4
Termino de cocinar el relleno de los burritos y lo reparto por las tortillas de harina. Me aparto un mechón de la cara con un soplido y comienzo a enrollar la masa cuidadosamente, intentando que queden bien liadas. Alzo la vista y miro a Harry. Está sentado sobre la encimera, balanceando las piernas hacia delante y atrás, con la mirada clavada en mí mientras su mandíbula se mueve continuamente para triturar las patatas fritas. Mete la mano en la bolsa y se lleva otro puñado a la boca. Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza. Al menos se mantiene callado.
—Deja de fruncir el ceño —dice Harry, masticando—, o te saldrán arrugas hasta en el cerebro.
Le ignoro y sigo enrollando los burritos, colocándolos en un plato conforme voy terminando, aunque esta vez con los músculos de la frente algo más relajados.
Acabo un par de minutos antes de que mi madre y mi hermano bajen al comedor, y Harry, sorprendentemente, me ayuda a preparar la mesa. Cuando estamos los cuatro, nos sentamos todos en nuestros respectivos asientos y comenzamos a comer. Recibo felicitaciones por los burritos y esbozo una sonrisa forzada como respuesta.
Mi madre y Harry comienzan a hablar. Se entablan en una animada conversación sobre sus correspondientes vidas a la que dejo de prestar atención a los pocos minutos. Miro a mi hermano, que no ha pronunciado palabra en ningún momento, y me fijo en que la piel de su rostro emite un extraño brillo. Me doy cuenta entonces de que se ha echado maquillaje para ocultar el moratón y la herida de la nariz. Y, por lo que parece, ha funcionado, ya que mi madre no parece haberse percatado de ello. Tyler me descubre observándolo, aunque no hago nada por disimularlo. Le lanza una rápida mirada a nuestra madre, que no deja de hacer aspavientos mientras le cuenta algo a Harry sobre su trabajo que parece hacerle reír. Me vuelve a mirar y se lleva lentamente un dedo a los labios, indicándome que no diga nada al respecto. Asiento con un suspiro y me concentro de nuevo en mi cena.
Cuando terminamos de comer son cerca de las diez. Harry nos avisa de que tiene que marcharse ya y me veo obligada a reprimir una exclamación de alivio. Mi madre se despide con otros dos besos y agarrándolo de los hombros cariñosamente. Tengo que hacer un esfuerzo por no vomitar la cena y me dirijo al salón para recoger las cosas de Harry. Cuando vuelvo al pasillo, mi madre aún sigue despidiéndose de él y tengo que carraspear para que se dé cuenta de mi presencia.
—Hasta otro día, Harry —se despide mi madre.
—Gracias por todo, Amber —sonríe él.
—¿Piensas ligarte a mi madre o qué? —digo, acercándome a Harry una vez que ella desaparece por el pasillo.
—Te veo celosa, miss América.
—Te he dicho que no me llames así —refunfuño, entregándole sus pertenencias. Él esboza una sonrisa cómplice y pongo los ojos en blanco. Abro la puerta y le señalo el exterior con el brazo.
—¿No me vas a acompañar hasta mi casa? —pregunta Harry, fingiendo una tristeza exagerada.
—Oh, claro. No vaya a ser que te pierdas cruzando de acera a acera.
Harry se encoge de hombros y se acerca a la puerta, tropezando de nuevo con la alfombra. Sacude la cabeza y cruza el umbral. Se para en seco y gira sobre sus talones, volviendo a clavar sus ojos en mí.
—He pasado un buen rato —dice—. ¿Volveremos a quedar para el trabajo?
—¿Tengo otra opción? —gruño.
Niega con la cabeza y yo suelto un largo suspiro.
—Entonces, me temo que sí.
Sonríe ampliamente.
—Hasta mañana, miss América. —Se lleva dos dedos a la frente, da media vuelta y su figura se difumina con las sombras de la noche.
Cierro la puerta y me dirijo al comedor, donde mi madre está recogiendo los platos sola; supongo que Tyler habrá vuelto a su habitación. Me acerco a la mesa y la ayudo. Ella esboza una sonrisa de agradecimiento y vamos juntas a la cocina.
—Harry ha crecido muchísimo, ¿verdad? —comenta mi madre mientras introducimos las cosas en el lavavajillas. «Desde luego», pienso, pero me limito a asentir—. Es una pena que dejárais aquella amistad.
—Oh, te aseguro que no.
Ella me mira durante unos segundos.
—No te entiendo, Allison.
—Créeme —digo—, yo a ti tampoco.
