llegar a ella. Me paro en seco y vacilo antes de alzar el puño y golpear la superficie. La voz del profesor me avisa de que me permite el paso, y tras respirar hondo, entro.
—Allison. —El profesor de Geografía me mira sorprendido, al igual que el resto de la clase—. ¿Por qué has llegado tan tarde?
—Lo siento —es mi respuesta, y me dirijo hacia mi asiento.
La silla de Harry está vacía, por lo que no me recibe ninguna de sus características sonrisas socarronas. Sin embargo, Douglas, su rubio amigo y compañero de mesa, me lanza una extraña mirada. Intento ignorarlo y me dejo caer sobre mi asiento, abriendo el libro y esforzándome por entender la explicación del profesor.
Cuando el timbre suena, me levanto tan rápida y bruscamente de mi silla que provoco que más de una mirada se vuelva hacia mí. Siempre he lamentado que a Paige y a mí nos tocase en aulas diferentes, y echo de menos poder tener a alguien con quien poder compartir miradas durante las eternas horas de clase.
Salgo de nuevo al pasillo y me dirijo a mi taquilla. La gente pasa junto a mí continuamente, mezclándose y dirigiéndose con paso acelerado a sus respectivas clases. Algunos retrasan el momento parándose a hablar con sus amigos, llenando el pasillo de gritos y risas.
Un chico me golpea en el hombro al pasar y tengo que pararme para recuperar el equilibrio. Con un suspiro de impaciencia, pongo los ojos en blanco y llego hasta mi taquilla. «Ocho meses y serás libre», me recuerdo, intentando sacar algo positivo de este tedioso día.
Intercambio mi libro de Geografía por el de Física y cierro la pequeña puerta de metal con un golpe seco. Doy media vuelta y echo a andar de nuevo, buscando con la mirada a Paige. Tuerzo la boca cuando no encuentro su rostro entre la multitud y giro hacia la izquierda para adentrarme en el pasillo que lleva al gimnasio, donde se encuentra el aula del señor Anderson. Por suerte, apenas hay nadie y está tranquilo, por lo que esta vez no tengo que esquivar los pisotones de ningún alumno despistado.
En ese momento, un pesado humo de tabaco me rodea y comienzo a toser. Los ojos se me humedecen y giro la cabeza hacia mi izquierda, donde me encuentro a un tranquilo y sereno Logan, apoyado en la esquina que crea una de las taquillas con la pared.
Nuestros ojos se encuentran por un momento. Los suyos, azules, son fríos y calculadores, mientras que los míos, cálidos y oscuros, deben de transmitir confusión y suspicacia.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, con los ojos entrecerrados. Él se ríe de una forma extraña.
—Fumar. ¿Acaso no lo ves? —Da otra calada a su cigarro, aunque esta vez me aparto a tiempo para evitar que expulse de nuevo el humo sobre mí.
—Estabas expulsado.
Se encoge de hombros.
—Solo por unos días.
Se crea un silencio, en el que nos limitamos a taladrarnos con la mirada.
—¿Por qué no te largas y me dejas en paz? —dice finalmente, aunque su tono suena indiferente.
—¿Por qué vienes al instituto? —pregunto, ignorando sus últimas palabras—. Odias esto. ¿Por qué vienes?
—¿Y a ti qué cojones te importa, remilgada?
Toso ante otra bocanada de humo y observo cómo lanza la colilla al suelo y la aplasta con la suela de su zapato. Echa a andar, dándome la espalda, pero lo detengo.
—Crees que la gente te teme, pero lo único que sienten hacia ti es desconfianza. —Se para en seco y se gira levemente para mirarme. Me recorre de arriba a abajo, evaluándome.
—¿De qué vas?
—Deja de intentar ser alguien que realmente no eres. —No tengo ni idea de por qué le estoy soltando esto, pero aunque mi cerebro me ordena cerrar la boca, no soy capaz de obedecerle—. Tan solo eres un imbécil que se ha ganado esa fama intimidando a la gente, entre ellos mi amiga Paige, ¿recuerdas?
Los ojos de Logan adquieren un brillo peligroso, pero me obligo a calmarme. No va a hacerme daño. Al menos no aquí dentro.
—No tienes idea de nada, Cooper. —Su aliento a tabaco me provoca repulsión—. No tienes ni idea de dónde te estás metiendo, ni de lo que soy capaz de hacer cuando me tocan demasiado las narices. Ya es la segunda vez que mantenemos esta conversación, así que más te vale cerrar el pico y tener cuidado de por dónde vas, no vaya a ser que te arrepientas de haberte comportado como una auténtica bocazas.
Y dicho esto, da media vuelta y se aleja, dejándome en mitad del pasillo, aferrada a mi libro de Física con fuerza.
De vuelta a casa, Tyler y yo intercambiamos los papeles. Mientras él no deja de hablar sobre el partido del equipo del instituto que tendrá lugar la semana que viene, yo me mantengo callada, abstraída en mis pensamientos.
Mientras estoy conduciendo, ato cabos y llego a la conclusión de que Harry y sus amigos se traen algo entre manos. No tengo ni remota idea de qué puede ser, pero estoy segura de que algo esconden, sobre todo después de haber escuchado la conversación que mantuvo Harry por teléfono. No soy de las que se meten donde no le llaman, pero tengo el presentimiento de que hay algo que no anda bien. Y no puedo evitar intentar averiguar el qué.
Después de almorzar, termino rápido los deberes y aprovecho el tiempo que me queda para salir a correr. Necesito despejarme, y sobre todo, aclarar mis ideas; la desagradable sensación que me ha dejado la discusión con Logan aún no ha desaparecido.
