5

—Ay —se queja mi hermano.

—Estate quieto, Tyler —le ordeno, agarrándole la barbilla.

Él suelta un gruñido, pero no vuelve a quejarse. Mancho de nuevo la brocha en el maquillaje y lo extiendo por su rostro con cuidado, aunque no logro evitar que vuelva a contraer el rostro en una mueca de dolor.

—¿Qué harás si mamá te descubre?

—No sé. —Se encoge de hombros—. Supongo que le diré que me lo hice jugando al baloncesto.

Suspiro. Paso el dedo para quitarle los restos de maquillaje y retrocedo un paso para obtener una mejor perspectiva.

—Listo —digo—. Apenas se te nota el moratón.

—¿De verdad? —Se asoma al espejo y se observa—. Oh... gracias.

Guardo las cosas en el estuche mientras Tyler sigue mirándose, sorprendido de que sus heridas hayan desaparecido tan mágicamente de su rostro. En ese momento, alguien llama a la puerta.

—Chicos, es hora de irnos —nos avisa mi madre.

Salimos del cuarto de baño y me dirijo a mi habitación para terminar de organizar algunas cosas. Cuando estoy lista, bajo las escaleras y llego al recibidor, donde me esperan mi madre y mi hermano. Me miro al espejo una última vez para asegurarme de que mi pelo no está hecho un desastre, y salimos al exterior. Hace un día magnífico y la temperatura es agradable, así que decido prescindir de mi chaqueta.

Cuando llegamos al instituto, nos sorprende la cantidad de gente que ha acudido al evento. Todos los años, una semana antes de la fiesta de Halloween, celebramos la Comida de Otoño, en la que todos los alumnos acudimos con nuestras respectivas familias. No soy muy aficionada a las cosas que organiza nuestro instituto, pero mi madre siempre insiste en que acuda, ya que «relacionarse con gente diferente es bueno», tal y como ella dice.

Tyler desaparece rápidamente en busca de sus amigos, así que mi madre y yo nos dirigimos a la larguísima mesa colocada en una zona despejada del área que rodea el edificio. Dejamos el plato de brownie que hemos estado preparando esta mañana junto al resto de dulces que han traído las demás familias y damos un paseo para echar un vistazo.

Me sorprendo de todo lo que han organizado este año. Han traído a malabaristas, magos y hasta un castillo hinchable para los más pequeños. También hay una pequeña tómbola, controlada por alumnos de penúltimo curso. La música se escucha desde todos los puntos del instituto, así que la gente baila y canta alegremente.

—Esto es genial —dice mi madre, asombrada. Asiento, porque reconozco que tiene razón.

—¡Amber!

Ella se gira y suelta una exclamación de sorpresa cuando ve a Isabelle, la madre de Harry. Ambas se abrazan y empiezan a decirse lo guapas y rejuvenecidas que están. Cuando me doy cuenta de que no pinto nada en la conversación, doy media vuelta y empiezo a buscar a Paige.

Hace varios años, mi padre también solía venir a la comida, pero desde que firmaron el divorcio y se fue a vivir al centro de Baltimore, está siempre demasiado ocupado. A veces le echo de menos cuando no le veo sentado en su sillón del salón, cortando el césped la mañana de los sábados o en la mesa mientras comemos. En demasiadas ocasiones, me he preguntado el porqué de la separación de mis padres. «Esto no funciona», fue la respuesta de mi madre. Pero ellos se querían, y yo lo sabía. Supuse que cuando dos piezas no terminan de encajar en el puzle, no se puede seguir con él.

Veo a Paige a lo lejos. Está rellenando su vaso de refresco mientras charla con una chica. Estoy a punto de llamarla y dirigirme a ella cuando me topo con el torso de alguien.

—Me alegra verle, miss América —me saluda Harry con su característica voz lenta y grave, mientras mastica un chicle.

—¿Se puede saber por qué siempre me tengo que encontrar contigo? —digo, molesta.

—El destino.

—Ya.

Me muevo hacia la derecha para escapar de él, pero Harry es más rápido y se coloca delante de mí, obstaculizándome el paso. Los músculos de sus brazos se tensan cuando los cruza sobre su pecho. Me doy cuenta del gran número de tatuajes que cubre su piel y no puedo evitar preguntarme qué significado tendrán cada uno de ellos.