-
Al día siguiente, después del instituto, paso a recoger a Paige en coche. Vive en un barrio cerca del centro de la ciudad, con sus padres y su abuela materna. La veo salir de su casa con los vaqueros que le regalé por su cumpleaños y esbozo una sonrisa; aunque ella lo niegue, le quedan a la perfección.
—Bonitos pantalones —digo cuando entra en el coche—. La persona que te los compró tenía que tener buen gusto.
Ella suelta una risa y yo la imito. Se coloca el cinturón y yo piso el acelerador.
Llegamos al centro comercial minutos después. Como siempre, está lleno de gente que se pasea de un lado a otro cargando con bolsas de miles de tiendas diferentes. He llegado a la conclusión de que, hoy en día, las personas compran por comprar, por algún vacío que tienen en su vida y que solo son capaces de rellenar con cosas materiales y sin utilidad alguna.
Entramos en algunas tiendas, en las que ambas cogemos decenas de prendas sin ni siquiera echar un vistazo a los precios. Cuando estamos demasiado cargadas como para seguir buscando, entramos en los probadores. Sin embargo, la mayoría de las veces, las camisetas, vestidos, vaqueros y faldas que cogemos se vuelven horribles una vez que están en nuestros cuerpos, así que solo termino comprando una camiseta blanca con las mangas rojas. Paige, por su parte, se compra una chaqueta que le sienta bastante bien y una bonita pulsera.
Una vez realizadas las compras, nos dedicamos a dar vueltas por el centro comercial para observar los escaparates de las tiendas, demasiado cansadas como para seguir comprando ropa.
—¿Te has pensado mejor lo de ir a la fiesta de Halloween? —me pregunta entonces Paige mientras pasamos de largo por delante de una joyería.
—Ya te dije que no —respondo—. Odio ese tipo de cosas.
—Ally, es nuestro último año en el instituto —dice con pena—. ¿No te gustaría aprovecharlo al máximo?
—Si se tratase de otra gente, y de otro instituto, entonces quizá.
Paige resopla. Yo la miro con suspicacia.
—¿Por qué te hace tanta ilusión? Solo hemos ido a una fiesta de Halloween, y nada más que salimos, quedamos en que no volveríamos a hacerlo jamás.
—Pues este año he cambiado de opinión. —Ella me mira haciendo pucheros—. Vamos, Ally, nos lo vamos a pasar genial.
—También está el problema de que no voy conseguir pareja.
—¡Claro que sí! Seguro que nada más que los chicos se enteren de que vas a ir, vas a tenerlos a todos a tus pies rogándote que vayas con ellos. Y a Freddie Barrie el primero, ya verás.
Me estremezco exageradamente nada más pensarlo. Freddie Barrie es un chico de un año menos que yo, bajito, regordete y sudoroso, que estaba colado por mí el año pasado. No es que sea una persona superficial, pero Freddie no tiene absolutamente nada que lo haga atractivo. Resolla cada vez que respira y se ríe como si se hubiese tragado un globo. Además, es un pervertido de cuidado. Creo que aún no se ha dado cuenta de que los ojos se encuentran en la cara, y no en las tetas.
—Puaj —digo con grima—, qué imagen más espantosa.
Paige se ríe y me pasa un brazo por los hombros.
—Mira, hagamos un trato. Si no encuentras pareja, iremos juntas, ¿de acuerdo? —me propone.
Suspiro. No sé qué hacer. Por una parte, no me apetece en absoluto ir a la fiesta, pero por otra, no quiero decepcionar a Paige. A ella le hace ilusión que yo vaya, y si un sí por mi parte le va a hacer feliz y olvidarse de sus problemas de autoestima por una noche, estoy dispuesta a aceptar.
—De acuerdo —digo, exhalando profundamente. Paige suelta un grito de emoción y me abraza con fuerza, atrayendo las miradas de los que nos rodean.
—¡Genial! —exclama. Se separa de mí y me mira, sonriendo ampliamente—. Conozco una tienda de disfraces que está cerca de aquí, vamos.
Hace ademán de echar a andar, pero le agarro por el brazo.
—Espera, aún falta una semana. ¿De verdad hace falta ir a buscar el disfraz hoy?
—¡Sí!
Y antes de que pueda decir nada más, tira de mi brazo y me lleva hasta la salida.
Caminamos un rato hasta que Paige señala la tienda de la esquina. Nunca antes la había visto, pero es bastante grande y parece tener buenos disfraces. Cruzamos el paso de peatón hasta llegar a ella y entramos.