Me pongo unos pantalones de chándal y la sudadera que mi padre me trajo de su viaje a Londres, y tras recogerme el pelo en una trenza desordenada, me despido de mi hermano y salgo de casa.
El día está oscuro y nublado y se ha levantado un incómodo viento, pero aunque el cielo amenaza con descargar una buena tormenta, decido seguir con mi propósito de echar una carrera. Estiro un poco, y tras ello, obligo a mis piernas a moverse con rapidez.
Como siempre, me concentro en el familiar sonido que hacen las suelas de mis zapatillas al chocar contra el asfalto e intento que mi respiración vaya al unísono. Entrecierro los párpados cuando las hojas caídas se elevan a mi alrededor con acrobacias y pequeños remolinos. Aun así, no consigo evitar que las motas de tierra se cuelen en mis ojos, y me veo obligada a detenerme.
Me llevo las manos a la cara y me froto los párpados, consiguiendo únicamente que mis ojos se irriten más aún. Las lágrimas cubren mi córnea, intentando limpiar los granos de polvo que han osado entorpecer mi visión.
En ese momento, una voz me llama a lo lejos. Me giro, pero cuando caigo en la cuenta de quién es, es demasiado tarde para disimular que lo he oído.
Harry llega hasta mí con su amplia sonrisa, jadeando. Me quedo mirándole, sin saber cómo sentirme. Una parte de mí le odia, pero la otra le teme. ¿De cuál debería fiarme?
—Vaya, miss América —dice, deteniéndose cuando llega hasta mí—. Ya sé que me has echado de menos, pero no hace falta que llores.
Pongo los ojos en blanco.
—Idiota —murmuro, secándome las lágrimas. Un nuevo pinchazo me obliga a cerrar el ojo izquierdo de golpe, torciendo el rostro en una mueca de molestia.
—Déjame ver. —Harry da un paso hacia mí, pero yo retrocedo instintivamente. Se para en seco y me observa con una ceja levantada—. Eh, que no voy a sacarte los ojos.
Le lanzo una mirada suspicaz (o al menos lo intento) y dejo que se acerque a mí, con los músculos en tensión. Abre mi párpado con el dedo índice y pulgar y sopla durante un par de segundos. Entonces, se aparta y yo parpadeo varias veces, aliviada al darme cuenta de que mi ojo está limpio.
—Gracias —susurro. Harry se encoge de hombros.
Coloco ambas manos en las caderas y lo observo durante unos segundos, expectante. Sin embargo, Harry no parece captar mi impaciente espera por que hable y se limita a mirarme con una estúpida sonrisa dibujada en los labios.
—¿Y bien? —le animo a hablar, claramente nerviosa.
Harry frunce el ceño. Entonces, abre mucho los ojos y asiente con la cabeza
—¡Ah, ya! —Sacude la cabeza, como regañándose a sí mismo por su despiste, y echa a correr. Pongo los ojos en blanco y lo sigo, alcanzándole con facilidad.
—Un amigo de mis padres es biólogo, y le he pedido si podía facilitarnos información para el trabajo —explica, jadeando, a la vez que sus rizos suben y bajan al compás de su cuerpo.
—Espera —medio río, sorprendida—, ¿de verdad te has preocupado por el trabajo?
—¿Qué esperabas, que te diese el placer de poder acabarlo tú sola?
—La verdad es que sí.
Él suelta una risa, pero yo me mantengo seria. Aun así, no puedo evitar que el sonido que sale de su boca me estremezca; aunque su voz se hayas vuelto más grave, su forma de reírse sigue siendo exactamente la misma que cuando era tan solo un niño.
—Vive en Catonsville. Nos ha citado este miércoles a las seis.
—¿Catonsville? —repito. Los pulmones comienzan a arderme cada vez que respiro—. Pero eso está algo lejos de aquí.
—Está allí por un trabajo de investigación del Rockburn Branch. Es especialista en estudiar la fauna y flora de los espacios naturales —me explica—, pero tiene muchos conocimientos sobre microbiología e inmunología. Estoy seguro de que tiene información que no vendrá en Internet, ni en ningún otro lado. Podría ayudarnos.
Me quedo mirándolo mientras continuamos corriendo. Me parece sorprendente que se haya molestado en colaborar con la elaboración del trabajo que mandó el señor Campbell, sobre todo después del pequeño percance que tuvimos hace unos días.
—Es una buena idea —reconozco.
—Lo sé —sonríe, orgulloso—. ¿Te parece bien que quedemos el miércoles a las cinco y cuarto?
Asiento.
—Genial. Coge alguna chaqueta para la moto, ¿de acuerdo?
—¿Qué? —Me paro en seco e intento recuperar la respiración—. Espera, no pretenderás que vayamos hasta allí en tu Harley, ¿verdad?
—Claro —responde, como si fuese algo obvio. Abro mucho los ojos y él levanta una ceja—. ¿Ocurre algo?
—No pienso ir en tu moto.
—Oh, vamos.
Niego con la cabeza.
—No me fío de tus dotes como conductor —declaro—. Y, por supuesto, no me fío de ti.
Harry se cruza de brazos y frunce el ceño, como si no comprendiese a qué me refiero.
—Sabes que tengo mis motivos —digo ante su mirada desorientada.
—¿Motivos? —reitera.
—Te recuerdo que te faltó poco para romperme el brazo hace dos días.
De pronto, sus verdes ojos se oscurecen y un temor palpitante comienza a invadirme. Lo último que deseo en estos momentos es volver a presenciar cómo esa sombría parte de sí mismo sale a la luz.
Sin embargo, se limita a apretar la mandíbula y a lanzarme una mirada insondable antes de comenzar a alejarse de mí, dándome la espalda.
—Nos vemos el miércoles —son sus únicas palabras. Esta vez, su cálida voz suena fría y distante.
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