—De acuerdo, Harry —suspiro impaciente, clavando la vista en sus ojos—. ¿Qué demonios quieres?

—¿Yo? Nada. ¿Por qué preguntas?

—Dios mío, Harry —exclamé, exasperada—. Estoy harta de tus tonterías. ¿Por qué en vez de malgastar el tiempo en incordiar a todo el mundo no lo aprovechas en madurar un poco?

—Al menos yo no llamo «capullo» a un tío que es capaz de dejarte fuera de combate en dos segundos. —Se acerca tanto a mí que su aliento mentolado me envuelve por completo.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto separándome de él, con el rostro ardiéndome. Sin saber por qué, estoy hecha una furia.

Chasquea la lengua.

—Te recuerdo que Logan es mi amigo —responde, mirando descaradamente a una rubia que pasa por nuestro lado.

—Ah, es verdad, que los «capullos» tenéis un club.

Harry clava de nuevo su mirada en mí y me observa durante largos segundos. Entonces, pongos los ojos en blanco y paso por su lado, dirigiéndome a Paige, que ha estado observándonos durante toda la conversación.

—¡Ten cuidado, miss América! —me dice alzando la voz para que le oiga. Su tono de advertencia me indica que no está bromeando.

Aprieto la mandíbula y llego hasta Paige, que levanta las cejas nada más me coloco a su lado.

—Hola —la saludo.

—¿Qué te ocurre últimamente con Harry Styles? —me pregunta ella antes de dar un sorbo a su refresco.

—No me deja en paz —gruño, sirviéndome un poco de zumo en un vaso de plástico.

—Qué mal.

Nos quedamos un rato en un silencio incómodo, ocupadas con nuestras correspondientes bebidas. Me aparto un mechón de la cara, soltando un suspiro, y me vuelvo hacia Paige.

—Siento lo de ayer —digo.

Ella se gira hacia mí y se queda observándome durante unos segundos. Después, sacude la cabeza y vuelve a mirar al frente.

—No pasa nada —es su única respuesta.

Sin embargo, está claro que pasa algo. Hemos discutido dos veces en menos de una semana, algo que es completamente impropio de las dos. Siempre hemos tenido nuestros roces alguna que otra vez, pero nunca de esta forma. No es que las discusiones hayan sido graves, porque no es así, sino que Paige me oculta algo, y sabe que soy consciente de ello.

—Paige, ¿hay algo que me quieras contar?

Vuelve a clavar en mí sus ojos castaños y frunce ligeramente las cejas.

—No, ¿por qué lo dices? —Nos quedamos mirándonos durante largos segundos. Finalmente, sacudo la cabeza.

—Por nada —respondo.

Decidimos ir en busca de nuestros padres, que los encontramos charlando juntos cerca de la fuente de la entrada.

Los padres de Paige, Rick y Linda Crawford, siempre me han parecido muy amables, aunque un tanto peculiares. Son ecologistas, por lo que todos y cada uno de los muebles que se encuentran en su casa están fabricados con materiales reciclados. La electricidad que utilizan proviene de unas placas solares que ellos mismos instalaron, y cualquier sistema de la casa está hecho para gastar lo mínimo posible. Incluso cuando vas al baño y tiras de la cisterna, ésta expulsa la cantidad justa de agua necesaria. Aunque pienso que eso te puede meter en un aprieto en determinadas circunstancias.

Nuestros padres nos reciben con entusiasmo y enseguida empiezan a hacer bromas respecto a Paige y a mí. Ambas nos miramos, haciéndonos entender que ha sido una mala idea volver con ellos. Pero es un día para pasarlo en familia, y como mi hermano ha desaparecido, no quiero dejar a mi madre sola, a pesar de que parece estar pasándoselo mucho mejor que yo.

—Cielo, ¿por qué no buscas a Tyler? —me pide mi madre. Suspiro y asiento.

Le digo a Paige que me espere aquí y echo a andar en busca de mi hermano. Sé que lo que estoy haciendo es en vano, ya que Tyler va a negarse a que lo vean en compañía de su familia, pero como no me encuentro a gusto en ningún sitio ni con nadie, dar una vuelta sola no me viene nada mal.