Al principio, me siento un poco mareada con la cantidad de colores brillantes que me rodean. Hay disfraces de cualquier cosa que te puedas imaginar, aunque dudo que haya personas que se quieran vestir de lombriz, de dedo o de bicicleta. Buscamos en la sección de "Terror" durante un buen rato, descartando algunos trajes demasiado típicos para una fiesta de Halloween. Paige me cuenta que su prima es una aficionada de los disfraces, que tiene decenas de ellos y que le va a prestar alguno, aunque aún no sabe cuál.
—¿Y con quién vas a ir? —pregunto entonces. Ella me lanza una mirada confusa—. Si tenías pensado ir a la fiesta, es porque ya tenías pareja, ¿no? —explico.
Paige me mira durante unos segundos, aunque finalmente sacude la cabeza.
—Sabía que iba a terminar convenciéndote —responde, encogiéndose de hombros.
Suelto una risa (que parece más bien un bufido) y sigo buscando entre los miles de disfraces que hay a mi disposición. Entonces, encuentro uno que me llama la atención. Es de la novia cadáver, el personaje de la película de Tim Burton. Se lo enseño a Paige, a la que parece entusiasmarle la idea, así que me lo pruebo. Cuando compruebo que es mi talla y que no me sienta nada mal, decido comprármelo. Quizás la fiesta de Halloween termine resultando incluso divertida.
Salimos de la tienda y nos dirigimos de nuevo al centro comercial, donde está mi coche. Hablamos sobre mi disfraz, y sobre cómo no pienso teñirme la piel de color azul. Paige insiste en que le dará un toque más realista, pero yo sigo negándome. ¿Y si después no consigo quitármelo? ¿Y si me veo obligada a ir durante el resto de mi vida pareciendo un auténtico Pitufo? Mi amiga se ríe ante mis ocurrencias, pero yo no puedo estar hablando más seriamente.
De pronto, alguien que pasa a mi lado lanza una colilla encendida a pocos centímetros de mis pies y me detengo en seco. Me giro hacia el chico que la ha tirado y camino hacia él, enfadada, a pesar de las insistencias de Paige para que no lo haga.
—¡Eh, tú! —digo, agarrándolo del brazo—. A ver si la próxima vez tienes más cuidado de dónde tiras tus malditas colillas.
El joven se gira y me quedo petrificada cuando clava en mí sus ojos azules.
Logan Donovan.
La temperatura de mi cuerpo baja un par de grados cuando su mirada fría e insensible me recorre de arriba a abajo. Retrocedo un paso instintivamente y le veo encender otro cigarro, sin dejar de observarme.
—¿Te ha molestado acaso? —pregunta impasible, con su típica voz áspera.
—La verdad es que sí —respondo cruzándome de brazos. Agradezco que no me haya temblado la voz.
Él asiente. Entonces, da una calada a su cigarro y expulsa todo el humo sobre mi rostro. Siento la ira crecer dentro de mí y aprieto los puños.
—Eres un auténtico gilipollas —murmuro entre dientes.
—Yo que tú tendría cuidado con lo que dices, preciosa —responde.
—Y yo que tú me guardaría las amenazas. No me das miedo en absoluto, pedazo de capullo.
En ese momento, me coge de la muñeca y aprieta con fuerza, aplastándome el hueso. Literalmente. Ahogo un grito e intento zafarme de su mano, pero solo consigo hacerme más daño.
—No tientes a la suerte —me dice lentamente, demasiado cerca de mi rostro. Su repugnante olor a tabaco me envuelve por completo.
—¡Ally!
Paige se acerca rápidamente. Los ojos de Logan se posan en ella durante unos segundos y entonces me suelta. Sin decir nada, se da media vuelta y se aleja.
Me llevo la mano a mi muñeca, apretando los ojos y los dientes. Me duele.
—¿Qué crees que hacías, Ally? —me pregunta Paige, horrorizada.
—Es un capullo —susurro—. Lo odio. Lo odio.
—¿Cómo te atreves a echarle algo en cara?
—¿Le estás defendiendo?
—¡No!
—¡Paige! —exclamo, airada—. ¡Es Logan! El mismo que se pasó años metiéndose contigo, ¿acaso no lo recuerdas?
Frunce los labios y me mira durante largos segundos, sin decir nada. Hay dolor en sus ojos, y me arrepiento enseguida de haber dicho eso. ¿Cómo no va a recordarlo? Aquello fue lo que terminó destruyendo su autoestima por completo.
—Paige... —empiezo a decir, pero me veo interrumpida por el sonido de su teléfono. Lo saca y mira a la pantalla.
—Debo irme.
—Paige, espera.
—Está bien, ¿vale? No pasa nada. Debo irme.
—Puedo llevarte en coche —le propongo, sin dejar de sentirme mal.
—No hace falta.
—Pero...
—Hasta luego —dice. Gira sobre sus talones y se marcha.
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