Antes de que logre esquivarlo, un chico se choca conmigo y me tira su batido de chocolate encima, manchando completamente mi camiseta nueva. Me quedo quieta durante unos segundos, sin mover ni un músculo, aún intentando procesar lo que acaba de suceder.

—¡Lo siento! —exclama el joven.

Me obligo a reprimir las ganas de fulminarle con la mirada, así que cojo aire para tranquilizarme e intento pensar que también ha sido culpa mía por haber estado abstraída en mis pensamientos.

—No... no importa —digo, separando la camiseta pegada a mi cuerpo para deshacerme de la desagradable sensación.

Él asiente, avergonzado, y se marcha. Me quedo mirándolo, desconcertada. Así que me tira un batido encima y se va como si nada. Genial.

Sacudo la cabeza y me quedo pensando qué hacer. Entonces, recuerdo que tengo la ropa de gimnasia guardada en mi taquilla, así que me dirijo a la entrada del edificio y abro la puerta.

Me resulta extraño ver el interior del instituto tan tranquilo y silencioso, sin la gente caminando apresuradamente por los pasillos o los ruidos de las taquillas al abrirse y cerrarse. Me dirijo a la mía, que está cerca de la cafetería, y tras coger la camiseta limpia, voy hasta el servicio. Cuando me miro al espejo y veo el desastre, me pregunto por qué a todo el mundo le ha dado por chocarse conmigo hoy.

Me seco el torso con un trozo de papel higiénico y me visto con la camiseta limpia. Tras ello, agarro la que llevaba puesta y salgo de nuevo al pasillo, en dirección a la salida.

Voy ensimismada en el sonido que hacen mis pasos contra el suelo cuando una voz me llama la atención. Me paro en seco frente a la puerta de la sala de Música y frunzo el ceño. La persona que se encuentra en ella sigue hablando, pero no consigo entender lo que dice. Sé que cotillear es de mala educación, pero, en ese momento, la curiosidad puede sobre los buenos modales y me acerco lentamente a la puerta.

—...¿De qué estás hablando? ¿Estás loco?

De pronto, reconozco la voz.

Harry.

—Estoy harto de tus movidas, tío. ...¡¿Qué?! —exclama de repente, provocando que me sobresalte—. ¿Cómo que le has dicho que estoy en el lío? ¿Estás loco? ...Tío, eres un capullo, un capullo. ...No me grites, joder. ...Escúchame, no sabes en lo que te estás metiendo.

Antes de que me dé cuenta, la puerta se abre y estoy a punto de perder el equilibrio.

—Pero, ¿qué...?

Retrocedo un paso y miro a Harry, que se ha quedado quieto bajo el umbral y me mira con los ojos desenfocados por la ira.

—¿Qué coño hacías aquí, Cooper? —me pregunta lentamente, como si estuviese haciendo un gran esfuerzo por no gritarme.

—Yo... —Por primera vez, el odio que siento a Harry se convierte en miedo. Su mirada se ha vuelto demasiado fría—. Se me había manchado la camiseta y...

—¿Qué has escuchado? —me interrumpe.

—N-nada.

—¿Qué has escuchado? —repite acercándose a mí, esta vez deteniéndose en cada palabra.

Retrocedo cada paso que él avanza, intimidada. Sin embargo, termino topándome con el frío metal de una taquilla. Cojo aire cuando se acerca tanto a mí que soy capaz de ver las motas amarillas de sus ojos.

Nunca he visto a Harry así. Parece fuera de sí, aunque no sé si se debe a la conversación telefónica que acaba de mantener o a que me haya descubierto espiándole. Sea lo que sea, su respiración es tan agitada y su mirada desprende tal ira, que parece la viva imagen de un lobo a punto de atacar a su presa.

Me agarra del codo y clava sus dedos en mi piel. Suelto un quejido y aguanto la respiración.

—Te dije que tuvieras cuidado, Cooper —me susurra, mirándome intensamente—. Y el que avisa no es traidor.

—¿De qué coño vas? —logro decir, aunque la voz me sale un tanto ahogada por el daño que me provoca su agarre.

—Como se te pase por la cabeza mencionarle a alguien lo que acabas de escuchar, estás muerta. Y sí, es una amenaza.

Me suelta del brazo con energía y me lanza una última mirada de advertencia antes de darse media vuelta y alejarse por el pasillo a grandes zancadas.

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